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¿Qué es un taller de escritura?

Los talleres de escritura no son simples escuelas para formar escritores, sino laboratorios de creación literaria. Espacios de intercambio donde se resuelven dudas, se liman inseguridades y uno aprende a domar el ego. No son un puñado de mails y vídeos en alta resolución. Los talleres son rincones donde el eco de nuestra escritura retumba en los demás, donde, por fin, te encuentras con otros, igual de chalados que tú, con los que compartir tu pasión o afición, pero también sus angustias y vuestras obsesiones, las de todos y cada uno.

En un Taller de Escritura te sentarás con personas mayores o menores que tú, más o menos sabias, más o menos capaces, mejores o peores, igual que sucede en el resto de tu vida. Y esos compañeros y compañeras de taller, a los que terminarás conociendo muy bien,  no te harán la ola, no serán complacientes y aduladores, sino que serán colegas críticos y, en ocasiones, despiadados a la hora de emitir juicios sobre textos ajenos.

La persona que coordina un taller no es un profesor de lengua y literatura, es otro escritor, con algunos años más de ventaja, con experiencias buenas, malas y también terribles; alguien que te reta, que te anima y que desea compartir contigo lo que ya ha vivido y aprendido. Alguien que no cambiará tu voz o tu estilo pero que te pondrá un bonito espejo para que te mires en él y luego decidas. Alguien, por lo general, generoso, que quizá te acompañe durante muchos años más… pero eso, tú, todavía, no lo sabes.

Hablamos de un lugar donde comenzarás, desde el primer día, a entender cómo es tu forma de escribir, a sacarle brillo, a potenciar tus capacidades y disimular todo lo posible tus debilidades. Un lugar donde aprenderás a caminar con confianza, sin sentirte solo y perdido. Donde poder  experimentar sin frustrarte y progresar, poco a poco, por el buen camino, ese camino que no siempre es el fácil o el más rápido. Lo que nunca hará un taller  de escritura por ti es convertirte en un escritor, eso, solo podrás hacerlo tú con la ayuda de tus lectores, claro, no lo olvides.

En un taller escribes y lees, analizas y criticas, profundizas, cuestionas y comparas. Te detienes en textos de autores buenos, de los mejores y eso será lo que te abra por fin los ojos: las buenas lecturas.

Un taller no es un discurso del método, un puñado de consejos vacíos, un cuaderno de apuntes, ni repasar la vida de medio centenar de autores; sino un campo sembrado de experiencias donde ves crecer los textos, los riegas, los podas, los abonas, los pules y al final los haces tuyos.

Cuando termines un Taller de Escritura, o varios, habrás leído y escrito más que antes, reconocerás un buen texto ajeno y propio, distinguirás entre un texto literario y uno literal, entre un texto con profundidad y otro plano. Pondrás nombre a las técnicas y empezarás a entender lo que es construir tu propia obra con disciplina y constancia. Además, tolerarás algo mejor las críticas y, lo más importante de todo, torturarás menos a aquellos que te leen habitualmente: hijos, padres, parejas, hermanos o abuelos. Todos ellos, estupendos y bien intencionados, te agradecerán que un día tomaras la sabia decisión de comenzar un Taller de Escritura, no lo dudes.

Eva Losada Casanova. Escritora y guionista. Profesora, directora y coordinadora de los talleres de La plaza de Poe. Talleres de narrativa, guión, traducción, cómic, edición editorial, edición de textos,, poesía y composición de canciones. Charlas, libros y Club de Lectura.

 

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Trece cuentos de Luisa Carnés. La justa amargura.

Autora: Eva Losada Casanova

Encontrar con cierta facilidad buena narrativa escrita por mujeres me resulta a menudo un trabajo árduo, pero cuando por fin araño artículos, reseñas y alusiones diversas en medios subterraneos, doy con sus preciados libros. Su vida, sus historias y su manera de ver y diseccionar la realidad, la suya, la mía. Y es entonces, solo entonces, cuando siento que escarbar y encontrar una perla en el confuso barrizal ha merecido la pena. Es casi un trabajo de arqueología. Hay que estar concentrada y atenta para que estas perlas no se te escurran de las manos. Desaparecen tan rápido como asoman. Siento algo silimar a lo que sentía cuando, con apenas dieciséis años, en los ochenta, descubría los primeros grupos Indies en tiendas de discos de importación.

Llevo unos días con la mirada de Luisa Carnés recorriendo diferentes rincones de Madrid. Me la llevo al trabajo, a la consulta del médico, la paseo por todos los sillones en los que recalo. Me contempla en la noche mientras escribo y, antes de dormir, me cuelgo de alguno de esos finales precipitados —casi espasmódicos— de sus relatos. No he podido evitar adentrarme en Trece cuentos, con la tristeza de la que sabe que ser escritora en tiempos revueltos es todavía más desesperanzador que serlo en los pujantes. Esa mirada de Luisa Carnés, recorriendo año trás año a golpe de tecla, historia tras historia, me ha predispuesto desde el primer relato hasta el último.

No me cabe duda de que es un ejemplo de carrera literaria rota, atravesada por una guerra civil, un éxilio, el largo recorrido de los desposedidos y una muerte algo temprana para este oficio. Murió sin haber cumplido sesenta años. Edad que, para nosotras, es casi el inicio de todo. En contra de lo que muchos creen, para escribir no basta con vivir. Se necesita que te abrigue el sosiego de lo cotidiano, que el orden te marque las horas de creación, que el estómago esté lleno y la sed saciada.

Uno de los aspectos que más me ha gustado es la decisión de la editorial Hoja de Lata de ordenar la mayoría de los relatos cronológicamente. Esto permite, al lector entrenado y curioso, percibir cómo la autora va ensombreciendo la mirada sobre la realidad que toca o imagina, cómo, hoja tras hoja, esa mirada —aparentemente cándida— se agudiza y agita. Esa cronología consciente nos permite imaginar a Carnés a las puertas de una guerra, de camino a una playa francesa, en un barco rumbo a México o bien recreándose en las calles que dejó en Madrid y que, en muchos de estos relatos, aflora como el sonido de un manantial que solo nuestra literatura puede desprender. La música de estos relatos es austera, su lenguaje lo es. Carece de figuras narrativas, es sólido, firme y no regala ni un solo adjetivo. Es una gran compositora de escenas y diálogos.

Creo sentir a Flaubert en la ambientación de Una mujer fea. Me traslado a la Oklahoma de Steinbeck en uno de los mejores relatos del libro: Olivos. Maravilloso desde el inicio. Un relato que la autora escribió en 1933 y en el que se refleja, con un realismo absorvente y estremecedor, la precaria e inestable lucha de los braceros por un salario digno; y en el que también se palpa la miseria y el entramado social de la época, donde Gregorio— al igual que Joad, el protagonista de Las uvas de la ira— se enfrenta a los contratistas y a sus propios compañeros.

Llegamos a En casa y confirmamos algo que ya intuíamos en Olivos, ese lenguaje elegante y limpio de artificios se va volviendo algo más acojedor. Un lenguaje que recorre las calles de Madrid en boca de una presidiaria y que —algo precipitado— se cierra con un grito a caballo entre lo celestial y lo ilusorio.

“Es inutil mirar hacia atrás. Nada quedaba en pie del pasado. Me había convertido en una mujer extraña, condenada a dar vueltas en una ciudad más extraña aun. Peor: estaba desterrada en la propia tierra.”.

La rabia es el ingrediente que se concentra entre los párrafos del relato La Chivata. En el que un grupo de mujeres reclusas sacan lo mejor de sí mismas. Algo que también sucede en otro magnífico relato: Sin brújula. En el que se narra la huída en barco hacia Francia de un grupo de mujeres y niños. El texto nos agita—a caballo entre la ternura y la maldad— hasta lograr arrancarnos las lágrimas. Es, en mi opinión, el relato más emocionante, duro, terrible y estremecedor de esta antología. Al leerlo he vuelto a encontrarme con el lado más sombrío de la maternidad.

