Anna Starobinets. Ícaro, Siti y la metamorfosis.

Autora: Eva Losada Casanova

Quizá, en ese futuro incierto y precipitado, en ese tiempo venidero al que la joven autora rusa Anna Starobinets nos empuja para que nos asomemos sin miedo a lo apocalíptico —siempre con la certeza de que algo horrible va a suceder—, leamos de boca de algún crítico la expresión: relato starobinetiano. No es lo que cuenta la autora, no es la intensidad, ni el aparente caos ordenado que envuelve todo, es esa mirada propia que ha ido surgiendo desde su primera obra en 2005. Es ese susurro de lo esperpéntico que nace en las profundidades de su fantasía, lo que la convierte en un referente actual del genero fantástico, o mejor dicho, ficción fantástica o ficción científica o lo que ustedes consideren apropiado. Catalogar es, en ocasiones, incómodo.

Aquello que nos encontramos en La Glándula de Ícaro —un compendio de siete historias breves, siete universos, siete conflictos diversos y semejantes, paradógicos, transformadores y también extremos—, es la explosión de una mente creativa genuina, joven, sin absolutamente ningún complejo. Una mente deliciosamente libre que escapa a cualquier autocensura. Es posible que su trabajo como reportera y su formación —ese viaje académico por el pensamiento clásico—, hayan alimentado a la autora, engordándola, para poder crear ese compendio perfecto entre filosofía, sociedad y fantasía. Ese coctel es el que nos provoca. Es esa mezcla, la que logra que, el acto de leer sea como degustar una bebida inteligente, exótica, ácida y divertida. Una bebida que se elabora entre algunos de sus coetaneos como Glukhousky o Rubanov. Mundos paralelos, cuerpos de quita y pon, sátira mordaz disfrazada en las fauces de la gran urbe moscovita. La llamada nueva literatura rusa fantástica, es una mina a descubrir para lectores intrépidos. Siempre que editoriales como Nevsky Prospect nos ayuden a ello.

Nos sumergimos en los universos de Starobinets con precaución y una distancia que, a partir del segundo párrafo desdaparece. Sus personajes están siempre perdidos. Ellos no lo saben, tan solo intuyen que algo va mal. Además son seres incompletos, tiernos e incompletos. Y eso, nos sobrecoje. Su ternura, lejos de provocarnos flojera, nos hechiza, es una ternura poco terrenal.

Su lenguaje, fluido y sencillo, pero no carente de cierta valentía, está sembrado de símiles y comparaciones. Es una autora que no pretende, que no imposta, que no se eleva por encima del bien y del mal, que no impone. Lo que hace es retorcer la realidad hasta sacarle el jugo del horror. Luego te deja nadando en ese horror. En su estilo no hay absolutamente nada blandito, mullido o cómodo. Eso agita al lector.

“Era un cuento ñoño y aburrido, hinchado de un optimismo forzado, y los dibujos eran del mismo tenor. La exaltada protagonista era una psicóloga cuya manera de hablar y cuyo nivel intelectual hacía mas bien pensar en la víctima de una lobotomía que en una especialista en funciones”.

Los temas favoritos, a lo largo de estos siete relatos, coinciden en gran medida con aquellos que sobrevuela en el resto de su escasa e intensa obra: sociedades impuestas, consumo desmedido, totalitarismos, adoctrinamientos, manías humanas, contradicciones domésticas, transformaciones y lo posthumano. Más que a un Stephan King, como nos ilustran algunas reseñas, a mí me han venido algunos efluvios con aroma a Kafka, Saramago o Houellebecq. Cosas absurdas que tiene una.

 Desde el primer relato que da título al libro —La glándula de Ícaro—, nos coloca delante de procesos transformadores. Terriblemente transformadores. Curvas, espirales y finales que quitan el aliento y, en ocasiones, te sumen en una tristeza malsana pero necesaria para continuar leyendo. ¿Qué tipo de sociedad deseamos de verdad? ¿Dónde nos puede llevar el orden de lo impuesto? En este primer relato, la autora ya nos predispone, ya nos alerta de que aquello que queda por venir es todo menos mediocre. Lo irónico va ocupando su sitio. ¿Celos? Algo más.

            “La extirpación planificada de la glándula de Ícaro contribuye a la estabilidad matrimonal, a la regulación pacífica de los conflictos geopolíticos y al desarme nuclear”.

Con el segundo relato llegamos al orden de Siti, una ciudad a medida que aparentemente nos puede recordar otros escenarios, lugares comunes de un cine próximo y comercial pero que en manos de la autora, se transforma en un recorrido por los deseos y las esperanzas frustradas de todo ciudadano que espera algo más de su ciudad y, de repente, se tropieza consigo mismo; con su debilidad y sueños frustrados. Convive con la enfermedad, la soledad y el abandono. Probablemente, su Moscú, engrandecida, deshumanizada y aparentemente ordenada asomen tras las calles de Siti.

“Solo de madrugada Siti me escupe al sueño, después de haberme chupado la sangre”.

Una ciudad de gente imperfecta donde un escritor se ahoga, lucha y va, poco a poco, derivando hacia la decrepitud. Esa es la parte más realista del relato, supongo.

“Las farmacias de Siti están pensadas para la gente sana”.

En el tercer relato, El Lazarillo, la autora resvala y nosotros con ella. Es quizá, de todas las historias, aquella en la que nos perdemos sin tener la certerza de saber cómo volver. Es posible que la sublime imperfección chéjoviana hayan contribuido a una búsqueda narrativa libre, propia y sin complejos; o a lo mejor es Kafka —una vez más— el que tira de todas estas acciones absurdamente encadenadas que reflejan la relación entre arte y consumo. Tema delicado y apasionante tratado de manera casi laberíntica y muy cómica.

Con el relato El parástito —un relato de estructura elíptica—, la plasticidad y lo esperpéntico conviven con una ternura tremenda, de una fuerza tal, que de manera fortuita nos arranca unas cuantas lágrimas desprevenidas. Al menos en mi caso. Lectora con muy poca tendencia al lagrimeo y menos por un ser tan extraño como Pávlusha. Este es un relato que comienza como un racconto, un instante que se prolonga hasta el infinito con varios planos temporales y que, para colmo, está narrado por un mudo. Triple salto mortal con sorpresa candente. Una crítica mordaz al fanatismo religioso.

En La frontera nos quedamos sin aliento y no vemos el momento de bajarnos nosotros también en esa parada de nuestra vida, quizá en la misma que uno de sus protagonistas, los felices años ochenta. ¿Tenemos todos una parada de tren propia? La autora regresa al amor incierto, malentendido, la pareja alejada.

“Olga había desarrollado esa táctica: hacer a menudo afirmaciones de ese tenor, categóricas y destempladas, que sonaban como rúbicas trazadas con un tenedor de niquel en un plato sucio”.

Starobinets no nos da tregua y en el relato Delicados pastos, se empeña en dejarnos, una vez más, con tiritona y una lágrima ácida colgando. Lo hace frente a las oficinas de Human-Plus, preguntandonos cómo es realmente ese trayecto que va desde el universo inanimado hasta lo posthumano. Bienvenida distopía.

“Aquí te condenan a muerte por cualquier gilipollez”. “Aquí todo es blando, en este corredor de la muerte, blando y elástico como un parque infantil”.

Y cuando creemos que ya nada puede con nosotros, cuando nos hemos hecho fuertes y ha crecido una costra que nos protege del terror narrativo, nos sumergimos en uno de los mejores relatos de este libro: Spoki. Un relato protagonizado por una madre sublime, imperfecta. Un relato de lectura obligada para padres, madres, tíos, tías, abuelas y abuelos. En fin, para cualquiera que lidie con el crecimiento infantil o adolescente y no se haya parado a pensar en qué es aquello que están haciendo con nuestros hijos. ¿Solo con nuestros hijos? Esta es la pregunta que emerge a media lectura y la que nos acompañará mucho tiempo después de terminar esta colección de relatos.

Un agitado placer, perturbador e inquieto. Una lectura de batidora que hace girar las inchorencias que llenan nuestra vida. Cualquier atisbo naif o infantil es decapitado inmediatamente. No da tregua, no colorea nada, no lo pone fácil. Para ella “Todo empezó por una minucia”. ¿No empieza así esa escritura brillante, esa que siempre termina irremediablemente en brazos de lo más universal?

Editorial: Nevsky Prospects.

Traducción: Fernando Otero.

Prólogo: Ismael Martinez.

Libro perteneciente al programa del Club de Lectura de La plaza de Poe

Eva Losada Casanova. Escritora. Directora, coordinadora de Club de Lectura, profesora de los talleres de narrativa en el espacio de creación literaria y musical La plaza de Poe. 

 

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Trece cuentos de Luisa Carnés. La justa amargura.

