STRINDBERG. Mirando al abismo

Autora: Eva Losada Casanova

Leer te regala muchas cosas pero una de ellas es más lectura, más libros, más autores, más noches en vela. Abrir un libro es abrir muchos otros, es dejarse llevar por una leve corriente templada, por afluentes que te descubren un paisaje tropical al que jamás habrías llegado sola. Fue a través de Hitchens como llegué a Strindberg. Hubiera llegado por cualquier otro camino, seguro. La literatura es generosa, los autores lo son, escribir no es otra cosa que dar. Dar la infancia, dar hasta la vida que todavía no has vivido. No conozco un arte más generoso que el arte de la escritura. Nos ofrecemos como animales a punto de ser despellejados y engullidos por un lector hambriento que, en ocasiones, es inmisericorde. Escribir no siempre nos salva, también nos hunde, nos arrastra hasta lo más oscuro de nosotros mismos. Lástima que en la juventud —en nuestro sistema educativo— lectura y escritura sean cada vez más relegadas, apartadas. Lástima que el tiempo verbal lee —como decía Pennac— no pueda ser nunca imperativo.

            Fue durante la edad escolar cuando August Strindberg descubrió que algo no le gustaba, que algo no encajaba. Esos años en los que el entorno te juzga sin filtros, en los que la crueldad va desnuda por el patio del colegio, cuando la culpa se convirtió en una obsesión para él. Supongo que más tarde, al leer a Rousseau, comprendió que podía cambiar las cosas: lo intentó. No cejó en toda su vida de esforzarse por alterar el orden establecido, transformarlo, criticarlo. Primero desde la docencia y más tarde como dramatugo, ensayista y escritor—desde las entrañas. Hasta como actor. Se propuso ser todo eso, se empeñó hasta la locura, hasta la obsesión. Fue esa obsesión —junto a media docena más— la que alimentó su obra hasta que, en 1912, muere solo. Solo, como él quería ser recordado pero no tan solo como la realidad reclamó. La soledad—entre otras emociones y digresiones— es el estado que describe en su último libro y que además, le da título (Solo. Editorial Mármara). “Tener que ver continuamente lo feo es, para quien posee el sentido de la belleza, una tortura que te induce a considerarte un martir. Verse obligado a cerrar los ojos ante las injusticias, por pura consideración, es una escuela de hipocresía”. Escribía enantes de morir desde su casa de veraneo, volviendo quizá la vista atrás a su trayectoria y carrera. Una carrera sembrada de fracasos y alabanzas, reproches y mordaces críticas. No había nacido para ser criticado ni cuestionado. Cada vez que una de sus obras de teatro no funcionaba y el telón caía en silencio, Strindberg se retorcía de dolor, lloraba y se escondía. Por un lado, su vida estaba sumida en un permanente enfrentamiento y ese enfrentamiento lo corroía y destrozaba por dentro.

            No le fue demasiado bien en la universidad de Upsala, no había nacido para ser un científico, la química no llenaba su vida, su insatisfacción era siempre permanente. Creyó que quizá convertirse en actor era la solución a todas sus angustias. No funcionó. La muerte de su madre —cuando apenas tenía trece años— marcó su relación con las mujeres. Ellas alimentaron su obra, la vistieron y dotaron de una rabia y fuerza que pocos escritores de su época alcanzaron. Obra en la que Chéjov reparó, y Zola, Kafka o Thomas Mann bebieron abundantemente. Pocas veces heroinas tan fuertes habían habitado los escenarios de la época. Mujeres rebeldes, libres y emancipadas que le aterraban y al mismo tiempo le excitaban. Ahí radicaba quizá el origen de su profunda inseguridad e inestabilidad, en ellas, en ese oscuro poder que ejercían sobre él: Ida, Siri —su mujer y magnífica obsesión—, Kungliga —la noble “casta polígama”—Birger Marner, Mari David —su segunda gran pesadilla—y la liberada Fridda, su última mujer y “la tesorera” como él la llamaba. Todas ejercieron un poder desmesurado en Strindberg y todas le envolvieron en una feliz y drástica amargura. Esa amaragura con la que muchos cosen miles de páginas y otros convierten en poesía.