“En los momentos de peligro los hombres se ayudaban, se repartían el agua escasa, arriesgaban la vida por el compañero de trabajo. Pero ninguna de esas mujeres rebosasntes de ternura por sus hijos extendía uno solo de sus dedos…”.

Esta mirada tan particular sobre algunos pliegues y recovecos de la naturaleza femenina, inquietan. Descubro el origen de estos relatos en una de su frases, igual de inquietante que el relato, recogidas en una entrevista:

“A los once años aprendí un oficio. Entonces, quizás, surgieron en mí las inquietudes, que aún no me han abandonado, las preguntas a las que todavía no he hallado contestación. ¿Por qué las mujeres se odian entre sí tan terriblemente?”

En La mulata, escrito en 1960, de la misma manera que en El album familiar, escrito casi treinta años antes, nos adentramos en el amor adolescente, en las inseguridades y los misterios del deseo. Es quizá en La mulata donde la autora nos muestra con nitidez cómo el dolor en la infancia es un sello imborrable en el equipaje que nos acompaña a lo largo de nuestra vida.

Un año después —en 1961— efluvios kafkianos envuelven El Ujier y nos encontramos atrapados entre cuatro muros asfixiantes. Salimos de ellos en Aquelarre cuando cientos de chicas histericas se estremecen frente a Elvis Presley, mientras el mundo llora Iroshima y Nagasaki, grita en las prisiones o frente a las embajadas.

La ternura de El señor y la señora Smith, el último relato de esta antología, escrito en 1963 —un año antes de la muerte de la autora— nos muestra el racismo más estremecedor a través de una sucesión de escenas en blanco y negro.

Luisa Carnés nació en Madrid, en el barrio de Las letras, en 1905. Trabajó como camarera, pastelera y costurera desde muy joven. Su obra la componen varias novelas, narrativa breve y tres obras dramáticas de las cuales solo una fue estrenada en España. Durante la década de los años treinta, colaboró con varios medios culturales y destacó en los ambientes literarios de la época. Tras la Guerra Civil se exilió a Mexico donde trabajó de periodista y nunca dejó de escribir ficción. La editorial Hoja de Lata responsable de la recuperación de parte de la obra de Luisa Carnés, también ha publicado «Tea Rooms. Mujeres obreras», quizá la obra más contundente y reconocida de la autora. En septiembre de 2017 se publicará De Barcelona a la Bretaña francesa, sus memorias de la mano de Editorial Renacimiento

No me cabe duda de que es este empeño por descubrir, el no conformarnos, lo que nos regala, como lectores, textos como estos. Gracias a algunas editoriales que se empeñan en rescatar lo que un día, ilusoriamente, pareció perderse.

Trece cuentos de Luisa Carnés.

Editorial Hoja de Lata, 2017

Eva Losada Casanova es escritora y guionista, directora y profesora en La plaza de Poe, es coordinadora del Club de Lectura. Su última novela, El sol de las contradicciones, es XVIII Premio Unicaja de Novela. Alianza Editorial.

Bajo el volcán. Literatura candente.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Dejemos que la literatura nos sorprenda, que las buenas novelas entren por la puerta desprovistas de túnicas fantasmagóricas, de biografías tremebundas, de fichas aclaratorias. Dejemos que la atmósfera que construye la buena literatura nos proteja, setenta años después, de lo superfluo, de la realidad y entorno del propio autor. Confiemos en ese poder alucinógeno que nos trae las bondades de un magnífico texto. Quizá el lector desista en la página número cien, es posible que El Día de los Muertos resulte tedioso, como puede llegar a sospechar el propio Malcolm Lowry gracias a la clarividencia de algunos lectores profesionales. Él mismo, Lowry, nos alerta en el prólogo (traducción del prólogo de la edición francesa) que acompaña a la edición española de Tusquets, 1997. Y que previamente, el autor había escrito para la edición francesa, allá por 1949. Prólogo aclaratorio en el que asoma un Lowry que justifica su obra. ¿Necesitamos realmente justificar aquello que creamos? ¿Han variado nuestras intenciones después de que la obra sea publicada?

Jorge Semprún, en la edición de 1971, ya habla de la afición de Lowry a los prólogos interminables y las cartas aclaratorias. Lowry nos alerta de que si el lector se sume en el tedio, no es porque la obra sea tediosa: “No creo que un solo autor —escribe— aunque se trate del más malhumorado de los hombres, haya escrito jamás con el propósito de aburrir a sus lectores, a no ser que se emplee el aburrimiento como técnica”. Y yo añadiría que la falta de técnica también puede sumirnos en una lectura tediosa. No es su caso, desde luego. El autor nos explica la simbología de los rincones y escenarios en los que se desarrolla la acción durante los primeros capítulos. Algo que inicialmente puede parecer útil, resulta nimio cuando avanzamos en la lectura. Las alusiones a Gógol o Dante para hablarnos de sus pretensiones narrativas, las comparaciones de la noria con la rueda de Buda, las metáforas de situación, el Árbol de la vida, etc. Son, sin duda, aclaraciones o pistas que pueden alentar al lector a continuar cuando la narración parece atascarse. Pero lo más impresionante de esta novela es precisamente su complejidad estructural. Hecho que, efectivamente, puede llegar a tumbar al lector desprevenido, más atento a la lava candente que todo lo cubre, que a aquello que realmente sucede bajo un volcán. Pocos prólogos me han parecido tan interesantes a la par que sobrantes para entender la obra. Los planos de significación que componen esta novela van apareciendo y se amontonan a veces, de manera excepcional, para aquellos lectores que van buscando los entresijos, el alma de los textos. “Mi intención —apunta Lowry— ha sido la de clarificar, en la medida de lo posible, aquello que, al principio se me presenta de una manera complicada y esotérica”. Es decir, los planos de significación no son otra cosa para Lowry que ordenar el caos, lograr escribir en tres dimensiones. El editor francés amenaza con cambiarle la historia, acortar los capítulos, mutilar a este o aquel personaje… Lowry justifica lo que tenga que justificar, antes de cambiar una sola coma. Comprensible. Cuántos autores nunca lo lograron. Jamás lo sabremos.

La novela es mucho más que la historia de un alcohólico. Es precisamente ese hecho, lo que resulta extraordinario cuando el lector sale de la asfixiante atmósfera de la ciudad de Quauhnáhuac (Cuernavaca, Yucatán) el Día de los Muertos y, como si se tratara de un mecano, toda la historia, las subtramas, las múltiples escenas, etc, se entrelazan y, la obra, se construye a sí misma de nuevo. Es, en ese preciso momento, cuando apetece volver a leerla. Es quizá en esta segunda lectura cuando prestamos atención al exuberante entramado de cajas chinas, diálogos superpuestos, plasticidad escénica, múltiples voces que se encierran en un mismo párrafo y cómo cada personaje es espejo de otro. Retales que van uniéndose en un enorme bordado mejicano o una manta estilo patchwork. El ensamblaje de los doce capítulos—atentos al número— es minucioso y provocador para cualquiera que dedique su vida a los libros y, por supuesto, al oficio de escribir.

Tres personajes principales. Dos hombres, dos hermanastros —Geoffrey y Hugh— y una mujer—la cándida Yvonne. Cada hombre parece ser un fragmento de las múltiples vidas y terrores del autor. Asunto en el que no me voy a detener porque ya se detuvieron muchos otros. El tercer personaje, Yvonne, inspirado en su segunda mujer, es el menos perfilado de todos, es quizá, el más borroso y el que menos peso tiene en los diálogos en los que participa. ¿Por qué? ¿Es intencionado? No lo sé. En estas cuestiones, a veces me bloqueo por no querer ser una escritora quisquillosa. Es posible que la historia de amor que se recoge sea tan borrosa como el propio personaje o como los estados de inconsciencia del autor. Siempre he creído que los capítulos de embriaguez pueden ser reveladores para algunas cuestiones que tienen que ver con la creación, con las “ventanas de la percepción”, pero, en ningún caso, son campos propicios para la construcción de andamios, pilares o vigas literarias. No casan bien con la constancia. Me resulta difícil creer que un trabajo tan laborioso y complicado pueda llevarse a cabo nadando en efluvios etílicos o de otra índole.

