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Las Tres mujeres de Robert Musil

Tres mujeres. Robert Musil

 

Autora: Eva Losada Casanova

Es posible que cuando un lector aborda Tres mujeres, lo haga con una lejana pero clara sospecha de que quizá, Robert Musil, haya pretendido profundizar en la psicología femenina, en esa naturaleza que le es ajena pero que, como buen estudioso de las relaciones humanas, se alza como un reto para el escritor que ejerce. En seguida, a medida que avanzamos por la exuberante naturaleza musiliana, comprendemos que no, y una vez más nos conformamos con un análisis masculino del territorio que se nos abre.

“…allí no le median a uno por sus cualidades humanas, como en el resto del mundo— que si era formal, poderoso y temible, o bien fino y guapo—, sino que fuera el hombre que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de la vida, uno encontraba afecto porque había traído la prosperidad; el afecto iba delante de uno como un heraldo; le estaba esperando en todas partes como una cama recién preparada para el huésped”.

Este análisis escorado no nos detiene. No nos importa. La profundidad, calidad, interés y prosa de Tres mujeres, está a la altura de cualquier gran obra europea de la primera mitad del pasado siglo. El lenguaje rupturista, condensado, rico y estéticamente impecable, aflora por encima de cualquier trama, de cualquier núcleo o catálisis.

“Al entrar él silenciosamente, ella le consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que, sin embargo, hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y en cuyo interior uno sin embargo, se desliza”.

            La sucesión de símiles, metáforas y figuras narrativas varias, nos envuelven en la primera página y ya no nos abandonan hasta que en el último relato, el de la silenciosa y enigmática Tonka, aflora, finalmente la intención última del autor: diseccionar en la mesa de su laboratorio las relaciones de poder— todas y cada una—, utilizando como un tubo de ensayo ese poder que un hombre pudiente ejerce sobre una campesina a la que compara con una vaca; eso sí, una vaca atractiva, que despierta en él un claro instinto animal, un peligroso e intenso instinto animal. La primera historia se titula Grigia: una campesina joven, deseable y de convicciones firmes a quien se le cruza Homo. Un hombre poderoso de ciudad. Musil, juega con su personaje masculino como si se tratase de un ratoncillo al cual se le ha inyectado libertad y vitalidad en una mono dosis mortal. El resultado es impecable, mientras la historia se diluye, la fuerza de ambos, se concentra en la emoción del lenguaje que asume un protagonismo indiscutible y nos lleva hasta un final perfecto y glorioso. No cabría otro mejor. Es en ese momento cuando te abalanzas sobre las siguientes dos historias: La portuguesa y Tonka. En el universo de La portuguesa, la bella portuguesa, suenan trompetas fantásticas; caminamos ahora por un universo casi medieval donde Musil echa mano de una larga sucesión de metáforas e historias de gatos y encantamientos —casi un guiño al gran Poe— para mostrarnos hasta qué punto, los celos, son capaces de cavar nuestra propia tumba. Tema recurrente en su obra y en este libro formado por tres vidas bañadas por las obsesiones. ¿Las del autor? Probablemente.

            Destacan las descripciones de estas tres mujeres. Son magistrales. “Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota”. Hay que conocer a Tonka para comprender que, efectivamente, su alma está contenida en esas gotas de lluvia.

“La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que estos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aun una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esa hendidura desaparece cuando estamos despiertos , como si solo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka”.

            Me pregunto, a medida que avanzo por este ir y venir de gestos y silencios femeninos, si estas tres mujeres no son la misma mujer a la cual acompaña tres hombres diferentes, tres Robert Musil en tres momentos de su vida. Quizá, su primera novela, Los extravíos del colegial Törless, sobrevuelen a Tonka, o quizá no. Las tres mujeres anteponen su naturaleza a todo lo demás, las tres son conscientes de su propio poder, invisible para el hombre. Y, las tres, motivan la desesperación y la locura del que las desea. Otro de los grandes temas de Robert Musil: el erotismo. El otro es la culpa. Esa culpa que se instaló en su vida de una de su obras de referencia: Crimen y Castigo.

            Tres mujeres es brillante, producto de tiempos convulsos donde el modernismo entraba gritando en Austria, donde el feminismo buscaba su espacio, donde los pilares de la moral se tambaleaban y los movimientos sociales eran mareas espumosas. Esos años que fueron el abono de grandísimos autores que, como él, vivieron en el exilio e hicieron de aquel tiempo, el eje de su obra: Broch, Schnitzler, Rilke, Roth, Kraus, Zweig, Sperber, Kafka o Canetti.

            Tres mujeres es la antesala, el camino directo hacia su gran obra, aquella para la que pareció nacer: El hombre sin atributos. La ironía salpicada de historia, imaginación, dispuesta a hacer uso del lenguaje para brillar por encima de cualquier época. “La ironía no es para mí un gesto de superioridad, sino una forma de lucha”.

            Lástima que fuera un autor escaso como alguno de su ilustres amigos. Lástima que su muerte repentina no le permitiera finalizar la obra de su vida. Y lástima que esta edición de Tres mujeres que tengo en mis manos, y tanto me ha costado conseguir traducida a nuestro idioma, (Seix Barral 1985), esté tan descuidada, con erratas y algunas frases sospechosamente mal traducidas. Pese a ello, su lectura ha sido de los más placentero. Hay autores que no se puede con ellos. Espero de verdad que no tengamos que aguardar a que sea de nuevo su aniversario para que se mime más a este autor. Sería una gran apuesta que fuera una grande de la traducción, como por ejemplo Isabel Adánez, la que tase cartas en el asunto. ¡Ojalá! Dijo una lectora.