Autora: Eva Losada Casanova

Encontrar con cierta facilidad buena narrativa escrita por mujeres me resulta a menudo un trabajo árduo, pero cuando por fin araño artículos, reseñas y alusiones diversas en medios subterraneos, doy con sus preciados libros. Su vida, sus historias y su manera de ver y diseccionar la realidad, la suya, la mía. Y es entonces, solo entonces, cuando siento que escarbar y encontrar una perla en el confuso barrizal ha merecido la pena. Es casi un trabajo de arqueología. Hay que estar concentrada y atenta para que estas perlas no se te escurran de las manos. Desaparecen tan rápido como asoman. Siento algo silimar a lo que sentía cuando, con apenas dieciséis años, en los ochenta, descubría los primeros grupos Indies en tiendas de discos de importación.

Llevo unos días con la mirada de Luisa Carnés recorriendo diferentes rincones de Madrid. Me la llevo al trabajo, a la consulta del médico, la paseo por todos los sillones en los que recalo. Me contempla en la noche mientras escribo y, antes de dormir, me cuelgo de alguno de esos finales precipitados —casi espasmódicos— de sus relatos. No he podido evitar adentrarme en Trece cuentos, con la tristeza de la que sabe que ser escritora en tiempos revueltos es todavía más desesperanzador que serlo en los pujantes. Esa mirada de Luisa Carnés, recorriendo año trás año a golpe de tecla, historia tras historia, me ha predispuesto desde el primer relato hasta el último.

No me cabe duda de que es un ejemplo de carrera literaria rota, atravesada por una guerra civil, un éxilio, el largo recorrido de los desposedidos y una muerte algo temprana para este oficio. Murió sin haber cumplido sesenta años. Edad que, para nosotras, es casi el inicio de todo. En contra de lo que muchos creen, para escribir no basta con vivir. Se necesita que te abrigue el sosiego de lo cotidiano, que el orden te marque las horas de creación, que el estómago esté lleno y la sed saciada.

Uno de los aspectos que más me ha gustado es la decisión de la editorial Hoja de Lata de ordenar la mayoría de los relatos cronológicamente. Esto permite, al lector entrenado y curioso, percibir cómo la autora va ensombreciendo la mirada sobre la realidad que toca o imagina, cómo, hoja tras hoja, esa mirada —aparentemente cándida— se agudiza y agita. Esa cronología consciente nos permite imaginar a Carnés a las puertas de una guerra, de camino a una playa francesa, en un barco rumbo a México o bien recreándose en las calles que dejó en Madrid y que, en muchos de estos relatos, aflora como el sonido de un manantial que solo nuestra literatura puede desprender. La música de estos relatos es austera, su lenguaje lo es. Carece de figuras narrativas, es sólido, firme y no regala ni un solo adjetivo. Es una gran compositora de escenas y diálogos.

Creo sentir a Flaubert en la ambientación de Una mujer fea. Me traslado a la Oklahoma de Steinbeck en uno de los mejores relatos del libro: Olivos. Maravilloso desde el inicio. Un relato que la autora escribió en 1933 y en el que se refleja, con un realismo absorvente y estremecedor, la precaria e inestable lucha de los braceros por un salario digno; y en el que también se palpa la miseria y el entramado social de la época, donde Gregorio— al igual que Joad, el protagonista de Las uvas de la ira— se enfrenta a los contratistas y a sus propios compañeros.

Llegamos a En casa y confirmamos algo que ya intuíamos en Olivos, ese lenguaje elegante y limpio de artificios se va volviendo algo más acojedor. Un lenguaje que recorre las calles de Madrid en boca de una presidiaria y que —algo precipitado— se cierra con un grito a caballo entre lo celestial y lo ilusorio.

“Es inutil mirar hacia atrás. Nada quedaba en pie del pasado. Me había convertido en una mujer extraña, condenada a dar vueltas en una ciudad más extraña aun. Peor: estaba desterrada en la propia tierra.”.

La rabia es el ingrediente que se concentra entre los párrafos del relato La Chivata. En el que un grupo de mujeres reclusas sacan lo mejor de sí mismas. Algo que también sucede en otro magnífico relato: Sin brújula. En el que se narra la huída en barco hacia Francia de un grupo de mujeres y niños. El texto nos agita—a caballo entre la ternura y la maldad— hasta lograr arrancarnos las lágrimas. Es, en mi opinión, el relato más emocionante, duro, terrible y estremecedor de esta antología. Al leerlo he vuelto a encontrarme con el lado más sombrío de la maternidad.

“En los momentos de peligro los hombres se ayudaban, se repartían el agua escasa, arriesgaban la vida por el compañero de trabajo. Pero ninguna de esas mujeres rebosasntes de ternura por sus hijos extendía uno solo de sus dedos…”.

Esta mirada tan particular sobre algunos pliegues y recovecos de la naturaleza femenina, inquietan. Descubro el origen de estos relatos en una de su frases, igual de inquietante que el relato, recogidas en una entrevista:

“A los once años aprendí un oficio. Entonces, quizás, surgieron en mí las inquietudes, que aún no me han abandonado, las preguntas a las que todavía no he hallado contestación. ¿Por qué las mujeres se odian entre sí tan terriblemente?”

En La mulata, escrito en 1960, de la misma manera que en El album familiar, escrito casi treinta años antes, nos adentramos en el amor adolescente, en las inseguridades y los misterios del deseo. Es quizá en La mulata donde la autora nos muestra con nitidez cómo el dolor en la infancia es un sello imborrable en el equipaje que nos acompaña a lo largo de nuestra vida.

Un año después —en 1961— efluvios kafkianos envuelven El Ujier y nos encontramos atrapados entre cuatro muros asfixiantes. Salimos de ellos en Aquelarre cuando cientos de chicas histericas se estremecen frente a Elvis Presley, mientras el mundo llora Iroshima y Nagasaki, grita en las prisiones o frente a las embajadas.

La ternura de El señor y la señora Smith, el último relato de esta antología, escrito en 1963 —un año antes de la muerte de la autora— nos muestra el racismo más estremecedor a través de una sucesión de escenas en blanco y negro.

Luisa Carnés nació en Madrid, en el barrio de Las letras, en 1905. Trabajó como camarera, pastelera y costurera desde muy joven. Su obra la componen varias novelas, narrativa breve y tres obras dramáticas de las cuales solo una fue estrenada en España. Durante la década de los años treinta, colaboró con varios medios culturales y destacó en los ambientes literarios de la época. Tras la Guerra Civil se exilió a Mexico donde trabajó de periodista y nunca dejó de escribir ficción. La editorial Hoja de Lata responsable de la recuperación de parte de la obra de Luisa Carnés, también ha publicado «Tea Rooms. Mujeres obreras», quizá la obra más contundente y reconocida de la autora. En septiembre de 2017 se publicará De Barcelona a la Bretaña francesa, sus memorias de la mano de Editorial Renacimiento

No me cabe duda de que es este empeño por descubrir, el no conformarnos, lo que nos regala, como lectores, textos como estos. Gracias a algunas editoriales que se empeñan en rescatar lo que un día, ilusoriamente, pareció perderse.

Trece cuentos de Luisa Carnés.

Editorial Hoja de Lata, 2017

Eva Losada Casanova es escritora y guionista, directora y profesora en La plaza de Poe, es coordinadora del Club de Lectura. Su última novela, El sol de las contradicciones, es XVIII Premio Unicaja de Novela. Alianza Editorial.

Bajo el volcán. Literatura candente.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Dejemos que la literatura nos sorprenda, que las buenas novelas entren por la puerta desprovistas de túnicas fantasmagóricas, de biografías tremebundas, de fichas aclaratorias. Dejemos que la atmósfera que construye la buena literatura nos proteja, setenta años después, de lo superfluo, de la realidad y entorno del propio autor. Confiemos en ese poder alucinógeno que nos trae las bondades de un magnífico texto. Quizá el lector desista en la página número cien, es posible que El Día de los Muertos resulte tedioso, como puede llegar a sospechar el propio Malcolm Lowry gracias a la clarividencia de algunos lectores profesionales. Él mismo, Lowry, nos alerta en el prólogo (traducción del prólogo de la edición francesa) que acompaña a la edición española de Tusquets, 1997. Y que previamente, el autor había escrito para la edición francesa, allá por 1949. Prólogo aclaratorio en el que asoma un Lowry que justifica su obra. ¿Necesitamos realmente justificar aquello que creamos? ¿Han variado nuestras intenciones después de que la obra sea publicada?