Malcolm Lowry tarda diez años en escribir Bajo el volcán, desde 1935 a 1944. Diez años en recorrer dos puntos geográficos en 24h. Que nadie se escandalice, no es tanto, dada la complejidad de la obra y la vida del autor. Lo que siempre me produce cierta zozobra es que una novela larga y literaria, que no literal, se escriba en un puñado de meses. Es toda una hazaña. Admirable.

Si sacamos la lupa y nos subimos a la prosa con mente de pasajero, veremos que los cambios de ritmo y velocidad son muchos. Que cada personaje parece tener el suyo, que Lowry no deja nada al azar y que cada gesto dura una eternidad. “El cónsul cerró la puerta tras de sí y sobre su cabeza llovió un fino polvo de yeso. De la pared cayó un don Quijote. Recogió del suelo al triste caballero de paja…”.

Escenas sacadas de detrás de una cámara imaginaria, de las cuales, el director de cine John Huston, y el guionista Guy Gallo, supieron sacar provecho. Digo, supongo, porque no he visto la película. Después de leer la novela, no me atrevo a hacerlo. Doy por hecho que—y no sé si esta vez me equivoco— esa dificultad con la que el cine siempre se tropieza para recoger la esencia de un texto —y más uno como el que nos atañe—, sin decepcionar al lector que lo ha gozado y sentido. No sé cómo puede una imagen recoger la zozobra que se experimenta con la escena que acontece en la plaza de toros; o aquella, más bien reflexiva, del afeitado frente al espejo; o esa otra, en la que el galope de un caballo supone el inicio de un desenlace, o la descripción dialogada de la muerte de un pobre hombre en la cuneta. O quizá todas aquellas escenas donde el infierno tiene nombres y apellidos y, además, ese infierno es descrito a cámara lenta, una técnica narrativa que Lowry dominaba.

El tiempo de la novela es 1948. Es, al menos, uno de los planos temporales que se nos presentan. Asistimos a las políticas sociales del presidente Cárdenas, la corrupción mejicana, las continuas alusiones a España, la Batalla del Ebro y las Brigadas Internacionales, la migración de los Okis en el verano de 1936, la Guerra Civil china y constantes alusiones y citas de escritores, filósofos o científicos como: Conrad, Einstein, Freud, Melville, Darwin, Shelley, Oscar Wild, Shakespeare, Baudelaire, Goethe, Cervantes, el corsario y poeta Walter Raleigh y su admirado Tolstoi, entre otros. Además, se detiene en la creación, el arte y, por supuesto, en todas y cada una de las miserias humanas. Igual, con tanto mezcal, se salta alguna.

Atmósferas espectaculares, simbolismo, juegos narrativos, quiebros constantes del lenguaje, símiles originales, metáforas, sarcasmo, citas, fluir permanente de conciencia y unas descripciones sublimes: “Reptaban sus sombras por el polvo, se deslizaban sobre los muros blancos y sedientos de las casas, y por un momento se vieron prisioneras de una penumbra elíptica : la rueda que giraba torcida de la bicicleta de un chico”.

Se detiene, observa, siente, palpa, respira, dibuja y luego escribe entre el polvo. Se olvida del olfato, es cierto. Me aventuro, con valentía, a pensar que ese sentido lo tenía algo atrofiado. ¿Es solo la historia de un alcohólico? En absoluto. Para leer esta novela, hay que equiparse con café, linternas, palas y una apisonadora para ir despejando el camino que, aparentemente, se alza frente a nosotros.

“¿Cómo podía encontrarse a sí mismo, comenzar de nuevo, cuando en algún lugar, tal vez en una de aquellas botellas rotas o perdidas, en uno de aquellos vasos, se hallaba para siempre, el indicio solitario de su identidad? ¿Cómo volver atrás y buscar ahora, escarbar entre los vidrios rotos bajo los eternos bares, en el fondo de los océanos?”.

La literatura que cava pozos y quiebra la tierra que pisamos es, siempre de una lucidez fascinante. ¿No creen? El poeta gaditano Fernando Quiñones, gran admirador del escritor inglés, recogió en uno de sus libros de poemas una frase suya. “La fama, como un borracho, consume la casa del alma”.

Frase que me permito llevar cosida a los nudillos y con la que cierro otra fantástica experiencia de lectura.

 

Bajo el volcán de Malcolm Lowry (1909-1957)

Tusquets, 1997

Ediciones Era, 1964

Traductor: Raúl Ortiz y Ortiz

Margerie Bunner Lowry, 1947

 

 

Eva Losada Casanova es escritora y guionista, profesora y coordinadora del Club de Lectura de La plaza de Poe. Su última novela es El sol de las contradicciones, XVIII Premio Unicaja de Novela. Alianza Editorial

 

Jane Austen.Textos inéditos. La niña escritora.

Autora: Eva Losada Casanova

En 1922 se publicaron los primeros escritos de la adolescente Jane Austen, después de que pasaran cien años de su muerte. Un 18 de julio de 1817. Textos inéditos hasta la fecha, algunos de los cuales tuvieron que esperar incluso hasta el año 2008, para ser, por fin, traducidos a nuestro idioma y publicados por la editorial Funambulista con el título de uno de sus relatos: El castillo de Lesley. No sé si llamar a esto “justicia prosaica”. Jane Austen debía tener entre quince y dieciocho años cuando escribió algunos de estos textos sueltos, versos, relatos perfectamente estructurados, en los que ya asoma la gran autora y novelista. Frederic y Efrida, Jack y Alice, Amelia Webster, La visita —una sencilla comedia en dos actos— o la extraña, a la par que corta, historia de Mister Harley, son algunos de ellos. Es importante detenerse en la época en la que fueron escritos: entre 1787 y 1793. Dos años más tarde escribiría las novelas que todos conocemos: Juicio o sentimiento, Orgullo y Prejuicio, Mansfiel Park, Emma, y, finalmente, ya publicada a título póstumo, Persuasión. Siempre es interesante y curioso asomarse a la escritura temprana, de cualquier gran autora o autor, de regodearse en esa aparente inocencia de ver el mundo de aquel o aquella que un día será referente en la literatura. Es interesante leer mientras imaginas a la niña, a la Jane Austen adolescente, dedicar horas y horas a construir sus personajes a través de la relación epistolar o los diálogos; sacando adelante una obra de teatro o perfilando unas relaciones entre hombres y mujeres que ya, en aquella época, estaban cargadas de interrogantes. Sutiles interrogantes, es cierto, pero que asoman con claridad. Es posible, solo posible —dejemos que la imaginación decore un poco este artículo— que Ian McEwan, en los primeros capítulos de su fantástica novela titulada Expiación, se hubiera inspirado en una historia similar, recreado en cualquier escena de la niña Austen para dar vida a su protagonista: Briony Tallis. Y es que, leyendo la recopilación de estos textos de la temprana obra de la escritora, una se da cuenta de que quizá muchos de estos fragmentos o ideas fueron luego piezas de sus novelas, retales, ladrillos o las primeras capas. Escribir, no es otra cosa, que colocar una capa sobre otra, barnizar, lijar y barnizar de nuevo. Si la escritora belga Marguerite de Yourcenar tardó cincuenta años en madurar y terminar muchos de su relatos, quizá, Jane Austen podría haber completado o transformado gran parte de estos textos que recogen las variadas ediciones de sus escritos de adolescencia.

Recordemos que en 1787 estaba a punto de terminar el siglo de las luces, el de la ciencia y la razón, el de Rousseau y Voltaire, sí, pero en el que nosotras éramos encantadores floreros a oscuras, animalillos atrapados en una sociedad que giraba sin nosotras, que todavía nos adormecía, seres invisibles. Nos guste o no, eso era lo que éramos. Tuvo que pasar algún tiempo más para que las cosas comenzaran a cambiar, para que se hiciera la luz —no toda pero sí bastante—de la verdad, y para que la humanidad entrara en razón.