Tres mujeres. (Drei Frauen). Robert Musil. Traducción de La portuguesa Mario Benedetti. Traducción de Grigia y Tonka, Ingrid Zeder.Seix Barral (1985, 2013). Austral 2013

 

Rubaiyat. De Khayyam a Pessoa

Autora: Eva Losada Casanova

Aquellos que bebemos en los océanos pessoanos, no nos extraña avistar nuevas embarcaciones atravesando el horizonte. Nos quedamos absortos y entusiasmados con la posibilidad de asaltar un nuevo espacio donde la genialidad del poeta portugués haya acampado. De esta manera, en mi nuevo y reciente asalto, me topo, en la cubierta de ese barco, con nada más y nada menos que a Omar Jayam (o Khayyam), el gran matemático, astrónomo, filósofo y poeta persa que, a parte de poner nombre a un cráter lunar y ser el causante de los desvelos de cualquier estudiante de primaria —gracias a su aportación al mundo del álgebra— escribió un puñado de versos en farsí (persa), de métrica peculiar: los Rubaiyat o cuartetos. Todos ellos son versos con ese halo de pesimismo, derrota y desasosiego que tan familiar nos resulta. Descubro, además, que Pessoa se adentra en ellos de la mano de Fitzgerald y su versión adaptada y rimada que hizo el escritor en 1859 de los versos originales. Aquella hazaña permitió a Pessoa acceder a los mismos, nadar en ellos y crear su propia obra de Rubaiyat. Ventajas de hablar idiomas en tiempos remotos, de llegar a lugares en la literatura vedados para el resto de los mortales. Descubro también que Fitzgerald se tomó sus licencias de traductor y conocedor de la cultura occidental cuando, a finales del siglo XIX, decide cómo debe ser esa adaptación, limitando la obra de Omar Jayam a solo aquellos versos donde la rima estaba en el primero, segundo y cuarto verso, quedando libre el tercer verso. Pensaría que quizá nos resultaría todo más familiar.

Hubo más intentos de traducir, a otros idiomas, los versos de Omar Jayam pero, sin duda, la traducción del escritor americano fue la que más trascendió. Averiguo además que, como si se tratara de un ser independiente, la obra del maestro persa, crece gracias a las aportaciones anónimas, y aquel puñado de versos se transforma en cientos primero y miles después. Y es que, la desesperanza, las miserias humanas, las adicciones, la tristeza y la muerte son universales, se repiten hasta la saciedad; convirtiendo la obra de Jayam en la semilla de una obra anónima y universal. Nuestro querido poeta del Chiado, de vidas múltiples, de sueños infinitos y asiduo a refugiarse en los cafés de la capital lusa—no siempre a tomar café—no pudo evitar adentrarse también en el mundo infinito del Rubaiyat, de sus túneles hacia lugares sombríos, hacia los interrogantes que planea la ciencia. Un mundo de ruptura con lo establecido y, en definitiva, un mundo de dolor. Ese dolor en el que Pessoa se sentía à vontade. Sabemos que la obra de Pessoa crece, que se ha publicado solo una parte, que al igual que la obra de Jayam, vive por sí sola. Por eso, al igual que tantos otros versos, pensamientos y textos, los Rubaiyats del portugués también están incompletos, una obra a medio hacer que, parece ser, iba a completarse con un ensayo sobre Jayam donde su filosofía, del todo epicúrea, iba a ser diseccionada por el escritor portugués. Una filosofía a la que un lunes parece adscribirse y un martes ya no. Esa eterna duda pessoana, la duda que quizá dio a luz a sus heterónimos, subyace permanentemente. “Hay días en los que esa filosofía me parece la mejor, y hasta la única, de todas las filosofías prácticas. Hay otros días en los que me parece muerta inútil. Como un vaso vacío. No me conozco porque pienso….” —dice el portugués en sus anotaciones.

A ambos poetas parece unirles el tedio, y quizá es de ese tedio, del cual nace la profunda admiración de Pessoa hacia Jayam.

“El tedio de Jayam no es el tedio del que no sabe lo que hace, porque en realidad nadie puede o sabe hacer. Ese es el tedio de los que nacieron muertos, y de los que, con legitimidad, se inclinan hacia la morfina o la cocaína. El tedio del sabio persa es más profundo y noble que eso”.

Leyendo fragmentos sueltos de este frustrado ensayo u homenaje a los Rubaiyat, descubro que, al igual que sucede en El libro del desasosiego, Pessoa cita, una vez más al psicólogo francés Jean-Gabriel Tarde: “La vida es la búsqueda de lo imposible a través de lo inútil”. Con esta cita, que siempre me ha fascinado, comprendo que el trío del tedio, se acaba de completar.

Continúo leyendo esta joya inédita de Fernando Pessoa, esta colección de Canciones para beber que no sabemos si en su día quiso publicar. Me detengo en aquellos Kubaiyats intensos, sonoros, extraños, escritos en un portugués limpio que, en ocasiones me lleva a pensar en el desamor entre Ophelia y el poeta, en sus desencuentros.

Trazes as rosas que te não pedí.

E máis que ás rosas, vens trazer-me a ti.

Mas estou cheio só do entendimiento

E tudo quanto tragas já perdí.

En fin, un Pessoa inédito que recomiendo a todos aquellos con sed de tedio. Un delicado y fascinante conjunto de 182 Rubaiyat cuya escritura lo acompañaron los últimos años de su vida, sumido, quizá en un estado de efímera sobriedad, soledad y también lucidez, esa que nos dejó. Un tesoro que me llega dando un gran rodeo, desde Ciudad de México, de la mano de la jovencísima editorial vasca, El Gallo de Oro, con textos traducidos y seleccionados por el psicólogo y escritor vasco Beñat Arginzoniz (2015).

¡Ah bebe! La vida no es buena o mala,

lo que le dimos es lo que nos da.

Todo se devuelve a lo que no fue,

y nadie sabe lo que es o lo que habrá.

