STRINDBERG. Mirando al abismo

Autora: Eva Losada Casanova

Leer te regala muchas cosas pero una de ellas es más lectura, más libros, más autores, más noches en vela. Abrir un libro es abrir muchos otros, es dejarse llevar por una leve corriente templada, por afluentes que te descubren un paisaje tropical al que jamás habrías llegado sola. Fue a través de Hitchens como llegué a Strindberg. Hubiera llegado por cualquier otro camino, seguro. La literatura es generosa, los autores lo son, escribir no es otra cosa que dar. Dar la infancia, dar hasta la vida que todavía no has vivido. No conozco un arte más generoso que el arte de la escritura. Nos ofrecemos como animales a punto de ser despellejados y engullidos por un lector hambriento que, en ocasiones, es inmisericorde. Escribir no siempre nos salva, también nos hunde, nos arrastra hasta lo más oscuro de nosotros mismos. Lástima que en la juventud —en nuestro sistema educativo— lectura y escritura sean cada vez más relegadas, apartadas. Lástima que el tiempo verbal lee —como decía Pennac— no pueda ser nunca imperativo.

            Fue durante la edad escolar cuando August Strindberg descubrió que algo no le gustaba, que algo no encajaba. Esos años en los que el entorno te juzga sin filtros, en los que la crueldad va desnuda por el patio del colegio, cuando la culpa se convirtió en una obsesión para él. Supongo que más tarde, al leer a Rousseau, comprendió que podía cambiar las cosas: lo intentó. No cejó en toda su vida de esforzarse por alterar el orden establecido, transformarlo, criticarlo. Primero desde la docencia y más tarde como dramatugo, ensayista y escritor—desde las entrañas. Hasta como actor. Se propuso ser todo eso, se empeñó hasta la locura, hasta la obsesión. Fue esa obsesión —junto a media docena más— la que alimentó su obra hasta que, en 1912, muere solo. Solo, como él quería ser recordado pero no tan solo como la realidad reclamó. La soledad—entre otras emociones y digresiones— es el estado que describe en su último libro y que además, le da título (Solo. Editorial Mármara). “Tener que ver continuamente lo feo es, para quien posee el sentido de la belleza, una tortura que te induce a considerarte un martir. Verse obligado a cerrar los ojos ante las injusticias, por pura consideración, es una escuela de hipocresía”. Escribía enantes de morir desde su casa de veraneo, volviendo quizá la vista atrás a su trayectoria y carrera. Una carrera sembrada de fracasos y alabanzas, reproches y mordaces críticas. No había nacido para ser criticado ni cuestionado. Cada vez que una de sus obras de teatro no funcionaba y el telón caía en silencio, Strindberg se retorcía de dolor, lloraba y se escondía. Por un lado, su vida estaba sumida en un permanente enfrentamiento y ese enfrentamiento lo corroía y destrozaba por dentro.

            No le fue demasiado bien en la universidad de Upsala, no había nacido para ser un científico, la química no llenaba su vida, su insatisfacción era siempre permanente. Creyó que quizá convertirse en actor era la solución a todas sus angustias. No funcionó. La muerte de su madre —cuando apenas tenía trece años— marcó su relación con las mujeres. Ellas alimentaron su obra, la vistieron y dotaron de una rabia y fuerza que pocos escritores de su época alcanzaron. Obra en la que Chéjov reparó, y Zola, Kafka o Thomas Mann bebieron abundantemente. Pocas veces heroinas tan fuertes habían habitado los escenarios de la época. Mujeres rebeldes, libres y emancipadas que le aterraban y al mismo tiempo le excitaban. Ahí radicaba quizá el origen de su profunda inseguridad e inestabilidad, en ellas, en ese oscuro poder que ejercían sobre él: Ida, Siri —su mujer y magnífica obsesión—, Kungliga —la noble “casta polígama”—Birger Marner, Mari David —su segunda gran pesadilla—y la liberada Fridda, su última mujer y “la tesorera” como él la llamaba. Todas ejercieron un poder desmesurado en Strindberg y todas le envolvieron en una feliz y drástica amargura. Esa amaragura con la que muchos cosen miles de páginas y otros convierten en poesía.