Entre las historias que escribía Austen, algunas, como he dicho, claramente inacabadas, una especie de borradores, hay un curioso y divertido relato llamado Sir William Montague que apenas son tres o cuatro páginas. Digo que es curioso porque desde el inicio, Austen, juega con el lenguaje y su ritmo, con aliteraciones, como una niña caprichosa, consciente del poder del lenguaje, de su estética. Lo también curioso es que esta pequeña historia, de ritmo perfecto, en la que Sir William es un hombre frívolo y las mujeres que se cruzan en su vida una pobres infelices, está cargada de una deliciosa y sutil ironía y humor negro. Implícita en la historia, emerge la mujer en la que se convertiría poco tiempo después. La imagino, ordenada y cuidadosa, guardando en carpetas o en algún cajón bajo llave, todas aquellas hojas que, tantísimos años más tarde, un editor se atrevería a publicar, otro a reorganizar y más adelante muchos a traducir en otros idiomas. En fin, que el reconocimiento, cuando llega, no es lento es, lentísimo. Por ese motivo, en ciertas ocasiones y gracias a mi trabajo, atisbo en medio de la maraña e inmediatez de la creación literaria, una lucecita, un susurro apenas perceptible, un color disonante o algo que me llama la atención de alguna de mis jovencísimas alumnas, me emociono. Me emociono y fantaseo con ese tímido talento que ya suena, que necesitará mucho riego, buena tierra y un entorno mucho más amable y razonable del que nunca tuvo la pequeña Austen. Necesitará, sobre todo, editoras o editores valientes y un público ya entrenado, generoso y curioso. No solo es un ser terriblemente curioso aquel que escribe, debería serlo todavía más aquel que lee, ¿no creen?

 

Eva Losada Casanova coordina los talleres de escritura  y el Club de Lectura en La plaza de Poe  

AMOK de Stefan Zweig. Escribimos lo que somos.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Amok es un síndrome identificable, una catarsis, un estado emocional extremo, una disociación entre mente y cuerpo. ¿El origen? Cualquiera. Aislamiento prolongado, altas temperaturas, una obsesión anquilosada en forma de tumor que te oprime la razón. Amok no entiende de responsabilidades, ni de consecuencias, se lleva todo por delante, no contempla márgenes, ni líneas rojas, ni bondades. Amok persigue una sombra poderosa que te arrastra hasta lo más oscuro de tu propia conciencia, hasta un lugar sin retorno en el que la identidad de uno se diluye hasta desaparecer, volviéndonos invisibles para nosotros mismos. Amok no pertenece a ninguna región en particular porque el mundo, en su propia locura, lo ha adoptado. Ahora yace en cualquier rincón del planeta. Una playa, un instituto, un avión, un supermercado… cualquier lugar puede ser el cruel escenario de Amok.

El autor del relato con este nombre, el austriaco Stefan Zweig, sabe qué efecto quiere causar en el lector. ¿Lo aprendió de Edgar Allan Poe? Quizá. El planteamiento de muchos de las historias cortas o nouvelle de Zweig son un descenso desesperado por aguas bravas en el que no hay un solo instante de reposo. Uno no se detiene a contemplar el paisaje sino que el paisaje va implícito en la escena que conforman todas y cada una de sus historias. Las aguas arremolinadas elevan la embarcación y la lanzan a una velocidad narrativa extraordinaria donde la puntuación, los silencios, la historia y el lenguaje se confabulan para dominar los sentidos del lector, mantenerle en cautividad el tiempo exacto. Sobran los informantes, basta sentir. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Carta a una desconocida, El avaro, Mendel el de los libros, Leporella, Historia de un ocaso, La calle del claro de luna o La cruz, acompañan al lector de manera diferente, pero con la misma intensidad, hacia las entrañas de la psique humana. Ese laberinto donde la literatura acampó a finales del siglo XIX e inicios del XX y por el que Zweig, Kipling, James, Joyce, Hesse, Woolf, Musil y tantos otros caminaron y exploraron en sus escritos. Una época en la que la locura se desprendía de todo sesgo filosófico y  al loco se le dejaba de torturar para tratarle como a un enfermo cualquiera, alguien que aunaba en su interior la razón y la sin razón. Fue también en esa época, cuando se descubrió la bipolaridad, las crisis maniacodepresivas y se puso nombre a los diferentes tipos de esquizofrenia. Fue entonces cuando el delirio era el enemigo y las agresivas terapias biológicas un arma de doble filo para erradicarlo. La melancolía quedaba atrás y la psique se convertía en uno de los campos de investigación que marcarían el cambio de siglo en el que, por fin,  la histeria femenina dejaba de considerarse un problema uterino y los aparatos de tortura una solución eficaz.

Los escritores se alimentan de su entorno como vampiros, se bañan en las inquietudes de los años en los que desarrollan su obra. ¿Qué tocaba?:  ¡El individuo! Sí, sin duda; pero también la barbarie. Stefan Zweig no solo bebía de Kafka y Dostoyevski, también se nutría de Moniz, Freud, Jung, Schnitzler, William James o Emil Kraepelin. Quiero imaginarlo, y lo imagino con gusto, absorto en cualquier avance en el campo de la psiquiatría, convirtiendo un artículo, experimento o informe clínico en una trama, en parte de alguno de sus personajes: Madame de Prie, Crescentia o en un doctor de Calcuta. Y, como tantos otros, anunciándonos entre párrafos, comas y parlamentos lo que sería el final de su propia vida. Y es que ese susurro que nos trae la literatura atormentada, aunque se tiña a veces de un color amable, es la antesala del desenlace de nuestra propia vida. Escribimos lo que somos, aunque sea siempre desde la incerteza, y lo hacemos desde el lugar al que pertenecemos, y cualquier cosa alejada de eso me resulta ajena e impuesta

 

AMOK título y recopilación de siete relatos.

Ed. Acantilado. 2003. Traducción J. Fontcuberta.

Artículo publicado el 16 de julio de 2017 en INFOLIBRE. Revista cultural Los diablos azules. 

 

 

 

 

 

 

 

Las Tres mujeres de Robert Musil

Tres mujeres. Robert Musil

 

Autora: Eva Losada Casanova

Es posible que cuando un lector aborda Tres mujeres, lo haga con una lejana pero clara sospecha de que quizá, Robert Musil, haya pretendido profundizar en la psicología femenina, en esa naturaleza que le es ajena pero que, como buen estudioso de las relaciones humanas, se alza como un reto para el escritor que ejerce. En seguida, a medida que avanzamos por la exuberante naturaleza musiliana, comprendemos que no, y una vez más nos conformamos con un análisis masculino del territorio que se nos abre.

“…allí no le median a uno por sus cualidades humanas, como en el resto del mundo— que si era formal, poderoso y temible, o bien fino y guapo—, sino que fuera el hombre que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de la vida, uno encontraba afecto porque había traído la prosperidad; el afecto iba delante de uno como un heraldo; le estaba esperando en todas partes como una cama recién preparada para el huésped”.

Este análisis escorado no nos detiene. No nos importa. La profundidad, calidad, interés y prosa de Tres mujeres, está a la altura de cualquier gran obra europea de la primera mitad del pasado siglo. El lenguaje rupturista, condensado, rico y estéticamente impecable, aflora por encima de cualquier trama, de cualquier núcleo o catálisis.

“Al entrar él silenciosamente, ella le consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que, sin embargo, hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y en cuyo interior uno sin embargo, se desliza”.