Jorge Semprún, en la edición de 1971, ya habla de la afición de Lowry a los prólogos interminables y las cartas aclaratorias. Lowry nos alerta de que si el lector se sume en el tedio, no es porque la obra sea tediosa: “No creo que un solo autor —escribe— aunque se trate del más malhumorado de los hombres, haya escrito jamás con el propósito de aburrir a sus lectores, a no ser que se emplee el aburrimiento como técnica”. Y yo añadiría que la falta de técnica también puede sumirnos en una lectura tediosa. No es su caso, desde luego. El autor nos explica la simbología de los rincones y escenarios en los que se desarrolla la acción durante los primeros capítulos. Algo que inicialmente puede parecer útil, resulta nimio cuando avanzamos en la lectura. Las alusiones a Gógol o Dante para hablarnos de sus pretensiones narrativas, las comparaciones de la noria con la rueda de Buda, las metáforas de situación, el Árbol de la vida, etc. Son, sin duda, aclaraciones o pistas que pueden alentar al lector a continuar cuando la narración parece atascarse. Pero lo más impresionante de esta novela es precisamente su complejidad estructural. Hecho que, efectivamente, puede llegar a tumbar al lector desprevenido, más atento a la lava candente que todo lo cubre, que a aquello que realmente sucede bajo un volcán. Pocos prólogos me han parecido tan interesantes a la par que sobrantes para entender la obra. Los planos de significación que componen esta novela van apareciendo y se amontonan a veces, de manera excepcional, para aquellos lectores que van buscando los entresijos, el alma de los textos. “Mi intención —apunta Lowry— ha sido la de clarificar, en la medida de lo posible, aquello que, al principio se me presenta de una manera complicada y esotérica”. Es decir, los planos de significación no son otra cosa para Lowry que ordenar el caos, lograr escribir en tres dimensiones. El editor francés amenaza con cambiarle la historia, acortar los capítulos, mutilar a este o aquel personaje… Lowry justifica lo que tenga que justificar, antes de cambiar una sola coma. Comprensible. Cuántos autores nunca lo lograron. Jamás lo sabremos.

La novela es mucho más que la historia de un alcohólico. Es precisamente ese hecho, lo que resulta extraordinario cuando el lector sale de la asfixiante atmósfera de la ciudad de Quauhnáhuac (Cuernavaca, Yucatán) el Día de los Muertos y, como si se tratara de un mecano, toda la historia, las subtramas, las múltiples escenas, etc, se entrelazan y, la obra, se construye a sí misma de nuevo. Es, en ese preciso momento, cuando apetece volver a leerla. Es quizá en esta segunda lectura cuando prestamos atención al exuberante entramado de cajas chinas, diálogos superpuestos, plasticidad escénica, múltiples voces que se encierran en un mismo párrafo y cómo cada personaje es espejo de otro. Retales que van uniéndose en un enorme bordado mejicano o una manta estilo patchwork. El ensamblaje de los doce capítulos—atentos al número— es minucioso y provocador para cualquiera que dedique su vida a los libros y, por supuesto, al oficio de escribir.

Tres personajes principales. Dos hombres, dos hermanastros —Geoffrey y Hugh— y una mujer—la cándida Yvonne. Cada hombre parece ser un fragmento de las múltiples vidas y terrores del autor. Asunto en el que no me voy a detener porque ya se detuvieron muchos otros. El tercer personaje, Yvonne, inspirado en su segunda mujer, es el menos perfilado de todos, es quizá, el más borroso y el que menos peso tiene en los diálogos en los que participa. ¿Por qué? ¿Es intencionado? No lo sé. En estas cuestiones, a veces me bloqueo por no querer ser una escritora quisquillosa. Es posible que la historia de amor que se recoge sea tan borrosa como el propio personaje o como los estados de inconsciencia del autor. Siempre he creído que los capítulos de embriaguez pueden ser reveladores para algunas cuestiones que tienen que ver con la creación, con las “ventanas de la percepción”, pero, en ningún caso, son campos propicios para la construcción de andamios, pilares o vigas literarias. No casan bien con la constancia. Me resulta difícil creer que un trabajo tan laborioso y complicado pueda llevarse a cabo nadando en efluvios etílicos o de otra índole.

Malcolm Lowry tarda diez años en escribir Bajo el volcán, desde 1935 a 1944. Diez años en recorrer dos puntos geográficos en 24h. Que nadie se escandalice, no es tanto, dada la complejidad de la obra y la vida del autor. Lo que siempre me produce cierta zozobra es que una novela larga y literaria, que no literal, se escriba en un puñado de meses. Es toda una hazaña. Admirable.

Si sacamos la lupa y nos subimos a la prosa con mente de pasajero, veremos que los cambios de ritmo y velocidad son muchos. Que cada personaje parece tener el suyo, que Lowry no deja nada al azar y que cada gesto dura una eternidad. “El cónsul cerró la puerta tras de sí y sobre su cabeza llovió un fino polvo de yeso. De la pared cayó un don Quijote. Recogió del suelo al triste caballero de paja…”.

Escenas sacadas de detrás de una cámara imaginaria, de las cuales, el director de cine John Huston, y el guionista Guy Gallo, supieron sacar provecho. Digo, supongo, porque no he visto la película. Después de leer la novela, no me atrevo a hacerlo. Doy por hecho que—y no sé si esta vez me equivoco— esa dificultad con la que el cine siempre se tropieza para recoger la esencia de un texto —y más uno como el que nos atañe—, sin decepcionar al lector que lo ha gozado y sentido. No sé cómo puede una imagen recoger la zozobra que se experimenta con la escena que acontece en la plaza de toros; o aquella, más bien reflexiva, del afeitado frente al espejo; o esa otra, en la que el galope de un caballo supone el inicio de un desenlace, o la descripción dialogada de la muerte de un pobre hombre en la cuneta. O quizá todas aquellas escenas donde el infierno tiene nombres y apellidos y, además, ese infierno es descrito a cámara lenta, una técnica narrativa que Lowry dominaba.

El tiempo de la novela es 1948. Es, al menos, uno de los planos temporales que se nos presentan. Asistimos a las políticas sociales del presidente Cárdenas, la corrupción mejicana, las continuas alusiones a España, la Batalla del Ebro y las Brigadas Internacionales, la migración de los Okis en el verano de 1936, la Guerra Civil china y constantes alusiones y citas de escritores, filósofos o científicos como: Conrad, Einstein, Freud, Melville, Darwin, Shelley, Oscar Wild, Shakespeare, Baudelaire, Goethe, Cervantes, el corsario y poeta Walter Raleigh y su admirado Tolstoi, entre otros. Además, se detiene en la creación, el arte y, por supuesto, en todas y cada una de las miserias humanas. Igual, con tanto mezcal, se salta alguna.

Atmósferas espectaculares, simbolismo, juegos narrativos, quiebros constantes del lenguaje, símiles originales, metáforas, sarcasmo, citas, fluir permanente de conciencia y unas descripciones sublimes: “Reptaban sus sombras por el polvo, se deslizaban sobre los muros blancos y sedientos de las casas, y por un momento se vieron prisioneras de una penumbra elíptica : la rueda que giraba torcida de la bicicleta de un chico”.

Se detiene, observa, siente, palpa, respira, dibuja y luego escribe entre el polvo. Se olvida del olfato, es cierto. Me aventuro, con valentía, a pensar que ese sentido lo tenía algo atrofiado. ¿Es solo la historia de un alcohólico? En absoluto. Para leer esta novela, hay que equiparse con café, linternas, palas y una apisonadora para ir despejando el camino que, aparentemente, se alza frente a nosotros.

“¿Cómo podía encontrarse a sí mismo, comenzar de nuevo, cuando en algún lugar, tal vez en una de aquellas botellas rotas o perdidas, en uno de aquellos vasos, se hallaba para siempre, el indicio solitario de su identidad? ¿Cómo volver atrás y buscar ahora, escarbar entre los vidrios rotos bajo los eternos bares, en el fondo de los océanos?”.

La literatura que cava pozos y quiebra la tierra que pisamos es, siempre de una lucidez fascinante. ¿No creen? El poeta gaditano Fernando Quiñones, gran admirador del escritor inglés, recogió en uno de sus libros de poemas una frase suya. “La fama, como un borracho, consume la casa del alma”.

Frase que me permito llevar cosida a los nudillos y con la que cierro otra fantástica experiencia de lectura.

 

Bajo el volcán de Malcolm Lowry (1909-1957)

Tusquets, 1997

Ediciones Era, 1964

Traductor: Raúl Ortiz y Ortiz

Margerie Bunner Lowry, 1947

 

 

Eva Losada Casanova es escritora y guionista, profesora y coordinadora del Club de Lectura de La plaza de Poe. Su última novela es El sol de las contradicciones, XVIII Premio Unicaja de Novela. Alianza Editorial

 

AMOK de Stefan Zweig. Escribimos lo que somos.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Amok es un síndrome identificable, una catarsis, un estado emocional extremo, una disociación entre mente y cuerpo. ¿El origen? Cualquiera. Aislamiento prolongado, altas temperaturas, una obsesión anquilosada en forma de tumor que te oprime la razón. Amok no entiende de responsabilidades, ni de consecuencias, se lleva todo por delante, no contempla márgenes, ni líneas rojas, ni bondades. Amok persigue una sombra poderosa que te arrastra hasta lo más oscuro de tu propia conciencia, hasta un lugar sin retorno en el que la identidad de uno se diluye hasta desaparecer, volviéndonos invisibles para nosotros mismos. Amok no pertenece a ninguna región en particular porque el mundo, en su propia locura, lo ha adoptado. Ahora yace en cualquier rincón del planeta. Una playa, un instituto, un avión, un supermercado… cualquier lugar puede ser el cruel escenario de Amok.