            Escribía cartas como quien respira. Las misivas eran para el una adicción que, junto a sus obras y autobiografías, han permitido reconstruir su vida, su pasado y sus infernales relaciones amorosas. Strindberg era una pura contradicción, una brillante y prolija contradicción. Huía de las candilejas pero acababa rodeado de ellas, necesitaba a las mujeres pero sufría en sus brazos, amaba el teatro pero pensaba que la prosa era lo único estable, necesitaba a su familia pero la sacrificó por la literatura. Esta y su vida parecen fundirse sin lineas rojas entre la realidad y la ficción, siempre con él mismo como fuente de inspiración, y un entorno convertido en un laboratorio lleno de ratoncillos asustados.

«Strindberg me ha acompañado toda la vida: lo he amado, lo he odiado y he lanzado sus libros contra la pared, pero no he podido deshacerme de él». Escribía Ingmar Bergman.

            La literatuta insolente y valiente nos agita una vez más, nos arranca sentimientos encontrados, nos arranca del sillón de orejas con una virulencia placentera, morbosa y, sobre todo, adictiva. Convierte nuestra vida en ese Salón rojo (Acantilado) donde todos esperan su salvación, en el que, una vez más, los personajes son mecidos por la hipocresía. O tropezarse con su santa madre en El hijo de la sierva. Toda su obra gira en torno a sí mismo, a su peor enemigo. Quizá por ello nunca dejó de ser actor, un actor que engullía y poseía a sus personajes: ellos y ellas. Podía ser la señorita Julia o el ambicioso lacayo, pero también Cristina, la moralizante cocinera. Leer a August Strindberg, conocerlo, tiene siempre un principio pero como escribe Jordi Guinart, autor de la obra Strindberg Desde el infierno (Funambulista 2016) —muy recomendable para cualquiera que, como una, se haya visto prisionero del autor sueco—. “Strindberg era un eterno explorador de la adversidad en busca de la esperanza”. Supongo que alguien que dedica su vida a explorar la adversidad, a escribir sobre ella, es un autor que no tiene fin. Esa misma sensación tengo cuando leo a Strindberg, la de no ser capaz de terminar nunca de hacerlo y, encima, sufrir por ello; un sufrimiento que, viniendo de la literatura, la sublime, es un placer esquisito. Una vez más, me reafirmo en la idea de que el escritor nace en la infancia y siempre regresa a ella. Con diferentes máscaras o nombres, con disfraces de carnaval, con uniforme de asalto, cierto; pero siempre regresa a ella, a la madre o al padre, a los paisajes que le vieron crecer, al dolor que no supo reconocer y que quizá determina los vaivenes del adulto. ¿Era Strindberg un loco? ¿Misógino? ¿Machista redomado? Lean su obra y juzguen ustedes mismos. Porque otra de las cosas fascinantes de este autor —depresivo, inestable, autodidacta, inseguro, alcoholico y crítico— es precisamente eso, las múltiples máscaras con las que se presentaba ante su público, o sea, nosotros, sus lectores. No creo que tanta lucidez, y ese profundo conocimiento que demostraba tener de la naturaleza humana —tanto en su época naturalista como en la impresionista o surrealista— fueran producto de un loco, yo diría más bien que de un genio, uno de esos que se asoman al abismo. Todos sabemos que “Cuando miras al abismo el abismo también te mira a ti”. Esto no lo dijo él, sino su amigo Nietzsche.

       No puedo dejar de recomendar a jóvenes y adultos que lean la obra de teatro La señorita Julia (Alianza) para acercarse por primera vez a este autor. Que lo hagan para comprender qué se entiende por literatura universal, qué significa trascender el tiempo, por qué se ha representado tantas veces y se ha llevado al cine tantas otras. Leer nos abre la mente al mundo, a la vida, a la gente y escribir es una entrega generosa a ese mundo a esa vida y a esa gente.

