¿Qué es una CATA DE LIBROS?

Las CATAS DE LIBROS son debates, reuniones de lectores con un libro ya leido bajo el brazo. Seres que se entregan a un viaje por la vida del autor, su obra, influencias, textos y por aquellos aspectos de su crecimiento que pudieron marcar su literatura, la voz o los temas a los que regresan una y otra vez. En las CATAS DE LIBROS nos acercamos a los autores desde la historia de su pais, la sociedad que los vio formarse y descubrimos sus obsesiones profundizando en la lectura del libro propuesto.

           Catamos un pedazo de literatura, un mordisco de historia, de vida y nos adentramos en el lenguaje que cada creador nos regala, lo hacemos con mimo, cuidado y mucho respeto. Es ese lenguaje el que nos motiva a la hora de asomarnos al oficio de artesano, a entender como el autor esculpe y cincela.

            En las CATAS huimos del mercado, de las modas o imposiciones. Nadie nos condiciona. Todos elegimos quién será el autor o autora protagonista de nuestra próxima CATA. Lo hacemos degustando queso, embutido y bebiendo un refresco o un buen vino. Leer, no les quepa duda, también abre el apetito a lo más mundano.

               Las CATAS DE LIBROS las forman lectores y escritores. Amantes generosos de la literatura que vibran con cada nuevo texto, los comparten con el resto y sienten que compartir su experiencia de lectura, es interesante, entretenido y, sobre todo, muy divertido. Hombres y mujeres con hábito de lectura, con ganas de defender su punto de vista, con capacidad para opinar con libertad sobre cualquier tema que el libro nos ofrezca. La diversidad que existe entre ellos, entre los lectores, es grande, por ese motivo las CATAS son ricas en matices y puntos de vista. Cada uno hace suyo el libro, suya la esencia.

              En las CATAS DE LIBROS hablamos mucho, se habla de todo, porque la literatura, la universal, la buena, trata sobre lo que nos preocupa también ahora, trasciende el tiempo y el espacio. Se sumerge en lo cotidiano.

              Las CATAS DE LIBROS, generalmente, las coordina un escritor o escritora porque quién mejor que ellos para entender los procesos creativos, la soledad frente al texto, los entresijos de un libro. No siempre lo académico nos deja las ventanas abiertas.

           En las CATAS DE LIBROS aprendemos a dejar atrás la superficie de los textos, escarbamos entre todos, los más jóvenes lo hacen con pasión y los mayores con algo más de cautela. Juntos, esa experiencia de lectura se enriquece. Y, sin duda, evoluciona. Después de asistir a una CATA tu manera de leer quizá cambie, no te sorprendas si sucede.

          Las CATAS son adictivas, no podrás dejarlas. La lectura es solitaria pero su reinterpretación puede ser una gran fiesta. La fiesta de la literatura. Novela, relato o teatro, da igual. Solo hay una premisa, una condición que uno nunca debe saltarse: la calidad del texto, de la obra. Una tarde con Stefan Zweig, una discusión con Virginia Woolf o Duras, discutir sobre la mujer y la traición con Musil o Strindberg, analizar el lenguaje de Handke, Joyce o bien interpretar el amor en Buzzati, las adicciones en Lowry o reir con los universos de Starobinets. Nadar en el simbolismo una tarde, en el naturalismo otra; darte de bruces con el romanticismo más cruel o el surrealismo más cercano.

           Leer no es una imposición, ¡qué va!, es una oprtunidad de asomarse con placer a la historia, a la vida, al conocimiento y aprender de la reflexión de otos. Leer es conocerse también, entenderse y crecer. Crecer sí, hacerse grande. ¿Hay algo mejor? ¿Más práctico?

 

Autora: Eva Losada Casanova.

Escritora. Coordina el CLUB DE LECTURA del centro de creación literaria de Madrid La plaza de Poe. CATAS DE LIBROS mensuales, talleres, charlas, certámenes y eventos literarios en torno a la creación.

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Anna Starobinets. Ícaro, Siti y la metamorfosis.

Autora: Eva Losada Casanova

Quizá, en ese futuro incierto y precipitado, en ese tiempo venidero al que la joven autora rusa Anna Starobinets nos empuja para que nos asomemos sin miedo a lo apocalíptico —siempre con la certeza de que algo horrible va a suceder—, leamos de boca de algún crítico la expresión: relato starobinetiano. No es lo que cuenta la autora, no es la intensidad, ni el aparente caos ordenado que envuelve todo, es esa mirada propia que ha ido surgiendo desde su primera obra en 2005. Es ese susurro de lo esperpéntico que nace en las profundidades de su fantasía, lo que la convierte en un referente actual del genero fantástico, o mejor dicho, ficción fantástica o ficción científica o lo que ustedes consideren apropiado. Catalogar es, en ocasiones, incómodo.

