¿Qué es una CATA DE LIBROS?

Las CATAS DE LIBROS son debates, reuniones de lectores con un libro ya leido bajo el brazo. Seres que se entregan a un viaje por la vida del autor, su obra, influencias, textos y por aquellos aspectos de su crecimiento que pudieron marcar su literatura, la voz o los temas a los que regresan una y otra vez. En las CATAS DE LIBROS nos acercamos a los autores desde la historia de su pais, la sociedad que los vio formarse y descubrimos sus obsesiones profundizando en la lectura del libro propuesto.

           Catamos un pedazo de literatura, un mordisco de historia, de vida y nos adentramos en el lenguaje que cada creador nos regala, lo hacemos con mimo, cuidado y mucho respeto. Es ese lenguaje el que nos motiva a la hora de asomarnos al oficio de artesano, a entender como el autor esculpe y cincela.

            En las CATAS huimos del mercado, de las modas o imposiciones. Nadie nos condiciona. Todos elegimos quién será el autor o autora protagonista de nuestra próxima CATA. Lo hacemos degustando queso, embutido y bebiendo un refresco o un buen vino. Leer, no les quepa duda, también abre el apetito a lo más mundano.

               Las CATAS DE LIBROS las forman lectores y escritores. Amantes generosos de la literatura que vibran con cada nuevo texto, los comparten con el resto y sienten que compartir su experiencia de lectura, es interesante, entretenido y, sobre todo, muy divertido. Hombres y mujeres con hábito de lectura, con ganas de defender su punto de vista, con capacidad para opinar con libertad sobre cualquier tema que el libro nos ofrezca. La diversidad que existe entre ellos, entre los lectores, es grande, por ese motivo las CATAS son ricas en matices y puntos de vista. Cada uno hace suyo el libro, suya la esencia.

              En las CATAS DE LIBROS hablamos mucho, se habla de todo, porque la literatura, la universal, la buena, trata sobre lo que nos preocupa también ahora, trasciende el tiempo y el espacio. Se sumerge en lo cotidiano.

              Las CATAS DE LIBROS, generalmente, las coordina un escritor o escritora porque quién mejor que ellos para entender los procesos creativos, la soledad frente al texto, los entresijos de un libro. No siempre lo académico nos deja las ventanas abiertas.

           En las CATAS DE LIBROS aprendemos a dejar atrás la superficie de los textos, escarbamos entre todos, los más jóvenes lo hacen con pasión y los mayores con algo más de cautela. Juntos, esa experiencia de lectura se enriquece. Y, sin duda, evoluciona. Después de asistir a una CATA tu manera de leer quizá cambie, no te sorprendas si sucede.

          Las CATAS son adictivas, no podrás dejarlas. La lectura es solitaria pero su reinterpretación puede ser una gran fiesta. La fiesta de la literatura. Novela, relato o teatro, da igual. Solo hay una premisa, una condición que uno nunca debe saltarse: la calidad del texto, de la obra. Una tarde con Stefan Zweig, una discusión con Virginia Woolf o Duras, discutir sobre la mujer y la traición con Musil o Strindberg, analizar el lenguaje de Handke, Joyce o bien interpretar el amor en Buzzati, las adicciones en Lowry o reir con los universos de Starobinets. Nadar en el simbolismo una tarde, en el naturalismo otra; darte de bruces con el romanticismo más cruel o el surrealismo más cercano.

           Leer no es una imposición, ¡qué va!, es una oprtunidad de asomarse con placer a la historia, a la vida, al conocimiento y aprender de la reflexión de otos. Leer es conocerse también, entenderse y crecer. Crecer sí, hacerse grande. ¿Hay algo mejor? ¿Más práctico?

 

Autora: Eva Losada Casanova.

Escritora. Coordina el CLUB DE LECTURA del centro de creación literaria de Madrid La plaza de Poe. CATAS DE LIBROS mensuales, talleres, charlas, certámenes y eventos literarios en torno a la creación.

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Anna Starobinets. Ícaro, Siti y la metamorfosis.

Autora: Eva Losada Casanova

Quizá, en ese futuro incierto y precipitado, en ese tiempo venidero al que la joven autora rusa Anna Starobinets nos empuja para que nos asomemos sin miedo a lo apocalíptico —siempre con la certeza de que algo horrible va a suceder—, leamos de boca de algún crítico la expresión: relato starobinetiano. No es lo que cuenta la autora, no es la intensidad, ni el aparente caos ordenado que envuelve todo, es esa mirada propia que ha ido surgiendo desde su primera obra en 2005. Es ese susurro de lo esperpéntico que nace en las profundidades de su fantasía, lo que la convierte en un referente actual del genero fantástico, o mejor dicho, ficción fantástica o ficción científica o lo que ustedes consideren apropiado. Catalogar es, en ocasiones, incómodo.

Aquello que nos encontramos en La Glándula de Ícaro —un compendio de siete historias breves, siete universos, siete conflictos diversos y semejantes, paradógicos, transformadores y también extremos—, es la explosión de una mente creativa genuina, joven, sin absolutamente ningún complejo. Una mente deliciosamente libre que escapa a cualquier autocensura. Es posible que su trabajo como reportera y su formación —ese viaje académico por el pensamiento clásico—, hayan alimentado a la autora, engordándola, para poder crear ese compendio perfecto entre filosofía, sociedad y fantasía. Ese coctel es el que nos provoca. Es esa mezcla, la que logra que, el acto de leer sea como degustar una bebida inteligente, exótica, ácida y divertida. Una bebida que se elabora entre algunos de sus coetaneos como Glukhousky o Rubanov. Mundos paralelos, cuerpos de quita y pon, sátira mordaz disfrazada en las fauces de la gran urbe moscovita. La llamada nueva literatura rusa fantástica, es una mina a descubrir para lectores intrépidos. Siempre que editoriales como Nevsky Prospect nos ayuden a ello.

Nos sumergimos en los universos de Starobinets con precaución y una distancia que, a partir del segundo párrafo desdaparece. Sus personajes están siempre perdidos. Ellos no lo saben, tan solo intuyen que algo va mal. Además son seres incompletos, tiernos e incompletos. Y eso, nos sobrecoje. Su ternura, lejos de provocarnos flojera, nos hechiza, es una ternura poco terrenal.

Su lenguaje, fluido y sencillo, pero no carente de cierta valentía, está sembrado de símiles y comparaciones. Es una autora que no pretende, que no imposta, que no se eleva por encima del bien y del mal, que no impone. Lo que hace es retorcer la realidad hasta sacarle el jugo del horror. Luego te deja nadando en ese horror. En su estilo no hay absolutamente nada blandito, mullido o cómodo. Eso agita al lector.

“Era un cuento ñoño y aburrido, hinchado de un optimismo forzado, y los dibujos eran del mismo tenor. La exaltada protagonista era una psicóloga cuya manera de hablar y cuyo nivel intelectual hacía mas bien pensar en la víctima de una lobotomía que en una especialista en funciones”.

Los temas favoritos, a lo largo de estos siete relatos, coinciden en gran medida con aquellos que sobrevuela en el resto de su escasa e intensa obra: sociedades impuestas, consumo desmedido, totalitarismos, adoctrinamientos, manías humanas, contradicciones domésticas, transformaciones y lo posthumano. Más que a un Stephan King, como nos ilustran algunas reseñas, a mí me han venido algunos efluvios con aroma a Kafka, Saramago o Houellebecq. Cosas absurdas que tiene una.

 Desde el primer relato que da título al libro —La glándula de Ícaro—, nos coloca delante de procesos transformadores. Terriblemente transformadores. Curvas, espirales y finales que quitan el aliento y, en ocasiones, te sumen en una tristeza malsana pero necesaria para continuar leyendo. ¿Qué tipo de sociedad deseamos de verdad? ¿Dónde nos puede llevar el orden de lo impuesto? En este primer relato, la autora ya nos predispone, ya nos alerta de que aquello que queda por venir es todo menos mediocre. Lo irónico va ocupando su sitio. ¿Celos? Algo más.