            La sucesión de símiles, metáforas y figuras narrativas varias, nos envuelven en la primera página y ya no nos abandonan hasta que en el último relato, el de la silenciosa y enigmática Tonka, aflora, finalmente la intención última del autor: diseccionar en la mesa de su laboratorio las relaciones de poder— todas y cada una—, utilizando como un tubo de ensayo ese poder que un hombre pudiente ejerce sobre una campesina a la que compara con una vaca; eso sí, una vaca atractiva, que despierta en él un claro instinto animal, un peligroso e intenso instinto animal. La primera historia se titula Grigia: una campesina joven, deseable y de convicciones firmes a quien se le cruza Homo. Un hombre poderoso de ciudad. Musil, juega con su personaje masculino como si se tratase de un ratoncillo al cual se le ha inyectado libertad y vitalidad en una mono dosis mortal. El resultado es impecable, mientras la historia se diluye, la fuerza de ambos, se concentra en la emoción del lenguaje que asume un protagonismo indiscutible y nos lleva hasta un final perfecto y glorioso. No cabría otro mejor. Es en ese momento cuando te abalanzas sobre las siguientes dos historias: La portuguesa y Tonka. En el universo de La portuguesa, la bella portuguesa, suenan trompetas fantásticas; caminamos ahora por un universo casi medieval donde Musil echa mano de una larga sucesión de metáforas e historias de gatos y encantamientos —casi un guiño al gran Poe— para mostrarnos hasta qué punto, los celos, son capaces de cavar nuestra propia tumba. Tema recurrente en su obra y en este libro formado por tres vidas bañadas por las obsesiones. ¿Las del autor? Probablemente.

            Destacan las descripciones de estas tres mujeres. Son magistrales. “Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota”. Hay que conocer a Tonka para comprender que, efectivamente, su alma está contenida en esas gotas de lluvia.

“La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que estos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aun una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esa hendidura desaparece cuando estamos despiertos , como si solo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka”.

            Me pregunto, a medida que avanzo por este ir y venir de gestos y silencios femeninos, si estas tres mujeres no son la misma mujer a la cual acompaña tres hombres diferentes, tres Robert Musil en tres momentos de su vida. Quizá, su primera novela, Los extravíos del colegial Törless, sobrevuelen a Tonka, o quizá no. Las tres mujeres anteponen su naturaleza a todo lo demás, las tres son conscientes de su propio poder, invisible para el hombre. Y, las tres, motivan la desesperación y la locura del que las desea. Otro de los grandes temas de Robert Musil: el erotismo. El otro es la culpa. Esa culpa que se instaló en su vida de una de su obras de referencia: Crimen y Castigo.

            Tres mujeres es brillante, producto de tiempos convulsos donde el modernismo entraba gritando en Austria, donde el feminismo buscaba su espacio, donde los pilares de la moral se tambaleaban y los movimientos sociales eran mareas espumosas. Esos años que fueron el abono de grandísimos autores que, como él, vivieron en el exilio e hicieron de aquel tiempo, el eje de su obra: Broch, Schnitzler, Rilke, Roth, Kraus, Zweig, Sperber, Kafka o Canetti.

            Tres mujeres es la antesala, el camino directo hacia su gran obra, aquella para la que pareció nacer: El hombre sin atributos. La ironía salpicada de historia, imaginación, dispuesta a hacer uso del lenguaje para brillar por encima de cualquier época. “La ironía no es para mí un gesto de superioridad, sino una forma de lucha”.

            Lástima que fuera un autor escaso como alguno de su ilustres amigos. Lástima que su muerte repentina no le permitiera finalizar la obra de su vida. Y lástima que esta edición de Tres mujeres que tengo en mis manos, y tanto me ha costado conseguir traducida a nuestro idioma, (Seix Barral 1985), esté tan descuidada, con erratas y algunas frases sospechosamente mal traducidas. Pese a ello, su lectura ha sido de los más placentero. Hay autores que no se puede con ellos. Espero de verdad que no tengamos que aguardar a que sea de nuevo su aniversario para que se mime más a este autor. Sería una gran apuesta que fuera una grande de la traducción, como por ejemplo Isabel Adánez, la que tase cartas en el asunto. ¡Ojalá! Dijo una lectora.

Tres mujeres. (Drei Frauen). Robert Musil. Traducción de La portuguesa Mario Benedetti. Traducción de Grigia y Tonka, Ingrid Zeder.Seix Barral (1985, 2013). Austral 2013

 

Rubaiyat. De Khayyam a Pessoa

Autora: Eva Losada Casanova

Aquellos que bebemos en los océanos pessoanos, no nos extraña avistar nuevas embarcaciones atravesando el horizonte. Nos quedamos absortos y entusiasmados con la posibilidad de asaltar un nuevo espacio donde la genialidad del poeta portugués haya acampado. De esta manera, en mi nuevo y reciente asalto, me topo, en la cubierta de ese barco, con nada más y nada menos que a Omar Jayam (o Khayyam), el gran matemático, astrónomo, filósofo y poeta persa que, a parte de poner nombre a un cráter lunar y ser el causante de los desvelos de cualquier estudiante de primaria —gracias a su aportación al mundo del álgebra— escribió un puñado de versos en farsí (persa), de métrica peculiar: los Rubaiyat o cuartetos. Todos ellos son versos con ese halo de pesimismo, derrota y desasosiego que tan familiar nos resulta. Descubro, además, que Pessoa se adentra en ellos de la mano de Fitzgerald y su versión adaptada y rimada que hizo el escritor en 1859 de los versos originales. Aquella hazaña permitió a Pessoa acceder a los mismos, nadar en ellos y crear su propia obra de Rubaiyat. Ventajas de hablar idiomas en tiempos remotos, de llegar a lugares en la literatura vedados para el resto de los mortales. Descubro también que Fitzgerald se tomó sus licencias de traductor y conocedor de la cultura occidental cuando, a finales del siglo XIX, decide cómo debe ser esa adaptación, limitando la obra de Omar Jayam a solo aquellos versos donde la rima estaba en el primero, segundo y cuarto verso, quedando libre el tercer verso. Pensaría que quizá nos resultaría todo más familiar.

Hubo más intentos de traducir, a otros idiomas, los versos de Omar Jayam pero, sin duda, la traducción del escritor americano fue la que más trascendió. Averiguo además que, como si se tratara de un ser independiente, la obra del maestro persa, crece gracias a las aportaciones anónimas, y aquel puñado de versos se transforma en cientos primero y miles después. Y es que, la desesperanza, las miserias humanas, las adicciones, la tristeza y la muerte son universales, se repiten hasta la saciedad; convirtiendo la obra de Jayam en la semilla de una obra anónima y universal. Nuestro querido poeta del Chiado, de vidas múltiples, de sueños infinitos y asiduo a refugiarse en los cafés de la capital lusa—no siempre a tomar café—no pudo evitar adentrarse también en el mundo infinito del Rubaiyat, de sus túneles hacia lugares sombríos, hacia los interrogantes que planea la ciencia. Un mundo de ruptura con lo establecido y, en definitiva, un mundo de dolor. Ese dolor en el que Pessoa se sentía à vontade. Sabemos que la obra de Pessoa crece, que se ha publicado solo una parte, que al igual que la obra de Jayam, vive por sí sola. Por eso, al igual que tantos otros versos, pensamientos y textos, los Rubaiyats del portugués también están incompletos, una obra a medio hacer que, parece ser, iba a completarse con un ensayo sobre Jayam donde su filosofía, del todo epicúrea, iba a ser diseccionada por el escritor portugués. Una filosofía a la que un lunes parece adscribirse y un martes ya no. Esa eterna duda pessoana, la duda que quizá dio a luz a sus heterónimos, subyace permanentemente. “Hay días en los que esa filosofía me parece la mejor, y hasta la única, de todas las filosofías prácticas. Hay otros días en los que me parece muerta inútil. Como un vaso vacío. No me conozco porque pienso….” —dice el portugués en sus anotaciones.

A ambos poetas parece unirles el tedio, y quizá es de ese tedio, del cual nace la profunda admiración de Pessoa hacia Jayam.

“El tedio de Jayam no es el tedio del que no sabe lo que hace, porque en realidad nadie puede o sabe hacer. Ese es el tedio de los que nacieron muertos, y de los que, con legitimidad, se inclinan hacia la morfina o la cocaína. El tedio del sabio persa es más profundo y noble que eso”.

Leyendo fragmentos sueltos de este frustrado ensayo u homenaje a los Rubaiyat, descubro que, al igual que sucede en El libro del desasosiego, Pessoa cita, una vez más al psicólogo francés Jean-Gabriel Tarde: “La vida es la búsqueda de lo imposible a través de lo inútil”. Con esta cita, que siempre me ha fascinado, comprendo que el trío del tedio, se acaba de completar.

