Boris Vian y el sonido de La espuma de los días

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Rescatar La Espuma de los días del París de los años cuarenta, zambullirse en los universos de Boris Vian (1920-1959) sin pedir nada a cambio, seguir el ritmo de un saxo, entre frase y frase, salto y salto, es leer por el simple gusto de hacerlo. Siempre digo que hay novelas que te esperan, a la vuelta de una esquina, con una recompensa; y esta es una de ellas.

Alguien escribió que La espuma de los días era una novela para adolescentes, alguien dijo que no iba más allá de ser una novelita para entretener, una ocurrencia, que sus personajes eran marionetas. No siempre sabemos leer, no siempre nos damos cuenta de que leer es escuchar, tocar, detenerse y sentir. Esta novela es un valioso juguete, es un tratado sobre gestualidad, un acto de sinestesia. En sus páginas hay belleza, movimiento, espacios, símbolos, metáforas de situación enternecedoras y una tristeza agridulce que te envuelve como una manta raída. Cuando respiras sus páginas, cuando no intentas comprender su realidad sino dejarte llevar por el movimiento de los personajes, de Colin, Chloé, Chick, Alice o Nicolás, es cuando comienza a sonar la música.

«La puerta de la calle se cerró detrás de él con sonido de beso sobre un hombro desnudo».

La espuma de los días está escrita para ser leída con atención, igual que sucede con el jazz. La tensión es permanente, el ritmo es el mismo. Hay novelas que se escuchan, esta es una de ellas.

La historia que cuenta no es lo más interesante, sino el cómo usa los espacios y el lenguaje para hacerlo. La ironía, el humor, la crítica social, el simbolismo y uso de objetos para atrapar nuestra atención, es infinito. Es cierto que Boris Vian no deja espacio para nuestra imaginación, él la pone toda. Quizá, por eso, es necesario jugar con él, dejarse hacer.

«Los rincones de la casa se modificaban y redondeaban bajo el efecto de la música. Colin y Chloé descansaban ahora en el centro de una esfera.».

Prueben a escuchar Slap Happy de Ellington mientras dejan entrar al médico que atiende a Chloé, prueben a buscar un bajo o el saxo cuando patinan en la pista de hielo, prueben a ir más allá de la palabra misma.

Me pregunto si sufrir una enfermedad como la que padecía el autor, una cardiopatía que te va robando la vida poco a poco, es capaz de arrancar tanta vida y tanta muerte a un mismo texto. Me viene a la memoria otro autor Thomas Bernhard, no puedo evitar regresar a su obra marcada por la enfermedad que también padeció y que fue, según sus palabras, lo que marcaría toda su obra, su obra y su manera de vivir.

La espuma de los días representa dos caras de la propia vida, dos partes con una línea que las divide, es un paseo lleno de angustia entre la vida y la muerte. La naturaleza presente en los objetos, en cada frase, en la respiración de Chloé, es una fragancia fresca, dulce, que poco a poco va desapareciendo para acercarnos al fango, a la estrechez de los espacios, al final de la vida. Porque «la gente no cambia, lo que cambia son las cosas», se deforman, se redondean o explotan.

La espuma de los días es una melodía, sí, pero también es una gran carcajada, es una burla de desprecio por lo establecido, por la sociedad que rodeaba al autor, es una venganza personal hacia aquel que ostenta el uniforme, hacia el venerado, hacia el poderoso, es una gran risotada que le lanza a la muerte y a la propia vida. Boris Vian escribe con absoluta libertad, caricaturiza a Sartre y a la intelectualidad francesa, con genio y talento. Sería absurdo hacerlo de otra manera.

La fuerza de algunas imágenes es espléndida, parece como si salieran de la historia con relieve. Hombres con la barbilla enjaulada, el calor humano para incubar armamento, la mirada de los mineros, la deformidad de los espacios, la propia enfermedad y cómo está caracterizada, todo en esta obra merece que nos detengamos unos segundos, que dejemos la mirada que recorra a cámara lenta los instantes, las acciones de los personajes, sus gestos. El narrador no nos permitirá entrar en sus pensamientos, pero a cambio nos dejará observar sus cuerpos largo rato, como se observa a un insecto dentro de una vitrina. No debemos intentar sacar a los personajes de su contexto, morirían.

Su corta vida te sobrecoge, su carrera, su gran producción literaria y musical, fue quizá su tabla de salvación. Supo como pocos imponerse a modas y corrientes, a caprichos editoriales, supo imponerse a su profesión, a su entorno, a su ciudad, supo imponerse incluso al tiempo que le quedaba.

No dejen de adentrarse por este universo de colores, fluidos, cachivaches, notas y espacios que mutan, avancen por su lectura sin razonar demasiado, porque de repente, se abre esa calle por la que circula el talento y comienza la obra de arte. No pierdan de vista la espuma, esa espuma que quizá simbolice lo que al final del viaje nos queda. Y tampoco hagan demasiado caso a Raymond Queneau con eso de que es una bella historia de amor, porque quizá no lo sea.

Catas literarias

Eva Losada Casanova es escritora, imparte talleres de novela, narrativa y relato en La plaza de Poe, coordina varios Clubs de Lectura en Madrid.

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