            “La extirpación planificada de la glándula de Ícaro contribuye a la estabilidad matrimonal, a la regulación pacífica de los conflictos geopolíticos y al desarme nuclear”.

Con el segundo relato llegamos al orden de Siti, una ciudad a medida que aparentemente nos puede recordar otros escenarios, lugares comunes de un cine próximo y comercial pero que en manos de la autora, se transforma en un recorrido por los deseos y las esperanzas frustradas de todo ciudadano que espera algo más de su ciudad y, de repente, se tropieza consigo mismo; con su debilidad y sueños frustrados. Convive con la enfermedad, la soledad y el abandono. Probablemente, su Moscú, engrandecida, deshumanizada y aparentemente ordenada asomen tras las calles de Siti.

“Solo de madrugada Siti me escupe al sueño, después de haberme chupado la sangre”.

Una ciudad de gente imperfecta donde un escritor se ahoga, lucha y va, poco a poco, derivando hacia la decrepitud. Esa es la parte más realista del relato, supongo.

“Las farmacias de Siti están pensadas para la gente sana”.

En el tercer relato, El Lazarillo, la autora resvala y nosotros con ella. Es quizá, de todas las historias, aquella en la que nos perdemos sin tener la certerza de saber cómo volver. Es posible que la sublime imperfección chéjoviana hayan contribuido a una búsqueda narrativa libre, propia y sin complejos; o a lo mejor es Kafka —una vez más— el que tira de todas estas acciones absurdamente encadenadas que reflejan la relación entre arte y consumo. Tema delicado y apasionante tratado de manera casi laberíntica y muy cómica.

Con el relato El parástito —un relato de estructura elíptica—, la plasticidad y lo esperpéntico conviven con una ternura tremenda, de una fuerza tal, que de manera fortuita nos arranca unas cuantas lágrimas desprevenidas. Al menos en mi caso. Lectora con muy poca tendencia al lagrimeo y menos por un ser tan extraño como Pávlusha. Este es un relato que comienza como un racconto, un instante que se prolonga hasta el infinito con varios planos temporales y que, para colmo, está narrado por un mudo. Triple salto mortal con sorpresa candente. Una crítica mordaz al fanatismo religioso.

En La frontera nos quedamos sin aliento y no vemos el momento de bajarnos nosotros también en esa parada de nuestra vida, quizá en la misma que uno de sus protagonistas, los felices años ochenta. ¿Tenemos todos una parada de tren propia? La autora regresa al amor incierto, malentendido, la pareja alejada.

“Olga había desarrollado esa táctica: hacer a menudo afirmaciones de ese tenor, categóricas y destempladas, que sonaban como rúbicas trazadas con un tenedor de niquel en un plato sucio”.

Starobinets no nos da tregua y en el relato Delicados pastos, se empeña en dejarnos, una vez más, con tiritona y una lágrima ácida colgando. Lo hace frente a las oficinas de Human-Plus, preguntandonos cómo es realmente ese trayecto que va desde el universo inanimado hasta lo posthumano. Bienvenida distopía.

“Aquí te condenan a muerte por cualquier gilipollez”. “Aquí todo es blando, en este corredor de la muerte, blando y elástico como un parque infantil”.

Y cuando creemos que ya nada puede con nosotros, cuando nos hemos hecho fuertes y ha crecido una costra que nos protege del terror narrativo, nos sumergimos en uno de los mejores relatos de este libro: Spoki. Un relato protagonizado por una madre sublime, imperfecta. Un relato de lectura obligada para padres, madres, tíos, tías, abuelas y abuelos. En fin, para cualquiera que lidie con el crecimiento infantil o adolescente y no se haya parado a pensar en qué es aquello que están haciendo con nuestros hijos. ¿Solo con nuestros hijos? Esta es la pregunta que emerge a media lectura y la que nos acompañará mucho tiempo después de terminar esta colección de relatos.

Un agitado placer, perturbador e inquieto. Una lectura de batidora que hace girar las inchorencias que llenan nuestra vida. Cualquier atisbo naif o infantil es decapitado inmediatamente. No da tregua, no colorea nada, no lo pone fácil. Para ella “Todo empezó por una minucia”. ¿No empieza así esa escritura brillante, esa que siempre termina irremediablemente en brazos de lo más universal?

Editorial: Nevsky Prospects.

Traducción: Fernando Otero.

Prólogo: Ismael Martinez.

Libro perteneciente al programa del Club de Lectura de La plaza de Poe

Eva Losada Casanova. Escritora. Directora, coordinadora de Club de Lectura, profesora de los talleres de narrativa en el espacio de creación literaria y musical La plaza de Poe. 

 

Las Tres mujeres de Robert Musil

Tres mujeres. Robert Musil

 

Autora: Eva Losada Casanova

Es posible que cuando un lector aborda Tres mujeres, lo haga con una lejana pero clara sospecha de que quizá, Robert Musil, haya pretendido profundizar en la psicología femenina, en esa naturaleza que le es ajena pero que, como buen estudioso de las relaciones humanas, se alza como un reto para el escritor que ejerce. En seguida, a medida que avanzamos por la exuberante naturaleza musiliana, comprendemos que no, y una vez más nos conformamos con un análisis masculino del territorio que se nos abre.

“…allí no le median a uno por sus cualidades humanas, como en el resto del mundo— que si era formal, poderoso y temible, o bien fino y guapo—, sino que fuera el hombre que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de la vida, uno encontraba afecto porque había traído la prosperidad; el afecto iba delante de uno como un heraldo; le estaba esperando en todas partes como una cama recién preparada para el huésped”.

Este análisis escorado no nos detiene. No nos importa. La profundidad, calidad, interés y prosa de Tres mujeres, está a la altura de cualquier gran obra europea de la primera mitad del pasado siglo. El lenguaje rupturista, condensado, rico y estéticamente impecable, aflora por encima de cualquier trama, de cualquier núcleo o catálisis.

“Al entrar él silenciosamente, ella le consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que, sin embargo, hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y en cuyo interior uno sin embargo, se desliza”.

            La sucesión de símiles, metáforas y figuras narrativas varias, nos envuelven en la primera página y ya no nos abandonan hasta que en el último relato, el de la silenciosa y enigmática Tonka, aflora, finalmente la intención última del autor: diseccionar en la mesa de su laboratorio las relaciones de poder— todas y cada una—, utilizando como un tubo de ensayo ese poder que un hombre pudiente ejerce sobre una campesina a la que compara con una vaca; eso sí, una vaca atractiva, que despierta en él un claro instinto animal, un peligroso e intenso instinto animal. La primera historia se titula Grigia: una campesina joven, deseable y de convicciones firmes a quien se le cruza Homo. Un hombre poderoso de ciudad. Musil, juega con su personaje masculino como si se tratase de un ratoncillo al cual se le ha inyectado libertad y vitalidad en una mono dosis mortal. El resultado es impecable, mientras la historia se diluye, la fuerza de ambos, se concentra en la emoción del lenguaje que asume un protagonismo indiscutible y nos lleva hasta un final perfecto y glorioso. No cabría otro mejor. Es en ese momento cuando te abalanzas sobre las siguientes dos historias: La portuguesa y Tonka. En el universo de La portuguesa, la bella portuguesa, suenan trompetas fantásticas; caminamos ahora por un universo casi medieval donde Musil echa mano de una larga sucesión de metáforas e historias de gatos y encantamientos —casi un guiño al gran Poe— para mostrarnos hasta qué punto, los celos, son capaces de cavar nuestra propia tumba. Tema recurrente en su obra y en este libro formado por tres vidas bañadas por las obsesiones. ¿Las del autor? Probablemente.

            Destacan las descripciones de estas tres mujeres. Son magistrales. “Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota”. Hay que conocer a Tonka para comprender que, efectivamente, su alma está contenida en esas gotas de lluvia.

“La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que estos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aun una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esa hendidura desaparece cuando estamos despiertos , como si solo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka”.