Aquello que nos encontramos en La Glándula de Ícaro —un compendio de siete historias breves, siete universos, siete conflictos diversos y semejantes, paradógicos, transformadores y también extremos—, es la explosión de una mente creativa genuina, joven, sin absolutamente ningún complejo. Una mente deliciosamente libre que escapa a cualquier autocensura. Es posible que su trabajo como reportera y su formación —ese viaje académico por el pensamiento clásico—, hayan alimentado a la autora, engordándola, para poder crear ese compendio perfecto entre filosofía, sociedad y fantasía. Ese coctel es el que nos provoca. Es esa mezcla, la que logra que, el acto de leer sea como degustar una bebida inteligente, exótica, ácida y divertida. Una bebida que se elabora entre algunos de sus coetaneos como Glukhousky o Rubanov. Mundos paralelos, cuerpos de quita y pon, sátira mordaz disfrazada en las fauces de la gran urbe moscovita. La llamada nueva literatura rusa fantástica, es una mina a descubrir para lectores intrépidos. Siempre que editoriales como Nevsky Prospect nos ayuden a ello.

Nos sumergimos en los universos de Starobinets con precaución y una distancia que, a partir del segundo párrafo desdaparece. Sus personajes están siempre perdidos. Ellos no lo saben, tan solo intuyen que algo va mal. Además son seres incompletos, tiernos e incompletos. Y eso, nos sobrecoje. Su ternura, lejos de provocarnos flojera, nos hechiza, es una ternura poco terrenal.

Su lenguaje, fluido y sencillo, pero no carente de cierta valentía, está sembrado de símiles y comparaciones. Es una autora que no pretende, que no imposta, que no se eleva por encima del bien y del mal, que no impone. Lo que hace es retorcer la realidad hasta sacarle el jugo del horror. Luego te deja nadando en ese horror. En su estilo no hay absolutamente nada blandito, mullido o cómodo. Eso agita al lector.

“Era un cuento ñoño y aburrido, hinchado de un optimismo forzado, y los dibujos eran del mismo tenor. La exaltada protagonista era una psicóloga cuya manera de hablar y cuyo nivel intelectual hacía mas bien pensar en la víctima de una lobotomía que en una especialista en funciones”.

Los temas favoritos, a lo largo de estos siete relatos, coinciden en gran medida con aquellos que sobrevuela en el resto de su escasa e intensa obra: sociedades impuestas, consumo desmedido, totalitarismos, adoctrinamientos, manías humanas, contradicciones domésticas, transformaciones y lo posthumano. Más que a un Stephan King, como nos ilustran algunas reseñas, a mí me han venido algunos efluvios con aroma a Kafka, Saramago o Houellebecq. Cosas absurdas que tiene una.

 Desde el primer relato que da título al libro —La glándula de Ícaro—, nos coloca delante de procesos transformadores. Terriblemente transformadores. Curvas, espirales y finales que quitan el aliento y, en ocasiones, te sumen en una tristeza malsana pero necesaria para continuar leyendo. ¿Qué tipo de sociedad deseamos de verdad? ¿Dónde nos puede llevar el orden de lo impuesto? En este primer relato, la autora ya nos predispone, ya nos alerta de que aquello que queda por venir es todo menos mediocre. Lo irónico va ocupando su sitio. ¿Celos? Algo más.

            “La extirpación planificada de la glándula de Ícaro contribuye a la estabilidad matrimonal, a la regulación pacífica de los conflictos geopolíticos y al desarme nuclear”.

Con el segundo relato llegamos al orden de Siti, una ciudad a medida que aparentemente nos puede recordar otros escenarios, lugares comunes de un cine próximo y comercial pero que en manos de la autora, se transforma en un recorrido por los deseos y las esperanzas frustradas de todo ciudadano que espera algo más de su ciudad y, de repente, se tropieza consigo mismo; con su debilidad y sueños frustrados. Convive con la enfermedad, la soledad y el abandono. Probablemente, su Moscú, engrandecida, deshumanizada y aparentemente ordenada asomen tras las calles de Siti.

“Solo de madrugada Siti me escupe al sueño, después de haberme chupado la sangre”.

Una ciudad de gente imperfecta donde un escritor se ahoga, lucha y va, poco a poco, derivando hacia la decrepitud. Esa es la parte más realista del relato, supongo.

“Las farmacias de Siti están pensadas para la gente sana”.

