“La última carta” de Ophèlia Queiroz a Pessoa

Foto: Ophèlia Queiroz
Foto: Ophèlia Queiroz

Autor: Eva Losada Casanova

He llenado mi vida entera de recuerdos, los he hecho mi presente e incluso he permitido que tejieran mi futuro. Un corazón joven, abierto y desprevenido es un músculo propenso a guiarnos a ciegas por caminos que, erróneamente, a esa edad, creemos eternos. Cuando una mujer despierta un día con el cabello gris y las manos manchadas pocas cosas pueden importarle ya, pero existen instantes anclados en los años pasados a los que se aferrará como si de ello dependiesen sus últimos días de aliento.
Aquel día salí de la oficina cansada, el patrón había descargado sobre nosotros ese mal humor que de vez en cuando le acompañaba en las oscuras tardes de invierno en Lisboa, cuando el mar asoma ceniza y las calles se desnudan antes del anochecer. Tenía la costumbre de caminar sola, no temía hacerlo pese a las continuas advertencias de mis hermanos. La oficina estaba emplazada en la Rua da Assunção, era el segundo piso de una finca antigua en la Baixa. Recuerdo aquellas estancias oscuras a media tarde, el sol bajo no lograba nunca asomarse y entonces nos invadía a todos una tristeza extraña, como si un domingo somnoliento se fragmentase en tarde y se instalase en nuestras mesas, entre los papeles. El patrón no nos trataba mal, tampoco bien. Éramos suyos cinco días a la semana, de sol a sol, nuestra vida era el patrón. Con las fiestas del cambio de año nos regaló a cada uno una botella de Porto Quinta de Mendiz y permitió que termináramos la jornada del viernes una hora antes. Nunca había hecho nada semejante. Su alegría debió traspasarle, rebosarle. Aunque al lunes siguiente, el primer lunes de 1920, su voz, su semblante volvían a ser el del patrón. “Ophelia Queiroz”— gritaba —“su juventud no le da a usted derecho a trabajar menos que sus compañeros”.
Durante mi paseo de regreso a casa sentí como esa juventud pasaba de largo, lo hacía sigilosamente, como si de ese modo yo no tuviera más remedio que dejarla ir. Hoy, tantos años después, aquel sentimiento emerge desolador, doloroso; y en cierto modo se revela como un momento crucial en mi vida, un momento que intuí pero al que, desgraciadamente, no presté toda la atención que debía. No sé si por necedad o por juventud, quiero pensar que fue esto último. Aquel día mis pies no pisaban firmes los baldosines, estrenaba mis primeros zapatos de tacón y mi cuerpo no se hacía a ello. Tenía el propósito de crecer rápido, quería ganar mi dinero, demostrar que, pese a ser la pequeña de una familia acomodada, era perfectamente capaz de valerme por mi misma. Tenía un buen sueldo, había logrado aquel trabajo sin problemas después de cinco años estudiando francés, inglés y dactilografía. Pero aquel día, mientras las baldosas de piedra atrapaban mi tacón entre la imperfección de las grietas, sentía como súbitamente los años se tornaban monótonos y el futuro se coloreaba incierto. Ese pensamiento cobró una nitidez repentina que logró inquietarme. Apenas tenía veinte años, esa pertinaz monotonía que de repente parecía superarme carecía de sentido. No podía quejarme, tenía todo lo que necesitaba y profesionalmente no me podía ir mejor. Pese a ello, yo ya sabía que no continuaría muchos años más en aquella empresa textil, sabía que la vida me guardaba asuntos algo más excitantes que un trabajo de dactilógrafa comercial. Soñaba con viajar. Hablaba tres idiomas sin problema, estaba preparada para abrir la puerta al mundo y dejarle entrar, para caminar, construir y, bueno, sobre todo estaba preparada para vivir. Yo quería vivir. La inquietud que me perseguía aquel día no parecía tener realmente un nombre, era más bien borrosa y contradictoria. Quizá por eso me ha acompañado todos estos años. Era cierto que el día anterior había tenido un pequeño incidente en la oficina con Fernando, compañero de trabajo por aquel entonces, pero por algún motivo que en aquellos momentos no supe interpretar, ese incidente se había instalado en mi conciencia como lo hace una mosca en la cola de un caballo, con insistencia desordenada. Desde el primer día que empecé a trabajar pude sentir su mirada cansada revivir en mí, resbalar por mi vestido, detenerse con descaro en mi boca. No me desagradaba, es cierto, pero tampoco me prestaba a ello, quizá lo que realmente hacía era simular que la evitaba. Las mujeres somos siempre de esa manera, ¿no? Nos gusta dejar la calle poco señalizada para observar el caminar del hombre cuando este se aproxima. El incidente lejos de haber resultado desagradable fue más bien cómico, algo desmedido quizá, un poco teatral. Supongo que mi inexperiencia con los hombres me alejaba mucho de malinterpretar sus gestos. Cada una de aquellas muecas, cada adjetivo, el brillo de sus ojos tras sus absurdas lentes, el bigote conciso, la blancura casi enferma de su piel, las he dibujado miles de veces en mi memoria, tantas que ya no sabría qué sucedió en realidad. Era ya casi el final de la tarde, la luz de la oficina se había ido, la estancia se sumió en una oscuridad densa y precipitada, él se acercó apenas unos minutos después con un quinqué a la mesa de mi escritorio y lo colocó junto a mi. Su rostro se tornó anaranjado y su palidez desapareció. “Quédate”—me dijo.