            Escribía cartas como quien respira. Las misivas eran para el una adicción que, junto a sus obras y autobiografías, han permitido reconstruir su vida, su pasado y sus infernales relaciones amorosas. Strindberg era una pura contradicción, una brillante y prolija contradicción. Huía de las candilejas pero acababa rodeado de ellas, necesitaba a las mujeres pero sufría en sus brazos, amaba el teatro pero pensaba que la prosa era lo único estable, necesitaba a su familia pero la sacrificó por la literatura. Esta y su vida parecen fundirse sin lineas rojas entre la realidad y la ficción, siempre con él mismo como fuente de inspiración, y un entorno convertido en un laboratorio lleno de ratoncillos asustados.

«Strindberg me ha acompañado toda la vida: lo he amado, lo he odiado y he lanzado sus libros contra la pared, pero no he podido deshacerme de él». Escribía Ingmar Bergman.

            La literatuta insolente y valiente nos agita una vez más, nos arranca sentimientos encontrados, nos arranca del sillón de orejas con una virulencia placentera, morbosa y, sobre todo, adictiva. Convierte nuestra vida en ese Salón rojo (Acantilado) donde todos esperan su salvación, en el que, una vez más, los personajes son mecidos por la hipocresía. O tropezarse con su santa madre en El hijo de la sierva. Toda su obra gira en torno a sí mismo, a su peor enemigo. Quizá por ello nunca dejó de ser actor, un actor que engullía y poseía a sus personajes: ellos y ellas. Podía ser la señorita Julia o el ambicioso lacayo, pero también Cristina, la moralizante cocinera. Leer a August Strindberg, conocerlo, tiene siempre un principio pero como escribe Jordi Guinart, autor de la obra Strindberg Desde el infierno (Funambulista 2016) —muy recomendable para cualquiera que, como una, se haya visto prisionero del autor sueco—. “Strindberg era un eterno explorador de la adversidad en busca de la esperanza”. Supongo que alguien que dedica su vida a explorar la adversidad, a escribir sobre ella, es un autor que no tiene fin. Esa misma sensación tengo cuando leo a Strindberg, la de no ser capaz de terminar nunca de hacerlo y, encima, sufrir por ello; un sufrimiento que, viniendo de la literatura, la sublime, es un placer esquisito. Una vez más, me reafirmo en la idea de que el escritor nace en la infancia y siempre regresa a ella. Con diferentes máscaras o nombres, con disfraces de carnaval, con uniforme de asalto, cierto; pero siempre regresa a ella, a la madre o al padre, a los paisajes que le vieron crecer, al dolor que no supo reconocer y que quizá determina los vaivenes del adulto. ¿Era Strindberg un loco? ¿Misógino? ¿Machista redomado? Lean su obra y juzguen ustedes mismos. Porque otra de las cosas fascinantes de este autor —depresivo, inestable, autodidacta, inseguro, alcoholico y crítico— es precisamente eso, las múltiples máscaras con las que se presentaba ante su público, o sea, nosotros, sus lectores. No creo que tanta lucidez, y ese profundo conocimiento que demostraba tener de la naturaleza humana —tanto en su época naturalista como en la impresionista o surrealista— fueran producto de un loco, yo diría más bien que de un genio, uno de esos que se asoman al abismo. Todos sabemos que “Cuando miras al abismo el abismo también te mira a ti”. Esto no lo dijo él, sino su amigo Nietzsche.

       No puedo dejar de recomendar a jóvenes y adultos que lean la obra de teatro La señorita Julia (Alianza) para acercarse por primera vez a este autor. Que lo hagan para comprender qué se entiende por literatura universal, qué significa trascender el tiempo, por qué se ha representado tantas veces y se ha llevado al cine tantas otras. Leer nos abre la mente al mundo, a la vida, a la gente y escribir es una entrega generosa a ese mundo a esa vida y a esa gente.

     Strindberg, derrotado, atacado, criticado, y abandonado por Fanny, su última compañera, se ha alejado de la literatura y Greta su hija da a luz a su primer nieto que moriría al poco tiempo de nacer. La vida del autor, no cesa de verse envuelta en un continuo melodrama. El 8 de noviembre de 1912 cae enfermo.

“¡Estoy enfermo! (…) Sincertamente, creo que se trata del odio mortal de la gente. (…)Debo haber hecho grandes descubrimientos que cierta gente conoce, pero permanecen en silencio. Y odian.”.

Confiesa el autor poco antes de dignosticarle un cancer de estómago y de la muerte de Siri, su primera mujer y musa. El 14 de mayo, de madrugada, murió. Guinart recoje en su libro, con todo lujo de detalles, los últimos días de su vida y parte de la carta de últimas voluntades. Voluntades que no tienen desperdicio.