            Me pregunto, a medida que avanzo por este ir y venir de gestos y silencios femeninos, si estas tres mujeres no son la misma mujer a la cual acompaña tres hombres diferentes, tres Robert Musil en tres momentos de su vida. Quizá, su primera novela, Los extravíos del colegial Törless, sobrevuelen a Tonka, o quizá no. Las tres mujeres anteponen su naturaleza a todo lo demás, las tres son conscientes de su propio poder, invisible para el hombre. Y, las tres, motivan la desesperación y la locura del que las desea. Otro de los grandes temas de Robert Musil: el erotismo. El otro es la culpa. Esa culpa que se instaló en su vida de una de su obras de referencia: Crimen y Castigo.

            Tres mujeres es brillante, producto de tiempos convulsos donde el modernismo entraba gritando en Austria, donde el feminismo buscaba su espacio, donde los pilares de la moral se tambaleaban y los movimientos sociales eran mareas espumosas. Esos años que fueron el abono de grandísimos autores que, como él, vivieron en el exilio e hicieron de aquel tiempo, el eje de su obra: Broch, Schnitzler, Rilke, Roth, Kraus, Zweig, Sperber, Kafka o Canetti.

            Tres mujeres es la antesala, el camino directo hacia su gran obra, aquella para la que pareció nacer: El hombre sin atributos. La ironía salpicada de historia, imaginación, dispuesta a hacer uso del lenguaje para brillar por encima de cualquier época. “La ironía no es para mí un gesto de superioridad, sino una forma de lucha”.

            Lástima que fuera un autor escaso como alguno de su ilustres amigos. Lástima que su muerte repentina no le permitiera finalizar la obra de su vida. Y lástima que esta edición de Tres mujeres que tengo en mis manos, y tanto me ha costado conseguir traducida a nuestro idioma, (Seix Barral 1985), esté tan descuidada, con erratas y algunas frases sospechosamente mal traducidas. Pese a ello, su lectura ha sido de los más placentero. Hay autores que no se puede con ellos. Espero de verdad que no tengamos que aguardar a que sea de nuevo su aniversario para que se mime más a este autor. Sería una gran apuesta que fuera una grande de la traducción, como por ejemplo Isabel Adánez, la que tase cartas en el asunto. ¡Ojalá! Dijo una lectora.

Tres mujeres. (Drei Frauen). Robert Musil. Traducción de La portuguesa Mario Benedetti. Traducción de Grigia y Tonka, Ingrid Zeder.Seix Barral (1985, 2013). Austral 2013

 

La mancha en la pared de Virginia Woolf

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Autora: Eva Losada Casanova

Hay textos que se abren despacio, después de dos o mas lecturas. Emergen como experimentos de laboratorio y van formándose, con paciencia, como un mecano en la mente del lector. Textos que nacen de la confrontación, de la imperiosa necesidad de decir. Con pocos relatos he tenido una experiencia tan extraña y cautivadora al mismo tiempo que con La mancha en la pared de Virginia Woolf. Bañado en una melancolía poco común, una melancolía sólida, no blanda, como “huesos enterrados en la tierra”, una melancolía que ella tilda de inglesa, de paseos entre jardines sombríos. Es la melancolía de Orlando, aquel personaje, a caballo entre lo femenino y lo masculino, entre la fantasía y la denuncia, esa melancolía que tiñe muchas de sus obras. Virginia parte de la realidad desfigurada para iniciar su fluir de conciencia. Aparentemente, durante la primera lectura, puede parecer que el desorden ocupa el texto, que todo es un divagar por esto o por aquello. Nada más alejado de la realidad. Este relato, el primero que publicó, está organizado de tal manera que nos transporta por la vida de la autora valiéndose de símbolos, símiles, metáforas y un sin fin de pequeños senderos que van y vienen por sus inquietudes y escasas certezas. Rechazo, inconformismo, creación, guerra, literatura y un laicismo latente de la mano de la naturaleza como orden supremo.

Es un relato inquietante, donde reina un manejo magistral de la transición. Liga de manera fluida, armónica y con un ritmo cuidado, cada idea, cada regresión; y lleva al lector, en sus continuas lecturas, hasta lo más profundo de su propia conciencia. Utiliza el espejo, el reflejo, para alejarnos; y la aparente realidad para acercarnos. “Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento…La ignorancia de la humanidad”.

El rechazo a lo doméstico, al hombre belicista, a la invisibilidad de la mujer, a la sordera del mundo y, sobre todo, el rechazo a la tradición a esa maldita tradición donde siempre parece sentirse presa. ¿Es posible contar todo esto desde el realismo? Probablemente no. No, al menos, en ese momento y por una mujer. Es por eso por lo que se inicia en esa huida del realismo acuciante para adentrarse en una prosa distinta, modernista, estética, donde el lenguaje, además de esconder, está al servicio de las emociones y las sensaciones, antes que a la razón. Quizá no tuvo más remedio que hacerlo. El tiempo, lo humano, el entorno social, todo parece tener un lugar entre “los dedos del gigante”. La autora nos embarca en los procesos creativos, en la contemplación como semilla, en la imperiosa necesidad de huir de la realidad para sobrevivir a ella. En el libro como refugio y en el poder embaucador, determinante y único de la naturaleza.

Este es un relato único, diferente, modernista, como ella, como gran parte de su obra. Un primer relato publicado, trabajado, cuidado hasta la última coma. Nada en él parece obedecer al caos, a la letra improvisada. Nada sobra.

¿Quién es ella realmente? ¿Aquello que se ve? Es o no es aquello una mancha en la pared. ¿Un clavo quizá? Qué importa lo que sea, lo interesante es dónde nos lleva.

 

Una mancha en la pared de Virginia Woolf.  Hoghart Press 1917 Londres.

Los desiertos de DINO BUZZATI

Autora: Eva Losada Casanova

La muerte, la finitud, el devenir de la vida…quizá sean esos los temas en los que uno echa el ancla cuando pasea por las novelas o los cuentos de Dino Buzzati. No importa que los críticos hablen de dos épocas, de dos momentos o corrientes dentro de su obra, para mí, Dino Buzzati, parece querer escribir siempre la misma historia: aquella que determina su propia existencia. Desde una posición equidistante con el lector, nunca más allá de su entendimiento o sus capacidades, Buzzati rara vez se aleja. Es posible que sea esa proximidad, ese entender la vida, la vida común, la de nacer y morir, sin más, lo que le convierten en un gran escritor, uno de los grandes escritores italianos. Sus párrafos, conjeturas, sus idas y venidas, a veces en grandes espirales agonizantes, siempre están mezcladas con descripciones que sosiegan. El Milán de los prostíbulos y callejuelas inmundas o la nada hecha de arena que se respira en el gran desierto, aquel donde el lector se queda sin agua, sin saber por dónde o para qué vivir, esperando siempre al mismo amanecer. Para Buzzati el desierto era como para Thomas Mann la montaña: la vida y la muerte y, entre medias, la enfermedad.

Y como sucede a menudo con los grandes escritores, su fulgor popular llega tarde y casi siempre de la mano de sus colegas. En este caso son otros, grandes como él, que un día, descubren que su propia obra está impregnada de los mismos laberintos del escritor italiano. Y es que, una vez que has leído a Dino Buzzati, ciertos ilustres textos te vienen ya repetidos y comprendes entonces lo injusto que resulta a veces esto oficio que solo parece que se disfruta en la otra vida, donde de poco sirve el reconocimiento o los halagos. Como decía otro gran escritor, en este caso portugués, “solo me entenderán después de muerto”.

            Algunos de los relatos que escribió cuando trabajaba en el periódico italiano, Il Corriere della Será, que este año cumple ciento cuarenta años, relatos como Sette piani (Siete pisos o Siete plantas); son pequeñas obras maestras que condensan todo el pensamiento del escritor en apenas media docena de páginas. Sette piani es un relato que te acompañará el resto de la vida como acompaña a Giuseppe Corte, hasta ese momento, ese que nos llegará a todos, donde un día nos podrá la sumisión frente a aquella persiana que terminará de cerrarse para siempre. De la misma manera se impregna en el lector la inmensidad de ese desierto, la indecisión o el tiempo perdido, ese tiempo que irremediablemente termina siempre en el mismo lugar. Ese tiempo insalvable con el que Buzzati juega una y otra vez en su obra.