Continúo leyendo esta joya inédita de Fernando Pessoa, esta colección de Canciones para beber que no sabemos si en su día quiso publicar. Me detengo en aquellos Kubaiyats intensos, sonoros, extraños, escritos en un portugués limpio que, en ocasiones me lleva a pensar en el desamor entre Ophelia y el poeta, en sus desencuentros.

Trazes as rosas que te não pedí.

E máis que ás rosas, vens trazer-me a ti.

Mas estou cheio só do entendimiento

E tudo quanto tragas já perdí.

En fin, un Pessoa inédito que recomiendo a todos aquellos con sed de tedio. Un delicado y fascinante conjunto de 182 Rubaiyat cuya escritura lo acompañaron los últimos años de su vida, sumido, quizá en un estado de efímera sobriedad, soledad y también lucidez, esa que nos dejó. Un tesoro que me llega dando un gran rodeo, desde Ciudad de México, de la mano de la jovencísima editorial vasca, El Gallo de Oro, con textos traducidos y seleccionados por el psicólogo y escritor vasco Beñat Arginzoniz (2015).

¡Ah bebe! La vida no es buena o mala,

lo que le dimos es lo que nos da.

Todo se devuelve a lo que no fue,

y nadie sabe lo que es o lo que habrá.

La mancha en la pared de Virginia Woolf

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Autora: Eva Losada Casanova

Hay textos que se abren despacio, después de dos o mas lecturas. Emergen como experimentos de laboratorio y van formándose, con paciencia, como un mecano en la mente del lector. Textos que nacen de la confrontación, de la imperiosa necesidad de decir. Con pocos relatos he tenido una experiencia tan extraña y cautivadora al mismo tiempo que con La mancha en la pared de Virginia Woolf. Bañado en una melancolía poco común, una melancolía sólida, no blanda, como “huesos enterrados en la tierra”, una melancolía que ella tilda de inglesa, de paseos entre jardines sombríos. Es la melancolía de Orlando, aquel personaje, a caballo entre lo femenino y lo masculino, entre la fantasía y la denuncia, esa melancolía que tiñe muchas de sus obras. Virginia parte de la realidad desfigurada para iniciar su fluir de conciencia. Aparentemente, durante la primera lectura, puede parecer que el desorden ocupa el texto, que todo es un divagar por esto o por aquello. Nada más alejado de la realidad. Este relato, el primero que publicó, está organizado de tal manera que nos transporta por la vida de la autora valiéndose de símbolos, símiles, metáforas y un sin fin de pequeños senderos que van y vienen por sus inquietudes y escasas certezas. Rechazo, inconformismo, creación, guerra, literatura y un laicismo latente de la mano de la naturaleza como orden supremo.

Es un relato inquietante, donde reina un manejo magistral de la transición. Liga de manera fluida, armónica y con un ritmo cuidado, cada idea, cada regresión; y lleva al lector, en sus continuas lecturas, hasta lo más profundo de su propia conciencia. Utiliza el espejo, el reflejo, para alejarnos; y la aparente realidad para acercarnos. “Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento…La ignorancia de la humanidad”.

El rechazo a lo doméstico, al hombre belicista, a la invisibilidad de la mujer, a la sordera del mundo y, sobre todo, el rechazo a la tradición a esa maldita tradición donde siempre parece sentirse presa. ¿Es posible contar todo esto desde el realismo? Probablemente no. No, al menos, en ese momento y por una mujer. Es por eso por lo que se inicia en esa huida del realismo acuciante para adentrarse en una prosa distinta, modernista, estética, donde el lenguaje, además de esconder, está al servicio de las emociones y las sensaciones, antes que a la razón. Quizá no tuvo más remedio que hacerlo. El tiempo, lo humano, el entorno social, todo parece tener un lugar entre “los dedos del gigante”. La autora nos embarca en los procesos creativos, en la contemplación como semilla, en la imperiosa necesidad de huir de la realidad para sobrevivir a ella. En el libro como refugio y en el poder embaucador, determinante y único de la naturaleza.

Este es un relato único, diferente, modernista, como ella, como gran parte de su obra. Un primer relato publicado, trabajado, cuidado hasta la última coma. Nada en él parece obedecer al caos, a la letra improvisada. Nada sobra.

¿Quién es ella realmente? ¿Aquello que se ve? Es o no es aquello una mancha en la pared. ¿Un clavo quizá? Qué importa lo que sea, lo interesante es dónde nos lleva.

 

Una mancha en la pared de Virginia Woolf.  Hoghart Press 1917 Londres.

El ortónimo Fernando Pessoa

Autora: Eva Losada Casanova

El desdoblamiento del escritor es un acto necesario, su multiplicidad es, quizá, privilegio de tan solo unos pocos. Cuando ese desdoblamiento se practica una vez, resulta casi imposible no seguir intentándolo, no empeñarse en ejercitar el músculo del ser múltiple, habitante de universos inventados pero reales. Y si no, ¿por qué escribimos?

El ortónimo que da a luz, como una parturienta angustiada, asfixiada, deseosa de aligerar el peso de la existencia, no tiene regreso. El ortónimo termina siendo esclavo de sus criaturas, son esas criaturas las que terminan devorándolo. La literatura pessoana es, en gran medida, la desaparición del padre en beneficio de los hijos. Cuando Fernando Pessoa ejercita su desdoblamiento, cuando se recrea en sus propios sueños que son soñados a su vez por otros, alcanza su objetivo: abrazar la inmensidad del alma sin la limitación del cuerpo. Una idea alejada de cualquier connotación espiritual o religiosa y ligada directamente a la creación literaria. A la limitación del escritor como un ente solo y único. Escribía el Pessoa que habitaba Bernardo Soares: “He creado en mi vida varias personalidades. Cada sueño mío , al ser soñado, lo encarno en otra persona que pasa a soñarlo y yo dejo de hacerlo”. De esta manera se libera de sí mismo, se da a otros, inventados por él. Quizá ni siquiera los inventó, simplemente crecieron en él, fueron poco a poco alimentándose de los sueños del escritor. “Sin ilusiones vivimos del sueño, que es la ilusión de quien no pueden tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos nos disminuimos.” Él se sentía pequeño, el mundo, su mundo, debía ser trascendido y la mejor forma de hacerlo era creando muchas plumas que a su vez se recreaban en otras vidas. Un juego de espejos y laberintos que hacían de su obra algo poderoso y, por qué no, misterioso, tremendamente misterioso. Al fin y al cabo, es eso lo que buscamos, cuando nos sumergimos en los textos literarios. “¿Qué puede —decía Bernardo Soares—hacer un hombre de genio sino convertirse él mismo en literatura”. Y eso fue exactamente lo que hizo, convertirse, multiplicarse y trascender.

            La obra de Fernando Pessoa es un inmenso jardín donde no siempre la luz ilumina sus recovecos, donde cada flor parece poder sobrevivir sin las demás, donde todo parece seguir creciendo aun después de la muerte del jardinero. Pero, ¿y los otros? ¿Han muerto con él los más de setenta heterónimos? Algunos, muchos diría yo, murieron antes incluso de comenzar a caminar en sus sueños. Otros, como Alberto Caeiro, murieron por la tuberculosis, de la misma manera que lo hiciera su padre, cuando Fernando Pessoa apenas había cumplido los cinco años. En el lado opuesto, un casi amoral Álvaro de Campos, canaliza al otro Pessoa, al Pessoa más oculto, el desprendido, descreído y libre. “¡Marcharse! Nunca regresaré/Nunca regresaré porque nunca se regresa/El lugar al que regresamos es siempre otro/El andén al que regresamos es otro/Ya no están las mismas personas, ni la misma luz, ni la misma filosofía.”. Alvaro de Campos fue capaz de ocultar bajo su sombrero y su paraguas al Pessoa enamorado o al falso enamorado. Aquel que no era capaz de enfrentar el amor, lo mismo le ocurría a Bernardo Soares, el heterónimo exiliado de sí mismo. “El onanista es la perfecta expresión lógica del amante. Es el único que no disimula ni se engaña”.