     Strindberg, derrotado, atacado, criticado, y abandonado por Fanny, su última compañera, se ha alejado de la literatura y Greta su hija da a luz a su primer nieto que moriría al poco tiempo de nacer. La vida del autor, no cesa de verse envuelta en un continuo melodrama. El 8 de noviembre de 1912 cae enfermo.

“¡Estoy enfermo! (…) Sincertamente, creo que se trata del odio mortal de la gente. (…)Debo haber hecho grandes descubrimientos que cierta gente conoce, pero permanecen en silencio. Y odian.”.

Confiesa el autor poco antes de dignosticarle un cancer de estómago y de la muerte de Siri, su primera mujer y musa. El 14 de mayo, de madrugada, murió. Guinart recoje en su libro, con todo lujo de detalles, los últimos días de su vida y parte de la carta de últimas voluntades. Voluntades que no tienen desperdicio.

“No quiero que me entierren en una cripta, y mucho menos en una iglesia. Quiero permanecer en el nuevo cementerio, pero no en la parte de los ricos, el mercado de la vanidad. Ante la tumba no habrá música ni discursos, solo la lectura de los rezos por parte del cura”.

    A su entierro acudieron más de sesentamil personas, él ya no pudo evitarlo, ni quejarse por ello. El hombre cuya mayor dicha, según sus palabras, era “no tener enemigos y no ser enemigo de nadie”, admirador de Dickens, Turner, Beethoven, Rousseau, Balzac y Victor Hugo, terminaba sus días en el rincón del mundo que más le gustaba: Estocolmo.

“El alma de mis personajes es un conglomerado de civilizaciones pasadas y actuales, de retazos de libros y periódicos, trozos de gentes, jirones de vestidos de fiesta convertidos ya en arapos, de la misma manera que está formada el alma”. (La señorita Julia (prólogo de Strindberg)

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora de los talleres de escritura en La plaza de Poe, coordinadora del Club de Lectura. XVIII Premio Unicaja Fernando Quiñones de novela. Autora en Alianza editorial y Funambulista.

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Jane Austen.Textos inéditos. La niña escritora.

Autora: Eva Losada Casanova

En 1922 se publicaron los primeros escritos de la adolescente Jane Austen, después de que pasaran cien años de su muerte. Un 18 de julio de 1817. Textos inéditos hasta la fecha, algunos de los cuales tuvieron que esperar incluso hasta el año 2008, para ser, por fin, traducidos a nuestro idioma y publicados por la editorial Funambulista con el título de uno de sus relatos: El castillo de Lesley. No sé si llamar a esto “justicia prosaica”. Jane Austen debía tener entre quince y dieciocho años cuando escribió algunos de estos textos sueltos, versos, relatos perfectamente estructurados, en los que ya asoma la gran autora y novelista. Frederic y Efrida, Jack y Alice, Amelia Webster, La visita —una sencilla comedia en dos actos— o la extraña, a la par que corta, historia de Mister Harley, son algunos de ellos. Es importante detenerse en la época en la que fueron escritos: entre 1787 y 1793. Dos años más tarde escribiría las novelas que todos conocemos: Juicio o sentimiento, Orgullo y Prejuicio, Mansfiel Park, Emma, y, finalmente, ya publicada a título póstumo, Persuasión. Siempre es interesante y curioso asomarse a la escritura temprana, de cualquier gran autora o autor, de regodearse en esa aparente inocencia de ver el mundo de aquel o aquella que un día será referente en la literatura. Es interesante leer mientras imaginas a la niña, a la Jane Austen adolescente, dedicar horas y horas a construir sus personajes a través de la relación epistolar o los diálogos; sacando adelante una obra de teatro o perfilando unas relaciones entre hombres y mujeres que ya, en aquella época, estaban cargadas de interrogantes. Sutiles interrogantes, es cierto, pero que asoman con claridad. Es posible, solo posible —dejemos que la imaginación decore un poco este artículo— que Ian McEwan, en los primeros capítulos de su fantástica novela titulada Expiación, se hubiera inspirado en una historia similar, recreado en cualquier escena de la niña Austen para dar vida a su protagonista: Briony Tallis. Y es que, leyendo la recopilación de estos textos de la temprana obra de la escritora, una se da cuenta de que quizá muchos de estos fragmentos o ideas fueron luego piezas de sus novelas, retales, ladrillos o las primeras capas. Escribir, no es otra cosa, que colocar una capa sobre otra, barnizar, lijar y barnizar de nuevo. Si la escritora belga Marguerite de Yourcenar tardó cincuenta años en madurar y terminar muchos de su relatos, quizá, Jane Austen podría haber completado o transformado gran parte de estos textos que recogen las variadas ediciones de sus escritos de adolescencia.