Gran conocedor de las bajas pasiones, de aquello que nos debilita, Buzzati, retrata en la novela “Un amor” a un hombre solo, sumido en el delirio del amor imposible. Y, de paso, coloca al lector en una posición incómoda donde lo correcto, lo ético queda en entredicho y, en ocasiones, hasta puede ofuscar. Buzzati no busca complacernos nunca, no es su estilo, a él le gusta agitarnos, que nos miremos a nosotros mismos y nos preguntemos qué estamos haciendo, a qué hemos venido y si, en realidad, nuestra existencia es eso: un laberinto. El laberinto en el que Borges, muchos años después, recalaría y se perdería. Ese mundo en remolino, fantástico y real al mismo tiempo. Ese universo que se alimenta de algunos de los relatos de Edgar Allan Poe donde es la multitud la que nos oculta a nosotros mismos o bien, como sucede en el relato titulado Una cosa que empieza por ele, donde la influencia gótica de Poe es vistosa. Me atrevería a afirmar que quizá sea ese uno de los relatos de Buzzati más “Poeiano”.

            Y si me empeño, también encuentro a Buzzati en Onetti, y a Onetti en Buzzati; en esa manera tan particular de describir, cargada de lirismo, de fuerza narrativa. “Mientras, volvía a vestirse, con aquel estado de ánimo particular, sereno y melancólico, que sigue al desahogo de los sentidos”, escribe Buzzati sobre el personaje de Tonino después de haber hecho el amor con la señorita Laide.

            Las murallas, las fortalezas, las paredes que nos separan de lo que seremos, son constantes en su obra; el leproso que se asoma a la ciudad desde lo alto de la torre de vigilancia y se encuentra con la desesperanza en El hombre que quiso curarse; y el muro infinito de Giovanni Drogo, desde donde los meses se hacen años entre un día y otro. O el viaje interminable del relato de Los siete mensajeros, o esa carta del amor interrumpido, esa carta que, como la vida, nunca se termina de escribir. Siempre es el tiempo en forma de abismo, abriendo sus fauces. El hombre como siervo de ese tiempo, atrapado siempre en él.

Dice Borges, gran admirador de Buzzati, en el prólogo de El desierto de los Tártaros “Un desierto que es real y es simbólico. Está vacío y el hombre espera muchedumbres”.

Coetáneo del también periodista y escritor romano, Alberto Moravia y del escritor Lombardo Cesare Pavese, Dino Buzzati comparte con ellos, sin duda, esa dulce melancolía que surge como decían antaño los curanderos, “cuando la tristeza y el miedo duran demasiado tiempo”. Esa melancolía con la que algunas nos envolvemos siempre que nos dejan. Libros y autores que un día sientes cómo te rodean y comprendes entonces por qué sus desiertos y laberintos, los de Onetti, Moravia, Pavese, Kafka, Pessoa, Borges, Buzzati y los del mismísimo Sócrates, los haces también tuyos.

La obra de Dino Buzzati la han recuperado en los últimos años y traducido las editoriales Acantilado y Gadir. La primera vez que llegó a España fue de la mano de José Janés en 1943. A lo que la editorial Plaza&Janes da continuidad, en 1959, con la colección Maestros de Hoy, edición recuperada de la biblioteca materna, de páginas finísimas y letra diminuta.

El relato de la inmediatez

Autora  Eva Losada Casanova

En esta nuestra nueva era cultural regida por la nefasta inmediatez, por la superficialidad convertida en análisis, por la observación fugaz, la narrativa se cubre de una basta capa de polvo donde tan solo unos pocos se toman la molestia de pasar un paño y abrir el libro, no para asomarse sino para vivir en él. Las lecturas en diagonal proliferan tan rápido como el microrelato, tan rápido como las citas manidas que viajan por las redes junto al café de la mañana. Frases sacadas de contexto que han perdido todo contenido porque no obedecen a la parada de un lector cualquiera en el texto que, en ese momento, sostiene entre sus manos, un texto que le ha impactado o dejado sin aliento. Obedece más bien al exitoso resultado de un copia y pega veloz, raudo, mientras engullimos una madalena. Nos fascina el copia y pega furtivo que la era digital nos permite, es casi un acto reflejo. Además, a esa especie de escritura rápida, contribuye una lluvia, tormenta más bien, de títulos que corretean por falsos atajos, que no han atravesado los fastuosos y complicados túneles de la edición profesional y se agolpan en portales, redes y, desafortunadamente, también lo hacen a las puertas de las ya saturadas librerías. Eso provoca una sombra oscura, a veces infranqueable, para el resto de textos que han pasado los criterios de aquellos que, más o menos, siempre tienen un espacio en sus corazones para la literatura con letras grandes. Editores pequeños, apasionados, con escasos medios, ricos en apoyos y simpatías, amorosos artesanos, especímenes admirados, que cuando pueden, miman a sus autores y que pasan sus vacaciones de verano con media docena de manuscritos. Seres de otro mundo que si hubieran querido un camino fácil, jamás se hubieran adentrado en semejante aventura; o bien hombres y mujeres de carne y hueso, con nombres y apellidos, tras grandes grupos editoriales que ayudan a conservar la dignidad, a veces tan escurridiza, en los grandes emporios que tratan con algo tan delicado como la narrativa. Frente a todos ellos, las grandes imprentas, disfrazadas de lo que no son, con nombres marketinianos, que inscriben los títulos en columnas y filas de hojas de cálculo, con el sumatorio anclado, donde las falsas promesas bailan con las prisas y los inmaduros y poco domados egos del escritor novel.

La escritura no tiene nada de inmediato, la lectura tampoco, ni la edición, ni la traducción, ni el proceso creativo. No hay cabida, no hay lugar, son como el agua y el aceite. La narrativa es reposo, es reflexión, sosiego, es refugio, es un estar en nosotros y no estarlo, es todo menos llegar el primero. Hace unos meses, un alumno se me acercó y me dijo: “Este otoño quiero publicar mi libro de relatos”. Yo le pregunté si estaba trabajado en él, cuánto tiempo llevaba escribiéndolo, cual era el origen de su trabajo, cuántos relatos tenía a medias, cuántos terminados y si ya tenía algún plan para su edición. “No lo he escrito todavía, ni siquiera sé bien de qué va a tratar pero tengo ya el título y yo creo que en dos mesecillos lo sacamos”, me respondió. Un libro de relatos, en ocasiones, es una vida entera, es un conjunto de fragmentos de uno mismo, obsesiones, llanto, alegría o desesperación. Cada relato es una escena que casi siempre hemos rescatado de una experiencia propia, de un conjunto de lecturas, de la observación meditada, de preguntarnos, de la crítica del entorno o simplemente de nuestros miedos, de los temores que nos asaltan en la vida o de aquello que nos sobrecoge o excita. Un libro de relatos también es una infancia revisitada, un ajuste de cuentas con nuestro pasado o con la realidad que nos rodea. ¿Cómo se puede” fabricar” eso? ¡No se puede! Una novela o un libro de relatos se produce, crece, evoluciona, se alimenta, capa sobre capa; está hecho a base de minerales y sustratos que enriquecen la tierra donde se plantan las historias, donde cada frase, cada diálogo y cada gesto somos nosotros. Dejemos las prisas y regodeémonos en el placer de la creación, ese que siente el lector cuando hace suyo el texto, cuando la lectura es una experiencia; y aquel otro placer del escritor, inigualable y casi sobrehumano,  que comienza cuando el tiempo es más un aliado que un obstáculo que salvar. Recuerdo que, hace unos años, en un artículo de un periódico inglés leí el siguiente enunciado “¿Te imaginas ser capaz de leer un libro en un par de horas? ¿O toda la obra de tu autor favorito en pocos días?” Seguí leyendo mientras me susurraba a mi misma que no, que desde luego, no me lo imaginaba, ¡que no quería ni imaginármelo, hombre! ¿Para qué? Es como si te dijeran algo así como ¿Quiere usted visitar el Museo del Prado en 45 minutos y no perderse ni una sola obra?”. ¡No quiero, gracias! De verdad que no. Lo que realmente me apetece es acampar entre El jardín de las delicias y El sueño de Jacob. Desearía arroparme con cada libro, ensayo, poesía o novela que leo, aunque en pocos años olvide los títulos, la trama pero, eso sí, jamás el sabor; el sabor de un libro no lo pierdes nunca. Desearía poder escribir varias docenas más de relatos, hacerlo serena, tranquila. Escribir la tercera, la cuarta, la decimosexta novela, sin esperar que la inmediatez escriba su propio relato, habite y se instale a sus anchas en lo que me queda de vida. Ya solo nos faltaba esperar a la muerte también con prisas.