El autor del relato con este nombre, el austriaco Stefan Zweig, sabe qué efecto quiere causar en el lector. ¿Lo aprendió de Edgar Allan Poe? Quizá. El planteamiento de muchos de las historias cortas o nouvelle de Zweig son un descenso desesperado por aguas bravas en el que no hay un solo instante de reposo. Uno no se detiene a contemplar el paisaje sino que el paisaje va implícito en la escena que conforman todas y cada una de sus historias. Las aguas arremolinadas elevan la embarcación y la lanzan a una velocidad narrativa extraordinaria donde la puntuación, los silencios, la historia y el lenguaje se confabulan para dominar los sentidos del lector, mantenerle en cautividad el tiempo exacto. Sobran los informantes, basta sentir. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Carta a una desconocida, El avaro, Mendel el de los libros, Leporella, Historia de un ocaso, La calle del claro de luna o La cruz, acompañan al lector de manera diferente, pero con la misma intensidad, hacia las entrañas de la psique humana. Ese laberinto donde la literatura acampó a finales del siglo XIX e inicios del XX y por el que Zweig, Kipling, James, Joyce, Hesse, Woolf, Musil y tantos otros caminaron y exploraron en sus escritos. Una época en la que la locura se desprendía de todo sesgo filosófico y  al loco se le dejaba de torturar para tratarle como a un enfermo cualquiera, alguien que aunaba en su interior la razón y la sin razón. Fue también en esa época, cuando se descubrió la bipolaridad, las crisis maniacodepresivas y se puso nombre a los diferentes tipos de esquizofrenia. Fue entonces cuando el delirio era el enemigo y las agresivas terapias biológicas un arma de doble filo para erradicarlo. La melancolía quedaba atrás y la psique se convertía en uno de los campos de investigación que marcarían el cambio de siglo en el que, por fin,  la histeria femenina dejaba de considerarse un problema uterino y los aparatos de tortura una solución eficaz.

Los escritores se alimentan de su entorno como vampiros, se bañan en las inquietudes de los años en los que desarrollan su obra. ¿Qué tocaba?:  ¡El individuo! Sí, sin duda; pero también la barbarie. Stefan Zweig no solo bebía de Kafka y Dostoyevski, también se nutría de Moniz, Freud, Jung, Schnitzler, William James o Emil Kraepelin. Quiero imaginarlo, y lo imagino con gusto, absorto en cualquier avance en el campo de la psiquiatría, convirtiendo un artículo, experimento o informe clínico en una trama, en parte de alguno de sus personajes: Madame de Prie, Crescentia o en un doctor de Calcuta. Y, como tantos otros, anunciándonos entre párrafos, comas y parlamentos lo que sería el final de su propia vida. Y es que ese susurro que nos trae la literatura atormentada, aunque se tiña a veces de un color amable, es la antesala del desenlace de nuestra propia vida. Escribimos lo que somos, aunque sea siempre desde la incerteza, y lo hacemos desde el lugar al que pertenecemos, y cualquier cosa alejada de eso me resulta ajena e impuesta

 

AMOK título y recopilación de siete relatos.

Ed. Acantilado. 2003. Traducción J. Fontcuberta.

Artículo publicado el 16 de julio de 2017 en INFOLIBRE. Revista cultural Los diablos azules. 

 

 

 

 

 

 

 

Las Tres mujeres de Robert Musil

Tres mujeres. Robert Musil

 

Autora: Eva Losada Casanova

Es posible que cuando un lector aborda Tres mujeres, lo haga con una lejana pero clara sospecha de que quizá, Robert Musil, haya pretendido profundizar en la psicología femenina, en esa naturaleza que le es ajena pero que, como buen estudioso de las relaciones humanas, se alza como un reto para el escritor que ejerce. En seguida, a medida que avanzamos por la exuberante naturaleza musiliana, comprendemos que no, y una vez más nos conformamos con un análisis masculino del territorio que se nos abre.

“…allí no le median a uno por sus cualidades humanas, como en el resto del mundo— que si era formal, poderoso y temible, o bien fino y guapo—, sino que fuera el hombre que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de la vida, uno encontraba afecto porque había traído la prosperidad; el afecto iba delante de uno como un heraldo; le estaba esperando en todas partes como una cama recién preparada para el huésped”.

Este análisis escorado no nos detiene. No nos importa. La profundidad, calidad, interés y prosa de Tres mujeres, está a la altura de cualquier gran obra europea de la primera mitad del pasado siglo. El lenguaje rupturista, condensado, rico y estéticamente impecable, aflora por encima de cualquier trama, de cualquier núcleo o catálisis.

“Al entrar él silenciosamente, ella le consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que, sin embargo, hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y en cuyo interior uno sin embargo, se desliza”.

            La sucesión de símiles, metáforas y figuras narrativas varias, nos envuelven en la primera página y ya no nos abandonan hasta que en el último relato, el de la silenciosa y enigmática Tonka, aflora, finalmente la intención última del autor: diseccionar en la mesa de su laboratorio las relaciones de poder— todas y cada una—, utilizando como un tubo de ensayo ese poder que un hombre pudiente ejerce sobre una campesina a la que compara con una vaca; eso sí, una vaca atractiva, que despierta en él un claro instinto animal, un peligroso e intenso instinto animal. La primera historia se titula Grigia: una campesina joven, deseable y de convicciones firmes a quien se le cruza Homo. Un hombre poderoso de ciudad. Musil, juega con su personaje masculino como si se tratase de un ratoncillo al cual se le ha inyectado libertad y vitalidad en una mono dosis mortal. El resultado es impecable, mientras la historia se diluye, la fuerza de ambos, se concentra en la emoción del lenguaje que asume un protagonismo indiscutible y nos lleva hasta un final perfecto y glorioso. No cabría otro mejor. Es en ese momento cuando te abalanzas sobre las siguientes dos historias: La portuguesa y Tonka. En el universo de La portuguesa, la bella portuguesa, suenan trompetas fantásticas; caminamos ahora por un universo casi medieval donde Musil echa mano de una larga sucesión de metáforas e historias de gatos y encantamientos —casi un guiño al gran Poe— para mostrarnos hasta qué punto, los celos, son capaces de cavar nuestra propia tumba. Tema recurrente en su obra y en este libro formado por tres vidas bañadas por las obsesiones. ¿Las del autor? Probablemente.

            Destacan las descripciones de estas tres mujeres. Son magistrales. “Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota”. Hay que conocer a Tonka para comprender que, efectivamente, su alma está contenida en esas gotas de lluvia.

“La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que estos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aun una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esa hendidura desaparece cuando estamos despiertos , como si solo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka”.

            Me pregunto, a medida que avanzo por este ir y venir de gestos y silencios femeninos, si estas tres mujeres no son la misma mujer a la cual acompaña tres hombres diferentes, tres Robert Musil en tres momentos de su vida. Quizá, su primera novela, Los extravíos del colegial Törless, sobrevuelen a Tonka, o quizá no. Las tres mujeres anteponen su naturaleza a todo lo demás, las tres son conscientes de su propio poder, invisible para el hombre. Y, las tres, motivan la desesperación y la locura del que las desea. Otro de los grandes temas de Robert Musil: el erotismo. El otro es la culpa. Esa culpa que se instaló en su vida de una de su obras de referencia: Crimen y Castigo.

            Tres mujeres es brillante, producto de tiempos convulsos donde el modernismo entraba gritando en Austria, donde el feminismo buscaba su espacio, donde los pilares de la moral se tambaleaban y los movimientos sociales eran mareas espumosas. Esos años que fueron el abono de grandísimos autores que, como él, vivieron en el exilio e hicieron de aquel tiempo, el eje de su obra: Broch, Schnitzler, Rilke, Roth, Kraus, Zweig, Sperber, Kafka o Canetti.

            Tres mujeres es la antesala, el camino directo hacia su gran obra, aquella para la que pareció nacer: El hombre sin atributos. La ironía salpicada de historia, imaginación, dispuesta a hacer uso del lenguaje para brillar por encima de cualquier época. “La ironía no es para mí un gesto de superioridad, sino una forma de lucha”.

            Lástima que fuera un autor escaso como alguno de su ilustres amigos. Lástima que su muerte repentina no le permitiera finalizar la obra de su vida. Y lástima que esta edición de Tres mujeres que tengo en mis manos, y tanto me ha costado conseguir traducida a nuestro idioma, (Seix Barral 1985), esté tan descuidada, con erratas y algunas frases sospechosamente mal traducidas. Pese a ello, su lectura ha sido de los más placentero. Hay autores que no se puede con ellos. Espero de verdad que no tengamos que aguardar a que sea de nuevo su aniversario para que se mime más a este autor. Sería una gran apuesta que fuera una grande de la traducción, como por ejemplo Isabel Adánez, la que tase cartas en el asunto. ¡Ojalá! Dijo una lectora.