“No quiero que me entierren en una cripta, y mucho menos en una iglesia. Quiero permanecer en el nuevo cementerio, pero no en la parte de los ricos, el mercado de la vanidad. Ante la tumba no habrá música ni discursos, solo la lectura de los rezos por parte del cura”.

    A su entierro acudieron más de sesentamil personas, él ya no pudo evitarlo, ni quejarse por ello. El hombre cuya mayor dicha, según sus palabras, era “no tener enemigos y no ser enemigo de nadie”, admirador de Dickens, Turner, Beethoven, Rousseau, Balzac y Victor Hugo, terminaba sus días en el rincón del mundo que más le gustaba: Estocolmo.

“El alma de mis personajes es un conglomerado de civilizaciones pasadas y actuales, de retazos de libros y periódicos, trozos de gentes, jirones de vestidos de fiesta convertidos ya en arapos, de la misma manera que está formada el alma”. (La señorita Julia (prólogo de Strindberg)

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora de los talleres de escritura en La plaza de Poe, coordinadora del Club de Lectura. XVIII Premio Unicaja Fernando Quiñones de novela. Autora en Alianza editorial y Funambulista.

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AMOK de Stefan Zweig. Escribimos lo que somos.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Amok es un síndrome identificable, una catarsis, un estado emocional extremo, una disociación entre mente y cuerpo. ¿El origen? Cualquiera. Aislamiento prolongado, altas temperaturas, una obsesión anquilosada en forma de tumor que te oprime la razón. Amok no entiende de responsabilidades, ni de consecuencias, se lleva todo por delante, no contempla márgenes, ni líneas rojas, ni bondades. Amok persigue una sombra poderosa que te arrastra hasta lo más oscuro de tu propia conciencia, hasta un lugar sin retorno en el que la identidad de uno se diluye hasta desaparecer, volviéndonos invisibles para nosotros mismos. Amok no pertenece a ninguna región en particular porque el mundo, en su propia locura, lo ha adoptado. Ahora yace en cualquier rincón del planeta. Una playa, un instituto, un avión, un supermercado… cualquier lugar puede ser el cruel escenario de Amok.

El autor del relato con este nombre, el austriaco Stefan Zweig, sabe qué efecto quiere causar en el lector. ¿Lo aprendió de Edgar Allan Poe? Quizá. El planteamiento de muchos de las historias cortas o nouvelle de Zweig son un descenso desesperado por aguas bravas en el que no hay un solo instante de reposo. Uno no se detiene a contemplar el paisaje sino que el paisaje va implícito en la escena que conforman todas y cada una de sus historias. Las aguas arremolinadas elevan la embarcación y la lanzan a una velocidad narrativa extraordinaria donde la puntuación, los silencios, la historia y el lenguaje se confabulan para dominar los sentidos del lector, mantenerle en cautividad el tiempo exacto. Sobran los informantes, basta sentir. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Carta a una desconocida, El avaro, Mendel el de los libros, Leporella, Historia de un ocaso, La calle del claro de luna o La cruz, acompañan al lector de manera diferente, pero con la misma intensidad, hacia las entrañas de la psique humana. Ese laberinto donde la literatura acampó a finales del siglo XIX e inicios del XX y por el que Zweig, Kipling, James, Joyce, Hesse, Woolf, Musil y tantos otros caminaron y exploraron en sus escritos. Una época en la que la locura se desprendía de todo sesgo filosófico y  al loco se le dejaba de torturar para tratarle como a un enfermo cualquiera, alguien que aunaba en su interior la razón y la sin razón. Fue también en esa época, cuando se descubrió la bipolaridad, las crisis maniacodepresivas y se puso nombre a los diferentes tipos de esquizofrenia. Fue entonces cuando el delirio era el enemigo y las agresivas terapias biológicas un arma de doble filo para erradicarlo. La melancolía quedaba atrás y la psique se convertía en uno de los campos de investigación que marcarían el cambio de siglo en el que, por fin,  la histeria femenina dejaba de considerarse un problema uterino y los aparatos de tortura una solución eficaz.