Alberto, Bernardo, Álvaro, Alexander y la joven MºJosé, por qué no, el único heterónimo femenino del escritor. Quizá, si hubiera vivido más años, Mº José hubiera estado acompañada por otras de su mismo sexo o a lo mejor no. En este fragmento de una carta de amor, se puede entrever a la Ophelia de su vida, aquella que le esperaba cada tarde asomada en su ventana. “… estoy en la ventana todo el día y veo a la gente pasar de un lado a otro y tener un modo de vida y gozar y hablarle a ésta o aquélla y parece que soy una maceta con una planta marchita que se quedó aquí en la ventana por quitársela de encima”. Y es que para Fernando Pessoa el hombre es un ser mentiroso desde que nace, un ser que se engaña: “El único modo de estar de acuerdo con la vida es estar en desacuerdo con nosotros mismos”, escribió Bernardo Soares.

Pessoa pasó toda la vida trascendiéndose a sí mismo, buscando el sentido a su propia existencia, preguntándose, huyendo, desconfiando. La escritura, una vez más, alarga nuestras vidas, esa búsqueda inútil nos mantiene vivos mientras la realidad, poco a poco nos va destruyendo.

Decía Gabriel Tarde, sociólogo francés, admirado por Pessoa que “La vida es la búsqueda de lo imposible a través de lo inútil”. ¿Podría ser esa imposibilidad de encontrar lo que Pessoa buscaba en soledad, aquello que le motivase a dar vida a su ejército de heterónimos? ¡Quién sabe! Es más útil leerle que justificarle (o escribir sobre él).

Los desiertos de DINO BUZZATI

Autora: Eva Losada Casanova

La muerte, la finitud, el devenir de la vida…quizá sean esos los temas en los que uno echa el ancla cuando pasea por las novelas o los cuentos de Dino Buzzati. No importa que los críticos hablen de dos épocas, de dos momentos o corrientes dentro de su obra, para mí, Dino Buzzati, parece querer escribir siempre la misma historia: aquella que determina su propia existencia. Desde una posición equidistante con el lector, nunca más allá de su entendimiento o sus capacidades, Buzzati rara vez se aleja. Es posible que sea esa proximidad, ese entender la vida, la vida común, la de nacer y morir, sin más, lo que le convierten en un gran escritor, uno de los grandes escritores italianos. Sus párrafos, conjeturas, sus idas y venidas, a veces en grandes espirales agonizantes, siempre están mezcladas con descripciones que sosiegan. El Milán de los prostíbulos y callejuelas inmundas o la nada hecha de arena que se respira en el gran desierto, aquel donde el lector se queda sin agua, sin saber por dónde o para qué vivir, esperando siempre al mismo amanecer. Para Buzzati el desierto era como para Thomas Mann la montaña: la vida y la muerte y, entre medias, la enfermedad.

Y como sucede a menudo con los grandes escritores, su fulgor popular llega tarde y casi siempre de la mano de sus colegas. En este caso son otros, grandes como él, que un día, descubren que su propia obra está impregnada de los mismos laberintos del escritor italiano. Y es que, una vez que has leído a Dino Buzzati, ciertos ilustres textos te vienen ya repetidos y comprendes entonces lo injusto que resulta a veces esto oficio que solo parece que se disfruta en la otra vida, donde de poco sirve el reconocimiento o los halagos. Como decía otro gran escritor, en este caso portugués, “solo me entenderán después de muerto”.

            Algunos de los relatos que escribió cuando trabajaba en el periódico italiano, Il Corriere della Será, que este año cumple ciento cuarenta años, relatos como Sette piani (Siete pisos o Siete plantas); son pequeñas obras maestras que condensan todo el pensamiento del escritor en apenas media docena de páginas. Sette piani es un relato que te acompañará el resto de la vida como acompaña a Giuseppe Corte, hasta ese momento, ese que nos llegará a todos, donde un día nos podrá la sumisión frente a aquella persiana que terminará de cerrarse para siempre. De la misma manera se impregna en el lector la inmensidad de ese desierto, la indecisión o el tiempo perdido, ese tiempo que irremediablemente termina siempre en el mismo lugar. Ese tiempo insalvable con el que Buzzati juega una y otra vez en su obra.

Gran conocedor de las bajas pasiones, de aquello que nos debilita, Buzzati, retrata en la novela “Un amor” a un hombre solo, sumido en el delirio del amor imposible. Y, de paso, coloca al lector en una posición incómoda donde lo correcto, lo ético queda en entredicho y, en ocasiones, hasta puede ofuscar. Buzzati no busca complacernos nunca, no es su estilo, a él le gusta agitarnos, que nos miremos a nosotros mismos y nos preguntemos qué estamos haciendo, a qué hemos venido y si, en realidad, nuestra existencia es eso: un laberinto. El laberinto en el que Borges, muchos años después, recalaría y se perdería. Ese mundo en remolino, fantástico y real al mismo tiempo. Ese universo que se alimenta de algunos de los relatos de Edgar Allan Poe donde es la multitud la que nos oculta a nosotros mismos o bien, como sucede en el relato titulado Una cosa que empieza por ele, donde la influencia gótica de Poe es vistosa. Me atrevería a afirmar que quizá sea ese uno de los relatos de Buzzati más “Poeiano”.

            Y si me empeño, también encuentro a Buzzati en Onetti, y a Onetti en Buzzati; en esa manera tan particular de describir, cargada de lirismo, de fuerza narrativa. “Mientras, volvía a vestirse, con aquel estado de ánimo particular, sereno y melancólico, que sigue al desahogo de los sentidos”, escribe Buzzati sobre el personaje de Tonino después de haber hecho el amor con la señorita Laide.

            Las murallas, las fortalezas, las paredes que nos separan de lo que seremos, son constantes en su obra; el leproso que se asoma a la ciudad desde lo alto de la torre de vigilancia y se encuentra con la desesperanza en El hombre que quiso curarse; y el muro infinito de Giovanni Drogo, desde donde los meses se hacen años entre un día y otro. O el viaje interminable del relato de Los siete mensajeros, o esa carta del amor interrumpido, esa carta que, como la vida, nunca se termina de escribir. Siempre es el tiempo en forma de abismo, abriendo sus fauces. El hombre como siervo de ese tiempo, atrapado siempre en él.

Dice Borges, gran admirador de Buzzati, en el prólogo de El desierto de los Tártaros “Un desierto que es real y es simbólico. Está vacío y el hombre espera muchedumbres”.

Coetáneo del también periodista y escritor romano, Alberto Moravia y del escritor Lombardo Cesare Pavese, Dino Buzzati comparte con ellos, sin duda, esa dulce melancolía que surge como decían antaño los curanderos, “cuando la tristeza y el miedo duran demasiado tiempo”. Esa melancolía con la que algunas nos envolvemos siempre que nos dejan. Libros y autores que un día sientes cómo te rodean y comprendes entonces por qué sus desiertos y laberintos, los de Onetti, Moravia, Pavese, Kafka, Pessoa, Borges, Buzzati y los del mismísimo Sócrates, los haces también tuyos.

La obra de Dino Buzzati la han recuperado en los últimos años y traducido las editoriales Acantilado y Gadir. La primera vez que llegó a España fue de la mano de José Janés en 1943. A lo que la editorial Plaza&Janes da continuidad, en 1959, con la colección Maestros de Hoy, edición recuperada de la biblioteca materna, de páginas finísimas y letra diminuta.