La mancha en la pared de Virginia Woolf

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Autora: Eva Losada Casanova

Hay textos que se abren despacio, después de dos o mas lecturas. Emergen como experimentos de laboratorio y van formándose, con paciencia, como un mecano en la mente del lector. Textos que nacen de la confrontación, de la imperiosa necesidad de decir. Con pocos relatos he tenido una experiencia tan extraña y cautivadora al mismo tiempo que con La mancha en la pared de Virginia Woolf. Bañado en una melancolía poco común, una melancolía sólida, no blanda, como “huesos enterrados en la tierra”, una melancolía que ella tilda de inglesa, de paseos entre jardines sombríos. Es la melancolía de Orlando, aquel personaje, a caballo entre lo femenino y lo masculino, entre la fantasía y la denuncia, esa melancolía que tiñe muchas de sus obras. Virginia parte de la realidad desfigurada para iniciar su fluir de conciencia. Aparentemente, durante la primera lectura, puede parecer que el desorden ocupa el texto, que todo es un divagar por esto o por aquello. Nada más alejado de la realidad. Este relato, el primero que publicó, está organizado de tal manera que nos transporta por la vida de la autora valiéndose de símbolos, símiles, metáforas y un sin fin de pequeños senderos que van y vienen por sus inquietudes y escasas certezas. Rechazo, inconformismo, creación, guerra, literatura y un laicismo latente de la mano de la naturaleza como orden supremo.

Es un relato inquietante, donde reina un manejo magistral de la transición. Liga de manera fluida, armónica y con un ritmo cuidado, cada idea, cada regresión; y lleva al lector, en sus continuas lecturas, hasta lo más profundo de su propia conciencia. Utiliza el espejo, el reflejo, para alejarnos; y la aparente realidad para acercarnos. “Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento…La ignorancia de la humanidad”.

El rechazo a lo doméstico, al hombre belicista, a la invisibilidad de la mujer, a la sordera del mundo y, sobre todo, el rechazo a la tradición a esa maldita tradición donde siempre parece sentirse presa. ¿Es posible contar todo esto desde el realismo? Probablemente no. No, al menos, en ese momento y por una mujer. Es por eso por lo que se inicia en esa huida del realismo acuciante para adentrarse en una prosa distinta, modernista, estética, donde el lenguaje, además de esconder, está al servicio de las emociones y las sensaciones, antes que a la razón. Quizá no tuvo más remedio que hacerlo. El tiempo, lo humano, el entorno social, todo parece tener un lugar entre “los dedos del gigante”. La autora nos embarca en los procesos creativos, en la contemplación como semilla, en la imperiosa necesidad de huir de la realidad para sobrevivir a ella. En el libro como refugio y en el poder embaucador, determinante y único de la naturaleza.

Este es un relato único, diferente, modernista, como ella, como gran parte de su obra. Un primer relato publicado, trabajado, cuidado hasta la última coma. Nada en él parece obedecer al caos, a la letra improvisada. Nada sobra.

¿Quién es ella realmente? ¿Aquello que se ve? Es o no es aquello una mancha en la pared. ¿Un clavo quizá? Qué importa lo que sea, lo interesante es dónde nos lleva.

 

Una mancha en la pared de Virginia Woolf.  Hoghart Press 1917 Londres.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Veinticuatro horas ZWEIG

AUTORA: Eva Losada Casanova

“La mayoría de los hombres posee escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles.”

 Stefan Zweig, un maestro en todo aquello relacionado con el lenguaje, con la narración, la prosa y la escritura, es además uno de esos escritores que sabe, como nadie, arrastrarnos sin resistencia, sin voluntad a través de las puertas de sus textos. Su tono, su punto de partida, su franqueza quizá, su prosa magnifica y verdadera, su falta de artificio y la contención de datos innecesarios en sus escritos, pueden ser algunos de esos ingredientes que lo convierten en un escritor excepcional. Zweig dedicó también su vida a coleccionar manuscritos originales, partituras y cualquier documento donde se pudiera observar el proceso de creación de mano de su autor. Era, en definitiva, un ser al que le gustaba partir de la esencia y pocas veces se alejaba de ella. Los lectores de Zweig, más aun las lectoras, no me pregunten el por qué —quizá es el profundo respeto que nos tenía— terminamos irremediablemente queriéndole, sintiendo un verdadero afecto por un hombre de una integridad literaria que emociona desde que comenzó a gestarse todo su trabajo: ensayo, novela, biografía, etc.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una de sus grandes obras y quizá una de las mejores novelas cortas que se hayan escrito, parte de una discusión entre un grupo de huéspedes de una pequeña pensión de la Riviera. Y como toda gran obra, no importa el lugar, ni el tiempo, sino la idea en sí misma. Esa idea que, como una sombra, cubre el texto y lo alimenta, no es otra que la obsesión. ¡Qué mejor campo de cultivo literario que la mente femenina! Sus esquinas y recovecos, sus falsos precipicios o agujeros profundos… Las posibilidades son infinitas y Zweig, un gran conocedor de nuestra psique, lo sabía. Sobre esta novela se podrían hacer todo tipo de psicoanálisis, podríamos descomponerla, analizarla, desmenuzarla e ilustrar con ella una clase de psicología, es cierto, pero desde el punto de vista literario, sus bondades son también otras. Y es que, en apenas cien páginas que uno devora durante un suspiro trágico, apretando los labios, sin apenas cambiar de postura, esta obra encierra una de las escenas más impresionantes de la literatura. Hablo de escena, no pasaje, porque el texto es de una plasticidad abrumadora. Es difícil, muy difícil, que un género como el cine logre reproducir una escena tan sublime sin quedarse a mitad de camino, sin decepcionar al lector-espectador, sin desesperar a un actor, guionista o director. La construcción del personaje que hace el autor a través del movimiento de sus manos, del ir y venir de sus dedos, del diálogo entre dos partes de un mismo cuerpo, es sencillamente magistral. “Y las manos ponen al descubierto impúdicamente su secreto”, nos dice Zweig antes de comenzar la narración. Y no solo provoca que el lector vuelva atrás a leer una vez más lo escrito, no para entenderlo, no, sino para disfrutarlo. Y es a partir de ese momento, de ese placer, casi físico, carnal, con lo descrito, cuando comprendemos que ya nunca volveremos a observar las manos de otro ser humano como lo hacíamos hasta ahora.