Los escritores se alimentan de su entorno como vampiros, se bañan en las inquietudes de los años en los que desarrollan su obra. ¿Qué tocaba?:  ¡El individuo! Sí, sin duda; pero también la barbarie. Stefan Zweig no solo bebía de Kafka y Dostoyevski, también se nutría de Moniz, Freud, Jung, Schnitzler, William James o Emil Kraepelin. Quiero imaginarlo, y lo imagino con gusto, absorto en cualquier avance en el campo de la psiquiatría, convirtiendo un artículo, experimento o informe clínico en una trama, en parte de alguno de sus personajes: Madame de Prie, Crescentia o en un doctor de Calcuta. Y, como tantos otros, anunciándonos entre párrafos, comas y parlamentos lo que sería el final de su propia vida. Y es que ese susurro que nos trae la literatura atormentada, aunque se tiña a veces de un color amable, es la antesala del desenlace de nuestra propia vida. Escribimos lo que somos, aunque sea siempre desde la incerteza, y lo hacemos desde el lugar al que pertenecemos, y cualquier cosa alejada de eso me resulta ajena e impuesta

 

AMOK título y recopilación de siete relatos.

Ed. Acantilado. 2003. Traducción J. Fontcuberta.

Artículo publicado el 16 de julio de 2017 en INFOLIBRE. Revista cultural Los diablos azules. 

 

 

 

 

 

 

 

Los desiertos de DINO BUZZATI

Autora: Eva Losada Casanova

La muerte, la finitud, el devenir de la vida…quizá sean esos los temas en los que uno echa el ancla cuando pasea por las novelas o los cuentos de Dino Buzzati. No importa que los críticos hablen de dos épocas, de dos momentos o corrientes dentro de su obra, para mí, Dino Buzzati, parece querer escribir siempre la misma historia: aquella que determina su propia existencia. Desde una posición equidistante con el lector, nunca más allá de su entendimiento o sus capacidades, Buzzati rara vez se aleja. Es posible que sea esa proximidad, ese entender la vida, la vida común, la de nacer y morir, sin más, lo que le convierten en un gran escritor, uno de los grandes escritores italianos. Sus párrafos, conjeturas, sus idas y venidas, a veces en grandes espirales agonizantes, siempre están mezcladas con descripciones que sosiegan. El Milán de los prostíbulos y callejuelas inmundas o la nada hecha de arena que se respira en el gran desierto, aquel donde el lector se queda sin agua, sin saber por dónde o para qué vivir, esperando siempre al mismo amanecer. Para Buzzati el desierto era como para Thomas Mann la montaña: la vida y la muerte y, entre medias, la enfermedad.

Y como sucede a menudo con los grandes escritores, su fulgor popular llega tarde y casi siempre de la mano de sus colegas. En este caso son otros, grandes como él, que un día, descubren que su propia obra está impregnada de los mismos laberintos del escritor italiano. Y es que, una vez que has leído a Dino Buzzati, ciertos ilustres textos te vienen ya repetidos y comprendes entonces lo injusto que resulta a veces esto oficio que solo parece que se disfruta en la otra vida, donde de poco sirve el reconocimiento o los halagos. Como decía otro gran escritor, en este caso portugués, “solo me entenderán después de muerto”.

            Algunos de los relatos que escribió cuando trabajaba en el periódico italiano, Il Corriere della Será, que este año cumple ciento cuarenta años, relatos como Sette piani (Siete pisos o Siete plantas); son pequeñas obras maestras que condensan todo el pensamiento del escritor en apenas media docena de páginas. Sette piani es un relato que te acompañará el resto de la vida como acompaña a Giuseppe Corte, hasta ese momento, ese que nos llegará a todos, donde un día nos podrá la sumisión frente a aquella persiana que terminará de cerrarse para siempre. De la misma manera se impregna en el lector la inmensidad de ese desierto, la indecisión o el tiempo perdido, ese tiempo que irremediablemente termina siempre en el mismo lugar. Ese tiempo insalvable con el que Buzzati juega una y otra vez en su obra.

Gran conocedor de las bajas pasiones, de aquello que nos debilita, Buzzati, retrata en la novela “Un amor” a un hombre solo, sumido en el delirio del amor imposible. Y, de paso, coloca al lector en una posición incómoda donde lo correcto, lo ético queda en entredicho y, en ocasiones, hasta puede ofuscar. Buzzati no busca complacernos nunca, no es su estilo, a él le gusta agitarnos, que nos miremos a nosotros mismos y nos preguntemos qué estamos haciendo, a qué hemos venido y si, en realidad, nuestra existencia es eso: un laberinto. El laberinto en el que Borges, muchos años después, recalaría y se perdería. Ese mundo en remolino, fantástico y real al mismo tiempo. Ese universo que se alimenta de algunos de los relatos de Edgar Allan Poe donde es la multitud la que nos oculta a nosotros mismos o bien, como sucede en el relato titulado Una cosa que empieza por ele, donde la influencia gótica de Poe es vistosa. Me atrevería a afirmar que quizá sea ese uno de los relatos de Buzzati más “Poeiano”.