Recordemos que en 1787 estaba a punto de terminar el siglo de las luces, el de la ciencia y la razón, el de Rousseau y Voltaire, sí, pero en el que nosotras éramos encantadores floreros a oscuras, animalillos atrapados en una sociedad que giraba sin nosotras, que todavía nos adormecía, seres invisibles. Nos guste o no, eso era lo que éramos. Tuvo que pasar algún tiempo más para que las cosas comenzaran a cambiar, para que se hiciera la luz —no toda pero sí bastante—de la verdad, y para que la humanidad entrara en razón.

Entre las historias que escribía Austen, algunas, como he dicho, claramente inacabadas, una especie de borradores, hay un curioso y divertido relato llamado Sir William Montague que apenas son tres o cuatro páginas. Digo que es curioso porque desde el inicio, Austen, juega con el lenguaje y su ritmo, con aliteraciones, como una niña caprichosa, consciente del poder del lenguaje, de su estética. Lo también curioso es que esta pequeña historia, de ritmo perfecto, en la que Sir William es un hombre frívolo y las mujeres que se cruzan en su vida una pobres infelices, está cargada de una deliciosa y sutil ironía y humor negro. Implícita en la historia, emerge la mujer en la que se convertiría poco tiempo después. La imagino, ordenada y cuidadosa, guardando en carpetas o en algún cajón bajo llave, todas aquellas hojas que, tantísimos años más tarde, un editor se atrevería a publicar, otro a reorganizar y más adelante muchos a traducir en otros idiomas. En fin, que el reconocimiento, cuando llega, no es lento es, lentísimo. Por ese motivo, en ciertas ocasiones y gracias a mi trabajo, atisbo en medio de la maraña e inmediatez de la creación literaria, una lucecita, un susurro apenas perceptible, un color disonante o algo que me llama la atención de alguna de mis jovencísimas alumnas, me emociono. Me emociono y fantaseo con ese tímido talento que ya suena, que necesitará mucho riego, buena tierra y un entorno mucho más amable y razonable del que nunca tuvo la pequeña Austen. Necesitará, sobre todo, editoras o editores valientes y un público ya entrenado, generoso y curioso. No solo es un ser terriblemente curioso aquel que escribe, debería serlo todavía más aquel que lee, ¿no creen?

 

Eva Losada Casanova coordina los talleres de escritura  y el Club de Lectura en La plaza de Poe  

Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Veinticuatro horas ZWEIG

AUTORA: Eva Losada Casanova

“La mayoría de los hombres posee escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles.”