En el tercer relato, El Lazarillo, la autora resvala y nosotros con ella. Es quizá, de todas las historias, aquella en la que nos perdemos sin tener la certerza de saber cómo volver. Es posible que la sublime imperfección chéjoviana hayan contribuido a una búsqueda narrativa libre, propia y sin complejos; o a lo mejor es Kafka —una vez más— el que tira de todas estas acciones absurdamente encadenadas que reflejan la relación entre arte y consumo. Tema delicado y apasionante tratado de manera casi laberíntica y muy cómica.

Con el relato El parástito —un relato de estructura elíptica—, la plasticidad y lo esperpéntico conviven con una ternura tremenda, de una fuerza tal, que de manera fortuita nos arranca unas cuantas lágrimas desprevenidas. Al menos en mi caso. Lectora con muy poca tendencia al lagrimeo y menos por un ser tan extraño como Pávlusha. Este es un relato que comienza como un racconto, un instante que se prolonga hasta el infinito con varios planos temporales y que, para colmo, está narrado por un mudo. Triple salto mortal con sorpresa candente. Una crítica mordaz al fanatismo religioso.

En La frontera nos quedamos sin aliento y no vemos el momento de bajarnos nosotros también en esa parada de nuestra vida, quizá en la misma que uno de sus protagonistas, los felices años ochenta. ¿Tenemos todos una parada de tren propia? La autora regresa al amor incierto, malentendido, la pareja alejada.

“Olga había desarrollado esa táctica: hacer a menudo afirmaciones de ese tenor, categóricas y destempladas, que sonaban como rúbicas trazadas con un tenedor de niquel en un plato sucio”.

Starobinets no nos da tregua y en el relato Delicados pastos, se empeña en dejarnos, una vez más, con tiritona y una lágrima ácida colgando. Lo hace frente a las oficinas de Human-Plus, preguntandonos cómo es realmente ese trayecto que va desde el universo inanimado hasta lo posthumano. Bienvenida distopía.

“Aquí te condenan a muerte por cualquier gilipollez”. “Aquí todo es blando, en este corredor de la muerte, blando y elástico como un parque infantil”.

Y cuando creemos que ya nada puede con nosotros, cuando nos hemos hecho fuertes y ha crecido una costra que nos protege del terror narrativo, nos sumergimos en uno de los mejores relatos de este libro: Spoki. Un relato protagonizado por una madre sublime, imperfecta. Un relato de lectura obligada para padres, madres, tíos, tías, abuelas y abuelos. En fin, para cualquiera que lidie con el crecimiento infantil o adolescente y no se haya parado a pensar en qué es aquello que están haciendo con nuestros hijos. ¿Solo con nuestros hijos? Esta es la pregunta que emerge a media lectura y la que nos acompañará mucho tiempo después de terminar esta colección de relatos.

Un agitado placer, perturbador e inquieto. Una lectura de batidora que hace girar las inchorencias que llenan nuestra vida. Cualquier atisbo naif o infantil es decapitado inmediatamente. No da tregua, no colorea nada, no lo pone fácil. Para ella “Todo empezó por una minucia”. ¿No empieza así esa escritura brillante, esa que siempre termina irremediablemente en brazos de lo más universal?

Editorial: Nevsky Prospects.

Traducción: Fernando Otero.

Prólogo: Ismael Martinez.

Libro perteneciente al programa del Club de Lectura de La plaza de Poe

Eva Losada Casanova. Escritora. Directora, coordinadora de Club de Lectura, profesora de los talleres de narrativa en el espacio de creación literaria y musical La plaza de Poe. 

 

Las Tres mujeres de Robert Musil

Tres mujeres. Robert Musil

 

Autora: Eva Losada Casanova

Es posible que cuando un lector aborda Tres mujeres, lo haga con una lejana pero clara sospecha de que quizá, Robert Musil, haya pretendido profundizar en la psicología femenina, en esa naturaleza que le es ajena pero que, como buen estudioso de las relaciones humanas, se alza como un reto para el escritor que ejerce. En seguida, a medida que avanzamos por la exuberante naturaleza musiliana, comprendemos que no, y una vez más nos conformamos con un análisis masculino del territorio que se nos abre.

“…allí no le median a uno por sus cualidades humanas, como en el resto del mundo— que si era formal, poderoso y temible, o bien fino y guapo—, sino que fuera el hombre que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de la vida, uno encontraba afecto porque había traído la prosperidad; el afecto iba delante de uno como un heraldo; le estaba esperando en todas partes como una cama recién preparada para el huésped”.

Este análisis escorado no nos detiene. No nos importa. La profundidad, calidad, interés y prosa de Tres mujeres, está a la altura de cualquier gran obra europea de la primera mitad del pasado siglo. El lenguaje rupturista, condensado, rico y estéticamente impecable, aflora por encima de cualquier trama, de cualquier núcleo o catálisis.