            Y si me empeño, también encuentro a Buzzati en Onetti, y a Onetti en Buzzati; en esa manera tan particular de describir, cargada de lirismo, de fuerza narrativa. “Mientras, volvía a vestirse, con aquel estado de ánimo particular, sereno y melancólico, que sigue al desahogo de los sentidos”, escribe Buzzati sobre el personaje de Tonino después de haber hecho el amor con la señorita Laide.

            Las murallas, las fortalezas, las paredes que nos separan de lo que seremos, son constantes en su obra; el leproso que se asoma a la ciudad desde lo alto de la torre de vigilancia y se encuentra con la desesperanza en El hombre que quiso curarse; y el muro infinito de Giovanni Drogo, desde donde los meses se hacen años entre un día y otro. O el viaje interminable del relato de Los siete mensajeros, o esa carta del amor interrumpido, esa carta que, como la vida, nunca se termina de escribir. Siempre es el tiempo en forma de abismo, abriendo sus fauces. El hombre como siervo de ese tiempo, atrapado siempre en él.

Dice Borges, gran admirador de Buzzati, en el prólogo de El desierto de los Tártaros “Un desierto que es real y es simbólico. Está vacío y el hombre espera muchedumbres”.

Coetáneo del también periodista y escritor romano, Alberto Moravia y del escritor Lombardo Cesare Pavese, Dino Buzzati comparte con ellos, sin duda, esa dulce melancolía que surge como decían antaño los curanderos, “cuando la tristeza y el miedo duran demasiado tiempo”. Esa melancolía con la que algunas nos envolvemos siempre que nos dejan. Libros y autores que un día sientes cómo te rodean y comprendes entonces por qué sus desiertos y laberintos, los de Onetti, Moravia, Pavese, Kafka, Pessoa, Borges, Buzzati y los del mismísimo Sócrates, los haces también tuyos.

La obra de Dino Buzzati la han recuperado en los últimos años y traducido las editoriales Acantilado y Gadir. La primera vez que llegó a España fue de la mano de José Janés en 1943. A lo que la editorial Plaza&Janes da continuidad, en 1959, con la colección Maestros de Hoy, edición recuperada de la biblioteca materna, de páginas finísimas y letra diminuta.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Veinticuatro horas ZWEIG

AUTORA: Eva Losada Casanova

“La mayoría de los hombres posee escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles.”

 Stefan Zweig, un maestro en todo aquello relacionado con el lenguaje, con la narración, la prosa y la escritura, es además uno de esos escritores que sabe, como nadie, arrastrarnos sin resistencia, sin voluntad a través de las puertas de sus textos. Su tono, su punto de partida, su franqueza quizá, su prosa magnifica y verdadera, su falta de artificio y la contención de datos innecesarios en sus escritos, pueden ser algunos de esos ingredientes que lo convierten en un escritor excepcional. Zweig dedicó también su vida a coleccionar manuscritos originales, partituras y cualquier documento donde se pudiera observar el proceso de creación de mano de su autor. Era, en definitiva, un ser al que le gustaba partir de la esencia y pocas veces se alejaba de ella. Los lectores de Zweig, más aun las lectoras, no me pregunten el por qué —quizá es el profundo respeto que nos tenía— terminamos irremediablemente queriéndole, sintiendo un verdadero afecto por un hombre de una integridad literaria que emociona desde que comenzó a gestarse todo su trabajo: ensayo, novela, biografía, etc.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una de sus grandes obras y quizá una de las mejores novelas cortas que se hayan escrito, parte de una discusión entre un grupo de huéspedes de una pequeña pensión de la Riviera. Y como toda gran obra, no importa el lugar, ni el tiempo, sino la idea en sí misma. Esa idea que, como una sombra, cubre el texto y lo alimenta, no es otra que la obsesión. ¡Qué mejor campo de cultivo literario que la mente femenina! Sus esquinas y recovecos, sus falsos precipicios o agujeros profundos… Las posibilidades son infinitas y Zweig, un gran conocedor de nuestra psique, lo sabía. Sobre esta novela se podrían hacer todo tipo de psicoanálisis, podríamos descomponerla, analizarla, desmenuzarla e ilustrar con ella una clase de psicología, es cierto, pero desde el punto de vista literario, sus bondades son también otras. Y es que, en apenas cien páginas que uno devora durante un suspiro trágico, apretando los labios, sin apenas cambiar de postura, esta obra encierra una de las escenas más impresionantes de la literatura. Hablo de escena, no pasaje, porque el texto es de una plasticidad abrumadora. Es difícil, muy difícil, que un género como el cine logre reproducir una escena tan sublime sin quedarse a mitad de camino, sin decepcionar al lector-espectador, sin desesperar a un actor, guionista o director. La construcción del personaje que hace el autor a través del movimiento de sus manos, del ir y venir de sus dedos, del diálogo entre dos partes de un mismo cuerpo, es sencillamente magistral. “Y las manos ponen al descubierto impúdicamente su secreto”, nos dice Zweig antes de comenzar la narración. Y no solo provoca que el lector vuelva atrás a leer una vez más lo escrito, no para entenderlo, no, sino para disfrutarlo. Y es a partir de ese momento, de ese placer, casi físico, carnal, con lo descrito, cuando comprendemos que ya nunca volveremos a observar las manos de otro ser humano como lo hacíamos hasta ahora.