Tres mujeres. (Drei Frauen). Robert Musil. Traducción de La portuguesa Mario Benedetti. Traducción de Grigia y Tonka, Ingrid Zeder.Seix Barral (1985, 2013). Austral 2013

 

Rubaiyat. De Khayyam a Pessoa

Autora: Eva Losada Casanova

Aquellos que bebemos en los océanos pessoanos, no nos extraña avistar nuevas embarcaciones atravesando el horizonte. Nos quedamos absortos y entusiasmados con la posibilidad de asaltar un nuevo espacio donde la genialidad del poeta portugués haya acampado. De esta manera, en mi nuevo y reciente asalto, me topo, en la cubierta de ese barco, con nada más y nada menos que a Omar Jayam (o Khayyam), el gran matemático, astrónomo, filósofo y poeta persa que, a parte de poner nombre a un cráter lunar y ser el causante de los desvelos de cualquier estudiante de primaria —gracias a su aportación al mundo del álgebra— escribió un puñado de versos en farsí (persa), de métrica peculiar: los Rubaiyat o cuartetos. Todos ellos son versos con ese halo de pesimismo, derrota y desasosiego que tan familiar nos resulta. Descubro, además, que Pessoa se adentra en ellos de la mano de Fitzgerald y su versión adaptada y rimada que hizo el escritor en 1859 de los versos originales. Aquella hazaña permitió a Pessoa acceder a los mismos, nadar en ellos y crear su propia obra de Rubaiyat. Ventajas de hablar idiomas en tiempos remotos, de llegar a lugares en la literatura vedados para el resto de los mortales. Descubro también que Fitzgerald se tomó sus licencias de traductor y conocedor de la cultura occidental cuando, a finales del siglo XIX, decide cómo debe ser esa adaptación, limitando la obra de Omar Jayam a solo aquellos versos donde la rima estaba en el primero, segundo y cuarto verso, quedando libre el tercer verso. Pensaría que quizá nos resultaría todo más familiar.

Hubo más intentos de traducir, a otros idiomas, los versos de Omar Jayam pero, sin duda, la traducción del escritor americano fue la que más trascendió. Averiguo además que, como si se tratara de un ser independiente, la obra del maestro persa, crece gracias a las aportaciones anónimas, y aquel puñado de versos se transforma en cientos primero y miles después. Y es que, la desesperanza, las miserias humanas, las adicciones, la tristeza y la muerte son universales, se repiten hasta la saciedad; convirtiendo la obra de Jayam en la semilla de una obra anónima y universal. Nuestro querido poeta del Chiado, de vidas múltiples, de sueños infinitos y asiduo a refugiarse en los cafés de la capital lusa—no siempre a tomar café—no pudo evitar adentrarse también en el mundo infinito del Rubaiyat, de sus túneles hacia lugares sombríos, hacia los interrogantes que planea la ciencia. Un mundo de ruptura con lo establecido y, en definitiva, un mundo de dolor. Ese dolor en el que Pessoa se sentía à vontade. Sabemos que la obra de Pessoa crece, que se ha publicado solo una parte, que al igual que la obra de Jayam, vive por sí sola. Por eso, al igual que tantos otros versos, pensamientos y textos, los Rubaiyats del portugués también están incompletos, una obra a medio hacer que, parece ser, iba a completarse con un ensayo sobre Jayam donde su filosofía, del todo epicúrea, iba a ser diseccionada por el escritor portugués. Una filosofía a la que un lunes parece adscribirse y un martes ya no. Esa eterna duda pessoana, la duda que quizá dio a luz a sus heterónimos, subyace permanentemente. “Hay días en los que esa filosofía me parece la mejor, y hasta la única, de todas las filosofías prácticas. Hay otros días en los que me parece muerta inútil. Como un vaso vacío. No me conozco porque pienso….” —dice el portugués en sus anotaciones.

A ambos poetas parece unirles el tedio, y quizá es de ese tedio, del cual nace la profunda admiración de Pessoa hacia Jayam.

“El tedio de Jayam no es el tedio del que no sabe lo que hace, porque en realidad nadie puede o sabe hacer. Ese es el tedio de los que nacieron muertos, y de los que, con legitimidad, se inclinan hacia la morfina o la cocaína. El tedio del sabio persa es más profundo y noble que eso”.

Leyendo fragmentos sueltos de este frustrado ensayo u homenaje a los Rubaiyat, descubro que, al igual que sucede en El libro del desasosiego, Pessoa cita, una vez más al psicólogo francés Jean-Gabriel Tarde: “La vida es la búsqueda de lo imposible a través de lo inútil”. Con esta cita, que siempre me ha fascinado, comprendo que el trío del tedio, se acaba de completar.

Continúo leyendo esta joya inédita de Fernando Pessoa, esta colección de Canciones para beber que no sabemos si en su día quiso publicar. Me detengo en aquellos Kubaiyats intensos, sonoros, extraños, escritos en un portugués limpio que, en ocasiones me lleva a pensar en el desamor entre Ophelia y el poeta, en sus desencuentros.

Trazes as rosas que te não pedí.

E máis que ás rosas, vens trazer-me a ti.

Mas estou cheio só do entendimiento

E tudo quanto tragas já perdí.

En fin, un Pessoa inédito que recomiendo a todos aquellos con sed de tedio. Un delicado y fascinante conjunto de 182 Rubaiyat cuya escritura lo acompañaron los últimos años de su vida, sumido, quizá en un estado de efímera sobriedad, soledad y también lucidez, esa que nos dejó. Un tesoro que me llega dando un gran rodeo, desde Ciudad de México, de la mano de la jovencísima editorial vasca, El Gallo de Oro, con textos traducidos y seleccionados por el psicólogo y escritor vasco Beñat Arginzoniz (2015).

¡Ah bebe! La vida no es buena o mala,

lo que le dimos es lo que nos da.

Todo se devuelve a lo que no fue,

y nadie sabe lo que es o lo que habrá.

La mancha en la pared de Virginia Woolf

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Autora: Eva Losada Casanova

Hay textos que se abren despacio, después de dos o mas lecturas. Emergen como experimentos de laboratorio y van formándose, con paciencia, como un mecano en la mente del lector. Textos que nacen de la confrontación, de la imperiosa necesidad de decir. Con pocos relatos he tenido una experiencia tan extraña y cautivadora al mismo tiempo que con La mancha en la pared de Virginia Woolf. Bañado en una melancolía poco común, una melancolía sólida, no blanda, como “huesos enterrados en la tierra”, una melancolía que ella tilda de inglesa, de paseos entre jardines sombríos. Es la melancolía de Orlando, aquel personaje, a caballo entre lo femenino y lo masculino, entre la fantasía y la denuncia, esa melancolía que tiñe muchas de sus obras. Virginia parte de la realidad desfigurada para iniciar su fluir de conciencia. Aparentemente, durante la primera lectura, puede parecer que el desorden ocupa el texto, que todo es un divagar por esto o por aquello. Nada más alejado de la realidad. Este relato, el primero que publicó, está organizado de tal manera que nos transporta por la vida de la autora valiéndose de símbolos, símiles, metáforas y un sin fin de pequeños senderos que van y vienen por sus inquietudes y escasas certezas. Rechazo, inconformismo, creación, guerra, literatura y un laicismo latente de la mano de la naturaleza como orden supremo.

Es un relato inquietante, donde reina un manejo magistral de la transición. Liga de manera fluida, armónica y con un ritmo cuidado, cada idea, cada regresión; y lleva al lector, en sus continuas lecturas, hasta lo más profundo de su propia conciencia. Utiliza el espejo, el reflejo, para alejarnos; y la aparente realidad para acercarnos. “Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento…La ignorancia de la humanidad”.

El rechazo a lo doméstico, al hombre belicista, a la invisibilidad de la mujer, a la sordera del mundo y, sobre todo, el rechazo a la tradición a esa maldita tradición donde siempre parece sentirse presa. ¿Es posible contar todo esto desde el realismo? Probablemente no. No, al menos, en ese momento y por una mujer. Es por eso por lo que se inicia en esa huida del realismo acuciante para adentrarse en una prosa distinta, modernista, estética, donde el lenguaje, además de esconder, está al servicio de las emociones y las sensaciones, antes que a la razón. Quizá no tuvo más remedio que hacerlo. El tiempo, lo humano, el entorno social, todo parece tener un lugar entre “los dedos del gigante”. La autora nos embarca en los procesos creativos, en la contemplación como semilla, en la imperiosa necesidad de huir de la realidad para sobrevivir a ella. En el libro como refugio y en el poder embaucador, determinante y único de la naturaleza.