 Stefan Zweig, un maestro en todo aquello relacionado con el lenguaje, con la narración, la prosa y la escritura, es además uno de esos escritores que sabe, como nadie, arrastrarnos sin resistencia, sin voluntad a través de las puertas de sus textos. Su tono, su punto de partida, su franqueza quizá, su prosa magnifica y verdadera, su falta de artificio y la contención de datos innecesarios en sus escritos, pueden ser algunos de esos ingredientes que lo convierten en un escritor excepcional. Zweig dedicó también su vida a coleccionar manuscritos originales, partituras y cualquier documento donde se pudiera observar el proceso de creación de mano de su autor. Era, en definitiva, un ser al que le gustaba partir de la esencia y pocas veces se alejaba de ella. Los lectores de Zweig, más aun las lectoras, no me pregunten el por qué —quizá es el profundo respeto que nos tenía— terminamos irremediablemente queriéndole, sintiendo un verdadero afecto por un hombre de una integridad literaria que emociona desde que comenzó a gestarse todo su trabajo: ensayo, novela, biografía, etc.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una de sus grandes obras y quizá una de las mejores novelas cortas que se hayan escrito, parte de una discusión entre un grupo de huéspedes de una pequeña pensión de la Riviera. Y como toda gran obra, no importa el lugar, ni el tiempo, sino la idea en sí misma. Esa idea que, como una sombra, cubre el texto y lo alimenta, no es otra que la obsesión. ¡Qué mejor campo de cultivo literario que la mente femenina! Sus esquinas y recovecos, sus falsos precipicios o agujeros profundos… Las posibilidades son infinitas y Zweig, un gran conocedor de nuestra psique, lo sabía. Sobre esta novela se podrían hacer todo tipo de psicoanálisis, podríamos descomponerla, analizarla, desmenuzarla e ilustrar con ella una clase de psicología, es cierto, pero desde el punto de vista literario, sus bondades son también otras. Y es que, en apenas cien páginas que uno devora durante un suspiro trágico, apretando los labios, sin apenas cambiar de postura, esta obra encierra una de las escenas más impresionantes de la literatura. Hablo de escena, no pasaje, porque el texto es de una plasticidad abrumadora. Es difícil, muy difícil, que un género como el cine logre reproducir una escena tan sublime sin quedarse a mitad de camino, sin decepcionar al lector-espectador, sin desesperar a un actor, guionista o director. La construcción del personaje que hace el autor a través del movimiento de sus manos, del ir y venir de sus dedos, del diálogo entre dos partes de un mismo cuerpo, es sencillamente magistral. “Y las manos ponen al descubierto impúdicamente su secreto”, nos dice Zweig antes de comenzar la narración. Y no solo provoca que el lector vuelva atrás a leer una vez más lo escrito, no para entenderlo, no, sino para disfrutarlo. Y es a partir de ese momento, de ese placer, casi físico, carnal, con lo descrito, cuando comprendemos que ya nunca volveremos a observar las manos de otro ser humano como lo hacíamos hasta ahora.

Zweig domina el terreno que pisa y navega con soltura por la obsesión de una anciana, Mistress C, como si él mismo la padeciera. Esa obsesión va acompañada de otro tema que termina de dar forma a la historia y que es recurrente en su obra: la culpa. La culpa es recurrente desde la primera línea, es esa culpa la que determina el resto de la narración.

Zweig, recurre, una vez más, a la misma estructura que utiliza en Mendel el de los libros: el testimonio. Supongo que se siente cómodo, que lo disfruta. Es posible, como dicen algunos críticos literarios, que fuera una novela de la poco conocida escritora y poeta francesa, Constance de Salm, la inspiradora de la obra de Zweig. Los títulos de ambas coinciden, es cierto. El título de la novela de la princesa de Salm —Constance Marie de Théis— es Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible. Ambas novelas, obviamente, como reza el título, transcurren durante un día, aunque el lector, en realidad, no tiene una percepción tan nítida del tiempo que se consume. Es más, en la obra de Constance de Salm, las horas parecen ser infinitas y el tiempo otro. En ambas novelas es una mujer la que se obsesiona, es una mujer solitaria la que sufre y es una mujer la que lucha consigo misma, con sus deseos. Hasta aquí el parecido es indudable; pero hay una gran diferencia entre un texto y el otro, esa diferencia es la que distancia a ambas novelas. Mientras Zweig habla de la obsesión y, por qué no, de la vejez, “la vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”, Constantine Salm trata los celos en estado puro, a corazón abierto. Son los celos el eje de la novela de la escritora. Los celos a través de una estructura epistolar, propia de aquella época, ya que se publicó en 1824 y es recientemente, en 2011, cuando la editorial Funambulista la rescata con una estupenda traducción de Isabel Lacruz.