Zweig domina el terreno que pisa y navega con soltura por la obsesión de una anciana, Mistress C, como si él mismo la padeciera. Esa obsesión va acompañada de otro tema que termina de dar forma a la historia y que es recurrente en su obra: la culpa. La culpa es recurrente desde la primera línea, es esa culpa la que determina el resto de la narración.

Zweig, recurre, una vez más, a la misma estructura que utiliza en Mendel el de los libros: el testimonio. Supongo que se siente cómodo, que lo disfruta. Es posible, como dicen algunos críticos literarios, que fuera una novela de la poco conocida escritora y poeta francesa, Constance de Salm, la inspiradora de la obra de Zweig. Los títulos de ambas coinciden, es cierto. El título de la novela de la princesa de Salm —Constance Marie de Théis— es Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible. Ambas novelas, obviamente, como reza el título, transcurren durante un día, aunque el lector, en realidad, no tiene una percepción tan nítida del tiempo que se consume. Es más, en la obra de Constance de Salm, las horas parecen ser infinitas y el tiempo otro. En ambas novelas es una mujer la que se obsesiona, es una mujer solitaria la que sufre y es una mujer la que lucha consigo misma, con sus deseos. Hasta aquí el parecido es indudable; pero hay una gran diferencia entre un texto y el otro, esa diferencia es la que distancia a ambas novelas. Mientras Zweig habla de la obsesión y, por qué no, de la vejez, “la vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”, Constantine Salm trata los celos en estado puro, a corazón abierto. Son los celos el eje de la novela de la escritora. Los celos a través de una estructura epistolar, propia de aquella época, ya que se publicó en 1824 y es recientemente, en 2011, cuando la editorial Funambulista la rescata con una estupenda traducción de Isabel Lacruz.

¿Qué es aquello que ambas obras comparten? Quizá, un estudio profundo, nítido, verídico y exquisitamente tratado de la psicología femenina. Es “…el amor como forma de autismo” mostrado por Salm y la pasión como forma de obsesión tratada por Zweig. En fin, lo importante, más que buscar similitudes e influencias entre ambas novelas, es el contenido, aquello que el autor y la autora quisieron, cada uno a su manera, volcar en el texto de sí mismos, lo que quisieron transmitir y el por qué.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, sin duda, una joya más de su extensa y carismática obra literaria. Obra que se vio prematuramente interrumpida por un trágico final, de libre elección y que, a mi parecer, obedece sin duda a una búsqueda permanente de la perfección humana, algo inexistente, ni siquiera en su ficción. Esperar a la vejez no fue una opción, quizá no llegó nunca a experimentar las palabras que un día puso en boca de Mistress C., “La vejez no es nada más que dejar de sufrir por el pasado”. Sino que más bien se aferró a las de Séneca: “Es débil e indolente quien a causa del sufrimiento decide su muerte, necio quien vive para sufrir”.

 Veinticuatro horas en la vida de una mujer de la editorial Acantilado (2000) ha sido traducida por María Daniela Landa.