En la oficina ya no había nadie, tan solo nosotros. Me levanté bruscamente. No tanto por temor sino por lo precipitado de la situación. Pensé en alcanzar cuanto antes el abrigo y salir de ahí. Consideraba que era lo correcto y lo intenté, pero él no me lo permitió. Abrió los ojos, colocó sus lentes derechas y sin apenas darme tiempo a prepararme para lo que tenía que decirme de su boca salieron un montón de frases con afectación, con artificio. Era una declaración de amor apresurada, demasiado teatral. Llegué finalmente junto a mi abrigo pero sus manos y su boca fueron a buscarme con una torpeza apasionada que pocas veces volvería a repetirse. ¡Qué fácil hubiese sido zafarse!¡ No volver a aquella oficina! Una decisión así hubieran convertido mi vida en otra, el futuro se hubiera reescrito en ese instante pero el suyo seguiría siendo el mismo, inalterable. Pero volví al día siguiente y tuve el descaro, ¡el absurdo descaro! de buscarle. Sí, quería sentir aquella mirada de nuevo, vestirme con ella, desnudarme con ella. Fue entonces cuando decidí estrenar los zapatos, quería que notase algo diferente en mí, algo que le llamase la atención. Quería que la luz de la oficina se fuera de nuevo cada tarde, ver el quinqué en mi escritorio arrancar la palidez de su cara, sentir sus brazos en mi cintura y el pelo de su bigote arañándome la boca. Por más que mis ojos se afanaban en encontrarle, él aquel viernes no apareció por la oficina.
Me apoyé en unos de los portales de la Rua da Prata de camino a Santa Justa para ajustarme las medias que los zapatos nuevos me descolocaban. Entonces sentí mi cuerpo otro, lo contemplé como nunca antes lo había hecho: con deseo. Ese deseo que el día anterior había tenido tan próximo, tan torpe, tan afectado y real a la vez. Podía no haber prestado atención a nada de aquello, no alimentarlo. Podía, sí, pero no lo hice. Hoy sé tantas cosas que en aquellos años ignoraba, ¡qué estúpida fui! Llegué a casa más cansada todavía, me pesaban los pensamientos, desordenaban el final de la tarde, me llevaban muy lejos. Fue en ese momento cuando Fernando apareció entre la tenue luz de las farolas. Su traje oscuro parecía haber estado siempre ahí. Era un objeto más de la ciudad, una esquina, una mancha de aceite, un árbol desnudo. Le llamé por su nombre, no respondió. Sus ojos asomaban distintos desde sus lentes, sus manos ocultas en el abrigo querían salir de él. Le llamé por segunda vez. No respondió. Permanecimos así varios minutos. Finalmente hizo un gesto con el brazo y giró levemente la cabeza. Esperé inmóvil yo también. ¿Era algún juego? Creí con ingenuidad que dos amantes cualquiera en una situación así se hubieran abrazado para contener la noche, para prolongar la tarde y hundir sus cuerpos en el calor común. La distancia que había entre ambos era de apenas unos metros, dos para ser exacta. Pensé en aproximarme, hacerlo hubiese sido una invitación que no me correspondía a mí. Seguí quieta. Él sacó del bolsillo de su abrigo una carta y con ademán inseguro la extendió hacia mí. Fue entonces cuando decidí avanzar y cogerla y también fue entonces cuando me habló. Su voz era bella, siempre ha sido bella. La voz del poeta aunque callada es bella. “Me envía Fernando Pessoa” —me dijo— “¿Fernando?” —respondí yo llena de sorpresa. “Entonces” —continué— “¿a quién tengo el gusto de tener frente a mí sino al mismísimo Fernando?”