¿Qué es aquello que ambas obras comparten? Quizá, un estudio profundo, nítido, verídico y exquisitamente tratado de la psicología femenina. Es “…el amor como forma de autismo” mostrado por Salm y la pasión como forma de obsesión tratada por Zweig. En fin, lo importante, más que buscar similitudes e influencias entre ambas novelas, es el contenido, aquello que el autor y la autora quisieron, cada uno a su manera, volcar en el texto de sí mismos, lo que quisieron transmitir y el por qué.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, sin duda, una joya más de su extensa y carismática obra literaria. Obra que se vio prematuramente interrumpida por un trágico final, de libre elección y que, a mi parecer, obedece sin duda a una búsqueda permanente de la perfección humana, algo inexistente, ni siquiera en su ficción. Esperar a la vejez no fue una opción, quizá no llegó nunca a experimentar las palabras que un día puso en boca de Mistress C., “La vejez no es nada más que dejar de sufrir por el pasado”. Sino que más bien se aferró a las de Séneca: “Es débil e indolente quien a causa del sufrimiento decide su muerte, necio quien vive para sufrir”.

 Veinticuatro horas en la vida de una mujer de la editorial Acantilado (2000) ha sido traducida por María Daniela Landa.

Las mujeres de Henry James

Autora: Eva Losada Casanova

En ocasiones el escritor desconoce las fuentes en las que un día bebió. Esa sed es saciada y muchos años después la obra personal rebosa de aquello que un día hidrató nuestra lectura. Con frecuencia son los demás los que perciben las influencias literarias y no uno mismo. Son los demás los que encuentran en los pliegues del texto reminiscencias del pasado y quiénes somos en realidad. Creo que en narrativa nada se escribe por casualidad, todo tiene un origen, casi siempre desconocido o poco explorado por el propio autor.

            He olvidado en parte lo que sucedió en la gran mansión de Bly, pero puedo ver y sentir la casa cubierta por una niebla permanente; imaginar a la perfección a aquella institutriz que arrastraba su vestido de la ventana hacia el río, que veía a través del cristal una figura oscura aproximarse por el sendero de arena a la entrada, o que se estremecía por las noches cuando alguno de los niños a su cargo no estaba en su cama. “Otra vuelta de tuerca” como el resto de las veinte novelas y relatos de Henry James son maravillosos y a veces escalofriantes paseos por la mente humana, la mente más femenina, aquella que James tan bien parecía conocer. Recuerdo a la señorita Caroline Spencer en la novela corta “Cuatro encuentros”, la siento justo en ese instante cuando pude, al fin, comprobar que lo perdía todo y ella no se estaba dando cuenta de ello.

      Henry James es un maestro de la lentitud, de la sutileza, de la elegancia, de la ironía. La sencillez aparente de sus textos está bañada en una atmósfera que no se olvida nunca. Permanece en la memoria del lector como un velo propio, único. Casi como un recuerdo de infancia. Siempre me he preguntado si la elegante melancolía que empapa su obra es producto de su soledad, de ser mitad hombre, mitad mujer. Ni una cosa, ni la otra.

            Admiro a aquellos escritores que tienen la inteligencia, la humildad y la destreza de construir personajes femeninos desde el cariño y el respeto como Sándor Márai, Flaubert o Ian McEwan. Escritores capaces de dejar que sus personajes —Felicité, Marika o Brioni Tallis— nos estremezcan. Pese a ello, nada como una escritora para describir, sentir y llevarnos de la mano por la psicología femenina. De esto no me cabe duda.

            Henry James no practicaba la prosa de acción, no se sentía a gusto navegando en ella, prefería arrastrar al lector por los, a veces enrevesados, procesos mentales de sus heroínas. Asomarse a sus sueños, cuestionarlos, ironizar sobre la naturaleza humana y su moral en una época cambiante o bien enfrentar a los Estados Unidos con la Europa victoriana. Henry James dotaba a sus textos de luces y sombras, de una niebla que llegaba y se iba, de un misterio natural que es, a mi parecer, lo que marca y diferencia su prosa. Es indiscutible que su maestría para dilatar la verdad, los instantes suspendidos, para llevarnos con lentitud hacia el desenlace sin dejar que decaiga la atención del lector es lo que le convierten en uno de los grandes maestros de la prosa.