Este es un relato único, diferente, modernista, como ella, como gran parte de su obra. Un primer relato publicado, trabajado, cuidado hasta la última coma. Nada en él parece obedecer al caos, a la letra improvisada. Nada sobra.

¿Quién es ella realmente? ¿Aquello que se ve? Es o no es aquello una mancha en la pared. ¿Un clavo quizá? Qué importa lo que sea, lo interesante es dónde nos lleva.

 

Una mancha en la pared de Virginia Woolf.  Hoghart Press 1917 Londres.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Veinticuatro horas ZWEIG

AUTORA: Eva Losada Casanova

“La mayoría de los hombres posee escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles.”

 Stefan Zweig, un maestro en todo aquello relacionado con el lenguaje, con la narración, la prosa y la escritura, es además uno de esos escritores que sabe, como nadie, arrastrarnos sin resistencia, sin voluntad a través de las puertas de sus textos. Su tono, su punto de partida, su franqueza quizá, su prosa magnifica y verdadera, su falta de artificio y la contención de datos innecesarios en sus escritos, pueden ser algunos de esos ingredientes que lo convierten en un escritor excepcional. Zweig dedicó también su vida a coleccionar manuscritos originales, partituras y cualquier documento donde se pudiera observar el proceso de creación de mano de su autor. Era, en definitiva, un ser al que le gustaba partir de la esencia y pocas veces se alejaba de ella. Los lectores de Zweig, más aun las lectoras, no me pregunten el por qué —quizá es el profundo respeto que nos tenía— terminamos irremediablemente queriéndole, sintiendo un verdadero afecto por un hombre de una integridad literaria que emociona desde que comenzó a gestarse todo su trabajo: ensayo, novela, biografía, etc.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una de sus grandes obras y quizá una de las mejores novelas cortas que se hayan escrito, parte de una discusión entre un grupo de huéspedes de una pequeña pensión de la Riviera. Y como toda gran obra, no importa el lugar, ni el tiempo, sino la idea en sí misma. Esa idea que, como una sombra, cubre el texto y lo alimenta, no es otra que la obsesión. ¡Qué mejor campo de cultivo literario que la mente femenina! Sus esquinas y recovecos, sus falsos precipicios o agujeros profundos… Las posibilidades son infinitas y Zweig, un gran conocedor de nuestra psique, lo sabía. Sobre esta novela se podrían hacer todo tipo de psicoanálisis, podríamos descomponerla, analizarla, desmenuzarla e ilustrar con ella una clase de psicología, es cierto, pero desde el punto de vista literario, sus bondades son también otras. Y es que, en apenas cien páginas que uno devora durante un suspiro trágico, apretando los labios, sin apenas cambiar de postura, esta obra encierra una de las escenas más impresionantes de la literatura. Hablo de escena, no pasaje, porque el texto es de una plasticidad abrumadora. Es difícil, muy difícil, que un género como el cine logre reproducir una escena tan sublime sin quedarse a mitad de camino, sin decepcionar al lector-espectador, sin desesperar a un actor, guionista o director. La construcción del personaje que hace el autor a través del movimiento de sus manos, del ir y venir de sus dedos, del diálogo entre dos partes de un mismo cuerpo, es sencillamente magistral. “Y las manos ponen al descubierto impúdicamente su secreto”, nos dice Zweig antes de comenzar la narración. Y no solo provoca que el lector vuelva atrás a leer una vez más lo escrito, no para entenderlo, no, sino para disfrutarlo. Y es a partir de ese momento, de ese placer, casi físico, carnal, con lo descrito, cuando comprendemos que ya nunca volveremos a observar las manos de otro ser humano como lo hacíamos hasta ahora.

Zweig domina el terreno que pisa y navega con soltura por la obsesión de una anciana, Mistress C, como si él mismo la padeciera. Esa obsesión va acompañada de otro tema que termina de dar forma a la historia y que es recurrente en su obra: la culpa. La culpa es recurrente desde la primera línea, es esa culpa la que determina el resto de la narración.

Zweig, recurre, una vez más, a la misma estructura que utiliza en Mendel el de los libros: el testimonio. Supongo que se siente cómodo, que lo disfruta. Es posible, como dicen algunos críticos literarios, que fuera una novela de la poco conocida escritora y poeta francesa, Constance de Salm, la inspiradora de la obra de Zweig. Los títulos de ambas coinciden, es cierto. El título de la novela de la princesa de Salm —Constance Marie de Théis— es Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible. Ambas novelas, obviamente, como reza el título, transcurren durante un día, aunque el lector, en realidad, no tiene una percepción tan nítida del tiempo que se consume. Es más, en la obra de Constance de Salm, las horas parecen ser infinitas y el tiempo otro. En ambas novelas es una mujer la que se obsesiona, es una mujer solitaria la que sufre y es una mujer la que lucha consigo misma, con sus deseos. Hasta aquí el parecido es indudable; pero hay una gran diferencia entre un texto y el otro, esa diferencia es la que distancia a ambas novelas. Mientras Zweig habla de la obsesión y, por qué no, de la vejez, “la vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”, Constantine Salm trata los celos en estado puro, a corazón abierto. Son los celos el eje de la novela de la escritora. Los celos a través de una estructura epistolar, propia de aquella época, ya que se publicó en 1824 y es recientemente, en 2011, cuando la editorial Funambulista la rescata con una estupenda traducción de Isabel Lacruz.

¿Qué es aquello que ambas obras comparten? Quizá, un estudio profundo, nítido, verídico y exquisitamente tratado de la psicología femenina. Es “…el amor como forma de autismo” mostrado por Salm y la pasión como forma de obsesión tratada por Zweig. En fin, lo importante, más que buscar similitudes e influencias entre ambas novelas, es el contenido, aquello que el autor y la autora quisieron, cada uno a su manera, volcar en el texto de sí mismos, lo que quisieron transmitir y el por qué.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, sin duda, una joya más de su extensa y carismática obra literaria. Obra que se vio prematuramente interrumpida por un trágico final, de libre elección y que, a mi parecer, obedece sin duda a una búsqueda permanente de la perfección humana, algo inexistente, ni siquiera en su ficción. Esperar a la vejez no fue una opción, quizá no llegó nunca a experimentar las palabras que un día puso en boca de Mistress C., “La vejez no es nada más que dejar de sufrir por el pasado”. Sino que más bien se aferró a las de Séneca: “Es débil e indolente quien a causa del sufrimiento decide su muerte, necio quien vive para sufrir”.

 Veinticuatro horas en la vida de una mujer de la editorial Acantilado (2000) ha sido traducida por María Daniela Landa.

Desde La Montaña mágica de Thomas Mann

La montaña mágica no es un libro, ni siquiera una historia; es la existencia humana, es el tiempo de vida y de muerte. El lector que decide instalarse en la montaña debe estar preparado para un larguísimo viaje por la vida que a veces dura un día o también puede durar años. El lector que toma la decisión de embarcarse con Thomas Mann en un trayecto de más de 1000 páginas, iniciado en 1924, donde pisamos todo lo imaginable y abarcamos, de manera profunda y meditada, la muerte, la enfermedad, el amor, la política, la medicina y, en definitiva, al individuo; ese lector valiente se muda al universo de Hans Castorp, un joven a punto de asomarse por primera vez al abismo de la vida y a los ojos de un moribundo. Y el lector, al igual que Hans, se aisla del mundo de “ahí abajo” para habitar el mismísimo universo. Ahí, creo yo, radica toda la belleza de este libro. Árduo en su lectura, para qué negarlo, dificil a veces, enternecedor otras y, casi siempre, sorprendente. La maldad pasea despacio entre los personajes, está presente, junto al amor, junto a la muerte y hace guiños permanentes a la vida. La maldad como “el arma más brillante de la razón contra las fuerzas de las tinieblas y la fealdad. La maldad—dice nuestro literato Settemnbrini—es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del progreso y la ilustración”.

¿Qué sucede en La montaña mágica? No sucede nada y al mismo tiempo, todo acontece, todo está allí arriba. Todo cambia y al mismo tiempo permanece, la juventud se disipa, la enfermedad se habita como se habitaría un país, una ciudad. Y siempre bajo la atenta mirada del tiempo y, a veces, del hastío que en ocasiones nos trae suaves efluvios de la obra de Pessoa, Pavese o Buzzati. El tiempo como extensión infinita, como un desierto de tártaros.

“La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre”.

La montaña está bañada en tristeza, es cierto, pero desde la terraza, desde el mirador, bajo la manta, se extienden las montañas, el aire frío, la vida y todo lo que debe volver. Todo es espera, vivir es esperar.

“Hans Castorp aspiró profundamente el aire puro de la montaña, ese aire fresco y ligero que penetra sin esfuerzo, carente de humedad, de contenido, de recuerdos…”.