. Contuve la risa. No era una risa, risa. No. Era una mueca de simpatía, un atisbo de complicidad que no llegó a recorrer el espacio que nos separaba. “Soy el Ingeniero Álvaro de Campos” —añadió haciendo un gesto de cortesía con el sombrero. Yo no respondí, tan solo estaba ahí de pié sin saber muy bien qué responder, qué añadir. Y por primera vez me sentí como luego me sentiría durante muchos años: en un sueño, en su sueño. Una mujer madura, consciente, lista, hubiera rápidamente reaccionado a todo aquello, quizá le hubiera tildado de chalado y la historia no se habría escrito más. Pero yo, en 1920, no era ninguna de aquellas cosas. Fernando o Ricardo, ya qué importa, se alejó como si yo no existiera, como si dentro de aquel traje oscuro no hubiera un hombre sino una proyección, un fantasma, una ilusión óptica quizá. Subí a casa con la carta en la mano. La abrí sin temblor, apenas sin curiosidad. Sabía que rebosaba de versos, de palabras, de música. Sabía que en ella se clamaba a la perfección del amor. Sabía que aquel barullo de términos no debían sonarme alto, no debían gritarme, ni conmoverme. ¡Qué estúpida fui! Ocurrió exactamente lo contrario.
Hoy estoy convencida de que fue en ese momento cuando el desamor plantó su primera semilla, cuando mi juventud comenzó a envejecer. Cuando un poeta te abre su corazón mientras con su pluma te inventa no puedes cerrar el tuyo, este se abre solo, la música reblandece cada músculo, las palabras amables, vestidas de belleza hacen el resto. Fernando se convirtió en mi sombra, en la figura de un padre tierno, de un amante fugaz, un compañero de juegos infantiles. Su presencia cotidiana, intensa, callada, envolvían mis días, me quitaban el poco aire que aquella calle y aquella oficina me dejaban. Pasaron los meses, pasó casi un año. En ocasiones yo miraba el río que nos acompañaba en nuestros paseos como quién mira un tren, una salida al horizonte donde la luz se respira, donde la libertad se respira, donde el presente es ya futuro. Me aferraba al devenir de sus aguas y solo un pensamiento me rondaba cada tarde por la cabeza, irme allí donde el río podía llevarme, abrazarme a un trozo de madera y dejar atrás absolutamente toda mi vida, esa vida que yo estaba inventando. Imaginaba un hogar, un matrimonio feliz, imaginaba que podría cuidarle, quererle sin más. ¡Qué estúpida fui! ¿Una vida normal? No me daba cuenta de que él no era como los demás hombres, me empeñaba en convencerme de que sí, de que junto a mí tendría una vida convencional, felizmente convencional. Hoy no puedo evitar sonreír ante tanta necedad. Hoy sé que toda su vida había estado hecha de fragmentos esparcidos por los años donde su pluma construía todos tus universos, universos que luego visitaba como un nómada, un vagabundo. Era demasiados hombres al mismo tiempo, demasiados espejos, demasiadas conciencias. Yo pretendí cambiar todo eso, yo Ophelia quise ser su límite, su realidad, la única realidad que él tuviera. Era un sentimiento extraño, y hoy se vuelve triste, triste por lo que tenía de imposible. Al fin y al cabo yo para él no era real. Al principio me costó entenderlo pero con el tiempo eso cambió. Sus cartas fueron convirtiéndose en una prisión para ambos. Una prisión, sí, donde la pluma del poeta se iba volviendo cruel, infeliz. Y donde mis planes de futuro se convertían en una soga que lo iba poco a poco asfixiando. Llegué a detestar a Fernando, su figura paseando bajo mi ventana, su oscuridad, su desazón. ¿Era realmente su vida un sueño? ¿Era yo parte del sueño del poeta? Yo le necesitaba cada vez más, necesitaba poseer sus horas en el Café de Arcada, ser parte de su vida excéntrica pero tierna. Tener un sitio en ese viaje que transcurría a través de las horas del día, porque él no entendía de otras ciudades, su ciudad eran todas, su montaña era siempre la misma montaña que se repetía a lo largo de continentes ¡y su mar!, uno solo. Yo estaba dispuesta a compartir con él su desasosiego, su soledad. Me