Ficciones y desconfianza de la tribu. Kipling

ficciones y desconfianza de la tribu

Autora: Eva Losada Casanova

“Existe una antigua leyenda que cuenta la historia de un hombre que, al ser el primero en lograr una hazaña de enorme importancia, sintió la necesidad de contárselo a la tribu. Tan pronto como empezó a hablar, sin embargo, empezó a enmudecer y, faltándole las palabras, se sentó. Entonces se levantó—según cuenta la leyenda—un hombre que no había tenido maestro alguno, que no había tomado parte en la acción heroica de su compañero y que no tenía virtud alguna salvo estar tocado —esa es la expresión—por la magia de la palabra precisa. Él vio, él narró; y describió los méritos de aquella hazaña de tal manera que, nos asegura la leyenda, las palabras “cobraron vida y empezaron a caminar por el interior de los corazones de quienes escuchaban”. Desde ese momento, al comprobar la tribu que las palabras estaban vivas de verdad y temiendo que el hombre de las palabras pudiera crear con ellas historias falsas para contar a los hijos de la tribu, lo capturaron y lo mataron. Pero más tarde descubrieron que la magia estaba en las palabras, no en el hombre”.

 Discurso “Literatura” 1906 Kipling.

Esta leyenda a la que hace referencia Kipling cuando recogió el Premio Nobel de Literatura con apenas cuarenta y dos años, no solo habla del poder de la palabra sino de algo que a mí me ha causado siempre una profunda inquietud: la desconfianza hacia la ficción como tal. Como si solo pudiéramos aferrarnos a los límites de la realidad. Kipling, un hombre prácticamente adicto a la escritura, siempre pensó que la verdad descarnada era destructiva y que la única manera que teníamos de sobrevivirla era creando ficciones. Algo parecido decía Bradbury cuando afirmaba que había que emborracharse de escritura para que la realidad no nos destruyera. Qué sería de nosotros sin esa ficción que nos permite dejar de sentir en este mundo para hacerlo en otros, donde el ciego distingue los colores y el sordo se deleita con la música. Esas palabras donde nos acunamos y donde creemos que nada puede hacernos daño. Al fin y al cabo la ficción la escriben nuestras obsesiones, la tormenta que forman las sensaciones que nos habitan; o sea, nuestras “fuerzas desgarradoras” como decía el propio Kipling.

A veces creo que hay dos tipos bien distintos de literatura, aquella que nace de los infiernos de nuestro interior como la de Strindberg, que escribía para ejercitar sus sentidos y así no dejarlos que hicieran de las suyas, es decir, sentía miedo de sí mismo. O el universo fascinante de Pessoa quien dormía cuando soñaba lo que no existía y se despertaba cuando soñaba lo que podía existir; o bien aquella que formaba la incesante búsqueda de las miserias humanas de Flaubert o los laberintos del averno femenino de Emily Brontë y Virginia Woolf. Lejos está aquella otra literatura que baila con el adoctrinamiento y las imposiciones de la época. Me pregunto si los infiernos interiores tienen algo que ver con las tendencias del mercado o los aniversarios. Quiero seguir confiando en que no nos abandone aquella literatura que está por encima de la historia, incluso de la moral y, si me lo permiten, del propio arte.

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