Yukio Mishima. El pabellón de oro. Dolor y belleza.

banner mishima

Yukio Mishima es uno de esos escritores que no sabes si el oficio los ha matado o, por el contrario, ha hecho todo lo posible por salvarlos. Cuanto más conozco a este autor nacido en Tokio en 1925, —que decide abrirse en canal (por primera vez) en su novela Confesiones de una máscara— más me apasiona, más me intriga y más me gusta la novela como género literario y vehículo para desarmar vidas y llegar hasta el último rincón de la mente humana.

La novela es poderosa. A ella se baja por unas escaleras empinadas. Descendemos a un nivel superior, deformamos el tiempo y lo trascendemos. ¿Hay un terreno más libre para aquel que escribe? Mishima necesita quitarse esa máscara, urge, por fin, que se diga quién es. Caminamos por una infancia lúgubre, con olor a éter y una abuela posesiva y excesiva. Nos enternecemos con su compañero de colegio, con Omy y, a partir de ese momento, la obra de Mishima se vuelve mucho más transparente, coherente y entrañable. Lo oscuro se mezcla con lo bello y en cada gota de agua o golpe de viento construye el universo. La capacidad que tiene para mirar dentro de los colores o lo sonidos solo puede ser fruto de una incansable búsqueda de la felicidad o, quizá, de sí mismo.

Mishima crece transformándose, crece obsesionado por dos cosas: la belleza y la muerte. Combinación que comparte con otros autores como Edgar Allan Poe, Bierce, Quiroga, Pizarnik, Bernhard, Woolf, Pavese, etc. Mishima crece de espaldas al mundo, pero frente a lo que desea, y es ese deseo prohibido lo que le hace sufrir lentamente. Según sus palabras, es ese sufrimiento lento, el único sufrimiento posible.

Mishima tiene la suerte de crecer en una casa llena de libros que el niño y adolescente devora. La soledad le empuja a la lectura y la lectura a la soledad. Su aspecto frágil no ayuda para relacionarse con otros niños de su edad, prefiere permanecer horas mirando dibujos de cuerpos desnudos, de curvas griegas, esclavos o santos mártires con el torso atravesado por flechas. Siente auténtica atracción por el martirio, el dolor y la agonía. Eso le asusta. Convive con la muerte como el que convive con un hijo. Se prepara para interpretar su propio final, igual que aquel cuento de Onetti titulado Un sueño realizado.

Yukio, el adolescente, no se quiere, «la maldad siempre se cuela en sus alegrías». Mas adelante nos tropezamos con un adulto que siente la violencia y le rinde culto. Que el orden militar y la tradición ganan terreno al futuro, pero que a veces se encuentra a gusto en ese futuro y otras no. Al igual que le sucede a su propio país, en Mishima parecen convivir dos Mishimas, el Mishima que conserva y el que destruye. Y, un día, aparece una noticia en el periódico. Quizá, imagino que, mientras desayuna, se interesa por la historia, por el triste final de uno de los templos más bellos de Kioto. De acuerdo con el perfil del escritor que está en ese momento frente a la noticia, lo que realmente le interesa no es la destrucción sino la mente de aquel que ha destruido. Cuando comprueba que es un monje budista de veintidós años y que su motivación no era otra que acabar con una obsesión, arranca la hoja del periódico y decide escribir sobre los porqués. Hace la maleta y se va a conocer al protagonista de una de sus novelas: El pabellón de oro.  Mizoguchi, el protagonista, Hayashi, el monje inspirador y el propio autor, se hacen uno. Como resultado, nos encontramos con una novela compleja. El personaje protagonista, lejos de inspirarnos rechazo, nos atrapa como las fauces de un caimán, con mucho dolor. La lectura te va abriendo la puerta a una manera de contemplar, de reflexionar, de tocar, de razonar. Existen sombras malvadas, luces que se apagan, mujeres que se autodestruyen y una constante decepción por todo. Las mujeres se llevan la peor parte. La madre ignorada, la adolescente idealizada, y el resto son mujeres insignificantes que lo desprecian y prostitutas, sin más.

«Una carne que, expuesta ante mis ojos y desconectada por completo de la vida, solo servía para confirmarme la aridez de la existencia».

Con una lupa, observamos el mundo en un pétalo boca abajo o cómo las ramas de un árbol se precipitan hacia el suelo. Mishima construye imágenes llenas de contrastes, a veces crueles, que vuelven una y otra vez a colocarse frente al lector. Es la música de Proust, Rilke o Wilde. Utiliza las metáforas de situación para sumirnos en las sombras y llegar a sentir como el propio Mizoguchi.

«Al acercarse el verano, el espacio de mi pequeña celda condensaba el olor ácido de mi cuerpo (…) Era el hedor de un ser vivo joven que rezumaba por las vetas de la madera poseída por la patina de los años…»

Mishima con Eva Losada Casanova diciembre 2019

Vivimos en la escuela Rinzai, nos familiarizamos con sus rituales, las ideas y venidas de maestros y alumnos, y aquello que sucede a espaldas del mundo, ese secreto a voces que menoscaba las tradiciones y resquebraja la confianza en aquellos que nos enseñan. Y como «nuestra mente es guerrera» y pensar no sirve de nada, hay que actuar, todo se precipita, llegamos al climax. El narrador juega con el lector y finalmente sucede lo que se viene anunciando. El narrador nos va creando expectativas, que, como bombillas rojas, saltan cada cierto tiempo. Es un narrador que está muy próximo al lector. Lo instruye y usa como testigo de lo que va a venir.

El Zen no es una filosofía, no es una religión, no es una moral, el Zen es casi nada. Es despojarse de todo, ser libre. Y tras esa liberación te expandes, naces de nuevo.

«Se revistió entonces de esos atributos estériles e impasibles de la belleza y, mientras seguía ante mi mirada, lentamente se recluyó dentro de su propia esencia».

Mishima cata literaria La plaza de poe 2019.jpg

En El pabellón de oro, confluyen muchos ríos que el lector que navega con los ojos abiertos sabrá disfrutar. No se dejen deslumbrar por el pan de oro que recubre las paredes del templo, porque en lo que no es bello está la clave de esta fantástica historia.

«El cielo de la muerte poseía tal claridad que lo hacía idéntico al cielo de la vida. Entonces me abandonaron los pensamientos lúgubres. Ahora vivía en un mundo libre de sufrimientos».

Y tras años escribiendo, Yukio Mishima, vestido ya como un Samurái, listo para el acto final, apartado del mundo que no es capaz de cambiar y que se le escurre de las manos, ese mundo de ayer al que quiere pertenecer, pero que ha desaparecido, por fin se libera. Al fin consigue tener una muerte bella, la suya, la que él ha elegido; y, además, se trata de un desenlace que lleva casi toda la vida ensayando (y escribiendo).

Y es que, no cabe duda, escribimos lo que somos.

El pabellón de oro ( Kikkaku-ji)

Alianza editorial, 2017

Traductor: Carlos Rubio


 

Eva Losada Casanova es escritora, imparte talleres de novela, narrativa y relato en La plaza de Poe, coordina varios Clubs de Lectura en Madrid y desde, 2015, cada mes, saca adelante sus peculiares Catas literarias. Ha escrito, entre otras cosas, las novelas En el lado sombrío del jardín, (Funambulista, 2014, una de las novelas finalistas del Premio Planeta). El sol de las contradicciones (Alianza, 2017, Premio de novela Fernando Quiñones) y Moriré antes que las flores (próximamente).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s