equivocaba al intentar retenerle, al intentar cambiarle por otro, me equivocaba y lo sabía, pero me resultaba imposible dejarle ir. Mi pasión por él era mayor cuanto más se alejaba él. Incluso tuve que fingir. Fingí muchas veces enfados, fingí intrigas familiares, fingí enfermedades. Sus cartas se tornaron falsas, adornadas con excusas, con reproches cordiales. Desapareció de repente el niño y nació el viejo taciturno, el viejo abandonado a sí mismo. Apareció el poeta que inventaba el amor a su medida, el poeta al que le asustaba la vida porque no sabía como vivirla. Un hombre errante dentro de sí, sin una esquina donde yo pudiera habitar, esperarte. Los días previos al incidente en la oficina, a ese giro o resbalón que dio mi vida, yo ya había reunido la cantidad suficiente de dinero como para comprar la libertad que ansiaba y no tenía pena, ni aflicción por lo que dejaba atrás. Había planeado irme cuando la ciudad adormilada no reparase en mi sombra, cuando el río descendiese fuerte y vivo. Poca gente lo sabía. ¿Qué hubiera sucedido si pese a todo me hubiese ido? ¿Habría estado Fernando esperándome? Quizá hubiera volcado sus lentes entre las hojas, buscado mi olor en la oficina, mi silueta subiendo por la Rua da Assunção. Quizá el poeta hubiera desplegado sus versos, su ensoñación, su melodía hecha de lluvia, la misma lluvia.¿Habría mandado a todos ellos a buscarme, a los que viven en él, a los que murieron en él? Álvaro, Bernardo, Fernando…Es cierto que años más tarde, después de nuestra primera ruptura, yo fantaseaba con irme e imaginarlo enfermo por mi ausencia, desesperado, celoso de otros. Que si me alejaba para siempre sus versos se marchitarían estrangulado al resto del poeta. ¡Qué estúpida fui! Pobre escritor de vidas ajenas que no conoce el amor, que no entiende de mujeres, que solo las contempla dentro de su ensoñación. Mujeres irreales, sí, y por eso perfectas. Hoy sé que siempre estuve ahí junto a Bernardo Soares, atrapada en su ficción, convertida en la mejor de las criaturas. Esa criatura que en la vida real tenía un nombre: Ophelia. ¿Fingía el poeta su amor y su dolor para poder así escribir los versos que le salían del corazón? ¡No! El poeta a quién amaba era al reflejo de la mujer real, al sueño que Bernardo había construido en la calle Doradores. Y mientras todo aquello sucedía, mientras su pluma iba y venía de habitaciones cada vez más pequeñas, más lejanas, yo dejaba atrás mis años, mi juventud, mis anhelos, mis planes. No es posible amar a quien no se conoce. No es posible amar a quién vive la vida como un misterio donde el camino hacia todo lo construye el tedio de estar vivo. Su pluma me escribía cartas desde sus propios fragmentos, desde todos y ningún sitio. Me escribía cada día para conciliar el sueño mientras yo lo perdía.
Antes de aquella tarde en la que el quinqué arrancó la palidez de su cara yo amaba las otras montañas, las que están más allá, la lluvia sobre el mar, los otros atardeceres, lejos de esta ciudad, lejos de la librería inglesa, lejos del café Arcada. Amaba la claridad, no la vaga oscuridad con la que se tiñó mi vida ya asfixiada por su indiferencia. El sueño se agrietó, el poeta iba muriendo de conciencia en conciencia, los hombres que había en él se desvanecían para resurgir luego inmortales en la gran obra que había empezado a escribir sabiendo que lo sería. ¡Qué estúpida fui!
Hoy, setenta años más tarde, setenta años mal vividos, tengo en mi regazo algunos libros que él soñó y gritó, pero que no llegó a ver, varias carpetas de fragmentos desordenados de sí mismo, un puñado de cartas descoloridas y la certeza de que solo pudo ser como él quiso que fuera.

O.Q
Lisboa 1991