El amor, parte del desierto del tiempo, latente en cada página, nos acoge de una manera agria y dulce al mismo tiempo, enredado en una pura contradicción, al igual que en la vida. La figura de Madame Chauchat, llena las hojas de este libro como una brisa estacional a veces y como un vendaval otras. El lector, hombre o mujer, cae rendido a sus pies, mira, una y otra vez, la pequeña radiografía que desvela el misterio que el autor tan bien ha sabido construir en torno al gesto de esta mujer entre “la gente de las alturas”. Donde “la enfermedad transformaba la esencia en cuerpo”.

La montaña mágica es también un baño de belleza, donde la palabra brilla, se acomoda en cada párrafo como una caricia del buen gusto, del escritor grande que se detiene en cada frase como si fuera la única. Con unas descripciones del comportamiento humano, del ademán corporeo, sublimes, el autor consigue que sintamos, toquemos y respiremos a través de todos y cada uno de los personajes que suben a la montaña; “…de repente se agarraba como un poseso a su vecino, hombre o mujer, lo sujetaba con sus largas manos como con unas tenazas y lo arrastraba consigo, a pesar de su resistencia llena de espanto y sus gritos de socorro, a los dominios de su propia angustia”.

La montaña mágica es un tratado de política, filosofía, historia, medicina, sociología, psicología y literatura. En ocasiones, el lector siente que el conocimiento que emana de sus páginas es imposible abarcarlo en toda una vida, quizá sea ese uno de los mensajes de Mann: la infinitud dentro de la finitud de la propia muerte, de la enfermedad que “acentúa la conciencia del cuerpo…”. Subir a esta montaña es estar dispuesto a no bajar, a perderse en ella para encontrarse con uno mismo al mismo tiempo que nos tropezamos con la humanidad.

            El autor toma partido y a medida que avanzamos en la lectura creo decubrir, intuir, adivinar su voz nítida instalada en uno de sus personajes, un profesor humanista, ideológo, arquitecto de la República Universal, y mentor, por definirlo de alguna manera, de “nuestro héroe”.

La nueva traducción de Isabel García Adánez para la editorial Edhasa en 2005 es, sin duda, excelente. De decisiones arriesgadas y envuelta en una complicidad extrema, resuelve con astucia todos los problemas que el texto plantea. Salva algunas de las dificultades del texto original, sin duda, y suaviza el lenguaje hasta dejarlo fluir, igual que los años.

Y como toda gran obra y gran montaña, la cumbre es alcanzada y en ella, el gozo, la satisfacción y también la calma, nos sobrevienen. Allí encontramos la enfermedad, la muerte, las despedidas, los apegos y la desesperación, pero también es la paz, el sosiego del “no hacer”, la contemplación del mundo, la búsqueda de respuestas, la eternidad que anida al final de una vida.

Un libro, pese a todo, vital; obligatorio para todo aquel que escribe, aquel que siente la lectura como un estado hipnótico, una experiencia estética, es para aquellos lectores que se quedan viviendo en los libros y los hacen suyos para siempre. Un libro para un largo verano o noches de insomnio en un desierto. Un desierto que nunca termina y que puede ser atravesado como el lector elija, desde y hacia donde él decida. Es un libro que altera cualquier experiencia humana del tiempo, el tiempo como objeto, como juego novelesco e intelectual, algo con lo que su autor disfruta, y mucho, desde la primera página hasta la última.

“La enfermedad acentuaba la conciencia del cuerpo, remitía al hombre a su propio cuerpo y lo dejaba enteramente a merced de éste; así pues, al rebajar al hombre a esa categoría de mero cuerpo, perjudicaba a su dignidad hasta el punto de acabar con ella. La enfermedad era por tanto, inhumana”.

La montaña mágica (Der Zauberberg, 1924) Thomas Mann. Edhasa. 2005,2009.

Autora: Eva Losada Casanova.  Escritora, coordinadora del Club de Lectura y profesora de los talleres de relato, novela y narrativa práctica  en La plaza de Poe.

 

Joseph Joubert. La esencia del escritor sin obra

Autora: Eva Losada Casanova

Escribir lo esencial. Este parece ser el lema de Joseph Joubert. Escritor francés nacido en 1754 que curiosamente nunca tuvo obra. Nunca publicó nada en absoluto pero escribió frases como esta: “Son buenas obras solo aquellas que han sido durante mucho tiempo, si no trabajadas, al menos soñadas”.

            Amigo de Chateaubriand y durante un tiempo ferviente defensor de la Revolución francesa, dedicó gran parte de su vida a contemplar el mundo, a condensar en unos cuantos renglones la vida, la suya y la de los demás, pero sobre todo y de manera brillante, la de los artistas. La escritura para él iba mucho más allá de un conjunto de textos, él escribía fuera de la hoja en blanco, pese a ello, sus lectores, invisibles, impreceptibles, se rinden a la sencillez de lo que otros publicaron por él. Sus aforismos, delicados paseos por el alma humana, por el paisaje que le rodeó en vida, llegan hasta hoy bañados en esa universalidad que lo envolvía y que todo buen escritor tendría que habitar. No estamos hablando de un Fernando Pessoa que, pese a no haber publicado en vida, su legado todavía se está estudiando e interpretando y, por qué no decirlo, reescribiendo. Joubert a diferencia del poeta lisboeta, no dejó nada para publicar. Apuntes, reflexiones, impresiones de la vida cotidiana fue lo que su mujer rescató tras su muerte y sus amigos ayudaron a sacar a la luz. Una manera de reconocimiento harto romántica para el oficio de escritor.

            Joubert, un lector empedernido, inmerso en las corrientes filosóficas de su época, dedicó su vida a anotar aquello que se le iba pasando por la cabeza, sin un orden, sin una estructura propia del tradicional diario íntimo. Joubert podía representar la libertad máxima, la pureza del escritor. Sin ataduras, sin imposiciones, sin asomarse a sus contemporaneos, alejado de todo contagio literario. La sutileza de sus escritos, la agudeza de su mirada nos regala un conjunto de pensamientos casi sublimes. Nuevemil páginas manuscritas durante cincuenta años y publicadas, con el título de Pensamientos, ciento catorce años después de su muerte, en 1938. Esto se llama vigencia literaria. Saltar por encima de escuelas, modas, corrientes o tendencias. Parece que para él, lo único trascendente es esa estética del lenguaje que actualmente tanto echamos en falta, tanto necesitamos. El lenguaje hecho arte.

            Qué mejor que el amor y admiración de una mujer, y un ilustre y noble amigo, de ideas en muchas ocasiones contrarias, como Chateaubiand, para dotar de credibilidad tan delicada obra y colocarla donde merece estar. “A través de la belleza de estas páginas —escribió— podrá verse lo que perdí yo y perdió el mundo (…) nunca pensamiento alguno había suscitado tantas dudas a la inteligencia, ni planteado cuestiones tan elevadas, ni inquietado tanto”. Supongo que después de esta declaración, al lector le asaltan unas ganas irrefrenables de leer a Joubert; el gran defensor de la sinceridad en el arte, de anteponer la emoción y el placer a la maestría.

            Los escritos recopilados por la Editorial Periférica, traducidos por Luis Eduardo Rivera, con el título Sobre Arte y Literatura, que recogen quizá lo más sublime de Joubert, se aproximan a lo que podría ser un decálogo estético para un escritor o cualquier artista. Todo individuo que dedique su vida a la creación debería detenerse en estas páginas.

            Para Joubert el escritor debe deshacerse de la vanidad y la pretensión, esta choca con la razón. Huía de las luces artificiales de los textos: “Las palabras son como el vidrio, oscurecen todo aquello que no ayuda a ver mejor”. Para él la literatura no solo era pasión y placer sino también cuestionarse el mundo: “Hallamos en los libros no solo lo que aumenta nuestras pasiones sino también lo que aumenta nuestras opiniones”.

            A Joubert le encantaba criticar la vanidad de aquel que crea: “Lo que es dudoso o mediocre necesita del consenso para agradar a su autor; pero lo que es perfecto lleva en sí la convicción de su belleza, de su mérito”. También alerta a los pseudopoetas, aquellos que adoptan falsas posturas del alma: “No puede hallarse poesía en ningún lado cuando no se lleva dentro”. Y a la escritura que sale de la pluma rígida, enemiga de la belleza: “Un espíritu demasiado tenso, un dedo demasiado contraido, perjudica la facilidad, la gracia, la belleza”.

            Termino este breve paseo por los desconocidos tesoros de este autor francés deteniéndome en uno de esos párrafos que muestran al verdadero escritor, el más exigente, aquel que aun sin pretender serlo, lo es.

            “Una blandura que no enternece, una energía que no fortalece nada, una concisión que no dibuja ningún tipo de rasgos, un estilo del cual no emanan ni sentimientos ni imágenes ni pensamientos no posee ningún mérito”.