Ficciones y desconfianza de la tribu. Kipling

ficciones y desconfianza de la tribu

Autora: Eva Losada Casanova

“Existe una antigua leyenda que cuenta la historia de un hombre que, al ser el primero en lograr una hazaña de enorme importancia, sintió la necesidad de contárselo a la tribu. Tan pronto como empezó a hablar, sin embargo, empezó a enmudecer y, faltándole las palabras, se sentó. Entonces se levantó—según cuenta la leyenda—un hombre que no había tenido maestro alguno, que no había tomado parte en la acción heroica de su compañero y que no tenía virtud alguna salvo estar tocado —esa es la expresión—por la magia de la palabra precisa. Él vio, él narró; y describió los méritos de aquella hazaña de tal manera que, nos asegura la leyenda, las palabras “cobraron vida y empezaron a caminar por el interior de los corazones de quienes escuchaban”. Desde ese momento, al comprobar la tribu que las palabras estaban vivas de verdad y temiendo que el hombre de las palabras pudiera crear con ellas historias falsas para contar a los hijos de la tribu, lo capturaron y lo mataron. Pero más tarde descubrieron que la magia estaba en las palabras, no en el hombre”.

 Discurso “Literatura” 1906 Kipling.

Esta leyenda a la que hace referencia Kipling cuando recogió el Premio Nobel de Literatura con apenas cuarenta y dos años, no solo habla del poder de la palabra sino de algo que a mí me ha causado siempre una profunda inquietud: la desconfianza hacia la ficción como tal. Como si solo pudiéramos aferrarnos a los límites de la realidad. Kipling, un hombre prácticamente adicto a la escritura, siempre pensó que la verdad descarnada era destructiva y que la única manera que teníamos de sobrevivirla era creando ficciones. Algo parecido decía Bradbury cuando afirmaba que había que emborracharse de escritura para que la realidad no nos destruyera. Qué sería de nosotros sin esa ficción que nos permite dejar de sentir en este mundo para hacerlo en otros, donde el ciego distingue los colores y el sordo se deleita con la música. Esas palabras donde nos acunamos y donde creemos que nada puede hacernos daño. Al fin y al cabo la ficción la escriben nuestras obsesiones, la tormenta que forman las sensaciones que nos habitan; o sea, nuestras “fuerzas desgarradoras” como decía el propio Kipling.

A veces creo que hay dos tipos bien distintos de literatura, aquella que nace de los infiernos de nuestro interior como la de Strindberg, que escribía para ejercitar sus sentidos y así no dejarlos que hicieran de las suyas, es decir, sentía miedo de sí mismo. O el universo fascinante de Pessoa quien dormía cuando soñaba lo que no existía y se despertaba cuando soñaba lo que podía existir; o bien aquella que formaba la incesante búsqueda de las miserias humanas de Flaubert o los laberintos del averno femenino de Emily Brontë y Virginia Woolf. Lejos está aquella otra literatura que baila con el adoctrinamiento y las imposiciones de la época. Me pregunto si los infiernos interiores tienen algo que ver con las tendencias del mercado o los aniversarios. Quiero seguir confiando en que no nos abandone aquella literatura que está por encima de la historia, incluso de la moral y, si me lo permiten, del propio arte.

El subjuntivo. Sea lo que sea.

El subjuntivo. Sea lo que sea.

Autora: Eva Losada Casanova

El mal uso del modo subjuntivo es como caminar con una piedra en el zapato: duele. Duelen los oídos del bienintencionado interlocutor que, casi siempre, por no parecer quisquilloso, no corrige. Además, esa piedra, provoca un caminar  ladeado, torpe y algo vulgar. El mal uso del subjuntivo resta elegancia al lenguaje, es un quiebro en las frases, un balbuceo que todo hispanohablante debería mimar y proteger. Es un modo gramatical sin hogar, un deseo, un posible futuro, algo inacabado que puede o no suceder. Es una ficción muy nuestra, muy española. El subjuntivo es casi ilimitado, es a veces vago. Los matices que aporta al significado de una frase, de un párrafo, de una mera expresión son sutiles y contundentes al mismo tiempo. Si “Me agrada un hombre que sabe escuchar” o “Me agrada un hombre que sepa escuchar” estoy hablando de hombres diferentes, situaciones diferentes y espacios diferentes. Es más, en la segunda frase, no sabemos si el hombre en cuestión existe o no. El lector o interlocutor reaccionará de manera muy diversa ante ambas situaciones y no tendrá más remedio que aferrarse al contexto para comprender. De igual manera, si decimos “Lo que me asusta de ese perro es que muerda” o “Lo que me asusta de ese perro es que muerde”, hablamos de situaciones diferentes y quizá también de perros algo distintos. En el primer caso el perro puede o no morder; el hecho de que lo haga puede o no pertenecer al imaginario del que pronuncia o escribe la frase, es un temor, una fantasía o una duda. En el segundo escenario los hechos son contundentes: el perro muerde.Sabemos que lo hace, nos lo han dicho, lo hemos visto o nos ha mordido.

El modo subjuntivo trae de cabeza a los extranjeros que quieren hablar bien nuestro idioma, pocas veces logran acertar con su uso. El modo subjuntivo acompaña nuestros sueños y anhelos, queremos una casa que tenga jardín o un hijo que sea inteligente. Y también forma parte de nuestros sentimientos, de nuestras emociones cuando decimos: “Espero que encuentres lo que buscas” o “Que no sea como tú quieres no es un motivo para echarme de casa”. Entre todos los usos hay uno especialmente conmovedor, aquel en el que lo imperativo se suaviza, en el que la orden depende del otro, del que escucha. “Haz con tu vida aquello que prefieras” “Tírate por la ventana cuando tú creas”. Es una orden, sí, pero con margen de acción, educada, con cierto consenso subyacente. ¡Qué impreciso resulta el subjuntivo! Qué vago y delicioso modo de expresar lo que sea, lo que tenga, lo que quiera y hasta lo que fuera o parece. Qué maravilloso idioma el nuestro.

Joseph Joubert. La esencia del escritor sin obra

Autora: Eva Losada Casanova

Escribir lo esencial. Este parece ser el lema de Joseph Joubert. Escritor francés nacido en 1754 que curiosamente nunca tuvo obra. Nunca publicó nada en absoluto pero escribió frases como esta: “Son buenas obras solo aquellas que han sido durante mucho tiempo, si no trabajadas, al menos soñadas”.

            Amigo de Chateaubriand y durante un tiempo ferviente defensor de la Revolución francesa, dedicó gran parte de su vida a contemplar el mundo, a condensar en unos cuantos renglones la vida, la suya y la de los demás, pero sobre todo y de manera brillante, la de los artistas. La escritura para él iba mucho más allá de un conjunto de textos, él escribía fuera de la hoja en blanco, pese a ello, sus lectores, invisibles, impreceptibles, se rinden a la sencillez de lo que otros publicaron por él. Sus aforismos, delicados paseos por el alma humana, por el paisaje que le rodeó en vida, llegan hasta hoy bañados en esa universalidad que lo envolvía y que todo buen escritor tendría que habitar. No estamos hablando de un Fernando Pessoa que, pese a no haber publicado en vida, su legado todavía se está estudiando e interpretando y, por qué no decirlo, reescribiendo. Joubert a diferencia del poeta lisboeta, no dejó nada para publicar. Apuntes, reflexiones, impresiones de la vida cotidiana fue lo que su mujer rescató tras su muerte y sus amigos ayudaron a sacar a la luz. Una manera de reconocimiento harto romántica para el oficio de escritor.