Zweig domina el terreno que pisa y navega con soltura por la obsesión de una anciana, Mistress C, como si él mismo la padeciera. Esa obsesión va acompañada de otro tema que termina de dar forma a la historia y que es recurrente en su obra: la culpa. La culpa es recurrente desde la primera línea, es esa culpa la que determina el resto de la narración.

Zweig, recurre, una vez más, a la misma estructura que utiliza en Mendel el de los libros: el testimonio. Supongo que se siente cómodo, que lo disfruta. Es posible, como dicen algunos críticos literarios, que fuera una novela de la poco conocida escritora y poeta francesa, Constance de Salm, la inspiradora de la obra de Zweig. Los títulos de ambas coinciden, es cierto. El título de la novela de la princesa de Salm —Constance Marie de Théis— es Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible. Ambas novelas, obviamente, como reza el título, transcurren durante un día, aunque el lector, en realidad, no tiene una percepción tan nítida del tiempo que se consume. Es más, en la obra de Constance de Salm, las horas parecen ser infinitas y el tiempo otro. En ambas novelas es una mujer la que se obsesiona, es una mujer solitaria la que sufre y es una mujer la que lucha consigo misma, con sus deseos. Hasta aquí el parecido es indudable; pero hay una gran diferencia entre un texto y el otro, esa diferencia es la que distancia a ambas novelas. Mientras Zweig habla de la obsesión y, por qué no, de la vejez, “la vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”, Constantine Salm trata los celos en estado puro, a corazón abierto. Son los celos el eje de la novela de la escritora. Los celos a través de una estructura epistolar, propia de aquella época, ya que se publicó en 1824 y es recientemente, en 2011, cuando la editorial Funambulista la rescata con una estupenda traducción de Isabel Lacruz.

¿Qué es aquello que ambas obras comparten? Quizá, un estudio profundo, nítido, verídico y exquisitamente tratado de la psicología femenina. Es “…el amor como forma de autismo” mostrado por Salm y la pasión como forma de obsesión tratada por Zweig. En fin, lo importante, más que buscar similitudes e influencias entre ambas novelas, es el contenido, aquello que el autor y la autora quisieron, cada uno a su manera, volcar en el texto de sí mismos, lo que quisieron transmitir y el por qué.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, sin duda, una joya más de su extensa y carismática obra literaria. Obra que se vio prematuramente interrumpida por un trágico final, de libre elección y que, a mi parecer, obedece sin duda a una búsqueda permanente de la perfección humana, algo inexistente, ni siquiera en su ficción. Esperar a la vejez no fue una opción, quizá no llegó nunca a experimentar las palabras que un día puso en boca de Mistress C., “La vejez no es nada más que dejar de sufrir por el pasado”. Sino que más bien se aferró a las de Séneca: “Es débil e indolente quien a causa del sufrimiento decide su muerte, necio quien vive para sufrir”.

 Veinticuatro horas en la vida de una mujer de la editorial Acantilado (2000) ha sido traducida por María Daniela Landa.

Desde La Montaña mágica de Thomas Mann

Autora: Eva Losada Casanova

La montaña mágica no es un libro, ni siquiera una historia; es la existencia humana, es el tiempo de vida y de muerte. El lector que decide instalarse en la montaña debe estar preparado para un larguísimo viaje por la vida que a veces dura un día o también puede durar años. El lector que toma la decisión de embarcarse con Thomas Mann en un trayecto de más de 1000 páginas, iniciado en 1924, donde pisamos todo lo imaginable y abarcamos, de manera profunda y meditada, la muerte, la enfermedad, el amor, la política, la medicina y, en definitiva, al individuo; ese lector valiente se muda al universo de Hans Castorp, un joven a punto de asomarse por primera vez al abismo de la vida y a los ojos de un moribundo. Y el lector, al igual que Hans, se aisla del mundo de “ahí abajo” para habitar el mismísimo universo. Ahí, creo yo, radica toda la belleza de este libro. Árduo en su lectura, para qué negarlo, dificil a veces, enternecedor otras y, casi siempre, sorprendente. La maldad pasea despacio entre los personajes, está presente, junto al amor, junto a la muerte y hace guiños permanentes a la vida. La maldad como “el arma más brillante de la razón contra las fuerzas de las tinieblas y la fealdad. La maldad—dice nuestro literato Settemnbrini—es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del progreso y la ilustración”.

¿Qué sucede en La montaña mágica? No sucede nada y al mismo tiempo, todo acontece, todo está allí arriba. Todo cambia y al mismo tiempo permanece, la juventud se disipa, la enfermedad se habita como se habitaría un país, una ciudad. Y siempre bajo la atenta mirada del tiempo y, a veces, del hastío que en ocasiones nos trae suaves efluvios de la obra de Pessoa, Pavese o Buzzati. El tiempo como extensión infinita, como un desierto de tártaros.

“La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre”.

La montaña está bañada en tristeza, es cierto, pero desde la terraza, desde el mirador, bajo la manta, se extienden las montañas, el aire frío, la vida y todo lo que debe volver. Todo es espera, vivir es esperar.

“Hans Castorp aspiró profundamente el aire puro de la montaña, ese aire fresco y ligero que penetra sin esfuerzo, carente de humedad, de contenido, de recuerdos…”.