            Imagino allá por 1870 a los dos hermanos James hablando en la sobremesa, en la casa familiar. Al escritor y al psicoanalista, al solitario asexuado y al brillante teólogo estudiante de Harvard y profesor. Al sutil observador y al pragmático científico. Aquellas conversaciones sobre moral, sobre la Teoría de las emociones, teoría que William James formuló y divulgó. Siempre he querido creer que la obra de Henry no hubiera sido la misma sin su hermano Williams y viceversa. Desconozco si convivieron durante muchos años, apenas había diferencia de edad entre ambos, pero quiero creer que se enriquecieron el uno al otro. Esa soledad donde habitó Henry James me cuesta verla en muchos de sus escritos y más aun en un libro editado y traducido por primera vez al español por la editorial Funambulista, “Diario de un hombre de cincuenta años” donde narra, con una cercanía y naturalidad maravillosas, el encuentro en Casa Salvi, a los cincuenta años, con la hija de un amor de juventud donde el pasado le alcanza entre paisajes florentinos. Esta pequeña novela —pequeña por el número de páginas y grande en sus deliciosos e inteligentes diálogos—  nos atrapa y al mismo tiempo desnuda la gran pasión de Henry James, aquella que mueve su obra: el alma de las mujeres.

            Una de las mujeres en la vida de James fue Alice James, su única hermana, paralítica a causa de un accidente, depresiva y con tendencias suicidas y, según ella misma, parricidas. Alice, a parte de detestar a su padre, es autora de un diario que escribió durante años donde recogía reflexiones sobre amigos, familia y costumbres de la época con cierta indiscreción. Quiero creer también que todo ese sufrimiento e infierno que pasó, sus días bajo los efectos del opio y cuyo disfrute, hasta su muerte por cáncer, era defendido y apoyado por el propio James, fue recogido de alguna manera en su obra e influyó a la hora de construir alguno de su personajes. Como también la situación social de la mujer en la segunda mitad del siglo diecinueve donde los movimientos sufragistas no terminaban de cambiar definitivamente las cosas y donde las mujeres que pertenecían a las clases más empobrecidas desempeñaban trabajos obreros, en fábricas y talleres, con sueldos muy por debajo del de los hombres. En cuanto a la mujer de clase media y media alta solo accedía a trabajos de enfermera o de maestra. En ocasiones se ha cuestionado el realismo de la obra de James, criticando su tendencia a construir personajes alejados de la vida real. Pero no creo que se alejase de la realidad, simplemente no vivía en ella, no le interesaba lo cotidiano, no era en ese sentido un Chéjov o un Flaubert. El entorno de su personajes, insisto, no le importaba, las tramas eran excusas, meras excusas para dejar al lector bailando con las emociones de sus personajes. Ellos sí eran realistas, lo eran sus acciones, su reacciones y su manera de vivir. James casi siempre inicia sus novelas exponiéndonos a una situación y luego dejando que el personaje se maneje en ella. No me cabe duda de que él no sabe cómo terminan sus novelas cuando las empieza por eso logra ese tono suspendido. Es complicado sorprender a tus lectores cuando tú mismo no te sorprendes. Estoy casi segura de que Henry James cuando escribía sus novelas, cuando “soltaba” a una Isabel Archer en el terreno, la observaba y la seguía. En ocasiones experimentaba primero en relatos o novelas cortas y si el personaje realmente funcionaba pasaba a formar parte de un empresa mayor. En “Retrato de una dama” el personaje da la señorita Archer es en mi opinión la señorita Spencer de la novela corta traducida y publicada por Funambulista en 2007, “Cuatro encuentros”. En ambas la idea central es la misma: la lucha por la libertad, por vivir el mundo y sentirlo. El viaje como símbolo de libertad y el hombre como lastre hacia esa libertad. En definitiva, Henry James es probablemente uno de los hombres feministas más ilustres, sensibles, inteligentes y elegantes de los últimos dos siglos. Y me atrevo a pensar que quizá nuestro joven director de cine Alejandro Amenabar lo tenga como un fiel modelo a seguir. Pero bueno, esta idea es extravagante y no contrastada, pero sin duda hermosa y hasta posible. Tendré que preguntárselo algún día, ¿no?