            Joubert, un lector empedernido, inmerso en las corrientes filosóficas de su época, dedicó su vida a anotar aquello que se le iba pasando por la cabeza, sin un orden, sin una estructura propia del tradicional diario íntimo. Joubert podía representar la libertad máxima, la pureza del escritor. Sin ataduras, sin imposiciones, sin asomarse a sus contemporaneos, alejado de todo contagio literario. La sutileza de sus escritos, la agudeza de su mirada nos regala un conjunto de pensamientos casi sublimes. Nuevemil páginas manuscritas durante cincuenta años y publicadas, con el título de Pensamientos, ciento catorce años después de su muerte, en 1938. Esto se llama vigencia literaria. Saltar por encima de escuelas, modas, corrientes o tendencias. Parece que para él, lo único trascendente es esa estética del lenguaje que actualmente tanto echamos en falta, tanto necesitamos. El lenguaje hecho arte.

            Qué mejor que el amor y admiración de una mujer, y un ilustre y noble amigo, de ideas en muchas ocasiones contrarias, como Chateaubiand, para dotar de credibilidad tan delicada obra y colocarla donde merece estar. “A través de la belleza de estas páginas —escribió— podrá verse lo que perdí yo y perdió el mundo (…) nunca pensamiento alguno había suscitado tantas dudas a la inteligencia, ni planteado cuestiones tan elevadas, ni inquietado tanto”. Supongo que después de esta declaración, al lector le asaltan unas ganas irrefrenables de leer a Joubert; el gran defensor de la sinceridad en el arte, de anteponer la emoción y el placer a la maestría.

            Los escritos recopilados por la Editorial Periférica, traducidos por Luis Eduardo Rivera, con el título Sobre Arte y Literatura, que recogen quizá lo más sublime de Joubert, se aproximan a lo que podría ser un decálogo estético para un escritor o cualquier artista. Todo individuo que dedique su vida a la creación debería detenerse en estas páginas.

            Para Joubert el escritor debe deshacerse de la vanidad y la pretensión, esta choca con la razón. Huía de las luces artificiales de los textos: “Las palabras son como el vidrio, oscurecen todo aquello que no ayuda a ver mejor”. Para él la literatura no solo era pasión y placer sino también cuestionarse el mundo: “Hallamos en los libros no solo lo que aumenta nuestras pasiones sino también lo que aumenta nuestras opiniones”.

            A Joubert le encantaba criticar la vanidad de aquel que crea: “Lo que es dudoso o mediocre necesita del consenso para agradar a su autor; pero lo que es perfecto lleva en sí la convicción de su belleza, de su mérito”. También alerta a los pseudopoetas, aquellos que adoptan falsas posturas del alma: “No puede hallarse poesía en ningún lado cuando no se lleva dentro”. Y a la escritura que sale de la pluma rígida, enemiga de la belleza: “Un espíritu demasiado tenso, un dedo demasiado contraido, perjudica la facilidad, la gracia, la belleza”.

            Termino este breve paseo por los desconocidos tesoros de este autor francés deteniéndome en uno de esos párrafos que muestran al verdadero escritor, el más exigente, aquel que aun sin pretender serlo, lo es.

            “Una blandura que no enternece, una energía que no fortalece nada, una concisión que no dibuja ningún tipo de rasgos, un estilo del cual no emanan ni sentimientos ni imágenes ni pensamientos no posee ningún mérito”.

            Agradecer a su mujer, cuyo nombre no logro averiguar, el rescate de las nuevemil páginas que escribió en vida y a quién quizá, antes de ni siquiera conocerla, dedico esta otra frase, “No hay que elegir por esposa sino a la mujer que uno elegiría por amigo si fuera hombre”.

            En fin, un hombre inteligente, sin ninguna duda.

G. PEREC. Los espacios.

Autora: Eva Losada Casanova

No sabía con qué me encontraría antes de abrir este libro donde los únicos protagonistas son el espacio y el individuo que lo habita: Georges Perec.

            Leo: “Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos”. El párrafo me inquieta. Avanzo por sus páginas. Están llenas de miradas, de introversión, de afirmaciones y de dudas. A través de los espacios el autor construye de manera ordenada pero desde una perspectiva del todo original, una biografía de sí mismo. Somos aquello que habitamos. Desde la hoja en blanco hasta el hueco del ascensor que, cada mañana, nos lleva al descansillo de nuestro edificio. Somos el barrio, que viene y se va de nuestro día, un espacio que del cual participamos o no. Somos para Perec un trayecto, con sus jardines, sus estaciones y sus esquinas. Cualquier espacio nos encuentra dentro.

            Después de varias páginas comprendo que Perec me ha arrastrado por el camino de la creación partiendo del espacio. Logra situarme donde él quiere, juega con la aparente simpleza del universo, otro espacio donde todo empieza pero para Perec no termina. Parece un libro casi infinito, un paseo por el todo. Perec es urbano, le gusta serlo, se mueve entre el asfalto, lo palpa y respira, por sus venas fluye la ciudad de París, ciudad desde donde parece partir la inmensidad. Sigo leyendo. La sensación de dispersión a través de la innecesaria numeración de las hojas desaparece de inmediato, no hay rompecabezas, todo, absolutamente todo en este libro obedece a una estructura previa, no hay caos sino orden. El orden del espacio. Me detengo en seco. Hay una sucesión de verbos para mudarse, otra para instalarse. Nadamos en casi trescientos verbos que Perec nos ofrece para que nos sumergamos en ellos; y mientras lo hacemos, habitamos, transformamos, abandonamos un espacio, el nuestro.

            El texto se enfrenta a una puerta, ¿cuántas cosas abre y cierra una puerta? Estamos mirando esa puerta, el autor nos lleva a través de un sendero que termina en una “pieza” sin puertas. Perec  nos invita a caminar. Leer “Especies de espacios” es caminar, subir escaleras. “No pensamos demasiado en ellas—nos dice— deberíamos aprender a vivir mucho más en escaleras. Pero ¿cómo?”. Nos dice que son ostiles, feas, lo más mezquino de los edificios. Solo las escaleras de los edificios antiguos son bellas para él. Es en ese momento cuando el lector sonríe y encuentra ternura entre las lineas escritas. Una ternura infantil y brillante.

            Llegamos a la mitad del libro y Perec nos hace cómplices de otro de sus grandes experimentos “La vida instrucciones de uso”, todavía inexistente, todavía por escribir, pero que verá la luz. Disecciona un edificio sin paredes, vidas a la intemperie; y sin darnos cuenta nos a hecho participes de su nueva novela. ¿Otro juego?

            Por si fuera poco, van apareciendo más juegos, ejercicios de observación perfectos para cualquiera cuyo oficio sea la escritura. Nos invita a detener la mirada en lo cotidiano, aquello que pasa desapercibido, provocar eclipses de sol con un dedo o cambiar el tamaño de las cosas; en definitiva, mira el mundo desde otro lugar. Mirar aquello que está pero no vemos. Anécdotas, citas, escenas de infancia…Todo tiene un espacio, todo es parte de ese espacio, de las “Especies de espacios” de Perec. Traducido por Jesús Camarero, publicado originalmente en 1974 y aparecido en España de la mano de la editorial Montesinos.

“Mis espacios son frágiles: el tiempo va a desgastarlos, va a destruirlos: nada se parece ya a lo que era, mis recuerdos me traicionan, el olvido se infiltrará en mi memoria…”

Hierba que crece (Introducción a la escritura poética)

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Autor: Pedro Tena

Tal vez te ha sucedido alguna vez: vas caminando por el campo o por la ciudad y, de pronto, todo lo que se presenta ante tus ojos, la piedra, el árbol, un perro tumbado al sol; el edificio, el semáforo, la gorra del viandante, dejan de ser los objetos definidos de una vez y para siempre por palabras que conoces a la perfección, por vocablos con los que te une una cierta familiaridad desde hace años y que puedes ubicar sin dificultades en el diccionario de la lengua, y los empiezas a mirar con una cierta extrañeza. Cada uno de esos objetos, cada ser particular es ahora un estallido de vida en sí mismo, se diría que exhalan una riqueza singular y que se escapan a las definiciones. Pero ese estallido de vida también te deja perplejo porque no aciertas a ponerle palabras, es como si hubieras perdido la capacidad de pensar o de hablar coherentemente sobre las cosas y, tras la euforia inicial, te invade un malestar, un malestar como el que podría sentir alguien que se siente abandonado de pronto en un país desconocido.