El amor, parte del desierto del tiempo, latente en cada página, nos acoge de una manera agria y dulce al mismo tiempo, enredado en una pura contradicción, al igual que en la vida. La figura de Madame Chauchat, llena las hojas de este libro como una brisa estacional a veces y como un vendaval otras. El lector, hombre o mujer, cae rendido a sus pies, mira, una y otra vez, la pequeña radiografía que desvela el misterio que el autor tan bien ha sabido construir en torno al gesto de esta mujer entre “la gente de las alturas”. Donde “la enfermedad transformaba la esencia en cuerpo”.

La montaña mágica es también un baño de belleza, donde la palabra brilla, se acomoda en cada párrafo como una caricia del buen gusto, del escritor grande que se detiene en cada frase como si fuera la única. Con unas descripciones del comportamiento humano, del ademán corporeo, sublimes, el autor consigue que sintamos, toquemos y respiremos a través de todos y cada uno de los personajes que suben a la montaña; “…de repente se agarraba como un poseso a su vecino, hombre o mujer, lo sujetaba con sus largas manos como con unas tenazas y lo arrastraba consigo, a pesar de su resistencia llena de espanto y sus gritos de socorro, a los dominios de su propia angustia”.

La montaña mágica es un tratado de política, filosofía, historia, medicina, sociología, psicología y literatura. En ocasiones, el lector siente que el conocimiento que emana de sus páginas es imposible abarcarlo en toda una vida, quizá sea ese uno de los mensajes de Mann: la infinitud dentro de la finitud de la propia muerte, de la enfermedad que “acentúa la conciencia del cuerpo…”. Subir a esta montaña es estar dispuesto a no bajar, a perderse en ella para encontrarse con uno mismo al mismo tiempo que nos tropezamos con la humanidad.

            El autor toma partido y a medida que avanzamos en la lectura creo decubrir, intuir, adivinar su voz nítida instalada en uno de sus personajes, un profesor humanista, ideológo, arquitecto de la República Universal, y mentor, por definirlo de alguna manera, de “nuestro héroe”.

La nueva traducción de Isabel García Adánez para la editorial Edhasa en 2005 es, sin duda, excelente. De decisiones arriesgadas y envuelta en una complicidad extrema, resuelve con astucia todos los problemas que el texto plantea. Salva algunas de las dificultades del texto original, sin duda, y suaviza el lenguaje hasta dejarlo fluir, igual que los años.

Y como toda gran obra y gran montaña, la cumbre es alcanzada y en ella, el gozo, la satisfacción y también la calma, nos sobrevienen. Allí encontramos la enfermedad, la muerte, las despedidas, los apegos y la desesperación, pero también es la paz, el sosiego del “no hacer”, la contemplación del mundo, la búsqueda de respuestas, la eternidad que anida al final de una vida.

Un libro, pese a todo, vital; obligatorio para todo aquel que escribe, aquel que siente la lectura como un estado hipnótico, una experiencia estética, es para aquellos lectores que se quedan viviendo en los libros y los hacen suyos para siempre. Un libro para un largo verano o noches de insomnio en un desierto. Un desierto que nunca termina y que puede ser atravesado como el lector elija, desde y hacia donde él decida. Es un libro que altera cualquier experiencia humana del tiempo, el tiempo como objeto, como juego novelesco e intelectual, algo con lo que su autor disfruta, y mucho, desde la primera página hasta la última.

“La enfermedad acentuaba la conciencia del cuerpo, remitía al hombre a su propio cuerpo y lo dejaba enteramente a merced de éste; así pues, al rebajar al hombre a esa categoría de mero cuerpo, perjudicaba a su dignidad hasta el punto de acabar con ella. La enfermedad era por tanto, inhumana”.

La montaña mágica (Der Zauberberg, 1924) Thomas Mann. Edhasa. 2005,2009.

Joseph Joubert. La esencia del escritor sin obra

Autora: Eva Losada Casanova

Escribir lo esencial. Este parece ser el lema de Joseph Joubert. Escritor francés nacido en 1754 que curiosamente nunca tuvo obra. Nunca publicó nada en absoluto pero escribió frases como esta: “Son buenas obras solo aquellas que han sido durante mucho tiempo, si no trabajadas, al menos soñadas”.

            Amigo de Chateaubriand y durante un tiempo ferviente defensor de la Revolución francesa, dedicó gran parte de su vida a contemplar el mundo, a condensar en unos cuantos renglones la vida, la suya y la de los demás, pero sobre todo y de manera brillante, la de los artistas. La escritura para él iba mucho más allá de un conjunto de textos, él escribía fuera de la hoja en blanco, pese a ello, sus lectores, invisibles, impreceptibles, se rinden a la sencillez de lo que otros publicaron por él. Sus aforismos, delicados paseos por el alma humana, por el paisaje que le rodeó en vida, llegan hasta hoy bañados en esa universalidad que lo envolvía y que todo buen escritor tendría que habitar. No estamos hablando de un Fernando Pessoa que, pese a no haber publicado en vida, su legado todavía se está estudiando e interpretando y, por qué no decirlo, reescribiendo. Joubert a diferencia del poeta lisboeta, no dejó nada para publicar. Apuntes, reflexiones, impresiones de la vida cotidiana fue lo que su mujer rescató tras su muerte y sus amigos ayudaron a sacar a la luz. Una manera de reconocimiento harto romántica para el oficio de escritor.

            Joubert, un lector empedernido, inmerso en las corrientes filosóficas de su época, dedicó su vida a anotar aquello que se le iba pasando por la cabeza, sin un orden, sin una estructura propia del tradicional diario íntimo. Joubert podía representar la libertad máxima, la pureza del escritor. Sin ataduras, sin imposiciones, sin asomarse a sus contemporaneos, alejado de todo contagio literario. La sutileza de sus escritos, la agudeza de su mirada nos regala un conjunto de pensamientos casi sublimes. Nuevemil páginas manuscritas durante cincuenta años y publicadas, con el título de Pensamientos, ciento catorce años después de su muerte, en 1938. Esto se llama vigencia literaria. Saltar por encima de escuelas, modas, corrientes o tendencias. Parece que para él, lo único trascendente es esa estética del lenguaje que actualmente tanto echamos en falta, tanto necesitamos. El lenguaje hecho arte.

