Bernhard. Relatos autobiográficos. Un viaje sin regreso.

banner Thomas Bernhard o el viaje sin regreso

«Si sintiera vergüenza, por pequeña que fuera, no podría escribir en absoluto, solo el desvergonzado escribe, solo el desvergonzado es capaz de hacer y deshacer frases y soltarlas, sólo el más desvergonzado es auténtico, pero también eso, naturalmente, es como todo, un sofisma.»

Los juegos de la literatura son infinitos. Aquel lector que no esté dispuesto a dejarse embaucar por los recovecos hechos de palabras que encierra un buen libro se perderá lo mejor del guiso.

Hasta los años ochenta, en España, no se abren las puertas a la obra bernhardiana, llegamos tarde a muchos lugares, perdemos el tiempo en otros. El lector tiene que detenerse, mirar atrás, hemos perdido la costumbre de hacerlo y nos arrolla lo efímero. Mi viaje como escritora y lectora por El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño, debe ser algo parecido a viajar en trineo por el ártico. Un viaje extraño, poco habitual, apasionante y, una revelación que debo a uno de mis alumnos. Lo bueno que tiene enseñar y compartir el arte de escribir es que recibes tanto o más de lo que das. Leer a Thomas Bernhard es un acto de reconciliación con el pasado, con el oficio de escritor, con la soledad y, sobre todo, con la vida misma. Es el vuelo circular de la muerte, el apoderamiento de las conciencias ajenas. Leer a Thomas Bernhard es exprimir la vida hasta caer rendido.

La voz que susurra incansable y agotadora en nuestro oído es única. Es una música venida de otros lugares que te va envolviendo hasta que te rindes a los horrores, a la angustia, las dudas, la enfermedad y a la belleza del amor, de otro amor, un amor muy fuerte a la idea de seguir viviendo en medio del infierno que uno mismo ha ido construyendo a su alrededor con un poco de ayuda de los demás.

Tras la lectura de El origen—el primero de los cinco volúmenes que recopila la editorial Anagrama— hemos sobrevivido a una infancia a ratos feliz, pero marcada por la guerra, por los escombros del pasado en equilibrio. Retazos de la vida de un niño que no llegamos a construir definitivamente hasta que leemos Un niño.  Es en las últimas páginas de los Relatos autobiográficos cuando creemos conocer la voz que hay tras las innumerables historias que van surgiendo bajo los bombardeos de los aliados en Salzburgo, en el internado, en torno al hogar infantil o derivadas de las relaciones familiares. La mirada del niño se mezcla con la del hombre que ha sobrevivido a los horrores de una guerra. No hay puntos a parte, no hay tiempo para recuperar el aliento, su escritura es una cascada donde el agua helada se desploma encima de uno, cambia la temperatura y a lo lejos un constante martilleo no nos deja desconcentrarnos ni un segundo. Leer a Bernhard solo es compatible con leer a Bernhard. Una se replantea la vida entera, se cuestiona lo que jamás se había cuestionado antes, incluso el mismo oficio que desempeña. El oficio de enseñar, el de escribir. No hay adjetivos, no hay ni un solo decorado en los cinco episodios de estos fascinantes Relatos autobiográficos. El autor quería estar a solas con el lector, consigo mismo. Lo logra. Nada nos distrae, no hay luces de colores, ni lazos, ni otra música que la de la propia literatura. Los sonidos que hacen las palabras cuando giran y giran, formando una grandísima espiral de ideas, conceptos y obsesiones. Eso es, quizá, lo que uno no puede olvidar, por muchos años que pasen.

El manejo del tiempo narrativo es sublime. Las reiteraciones marcan la velocidad y van construyendo la gran historia de una vida —casi real, qué importa si lo es— de una manera distinta, como la construiría nuestra propia mente mientras caminamos entre bosques, llanuras o barrizales. El autor comparte con nosotros hasta el último aliento, es una confesión vital, sí, pero también una ficción, un juego, en el que nos interrogamos permanentemente sobre la existencia, o no, de familiares, lugares o hechos. Pero ¿qué más da? ¿Importan los datos? Logra lo que quiere, llevarnos a su universo para ya no regresar.

Durante los cinco volúmenes respiramos los perfumes que nos empujan a evocar, de una manera u otra, a Thomas Mann, Montaigne, Hamsun, Stern o Dostoievski. En El aliento, Bernhard escribe: «El artista, especialmente el escritor, que no iba de cuando en cuando a un hospital, es decir que no iba a uno de esos círculos decisivos para la vida y necesarios para la existencia se perdía con el tiempo en la insignificancia, porque se extraviaba en la superficialidad». Los escritores de hoy, aquellos que vivimos en un entorno mucho más amable, que no hemos vivido guerras ni destrucción en nuestros hogares no podemos ser indiferentes a lo que el autor nos plantea.

La enfermedad es una constante, un maestro de escuela, es lo que marca la vida entera del niño, del joven, del hombre y del escritor. El dolor es un estribillo en cada página de estos cinco volúmenes. Pero no nos conmueve, al contrario, nos fortalece.

Las idas y venidas en tiempos de guerra, a través de la frontera entre Austria y Alemania, entre la vida y la muerte, van fortaleciendo al niño, conformando una personalidad valiente y cobarde al mismo tiempo, recelosa, desconfiada y abrumadoramente crítica.