            Es posible que estés pensando que ese estado de perplejidad, ese trance, es el camino sagrado por el que tiene que pasar todo aspirante a poeta. Siento decepcionarte, no se trata de saber si uno reúne las condiciones adecuadas para figurar en ese cuadro de honor de la conciencia alterada al que a veces se ha denominado poesía. Aunque esto tampoco quiere decir que haya que volverle la espalda a esa idea de resacralización del mundo, a nuestro modo de ver, tal como sugerimos más adelante, la poesía tendría más que ver con la capacidad de asombrarse y con la observación atenta del mundo y de las cosas que te rodean. La poesía enseña que los objetos y las emociones pueden tener uniones secretas más allá de lo aparente. Decimos «pan solar» y nos referimos a un pan hecho de un grano germinado bajo el sol y que trae consigo algo de su luz, pero también al sol como alimento.

En un poema cabe todo, desde la contemplación de una verja oxidada a la escucha del maullido de un gato. Desde la luz de las galaxias que se alejan a las sombras que va dejando una vela al apagarse, desde la piedra de Sísifo hasta la montaña de la procede esa piedra. Tal vez lo único que no cabe en un poema es llenar un vaso vacío con un vino que no sabe a nada. Es preferible dejarlo vacío y esperar a que llegue un buen vino, las palabras justas en el orden apropiado. En un poema cabe todo, porque todo es susceptible de ser convertido en poesía. Sin embargo, cómo bien decía Octavio Paz en El Arco y la Lira, «lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente». Hay paisajes, personas y hechos que suelen ser poéticos sin ser, evidentemente, poemas. En este taller trataremos de dar forma a esa potencia para que se convierta en obra.

            Pero vayamos un poco más allá. Hablamos de poesía y de poemas y la pregunta cae por su propio peso: ¿sabemos exactamente de qué hablamos cuando decimos «poesía» o «poético»? Tenemos toda una tradición que nos coloca sobre la pista de lo que es o puede ser poesía, pero aquí no nos va a interesar demasiado la respuesta si cada uno de nosotros no es capaz de actualizarla e interpretarla a su modo. Si me apuras, más vale no saberlo. Y tal vez conviene recordar aquí que no hay hechos universalmente poéticos. Para la tribu de los emberá-chamí, por ejemplo, el color rojo carmesí de un atardecer no manifiesta una particular belleza, sino que es un presagio de peligro.

            Aunque este tipo de preguntas tienen que ver con la representación, es cierto que pocos entre los que escriben se las formulan, porque en realidad, bien pensado, no importan demasiado. Si quieres una definición de poesía, probablemente te contentarás con decir: poesía es lo que me hace reír o llorar o bostezar, lo que hace vibrar las uñas de mis pies, lo que me hace desear hacer esto o aquello o nada. En el fondo, lo que importa es el placer que te proporciona, por trágico que sea. O en palabras de Dylan Thomas, “la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la intención del poema”.

            Así pues, ¿puede enseñarse algo que no se sabe lo que es? A esta pregunta, cuya respuesta ya adivinas que es negativa, podemos oponer otras: ¿puede enseñarse música aunque no se sepa bien en qué consiste o qué requisitos debe cumplir? ¿Y a bailar aunque no se sepa definir qué es la danza? ¿Es el baile de salón con los pasos medidos el único baile que es posible aprender o puede aprenderse a soltar el cuerpo y hacer que este sepa escuchar el ritmo interno para poder jugar con el compás de la música? Ligeti dice que lo esperable no es música. Nosotros bien podemos decir que… «en un principio fue el verbo» es un buen chiste bíblico.

            Como ya nos hemos hecho demasiadas preguntas, tal vez ha llegado el momento de pasar de las dudas a exponer algunas convicciones. Aquí va una: creo que la práctica de la escritura tiene múltiples beneficios. Yo diría que el primero y principal es que uno recuerda que está vivo; y que eso es un privilegio, no un derecho; algunos replicaréis que algo parecido habéis experimentado al zamparos un buen plato de fabada o al encontraros en el cuerpo a cuerpo amoroso con vuestra persona favorita. Y no andaréis muy desencaminados. Algo más entonces querremos decir cuando hablamos de qué es “sentirse vivo”. Y me apresuro a responder que sí, sentirse vivo es considerar a la vulnerabilidad como el rasgo primario de la materia viva y, por tanto, significa sentirse vulnerable. La vulnerabilidad no tiene necesariamente que ver con un espacio sentimental sino con ese otro espacio más vital en el que se acepta la ambigüedad, la paradoja y la incertidumbre como cualidades sustanciales del conocimiento.

Sin embargo, para situarte en tal estado no será necesario que acometas proeza alguna. Basta con no vivir atrincherado en la comodidad, con no cerrar tus cuentas con la realidad y decirte: bien, ya sé de qué va esto. Tampoco es necesario, pongo por caso, que abandones la comodidad de tu asiento para detener a un cochero que azota a su animal ni que te atrevas a saltar descalzo una hoguera; bastará con que aguces tus sentidos y extremes la atención. Seguro que a estas alturas ya sabes que ese ejercicio de atención no es tan fácil porque vivimos en una sociedad consumista y sobresaturada de información donde los reclamos para tu imaginación y para el detenimiento son constantes y cada vez más feroces. Por ello mirar detenidamente es casi tan esencial como leer y hasta me pregunto sino es una y la misma cosa. Implica mirar lo que una cosa no es o ha dejado de ser o incluso aquello en que se podría llegar a convertir por medio de la imaginación. La observación y la lectura son seguramente dos de las herramientas más importantes que debe llevar en su mochila cualquier persona, o escritor si se quiere por aquello de la especialización. Y si has llegado hasta aquí sin que desfallezca tu atención, conviene subrayar que, si acaban de aparecer «leer» y «lectura» aquí por primera vez, no es porque no sean actividades decisivas, sino porque de algún modo las he dado por supuestas. Lectura, por supuesto, siempre y cuando sepamos que nos enseñan a leer y a escribir dentro de una plantilla y que eso es precisamente lo que hay que tratar de romper. Si además de formar buenos lectores, logramos desarrollar una conciencia lingüística no dirigida, algo estaremos haciendo bien.

            Y vamos llegando al final. A los tres vectores sugeridos en los que vamos a trabajar o sobre los que vamos a construir nuestra colaboración (observación atenta, capacidad de asombro -y/o de admiración- y conciencia lingüística no dirigida a través de la lectura) podemos sumar una cuarta: la contemporaneidad.

Ser contemporáneo no consiste únicamente en bañarse en la corriente del presente ni de procurar mantener el reloj en hora con el ritmo cotidiano del “ahora” para que no atrase demasiado. Ser contemporáneo es sobre todo percibir las sombras del presente, su trasluz, y saber que la vía de acceso al presente tiene necesariamente la forma de una arqueología. Arché, origen. El origen no está situado sólo en un pasado cronológico, sino que es contemporáneo al devenir histórico y no cesa de funcionar en éste, como el embrión continúa actuando en los tejidos del organismo maduro y el bebé en la vida psíquica del adulto. La escritura poética puede ser también un espacio de pugna, de tensión con el presente, un lugar en que el ser humano no se reconcilia con la realidad sino que la cuestiona, la insulta o se burla de ella para tratar de indagar mejor en sus sombras y en sus luces.

            Singer en un libro de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quisiera dice que, según la Guemará, cada brizna de hierba tiene un ángel que le dice: “crece”. Nuestra tarea aquí consiste precisamente en eso, en escuchar la voz de ese ángel, en no acallarla.