            Qué mejor que el amor y admiración de una mujer, y un ilustre y noble amigo, de ideas en muchas ocasiones contrarias, como Chateaubiand, para dotar de credibilidad tan delicada obra y colocarla donde merece estar. “A través de la belleza de estas páginas —escribió— podrá verse lo que perdí yo y perdió el mundo (…) nunca pensamiento alguno había suscitado tantas dudas a la inteligencia, ni planteado cuestiones tan elevadas, ni inquietado tanto”. Supongo que después de esta declaración, al lector le asaltan unas ganas irrefrenables de leer a Joubert; el gran defensor de la sinceridad en el arte, de anteponer la emoción y el placer a la maestría.

            Los escritos recopilados por la Editorial Periférica, traducidos por Luis Eduardo Rivera, con el título Sobre Arte y Literatura, que recogen quizá lo más sublime de Joubert, se aproximan a lo que podría ser un decálogo estético para un escritor o cualquier artista. Todo individuo que dedique su vida a la creación debería detenerse en estas páginas.

            Para Joubert el escritor debe deshacerse de la vanidad y la pretensión, esta choca con la razón. Huía de las luces artificiales de los textos: “Las palabras son como el vidrio, oscurecen todo aquello que no ayuda a ver mejor”. Para él la literatura no solo era pasión y placer sino también cuestionarse el mundo: “Hallamos en los libros no solo lo que aumenta nuestras pasiones sino también lo que aumenta nuestras opiniones”.

            A Joubert le encantaba criticar la vanidad de aquel que crea: “Lo que es dudoso o mediocre necesita del consenso para agradar a su autor; pero lo que es perfecto lleva en sí la convicción de su belleza, de su mérito”. También alerta a los pseudopoetas, aquellos que adoptan falsas posturas del alma: “No puede hallarse poesía en ningún lado cuando no se lleva dentro”. Y a la escritura que sale de la pluma rígida, enemiga de la belleza: “Un espíritu demasiado tenso, un dedo demasiado contraido, perjudica la facilidad, la gracia, la belleza”.

            Termino este breve paseo por los desconocidos tesoros de este autor francés deteniéndome en uno de esos párrafos que muestran al verdadero escritor, el más exigente, aquel que aun sin pretender serlo, lo es.

            “Una blandura que no enternece, una energía que no fortalece nada, una concisión que no dibuja ningún tipo de rasgos, un estilo del cual no emanan ni sentimientos ni imágenes ni pensamientos no posee ningún mérito”.

            Agradecer a su mujer, cuyo nombre no logro averiguar, el rescate de las nuevemil páginas que escribió en vida y a quién quizá, antes de ni siquiera conocerla, dedico esta otra frase, “No hay que elegir por esposa sino a la mujer que uno elegiría por amigo si fuera hombre”.

            En fin, un hombre inteligente, sin ninguna duda.

G. PEREC. Los espacios.

Autora: Eva Losada Casanova

No sabía con qué me encontraría antes de abrir este libro donde los únicos protagonistas son el espacio y el individuo que lo habita: Georges Perec.

            Leo: “Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva: arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos”. El párrafo me inquieta. Avanzo por sus páginas. Están llenas de miradas, de introversión, de afirmaciones y de dudas. A través de los espacios el autor construye de manera ordenada pero desde una perspectiva del todo original, una biografía de sí mismo. Somos aquello que habitamos. Desde la hoja en blanco hasta el hueco del ascensor que, cada mañana, nos lleva al descansillo de nuestro edificio. Somos el barrio, que viene y se va de nuestro día, un espacio que del cual participamos o no. Somos para Perec un trayecto, con sus jardines, sus estaciones y sus esquinas. Cualquier espacio nos encuentra dentro.

            Después de varias páginas comprendo que Perec me ha arrastrado por el camino de la creación partiendo del espacio. Logra situarme donde él quiere, juega con la aparente simpleza del universo, otro espacio donde todo empieza pero para Perec no termina. Parece un libro casi infinito, un paseo por el todo. Perec es urbano, le gusta serlo, se mueve entre el asfalto, lo palpa y respira, por sus venas fluye la ciudad de París, ciudad desde donde parece partir la inmensidad. Sigo leyendo. La sensación de dispersión a través de la innecesaria numeración de las hojas desaparece de inmediato, no hay rompecabezas, todo, absolutamente todo en este libro obedece a una estructura previa, no hay caos sino orden. El orden del espacio. Me detengo en seco. Hay una sucesión de verbos para mudarse, otra para instalarse. Nadamos en casi trescientos verbos que Perec nos ofrece para que nos sumergamos en ellos; y mientras lo hacemos, habitamos, transformamos, abandonamos un espacio, el nuestro.

            El texto se enfrenta a una puerta, ¿cuántas cosas abre y cierra una puerta? Estamos mirando esa puerta, el autor nos lleva a través de un sendero que termina en una “pieza” sin puertas. Perec  nos invita a caminar. Leer “Especies de espacios” es caminar, subir escaleras. “No pensamos demasiado en ellas—nos dice— deberíamos aprender a vivir mucho más en escaleras. Pero ¿cómo?”. Nos dice que son ostiles, feas, lo más mezquino de los edificios. Solo las escaleras de los edificios antiguos son bellas para él. Es en ese momento cuando el lector sonríe y encuentra ternura entre las lineas escritas. Una ternura infantil y brillante.

            Llegamos a la mitad del libro y Perec nos hace cómplices de otro de sus grandes experimentos “La vida instrucciones de uso”, todavía inexistente, todavía por escribir, pero que verá la luz. Disecciona un edificio sin paredes, vidas a la intemperie; y sin darnos cuenta nos a hecho participes de su nueva novela. ¿Otro juego?