El relato de la inmediatez

Autora  Eva Losada Casanova

En esta nuestra nueva era cultural regida por la nefasta inmediatez, por la superficialidad convertida en análisis, por la observación fugaz, la narrativa se cubre de una basta capa de polvo donde tan solo unos pocos se toman la molestia de pasar un paño y abrir el libro, no para asomarse sino para vivir en él. Las lecturas en diagonal proliferan tan rápido como el microrelato, tan rápido como las citas manidas que viajan por las redes junto al café de la mañana. Frases sacadas de contexto que han perdido todo contenido porque no obedecen a la parada de un lector cualquiera en el texto que, en ese momento, sostiene entre sus manos, un texto que le ha impactado o dejado sin aliento. Obedece más bien al exitoso resultado de un copia y pega veloz, raudo, mientras engullimos una madalena. Nos fascina el copia y pega furtivo que la era digital nos permite, es casi un acto reflejo. Además, a esa especie de escritura rápida, contribuye una lluvia, tormenta más bien, de títulos que corretean por falsos atajos, que no han atravesado los fastuosos y complicados túneles de la edición profesional y se agolpan en portales, redes y, desafortunadamente, también lo hacen a las puertas de las ya saturadas librerías. Eso provoca una sombra oscura, a veces infranqueable, para el resto de textos que han pasado los criterios de aquellos que, más o menos, siempre tienen un espacio en sus corazones para la literatura con letras grandes. Editores pequeños, apasionados, con escasos medios, ricos en apoyos y simpatías, amorosos artesanos, especímenes admirados, que cuando pueden, miman a sus autores y que pasan sus vacaciones de verano con media docena de manuscritos. Seres de otro mundo que si hubieran querido un camino fácil, jamás se hubieran adentrado en semejante aventura; o bien hombres y mujeres de carne y hueso, con nombres y apellidos, tras grandes grupos editoriales que ayudan a conservar la dignidad, a veces tan escurridiza, en los grandes emporios que tratan con algo tan delicado como la narrativa. Frente a todos ellos, las grandes imprentas, disfrazadas de lo que no son, con nombres marketinianos, que inscriben los títulos en columnas y filas de hojas de cálculo, con el sumatorio anclado, donde las falsas promesas bailan con las prisas y los inmaduros y poco domados egos del escritor novel.

La escritura no tiene nada de inmediato, la lectura tampoco, ni la edición, ni la traducción, ni el proceso creativo. No hay cabida, no hay lugar, son como el agua y el aceite. La narrativa es reposo, es reflexión, sosiego, es refugio, es un estar en nosotros y no estarlo, es todo menos llegar el primero. Hace unos meses, un alumno se me acercó y me dijo: “Este otoño quiero publicar mi libro de relatos”. Yo le pregunté si estaba trabajado en él, cuánto tiempo llevaba escribiéndolo, cual era el origen de su trabajo, cuántos relatos tenía a medias, cuántos terminados y si ya tenía algún plan para su edición. “No lo he escrito todavía, ni siquiera sé bien de qué va a tratar pero tengo ya el título y yo creo que en dos mesecillos lo sacamos”, me respondió. Un libro de relatos, en ocasiones, es una vida entera, es un conjunto de fragmentos de uno mismo, obsesiones, llanto, alegría o desesperación. Cada relato es una escena que casi siempre hemos rescatado de una experiencia propia, de un conjunto de lecturas, de la observación meditada, de preguntarnos, de la crítica del entorno o simplemente de nuestros miedos, de los temores que nos asaltan en la vida o de aquello que nos sobrecoge o excita. Un libro de relatos también es una infancia revisitada, un ajuste de cuentas con nuestro pasado o con la realidad que nos rodea. ¿Cómo se puede” fabricar” eso? ¡No se puede! Una novela o un libro de relatos se produce, crece, evoluciona, se alimenta, capa sobre capa; está hecho a base de minerales y sustratos que enriquecen la tierra donde se plantan las historias, donde cada frase, cada diálogo y cada gesto somos nosotros. Dejemos las prisas y regodeémonos en el placer de la creación, ese que siente el lector cuando hace suyo el texto, cuando la lectura es una experiencia; y aquel otro placer del escritor, inigualable y casi sobrehumano,  que comienza cuando el tiempo es más un aliado que un obstáculo que salvar. Recuerdo que, hace unos años, en un artículo de un periódico inglés leí el siguiente enunciado “¿Te imaginas ser capaz de leer un libro en un par de horas? ¿O toda la obra de tu autor favorito en pocos días?” Seguí leyendo mientras me susurraba a mi misma que no, que desde luego, no me lo imaginaba, ¡que no quería ni imaginármelo, hombre! ¿Para qué? Es como si te dijeran algo así como ¿Quiere usted visitar el Museo del Prado en 45 minutos y no perderse ni una sola obra?”. ¡No quiero, gracias! De verdad que no. Lo que realmente me apetece es acampar entre El jardín de las delicias y El sueño de Jacob. Desearía arroparme con cada libro, ensayo, poesía o novela que leo, aunque en pocos años olvide los títulos, la trama pero, eso sí, jamás el sabor; el sabor de un libro no lo pierdes nunca. Desearía poder escribir varias docenas más de relatos, hacerlo serena, tranquila. Escribir la tercera, la cuarta, la decimosexta novela, sin esperar que la inmediatez escriba su propio relato, habite y se instale a sus anchas en lo que me queda de vida. Ya solo nos faltaba esperar a la muerte también con prisas.

Ficciones y desconfianza de la tribu. Kipling

ficciones y desconfianza de la tribu

Autora: Eva Losada Casanova

“Existe una antigua leyenda que cuenta la historia de un hombre que, al ser el primero en lograr una hazaña de enorme importancia, sintió la necesidad de contárselo a la tribu. Tan pronto como empezó a hablar, sin embargo, empezó a enmudecer y, faltándole las palabras, se sentó. Entonces se levantó—según cuenta la leyenda—un hombre que no había tenido maestro alguno, que no había tomado parte en la acción heroica de su compañero y que no tenía virtud alguna salvo estar tocado —esa es la expresión—por la magia de la palabra precisa. Él vio, él narró; y describió los méritos de aquella hazaña de tal manera que, nos asegura la leyenda, las palabras “cobraron vida y empezaron a caminar por el interior de los corazones de quienes escuchaban”. Desde ese momento, al comprobar la tribu que las palabras estaban vivas de verdad y temiendo que el hombre de las palabras pudiera crear con ellas historias falsas para contar a los hijos de la tribu, lo capturaron y lo mataron. Pero más tarde descubrieron que la magia estaba en las palabras, no en el hombre”.

 Discurso “Literatura” 1906 Kipling.

Esta leyenda a la que hace referencia Kipling cuando recogió el Premio Nobel de Literatura con apenas cuarenta y dos años, no solo habla del poder de la palabra sino de algo que a mí me ha causado siempre una profunda inquietud: la desconfianza hacia la ficción como tal. Como si solo pudiéramos aferrarnos a los límites de la realidad. Kipling, un hombre prácticamente adicto a la escritura, siempre pensó que la verdad descarnada era destructiva y que la única manera que teníamos de sobrevivirla era creando ficciones. Algo parecido decía Bradbury cuando afirmaba que había que emborracharse de escritura para que la realidad no nos destruyera. Qué sería de nosotros sin esa ficción que nos permite dejar de sentir en este mundo para hacerlo en otros, donde el ciego distingue los colores y el sordo se deleita con la música. Esas palabras donde nos acunamos y donde creemos que nada puede hacernos daño. Al fin y al cabo la ficción la escriben nuestras obsesiones, la tormenta que forman las sensaciones que nos habitan; o sea, nuestras “fuerzas desgarradoras” como decía el propio Kipling.

A veces creo que hay dos tipos bien distintos de literatura, aquella que nace de los infiernos de nuestro interior como la de Strindberg, que escribía para ejercitar sus sentidos y así no dejarlos que hicieran de las suyas, es decir, sentía miedo de sí mismo. O el universo fascinante de Pessoa quien dormía cuando soñaba lo que no existía y se despertaba cuando soñaba lo que podía existir; o bien aquella que formaba la incesante búsqueda de las miserias humanas de Flaubert o los laberintos del averno femenino de Emily Brontë y Virginia Woolf. Lejos está aquella otra literatura que baila con el adoctrinamiento y las imposiciones de la época. Me pregunto si los infiernos interiores tienen algo que ver con las tendencias del mercado o los aniversarios. Quiero seguir confiando en que no nos abandone aquella literatura que está por encima de la historia, incluso de la moral y, si me lo permiten, del propio arte.