            Sirva este poema de José Emilio Pacheco de contrapunto a todo lo dicho:

DISERTACIÓN SOBRE LA CONSONANCIA

Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano
que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica; aunque
parta de ella y la atesore y la saquee,
lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último
poco tiene en común con La Poesía,
llamada así por académicos y preceptistas de otro tiempo.
Entonces debe plantearse a la asamblea una redefinición
que amplíe los límites (si aún existen límites);
algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío de los clásicos.
Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)
que evite las sorpresas y cóleras de quienes
-tan razonablemente- leen un poema y dicen: “Esto ya no es poesía”.

Sintiendo el oficio de traductor literario: Isabel González-Gallarza

 

Autora: Eva Losada Casanova

Isabel González Gallarza entrevista

Isabel González-Gallarza

Alexandre Dumas, Victor Hugo, Jean-Jacques Rousseau, George Sand, François-René de Chateaubriand, Muriel Barbery, Anna Gavalda, Laurence Cossé, Marc Levy… son algunos de los autores con los que esta traductora madrileña ha convivido dentro de los textos. Apasionada por su trabajo, rigurosa, cumplidora y entusiasta con todo aquello que tenga que ver con la literatura, Isabel Gonzalez-Gallarza nos habla de la profesión del traductor, de los retos y la humildad que deben acompañar al traductor. Un oficio, quizá, poco valorado por los lectores, sin el reconocimiento que debería tener pero decisivo para tener acceso a la gran parte del legado literario, para entender otras culturas, otra forma de entender la
vida. El traductor nos abre puertas, las puertas a la literatura, al conocimiento y también al mundo.

¿En qué momento decides dedicarte a la traducción literaria? ¿Te llevó la vida o fuiste tú a buscar la profesión?

Lo decidí yo, en un momento de crisis personal, y fue como una revelación, la solución perfecta. Recién licenciada en Filología inglesa, había empezado un doctorado en literatura (estaba investigando sobre teatro, en concreto las obras de Harold Pinter), pero al poco tiempo vi que en realidad la docencia y la investigación no estaban hechas para mí. Entonces, de repente, caí en la cuenta de que había una manera perfecta de darle una salida profesional a mis dos pasiones, la lengua y la literatura, y era la traducción literaria.

¿Hay que ser de alguna manera para dedicarse a traducir lo que otros escriben?

Hay que ser muchas cosas… Hay que ser muy trabajador, esforzado, constante, riguroso y muy perfeccionista. Eso por un lado. También hay que ser humilde, no puedes querer “figurar”, la figura es el autor, no el traductor. Y te tiene que apasionar el lenguaje, porque, al fin y al cabo, ésa es la herramienta principal del traductor. Te tiene que gustar mucho tu trabajo, Eva,  porque las condiciones en las que se ejerce son duras, así que te tiene que compensar por otros motivos que no sean los económicos, por ejemplo.

¿Puede un buen traductor convertir a un mal escritor en uno bueno?

No. Los traductores no hacemos milagros. Hacemos nuestro trabajo, y lo hacemos bien, que ya es bastante. Pero si el autor ha escrito un bodrio, bodrio se queda. Es cierto que si el original no está muy bien escrito, si hay faltas o incorrecciones gramaticales, ésas las pule el traductor (aquí el traductor hace un trabajo que tendría que haber hecho el editor del texto original), siempre y cuando no formen parte de un objetivo literario concreto perseguido por el autor.

De los autores/as que has traducido, ¿con cuál te sientes más a gusto?

La verdad es que no hago distinciones de este tipo. Cada autor plantea un reto de traducción distinto, y a todos me enfrento con el mismo afán de estar a la altura. Hay retos a priori más fáciles que otros, pero esos autores no son necesariamente los que prefiero. A los traductores nos gustan las dificultades, creo yo. Dentro de eso, hay autores más o menos amables o distantes, si es que en tu pregunta aludes también a este aspecto de la cuestión. Y hay autores muertos, a los que no les puedes preguntar qué querían decir con tal o cual palabra o expresión ambigua, y te tienes que apañar. Yo por lo general procuro no dar mucho la vara al autor, sólo me pongo en contacto cuando de verdad hay algo que no está claro y no se puede deducir del contexto.

Javier Marías, Borges, Cortázar, etc. fueron traductores de grandes maestros, ¿se aprende a escribir traduciendo?

A traducir se aprende traduciendo, eso lo tengo clarísimo. Y leyendo buenas traducciones, así como buena prosa en la lengua a la que cada uno traduce. Traducir es en parte escribir, así es que sí, algo se puede aprender a escribir traduciendo. Pero lo que se aprende es a manejar bien la lengua, a expresarse bien, a pulir el propio estilo. Ahora, para ser un buen escritor también hay que tener buenas ideas que contar, y eso no se aprende traduciendo.

Cuando terminé La Montaña mágica de T. Mann descubrí la fascinante historia que hay detrás de la traducción de las más de 1000 páginas que componen esta obra, una de las cuestiones era que en la traducción anterior a la de Isabel García Adánez, el texto desde el cual se tradujo era el texto francés y no el alemán. ¿Es esto corriente?

No es que sea corriente, pero sí ocurre, o al menos ocurría bastante hasta hace unos años. Ahora hay más conciencia de la necesidad de traducir de la lengua original, sin pasar por lenguas puente, que son fuente de distorsiones, como es obvio. En mis casi veinte años de profesión, sólo una vez me han encargado una traducción de estas características, traducir del francés un libro escrito originariamente en ruso. Pero el proyecto se truncó, al final por este libro pujó más otra editorial y se lo llevó.

Dos preguntas para que hagas amigos en la profesión: ¿Hay alguna edición de alguna gran obra que brille por sus gazapos? ¿Qué clásico se lleva el premio a la peor traducción que tú conozcas?

No es por no mojarme, pero sinceramente no lo sé. He tenido la suerte de leer grandes traducciones de clásicos. Últimamente se están retraduciendo admirablemente muchos clásicos, y ahora es cuando estoy aprovechando para leerlos traducidos. Hace años, cuando era estudiante, leía los clásicos en las lenguas que conozco (francés, inglés e italiano). Es cierto que en esa época intenté hincarle el diente a varios novelones rusos y desistí. Sé que en parte fue por las traducciones. Ana Karénina se me cayó de las manos en varias ocasiones, lo reconozco. Ahora tenemos la suerte de poder leer esta novela con la magnífica traducción que Víctor Gallego ha hecho para Alba, y te aseguro que ya no se me cae de las manos… Igual me está ocurriendo con Los Buddenbrook, de Thomas Mann, estoy disfrutando muchísimo la traducción de Isabel García Adánez. Y ahora también me gusta leer clásicos traducidos del francés, si el trabajo lo firma María Teresa Gallego Urrutia, la mejor traductora de francés que conozco. Todos los clásicos con nuevas traducciones que publica la editorial Alba, por nombrar sólo una, son garantía de calidad.

Dime la verdad, ¿has contribuido a mejorar considerablemente algún texto mal escrito?

Alguno. Todos los traductores lo hacemos. Como he dicho antes, si hay errores o incorrecciones gramaticales en el texto original, que no son debidos a un rasgo de estilo buscado por el autor para servir un fin literario concreto, esos errores no los reproducimos en la traducción, los corregimos.

Y, por último, una pregunta incómoda, de la escritura sé que no podemos vivir, pero ¿se puede vivir de la traducción literaria?

Se puede, la prueba es que yo vivo, y viven muchos traductores que conozco. Pero está mal pagada, por lo que no se puede vivir por todo lo alto, ni pegarse la gran vida trabajando poco. Para que dé para vivir, hay que traducir mucho, a destajo. Muchas horas al día, con pocas vacaciones. Los primeros años, cuando el traductor aún no se ha hecho un nombre y tiene pocos encargos, no puede dedicarse sólo a la traducción literaria, tiene que compaginarla con otras actividades remuneradas. Yo cuando empezaba también era lectora editorial y correctora de estilo. La traducción literaria es un trabajo esforzado, con muchos sinsabores y dificultades, pero es un trabajo apasionante. Yo no lo cambio por ninguno.

¡Gracias Isabel!

Eva Losada Casanova