            Por si fuera poco, van apareciendo más juegos, ejercicios de observación perfectos para cualquiera cuyo oficio sea la escritura. Nos invita a detener la mirada en lo cotidiano, aquello que pasa desapercibido, provocar eclipses de sol con un dedo o cambiar el tamaño de las cosas; en definitiva, mira el mundo desde otro lugar. Mirar aquello que está pero no vemos. Anécdotas, citas, escenas de infancia…Todo tiene un espacio, todo es parte de ese espacio, de las “Especies de espacios” de Perec. Traducido por Jesús Camarero, publicado originalmente en 1974 y aparecido en España de la mano de la editorial Montesinos.

“Mis espacios son frágiles: el tiempo va a desgastarlos, va a destruirlos: nada se parece ya a lo que era, mis recuerdos me traicionan, el olvido se infiltrará en mi memoria…”

La rata de Zaniewski. Literatura no complaciente.

Autora: Eva Losada Casanova

Una de las grandes destrezas de un escritor es ser capaz de convertirse en lo que no es ni será nunca: algo no humano. Se necesita no solo una imaginación desbordante sino una habilidad más complicada de poseer: capacidad de transfiguración, o quizá, capacidad para olvidarse de la propia especie, distancia, invisibilidad. Y no estamos hablando de fábulas inocentes, de literatura infantil o juvenil, no. Hablamos del poder del escritor para hacernos sentir que somos una víbora viuda o un roedor en busca de comida en los sótanos de un viejo hotel. Kipling describe la lucha entre una serpiente y una mangosta de tal forma que cuando estamos leyendo Rikki-tikki, uno de sus relatos, sentimos las garras clavadas en la fría piel del reptil, sentimos el calor humano como algo ajeno y la estupidez del pájaro como evidente. El escritor cubano Reinaldo Arenas va más allá, en su novela El portero, el escritor, nos eleva por encima de lo animal y de lo humano, por encima del entendimiento mismo y nos coloca allí arriba, liderando la revolución, hablando con las mariposas entre los rascacielos neoyorkinos. Orwell utiliza la fábula para ilustrarnos sobre el totalitarismo, sobre las revoluciones y utiliza la sátira como vehículo. Otros escritores se meten en la piel de bestias, algunas casi humanas. Pero fue el escritor polaco Andrzej Zaniewski, hace ya cuarenta años, quien se sirve de la fábula de la manera más cruda, sin dobleces, cuando se transforma en una joven rata, una rata que come, copula y devora o en la madre rata que protege y también destruye, en un ser vivo con anhelos, una bestia que tiene que sobrevivir, alimentarse, beber, que huye entre fogones, tuberías, agujeros y piensa en cómo vivir un día más. Si hay un libro que permanece aferrado a la memoria de uno a fuego vivo es este. Zaniewski nos transforma en su rata. Logra que sintamos claustrofobia mientras nos escondemos tras un armario de metal, que se nos revuelva el estómago cuando devoramos a nuestras crías enfermas para que no mueran por el camino. La rata es eso, es lo más tierno que puede encerrar la vida de una rata, de una familia de ratas. Ninguna tiene nombre propio pero todas desempeñan su rol. Una es vieja, otra es “él” y otra es simplemente “ella”. La naturaleza en toda su sencillez y complejidad al mismo tiempo. Sexo, violencia…todo parece valer, somos ratas. El miedo está latente desde la primera frase, desde su nacimiento, el nuestro, desde que tomamos conciencia de qué es lo que realmente somos, hasta la muerte. El miedo nos mueve, nos termina por salvar, nos hace fuertes. La arrogancia humana asoma con el arma afilada. El argumento no existe. No existe, al menos, como hilo conductor hacia algún sitio, o algún final. No hay lugar donde ir, ningún rincón es seguro. Da igual si Zaniewski nos llega a aburrir, de hecho es posible que lo haga, es lógico, ser una rata es aburrido, lo fascinante de ese libro es eso, ser, pensar, movernos y vivir como ellas, como las ratas. Olfatear la basura, beber en los charcos de podredumbre con el estruendo de las bombas cayendo.

“Dentro de ti el tiempo y el espacio convergen, se contraen, nada importa qué pasó antes y qué paso después”.

Allí fuera hay una guerra, una guerra humana que no está definida, puede ser cualquier guerra. La sociedad llevada a lo más esencial, a lo básico: comer, dormir, copular y sobrevivir; pero sobre todo huir. No importa si somos hombres o animales, eso no cambia. Las emociones, no descritas, existen, son las del lector, es él quién las pone en el texto, es el lector quién completa lo que Zaniewski narra.

En esta novela cada frase, cada coma, están cuidadosamente pensadas para que la narración reproduzca fielmente el pensamiento de la rata. Un estilo nada convencional que en numerosas ocasiones se salta alguna de las reglas más elementales a la hora de escribir novela, de narrar. No importa. Es el lenguaje en su estado puro, al servicio del entorno, al servicio de la atmósfera que nos atrapa y oprime de forma desgarradora, con el poder que otorgamos a la composición narrativa, al ritmo y la armonía. Esto es dominar el arte de escribir. Han pasado veinte años desde que yo misma me transformé durante una semana en la rata y desde ese día no he podido olvidarlo. ¿No es ese el fin último de los buenos textos? Esto no es cine, es literatura. Esa literatura no complaciente que parece no tener límites, aquella que no luce con el sol, ni bajo los focos, aquella que resplandece por sí misma.

“Procuro vivir en la frontera de ambos mundos —el de las ratas y el de los hombres —más en la superficie que debajo de ella. Vivo con miedo, vigilante, nervioso. Pero aquí el mundo de los hombres y el mundo de las ratas se entremezclan, se confunden, se cruzan, se unen, se identifican…”

La rata. Novela de Anderzeg Zaniewski. Publicada por Alianza Editorial en 1994.