Asistimos a una complicada contención de recuerdos que van fluyendo en una aparente visita del escritor a los rincones de su infancia y juventud. Las ruinas de los edificios que un día habitó, las convierte en literatura. Supongo que es su particular forma de enfrentarse con su miedo. Hay mucho miedo en las casi quinientas páginas que componen los cuatro volúmenes.

Apenas hay referencias a fechas, lugares o nombres propios. No le interesan, prefiere moverse en la nebulosa de la memoria, esa que retiene sensaciones, no datos. Nos alerta, en varias ocasiones de que no tenemos que creernos todo lo que nos cuenta, lo hace de paso, como muchas otras consideraciones.

 «Si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí. Llegando al mismo resultado». Aquí entre las páginas de El sótano, creo, que está la clave de gran parte de los cinco volúmenes y, quizá, de gran parte de su obra.

«Nos reconocemos en cada ser humano, sea el que sea, y estamos condenados a ser cada uno de esos seres humanos, mientras existamos. Somos todas esas existencias y existentes reunidos, y nos buscamos a nosotros mismos, pero sin embargo no nos encontramos…Hemos soñado con franqueza y claridad, pero ha sido solo un sueño».

Me pregunto si Bernhard llegó a leer a Fernando Pessoa o si llegó a imaginar que una de las mejores escritoras húngaras —Agota Kristof— bebió hasta la última gota de su adictivo brebaje volcando la esencia bernhardiana en gran parte de su obra.

El engaño es otra constante en los Relatos autobiográficos, así como lo son la enfermedad, el sistema educativo, el nacionalsocialismo o las intensas relaciones con su abuelo, un personaje que creo que está más cerca del desdoblamiento del propio autor que de una realidad contrastada. La figura de este hombre que marca su vida es fundamental a la hora de ir construyendo los cinco capítulos, es la pieza clave, el motor de su discurso, y cobra un peso indiscutible para comprender muchas cosas que se nos revelarán en el último libro — El niño— quizá, de los cinco libros, el más luminoso y vitalista, aquel que te demuestra que de todo se logra salir y en el que el autor parece elevarse y reconciliarse con algo que no estamos muy seguros de qué se trata. Nunca se está seguro de nada en su universo, todo, en ocasiones, es zozobra y en otras se construye sobre pilares inamovibles. Al menos aparentemente inamovibles

Thomas Bernhard era musicólogo, la música empapa sus escritos, como sucede con muchos otros grandes escritores que me entusiasman, como Jelinek, Kundera, Carpentier, Zweig o Hoffmann.  

«El ejercicio práctico de la música era, de repente, mi entrenamiento para la vida», escribe en El frío —el cuarto volumenmientras sufre una larga y tediosa enfermedad en Grafenhof.  Su manera de escribir siempre resulta atractiva y esa facilidad para la composición musical emana en cada párrafo o, bien, a la hora de estructurar la obra. Leer a Bernhard es como asistir a una sinfonía de un solo instrumento. Su obra está también llena de contradicciones, de sabias contradicciones que son las que, al fin y al cabo, conforman nuestra existencia. ¿No será su propio abuelo la personificación de esa contradicción vital? Quizá. «Los abuelos son los maestros, los verdaderos filósofos de todo ser humano, siempre descorren el telón que los otros cierran continuamente».

En El aliento, el autor, nos somete a imágenes desgarradoras, son escenas que están hechas de un dramatismo extraordinario, que se quedan grabadas a fuego, como el teatro de marionetas, los baños en el hospital, el avión caído o la muerte del abuelo que anuncia desde el primer capítulo. Y siempre desde la más absoluta crudeza, su lenguaje está completamente desnudo, no tiene cáscara, ni ropajes, es puro. No hay diálogos, hay frases lejanas que un día alguien dejó ahí. Es una larga tela sobre la que el lector se desliza, se entrega, no hay descanso, no hay pausas.

Si leer a Thomas Bernhard es una experiencia asombrosa, escribir sobre lo leído, en ocasiones como esta, deja de tener sentido. Si todavía no han dado el salto, no lo duden, atrévanse, sean tan curiosos como el propio autor, porque escribir no es otra cosa que lo que él hace.

«Hablo el idioma que yo solo comprendo, nadie más, lo mismo que cada uno comprende sólo su propio idioma, y los que creen que comprenden son imbéciles o charlatanes».

Relatos autobiográficos. El origen, El sótano, El aliento, El frío, El niño.

Editorial Anagrama, esta edición 2009

Traducción: Miguel Sáenz

Eva Losada Casanova es escritora, imparte talleres de novela, narrativa y relato en La plaza de Poe, coordina varios Clubs de Lectura en Madrid. Su última novela es El sol de las contradicciones (Premio Unicaja de novela, Alianza, 2017)

3 comentarios en “Bernhard. Relatos autobiográficos. Un viaje sin regreso.

    1. La plaza de Poe

      No. no es un viaje de ida. Quizá el tuyo sí lo sea al leer este libro, pero no el de este artículo. El título está claro y es contundente, obedece a la experiencia de lectura. Leer a TB es un VIAJE SIN REGRESO, no sabes a dónde vas, ni siquiera si vas, pero tienes la certeza de que no regresarás, no regresar es más importante que ir, la ida no es lo que interesa aquí. Hay un matiz, la lengua está llena de sutiles matices…y es ahí donde anida lo mejor de la literatura.

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