            Agradecer a su mujer, cuyo nombre no logro averiguar, el rescate de las nuevemil páginas que escribió en vida y a quién quizá, antes de ni siquiera conocerla, dedico esta otra frase, “No hay que elegir por esposa sino a la mujer que uno elegiría por amigo si fuera hombre”.

            En fin, un hombre inteligente, sin ninguna duda.

G. PEREC. Los espacios.

Autora: Eva Losada Casanova

No sabía con qué me encontraría antes de abrir este libro donde los únicos protagonistas son el espacio y el individuo que lo habita: Georges Perec.

            Leo: “Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos”. El párrafo me inquieta. Avanzo por sus páginas. Están llenas de miradas, de introversión, de afirmaciones y de dudas. A través de los espacios el autor construye de manera ordenada pero desde una perspectiva del todo original, una biografía de sí mismo. Somos aquello que habitamos. Desde la hoja en blanco hasta el hueco del ascensor que, cada mañana, nos lleva al descansillo de nuestro edificio. Somos el barrio, que viene y se va de nuestro día, un espacio que del cual participamos o no. Somos para Perec un trayecto, con sus jardines, sus estaciones y sus esquinas. Cualquier espacio nos encuentra dentro.

            Después de varias páginas comprendo que Perec me ha arrastrado por el camino de la creación partiendo del espacio. Logra situarme donde él quiere, juega con la aparente simpleza del universo, otro espacio donde todo empieza pero para Perec no termina. Parece un libro casi infinito, un paseo por el todo. Perec es urbano, le gusta serlo, se mueve entre el asfalto, lo palpa y respira, por sus venas fluye la ciudad de París, ciudad desde donde parece partir la inmensidad. Sigo leyendo. La sensación de dispersión a través de la innecesaria numeración de las hojas desaparece de inmediato, no hay rompecabezas, todo, absolutamente todo en este libro obedece a una estructura previa, no hay caos sino orden. El orden del espacio. Me detengo en seco. Hay una sucesión de verbos para mudarse, otra para instalarse. Nadamos en casi trescientos verbos que Perec nos ofrece para que nos sumergamos en ellos; y mientras lo hacemos, habitamos, transformamos, abandonamos un espacio, el nuestro.

            El texto se enfrenta a una puerta, ¿cuántas cosas abre y cierra una puerta? Estamos mirando esa puerta, el autor nos lleva a través de un sendero que termina en una “pieza” sin puertas. Perec  nos invita a caminar. Leer “Especies de espacios” es caminar, subir escaleras. “No pensamos demasiado en ellas—nos dice— deberíamos aprender a vivir mucho más en escaleras. Pero ¿cómo?”. Nos dice que son ostiles, feas, lo más mezquino de los edificios. Solo las escaleras de los edificios antiguos son bellas para él. Es en ese momento cuando el lector sonríe y encuentra ternura entre las lineas escritas. Una ternura infantil y brillante.

            Llegamos a la mitad del libro y Perec nos hace cómplices de otro de sus grandes experimentos “La vida instrucciones de uso”, todavía inexistente, todavía por escribir, pero que verá la luz. Disecciona un edificio sin paredes, vidas a la intemperie; y sin darnos cuenta nos a hecho participes de su nueva novela. ¿Otro juego?

            Por si fuera poco, van apareciendo más juegos, ejercicios de observación perfectos para cualquiera cuyo oficio sea la escritura. Nos invita a detener la mirada en lo cotidiano, aquello que pasa desapercibido, provocar eclipses de sol con un dedo o cambiar el tamaño de las cosas; en definitiva, mira el mundo desde otro lugar. Mirar aquello que está pero no vemos. Anécdotas, citas, escenas de infancia…Todo tiene un espacio, todo es parte de ese espacio, de las “Especies de espacios” de Perec. Traducido por Jesús Camarero, publicado originalmente en 1974 y aparecido en España de la mano de la editorial Montesinos.

“Mis espacios son frágiles: el tiempo va a desgastarlos, va a destruirlos: nada se parece ya a lo que era, mis recuerdos me traicionan, el olvido se infiltrará en mi memoria…”

La rata de Zaniewski. Literatura no complaciente.

Autora: Eva Losada Casanova

Una de las grandes destrezas de un escritor es ser capaz de convertirse en lo que no es ni será nunca: algo no humano. Se necesita no solo una imaginación desbordante sino una habilidad más complicada de poseer: capacidad de transfiguración, o quizá, capacidad para olvidarse de la propia especie, distancia, invisibilidad. Y no estamos hablando de fábulas inocentes, de literatura infantil o juvenil, no. Hablamos del poder del escritor para hacernos sentir que somos una víbora viuda o un roedor en busca de comida en los sótanos de un viejo hotel. Kipling describe la lucha entre una serpiente y una mangosta de tal forma que cuando estamos leyendo Rikki-tikki, uno de sus relatos, sentimos las garras clavadas en la fría piel del reptil, sentimos el calor humano como algo ajeno y la estupidez del pájaro como evidente. El escritor cubano Reinaldo Arenas va más allá, en su novela El portero, el escritor, nos eleva por encima de lo animal y de lo humano, por encima del entendimiento mismo y nos coloca allí arriba, liderando la revolución, hablando con las mariposas entre los rascacielos neoyorkinos. Orwell utiliza la fábula para ilustrarnos sobre el totalitarismo, sobre las revoluciones y utiliza la sátira como vehículo. Otros escritores se meten en la piel de bestias, algunas casi humanas. Pero fue el escritor polaco Andrzej Zaniewski, hace ya cuarenta años, quien se sirve de la fábula de la manera más cruda, sin dobleces, cuando se transforma en una joven rata, una rata que come, copula y devora o en la madre rata que protege y también destruye, en un ser vivo con anhelos, una bestia que tiene que sobrevivir, alimentarse, beber, que huye entre fogones, tuberías, agujeros y piensa en cómo vivir un día más. Si hay un libro que permanece aferrado a la memoria de uno a fuego vivo es este. Zaniewski nos transforma en su rata. Logra que sintamos claustrofobia mientras nos escondemos tras un armario de metal, que se nos revuelva el estómago cuando devoramos a nuestras crías enfermas para que no mueran por el camino. La rata es eso, es lo más tierno que puede encerrar la vida de una rata, de una familia de ratas. Ninguna tiene nombre propio pero todas desempeñan su rol. Una es vieja, otra es “él” y otra es simplemente “ella”. La naturaleza en toda su sencillez y complejidad al mismo tiempo. Sexo, violencia…todo parece valer, somos ratas. El miedo está latente desde la primera frase, desde su nacimiento, el nuestro, desde que tomamos conciencia de qué es lo que realmente somos, hasta la muerte. El miedo nos mueve, nos termina por salvar, nos hace fuertes. La arrogancia humana asoma con el arma afilada. El argumento no existe. No existe, al menos, como hilo conductor hacia algún sitio, o algún final. No hay lugar donde ir, ningún rincón es seguro. Da igual si Zaniewski nos llega a aburrir, de hecho es posible que lo haga, es lógico, ser una rata es aburrido, lo fascinante de ese libro es eso, ser, pensar, movernos y vivir como ellas, como las ratas. Olfatear la basura, beber en los charcos de podredumbre con el estruendo de las bombas cayendo.

“Dentro de ti el tiempo y el espacio convergen, se contraen, nada importa qué pasó antes y qué paso después”.

Allí fuera hay una guerra, una guerra humana que no está definida, puede ser cualquier guerra. La sociedad llevada a lo más esencial, a lo básico: comer, dormir, copular y sobrevivir; pero sobre todo huir. No importa si somos hombres o animales, eso no cambia. Las emociones, no descritas, existen, son las del lector, es él quién las pone en el texto, es el lector quién completa lo que Zaniewski narra.

En esta novela cada frase, cada coma, están cuidadosamente pensadas para que la narración reproduzca fielmente el pensamiento de la rata. Un estilo nada convencional que en numerosas ocasiones se salta alguna de las reglas más elementales a la hora de escribir novela, de narrar. No importa. Es el lenguaje en su estado puro, al servicio del entorno, al servicio de la atmósfera que nos atrapa y oprime de forma desgarradora, con el poder que otorgamos a la composición narrativa, al ritmo y la armonía. Esto es dominar el arte de escribir. Han pasado veinte años desde que yo misma me transformé durante una semana en la rata y desde ese día no he podido olvidarlo. ¿No es ese el fin último de los buenos textos? Esto no es cine, es literatura. Esa literatura no complaciente que parece no tener límites, aquella que no luce con el sol, ni bajo los focos, aquella que resplandece por sí misma.

“Procuro vivir en la frontera de ambos mundos —el de las ratas y el de los hombres —más en la superficie que debajo de ella. Vivo con miedo, vigilante, nervioso. Pero aquí el mundo de los hombres y el mundo de las ratas se entremezclan, se confunden, se cruzan, se unen, se identifican…”

La rata. Novela de Anderzeg Zaniewski. Publicada por Alianza Editorial en 1994.