“Al entrar él silenciosamente, ella le consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que, sin embargo, hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y en cuyo interior uno sin embargo, se desliza”.

            La sucesión de símiles, metáforas y figuras narrativas varias, nos envuelven en la primera página y ya no nos abandonan hasta que en el último relato, el de la silenciosa y enigmática Tonka, aflora, finalmente la intención última del autor: diseccionar en la mesa de su laboratorio las relaciones de poder— todas y cada una—, utilizando como un tubo de ensayo ese poder que un hombre pudiente ejerce sobre una campesina a la que compara con una vaca; eso sí, una vaca atractiva, que despierta en él un claro instinto animal, un peligroso e intenso instinto animal. La primera historia se titula Grigia: una campesina joven, deseable y de convicciones firmes a quien se le cruza Homo. Un hombre poderoso de ciudad. Musil, juega con su personaje masculino como si se tratase de un ratoncillo al cual se le ha inyectado libertad y vitalidad en una mono dosis mortal. El resultado es impecable, mientras la historia se diluye, la fuerza de ambos, se concentra en la emoción del lenguaje que asume un protagonismo indiscutible y nos lleva hasta un final perfecto y glorioso. No cabría otro mejor. Es en ese momento cuando te abalanzas sobre las siguientes dos historias: La portuguesa y Tonka. En el universo de La portuguesa, la bella portuguesa, suenan trompetas fantásticas; caminamos ahora por un universo casi medieval donde Musil echa mano de una larga sucesión de metáforas e historias de gatos y encantamientos —casi un guiño al gran Poe— para mostrarnos hasta qué punto, los celos, son capaces de cavar nuestra propia tumba. Tema recurrente en su obra y en este libro formado por tres vidas bañadas por las obsesiones. ¿Las del autor? Probablemente.

            Destacan las descripciones de estas tres mujeres. Son magistrales. “Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota”. Hay que conocer a Tonka para comprender que, efectivamente, su alma está contenida en esas gotas de lluvia.

“La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que estos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aun una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esa hendidura desaparece cuando estamos despiertos , como si solo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka”.

            Me pregunto, a medida que avanzo por este ir y venir de gestos y silencios femeninos, si estas tres mujeres no son la misma mujer a la cual acompaña tres hombres diferentes, tres Robert Musil en tres momentos de su vida. Quizá, su primera novela, Los extravíos del colegial Törless, sobrevuelen a Tonka, o quizá no. Las tres mujeres anteponen su naturaleza a todo lo demás, las tres son conscientes de su propio poder, invisible para el hombre. Y, las tres, motivan la desesperación y la locura del que las desea. Otro de los grandes temas de Robert Musil: el erotismo. El otro es la culpa. Esa culpa que se instaló en su vida de una de su obras de referencia: Crimen y Castigo.

            Tres mujeres es brillante, producto de tiempos convulsos donde el modernismo entraba gritando en Austria, donde el feminismo buscaba su espacio, donde los pilares de la moral se tambaleaban y los movimientos sociales eran mareas espumosas. Esos años que fueron el abono de grandísimos autores que, como él, vivieron en el exilio e hicieron de aquel tiempo, el eje de su obra: Broch, Schnitzler, Rilke, Roth, Kraus, Zweig, Sperber, Kafka o Canetti.

            Tres mujeres es la antesala, el camino directo hacia su gran obra, aquella para la que pareció nacer: El hombre sin atributos. La ironía salpicada de historia, imaginación, dispuesta a hacer uso del lenguaje para brillar por encima de cualquier época. “La ironía no es para mí un gesto de superioridad, sino una forma de lucha”.

            Lástima que fuera un autor escaso como alguno de su ilustres amigos. Lástima que su muerte repentina no le permitiera finalizar la obra de su vida. Y lástima que esta edición de Tres mujeres que tengo en mis manos, y tanto me ha costado conseguir traducida a nuestro idioma, (Seix Barral 1985), esté tan descuidada, con erratas y algunas frases sospechosamente mal traducidas. Pese a ello, su lectura ha sido de los más placentero. Hay autores que no se puede con ellos. Espero de verdad que no tengamos que aguardar a que sea de nuevo su aniversario para que se mime más a este autor. Sería una gran apuesta que fuera una grande de la traducción, como por ejemplo Isabel Adánez, la que tase cartas en el asunto. ¡Ojalá! Dijo una lectora.

Tres mujeres. (Drei Frauen). Robert Musil. Traducción de La portuguesa Mario Benedetti. Traducción de Grigia y Tonka, Ingrid Zeder.Seix Barral (1985, 2013). Austral 2013