La escritura o la vida. Transfiguración de Jorge Semprún.

Campo de concentración de Buchenwald. Jorge Senprún.

Autor: Eva Losada Casanova

En estos tiempos donde las ideas parecen cuerpos celestes a la deriva, donde las voces se entremezclan y nada parece querer decir, sino decir sin más, vuelvo la mirada hacia otro tiempo, aquel en el que unos pocos hombres devolvían a este país el brillo que merece.

            Decía Paul Auster en Brooklyn Follies que las penas desaparecían cuando teníamos la fortuna de vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario. La realidad deja de existir mientras la historia sigue su curso. Paul Auster en esta reflexión no contemplaba la otra cara de la moneda, las más cruel, aquella en la que la escritura podía arrebatarte la propia vida, ser ese espejo que te fulmina, que te muestra la realidad de la que llevas años huyendo. Y es que de la realidad de huye, ¡por supuesto! Y, en ocasiones, es la literatura la que nos sirve el infierno en bandeja.

            Jorge Semprún, escritor, pensador, político, activista, fugitivo y, sobre todo, exiliado, en su libro “La escritura o la vida” editado por Tusquets en 1995 y traducido del francés por Thomas Kauf, nos deleita con esta idea tan bella y cruel que es el poder de la escritura para abrir, desgarrar y hacer sangrar las heridas. Nos trasladamos al campo de concentración Alemán de Buchenwald, y a cámara lenta, en una escena que se estira hasta nuestros días y donde Semprún vive uno de los instantes más lúcidos de su vida, en el que ve, por primera vez, la muerte alejarse, irse de espaldas, escribe: “Resulta estimulante imaginar que el hecho de envejecer, de ahora en adelante no iba a acercarme a la muerte, sino por el contrario a alejarme de ella”. Es a partir de este momento cuando sufre, como él dice, la “transfiguración”; estado que le acompañó el resto de su días y que, a mi parecer, llenó años más tarde todas las hojas en blanco de sus libros.

            A medida que vamos leyendo nos adentramos con una dulzura contradictoria en los días y las noches dentro de Buchenwald, lo hace de la mano de la poesía que recita con sus compañeros de prisión, otros españoles como él a quienes se les ha despojado de todo excepto de los versos que cada uno memoriza. Este es quizá uno de los pasajes donde uno más tiembla, más se retuerce. De ese grupo de compatriotas de los que nos  habla y de los cuales tan solo le diferenciaba los meses, días o semanas que les separaba de la muerte. Distancia que todavía debían recorrer.

            Semprún nos lleva y nos trae a través de sus recuerdos, regresiones impuestas, historias superpuestas, cajas chinas que contienen pequeños fragmentos de una vida que él mismo intenta explicarse y recorrer a través de su prosa. No existe la narración lineal, no hay caminos rectos, hay piezas que van poco a poco encajando, como debió suceder con su propia vida. Siempre está presente el miedo a detenerse demasiado en el pasado, quizá por eso el texto da esos saltos, se detiene, esquiva, en ocasiones, lo que el lector quiere oír. Quizá este es uno de los encantos que tiene este libro, el recorrido impreciso, lleno de recovecos de la mano de su autor por una maraña de estampas donde nunca nos quedamos demasiado tiempo.

Hay muchos libros que tratan el duelo y pocos lo hacen como este. Es el duelo por la muerte del propio escritor, por la muerte de la infancia, de lo que un día fue y no volverá a ser. Se apoya en citas de Sartre, Camus, Faulkner, Alberti o Brecht. Y, como escenario, el París de la liberación, lugar donde poco a poco nos muestra su transfiguración.

“El mundo se borró a mi alrededor en una especie de vértigo”.

            En este libro no hay tragedia, ni pesadumbre, hay  —quizá solo en las primeras cien páginas—  arrogancia y orgullo. Aquella que solo los que han salido por si solos de la miseria humana están legitimados a blandir. Pero ni siquiera ese orgullo permanece, también termina cediendo y es engullido por el silencio. “Dos años de eternidad glacial me separaban de mi mismo”. Una especie de muerte en vida donde la escritura no podía, no debía aparecer. Escribir le producía dolor y él necesitaba sobrevivir. Descubrir la sexualidad, la música, las mujeres…sentir con el cuerpo que un día le arrebataron, como le arrebataron la patria.

Nos tropezamos en la lectura una y otra vez con esa nieve, esa ceniza que caía del cielo de Buchenwald y que busca su sitio entre los párrafos del libro de manera casi obsesiva. Quiere, como Faulkner, poder regresar al pasado de manera vertiginosa a través de la narración, no puede hacerlo, no se atreve a detenerse. Y nos explica por qué fue un escritor tardío, se justifica a si mismo este hecho y el lector le comprende, le acompaña, se compadece y empieza a quererlo. Hace el libro suyo.

En 1945 abandona cualquier proyecto de escritura: hacerlo, como el dice, le vuelve vulnerable. Tiene presente a Primo Levi. Es una sombra que vaga por las hojas del libro, un alma en pena, otra obsesión casi tan poderosa como la nieve y la ceniza. El suicidio entra en escena y es entonces cuando el corazón del lector se encoje y la lectura va a la deriva entre el presente y el pasado que quiere y no quiere olvidar. Diez años escribiendo estas trescientas treinta páginas que no logra terminar hasta que finalmente consigue separarse de si mismo. Eso sucede en 1992, cuando regresa en el campo de concentración de Buchenwald. “Vivía en la inmortalidad desenvuelta del aparecido”.

Termino con un poema de Cesar Vallejo, quizá y solo quizá, el poeta que salvó a Jorge Semprún, aquel que le mantuvo la mirada en la vida y la creación literaria.

Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ¡No mueras, te amo tanto”. Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo.