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Las Tres mujeres de Robert Musil

Tres mujeres. Robert Musil

 

Autora: Eva Losada Casanova

Es posible que cuando un lector aborda Tres mujeres, lo haga con una lejana pero clara sospecha de que quizá, Robert Musil, haya pretendido profundizar en la psicología femenina, en esa naturaleza que le es ajena pero que, como buen estudioso de las relaciones humanas, se alza como un reto para el escritor que ejerce. En seguida, a medida que avanzamos por la exuberante naturaleza musiliana, comprendemos que no, y una vez más nos conformamos con un análisis masculino del territorio que se nos abre.

“…allí no le median a uno por sus cualidades humanas, como en el resto del mundo— que si era formal, poderoso y temible, o bien fino y guapo—, sino que fuera el hombre que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de la vida, uno encontraba afecto porque había traído la prosperidad; el afecto iba delante de uno como un heraldo; le estaba esperando en todas partes como una cama recién preparada para el huésped”.

Este análisis escorado no nos detiene. No nos importa. La profundidad, calidad, interés y prosa de Tres mujeres, está a la altura de cualquier gran obra europea de la primera mitad del pasado siglo. El lenguaje rupturista, condensado, rico y estéticamente impecable, aflora por encima de cualquier trama, de cualquier núcleo o catálisis.

“Al entrar él silenciosamente, ella le consagró la mirada que se dedica a un abrigo que uno ha usado largamente y que, sin embargo, hace mucho que no ve, o sea algo que siempre parece un poco ajeno y en cuyo interior uno sin embargo, se desliza”.

            La sucesión de símiles, metáforas y figuras narrativas varias, nos envuelven en la primera página y ya no nos abandonan hasta que en el último relato, el de la silenciosa y enigmática Tonka, aflora, finalmente la intención última del autor: diseccionar en la mesa de su laboratorio las relaciones de poder— todas y cada una—, utilizando como un tubo de ensayo ese poder que un hombre pudiente ejerce sobre una campesina a la que compara con una vaca; eso sí, una vaca atractiva, que despierta en él un claro instinto animal, un peligroso e intenso instinto animal. La primera historia se titula Grigia: una campesina joven, deseable y de convicciones firmes a quien se le cruza Homo. Un hombre poderoso de ciudad. Musil, juega con su personaje masculino como si se tratase de un ratoncillo al cual se le ha inyectado libertad y vitalidad en una mono dosis mortal. El resultado es impecable, mientras la historia se diluye, la fuerza de ambos, se concentra en la emoción del lenguaje que asume un protagonismo indiscutible y nos lleva hasta un final perfecto y glorioso. No cabría otro mejor. Es en ese momento cuando te abalanzas sobre las siguientes dos historias: La portuguesa y Tonka. En el universo de La portuguesa, la bella portuguesa, suenan trompetas fantásticas; caminamos ahora por un universo casi medieval donde Musil echa mano de una larga sucesión de metáforas e historias de gatos y encantamientos —casi un guiño al gran Poe— para mostrarnos hasta qué punto, los celos, son capaces de cavar nuestra propia tumba. Tema recurrente en su obra y en este libro formado por tres vidas bañadas por las obsesiones. ¿Las del autor? Probablemente.

            Destacan las descripciones de estas tres mujeres. Son magistrales. “Así era Tonka. A veces lo infinito cae de gota en gota”. Hay que conocer a Tonka para comprender que, efectivamente, su alma está contenida en esas gotas de lluvia.

“La persona amada no es el origen de los sentimientos aparentemente provocados por ella, sino que estos se colocan tras ella como una luz; pero mientras en los sueños existe aun una sutil hendidura por la que el amor se destaca de la amada, esa hendidura desaparece cuando estamos despiertos , como si solo fuéramos las víctimas de un juego con dobles y se nos obligara a tener por maravillosa a una persona que no lo es en absoluto. No pudo decidirse a colocar la luz detrás de Tonka”.

            Me pregunto, a medida que avanzo por este ir y venir de gestos y silencios femeninos, si estas tres mujeres no son la misma mujer a la cual acompaña tres hombres diferentes, tres Robert Musil en tres momentos de su vida. Quizá, su primera novela, Los extravíos del colegial Törless, sobrevuelen a Tonka, o quizá no. Las tres mujeres anteponen su naturaleza a todo lo demás, las tres son conscientes de su propio poder, invisible para el hombre. Y, las tres, motivan la desesperación y la locura del que las desea. Otro de los grandes temas de Robert Musil: el erotismo. El otro es la culpa. Esa culpa que se instaló en su vida de una de su obras de referencia: Crimen y Castigo.

            Tres mujeres es brillante, producto de tiempos convulsos donde el modernismo entraba gritando en Austria, donde el feminismo buscaba su espacio, donde los pilares de la moral se tambaleaban y los movimientos sociales eran mareas espumosas. Esos años que fueron el abono de grandísimos autores que, como él, vivieron en el exilio e hicieron de aquel tiempo, el eje de su obra: Broch, Schnitzler, Rilke, Roth, Kraus, Zweig, Sperber, Kafka o Canetti.

            Tres mujeres es la antesala, el camino directo hacia su gran obra, aquella para la que pareció nacer: El hombre sin atributos. La ironía salpicada de historia, imaginación, dispuesta a hacer uso del lenguaje para brillar por encima de cualquier época. “La ironía no es para mí un gesto de superioridad, sino una forma de lucha”.

            Lástima que fuera un autor escaso como alguno de su ilustres amigos. Lástima que su muerte repentina no le permitiera finalizar la obra de su vida. Y lástima que esta edición de Tres mujeres que tengo en mis manos, y tanto me ha costado conseguir traducida a nuestro idioma, (Seix Barral 1985), esté tan descuidada, con erratas y algunas frases sospechosamente mal traducidas. Pese a ello, su lectura ha sido de los más placentero. Hay autores que no se puede con ellos. Espero de verdad que no tengamos que aguardar a que sea de nuevo su aniversario para que se mime más a este autor. Sería una gran apuesta que fuera una grande de la traducción, como por ejemplo Isabel Adánez, la que tase cartas en el asunto. ¡Ojalá! Dijo una lectora.

Tres mujeres. (Drei Frauen). Robert Musil. Traducción de La portuguesa Mario Benedetti. Traducción de Grigia y Tonka, Ingrid Zeder.Seix Barral (1985, 2013). Austral 2013

 

El ortónimo Fernando Pessoa

Autora: Eva Losada Casanova

El desdoblamiento del escritor es un acto necesario, su multiplicidad es, quizá, privilegio de tan solo unos pocos. Cuando ese desdoblamiento se practica una vez, resulta casi imposible no seguir intentándolo, no empeñarse en ejercitar el músculo del ser múltiple, habitante de universos inventados pero reales. Y si no, ¿por qué escribimos?

El ortónimo que da a luz, como una parturienta angustiada, asfixiada, deseosa de aligerar el peso de la existencia, no tiene regreso. El ortónimo termina siendo esclavo de sus criaturas, son esas criaturas las que terminan devorándolo. La literatura pessoana es, en gran medida, la desaparición del padre en beneficio de los hijos. Cuando Fernando Pessoa ejercita su desdoblamiento, cuando se recrea en sus propios sueños que son soñados a su vez por otros, alcanza su objetivo: abrazar la inmensidad del alma sin la limitación del cuerpo. Una idea alejada de cualquier connotación espiritual o religiosa y ligada directamente a la creación literaria. A la limitación del escritor como un ente solo y único. Escribía el Pessoa que habitaba Bernardo Soares: “He creado en mi vida varias personalidades. Cada sueño mío , al ser soñado, lo encarno en otra persona que pasa a soñarlo y yo dejo de hacerlo”. De esta manera se libera de sí mismo, se da a otros, inventados por él. Quizá ni siquiera los inventó, simplemente crecieron en él, fueron poco a poco alimentándose de los sueños del escritor. “Sin ilusiones vivimos del sueño, que es la ilusión de quien no pueden tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos nos disminuimos.” Él se sentía pequeño, el mundo, su mundo, debía ser trascendido y la mejor forma de hacerlo era creando muchas plumas que a su vez se recreaban en otras vidas. Un juego de espejos y laberintos que hacían de su obra algo poderoso y, por qué no, misterioso, tremendamente misterioso. Al fin y al cabo, es eso lo que buscamos, cuando nos sumergimos en los textos literarios. “¿Qué puede —decía Bernardo Soares—hacer un hombre de genio sino convertirse él mismo en literatura”. Y eso fue exactamente lo que hizo, convertirse, multiplicarse y trascender.

            La obra de Fernando Pessoa es un inmenso jardín donde no siempre la luz ilumina sus recovecos, donde cada flor parece poder sobrevivir sin las demás, donde todo parece seguir creciendo aun después de la muerte del jardinero. Pero, ¿y los otros? ¿Han muerto con él los más de setenta heterónimos? Algunos, muchos diría yo, murieron antes incluso de comenzar a caminar en sus sueños. Otros, como Alberto Caeiro, murieron por la tuberculosis, de la misma manera que lo hiciera su padre, cuando Fernando Pessoa apenas había cumplido los cinco años. En el lado opuesto, un casi amoral Álvaro de Campos, canaliza al otro Pessoa, al Pessoa más oculto, el desprendido, descreído y libre. “¡Marcharse! Nunca regresaré/Nunca regresaré porque nunca se regresa/El lugar al que regresamos es siempre otro/El andén al que regresamos es otro/Ya no están las mismas personas, ni la misma luz, ni la misma filosofía.”. Alvaro de Campos fue capaz de ocultar bajo su sombrero y su paraguas al Pessoa enamorado o al falso enamorado. Aquel que no era capaz de enfrentar el amor, lo mismo le ocurría a Bernardo Soares, el heterónimo exiliado de sí mismo. “El onanista es la perfecta expresión lógica del amante. Es el único que no disimula ni se engaña”.

Alberto, Bernardo, Álvaro, Alexander y la joven MºJosé, por qué no, el único heterónimo femenino del escritor. Quizá, si hubiera vivido más años, Mº José hubiera estado acompañada por otras de su mismo sexo o a lo mejor no. En este fragmento de una carta de amor, se puede entrever a la Ophelia de su vida, aquella que le esperaba cada tarde asomada en su ventana. “… estoy en la ventana todo el día y veo a la gente pasar de un lado a otro y tener un modo de vida y gozar y hablarle a ésta o aquélla y parece que soy una maceta con una planta marchita que se quedó aquí en la ventana por quitársela de encima”. Y es que para Fernando Pessoa el hombre es un ser mentiroso desde que nace, un ser que se engaña: “El único modo de estar de acuerdo con la vida es estar en desacuerdo con nosotros mismos”, escribió Bernardo Soares.

Pessoa pasó toda la vida trascendiéndose a sí mismo, buscando el sentido a su propia existencia, preguntándose, huyendo, desconfiando. La escritura, una vez más, alarga nuestras vidas, esa búsqueda inútil nos mantiene vivos mientras la realidad, poco a poco nos va destruyendo.

Decía Gabriel Tarde, sociólogo francés, admirado por Pessoa que “La vida es la búsqueda de lo imposible a través de lo inútil”. ¿Podría ser esa imposibilidad de encontrar lo que Pessoa buscaba en soledad, aquello que le motivase a dar vida a su ejército de heterónimos? ¡Quién sabe! Es más útil leerle que justificarle (o escribir sobre él).

Los desiertos de DINO BUZZATI

Autora: Eva Losada Casanova

La muerte, la finitud, el devenir de la vida…quizá sean esos los temas en los que uno echa el ancla cuando pasea por las novelas o los cuentos de Dino Buzzati. No importa que los críticos hablen de dos épocas, de dos momentos o corrientes dentro de su obra, para mí, Dino Buzzati, parece querer escribir siempre la misma historia: aquella que determina su propia existencia. Desde una posición equidistante con el lector, nunca más allá de su entendimiento o sus capacidades, Buzzati rara vez se aleja. Es posible que sea esa proximidad, ese entender la vida, la vida común, la de nacer y morir, sin más, lo que le convierten en un gran escritor, uno de los grandes escritores italianos. Sus párrafos, conjeturas, sus idas y venidas, a veces en grandes espirales agonizantes, siempre están mezcladas con descripciones que sosiegan. El Milán de los prostíbulos y callejuelas inmundas o la nada hecha de arena que se respira en el gran desierto, aquel donde el lector se queda sin agua, sin saber por dónde o para qué vivir, esperando siempre al mismo amanecer. Para Buzzati el desierto era como para Thomas Mann la montaña: la vida y la muerte y, entre medias, la enfermedad.

Y como sucede a menudo con los grandes escritores, su fulgor popular llega tarde y casi siempre de la mano de sus colegas. En este caso son otros, grandes como él, que un día, descubren que su propia obra está impregnada de los mismos laberintos del escritor italiano. Y es que, una vez que has leído a Dino Buzzati, ciertos ilustres textos te vienen ya repetidos y comprendes entonces lo injusto que resulta a veces esto oficio que solo parece que se disfruta en la otra vida, donde de poco sirve el reconocimiento o los halagos. Como decía otro gran escritor, en este caso portugués, “solo me entenderán después de muerto”.

            Algunos de los relatos que escribió cuando trabajaba en el periódico italiano, Il Corriere della Será, que este año cumple ciento cuarenta años, relatos como Sette piani (Siete pisos o Siete plantas); son pequeñas obras maestras que condensan todo el pensamiento del escritor en apenas media docena de páginas. Sette piani es un relato que te acompañará el resto de la vida como acompaña a Giuseppe Corte, hasta ese momento, ese que nos llegará a todos, donde un día nos podrá la sumisión frente a aquella persiana que terminará de cerrarse para siempre. De la misma manera se impregna en el lector la inmensidad de ese desierto, la indecisión o el tiempo perdido, ese tiempo que irremediablemente termina siempre en el mismo lugar. Ese tiempo insalvable con el que Buzzati juega una y otra vez en su obra.

Gran conocedor de las bajas pasiones, de aquello que nos debilita, Buzzati, retrata en la novela “Un amor” a un hombre solo, sumido en el delirio del amor imposible. Y, de paso, coloca al lector en una posición incómoda donde lo correcto, lo ético queda en entredicho y, en ocasiones, hasta puede ofuscar. Buzzati no busca complacernos nunca, no es su estilo, a él le gusta agitarnos, que nos miremos a nosotros mismos y nos preguntemos qué estamos haciendo, a qué hemos venido y si, en realidad, nuestra existencia es eso: un laberinto. El laberinto en el que Borges, muchos años después, recalaría y se perdería. Ese mundo en remolino, fantástico y real al mismo tiempo. Ese universo que se alimenta de algunos de los relatos de Edgar Allan Poe donde es la multitud la que nos oculta a nosotros mismos o bien, como sucede en el relato titulado Una cosa que empieza por ele, donde la influencia gótica de Poe es vistosa. Me atrevería a afirmar que quizá sea ese uno de los relatos de Buzzati más “Poeiano”.

            Y si me empeño, también encuentro a Buzzati en Onetti, y a Onetti en Buzzati; en esa manera tan particular de describir, cargada de lirismo, de fuerza narrativa. “Mientras, volvía a vestirse, con aquel estado de ánimo particular, sereno y melancólico, que sigue al desahogo de los sentidos”, escribe Buzzati sobre el personaje de Tonino después de haber hecho el amor con la señorita Laide.

            Las murallas, las fortalezas, las paredes que nos separan de lo que seremos, son constantes en su obra; el leproso que se asoma a la ciudad desde lo alto de la torre de vigilancia y se encuentra con la desesperanza en El hombre que quiso curarse; y el muro infinito de Giovanni Drogo, desde donde los meses se hacen años entre un día y otro. O el viaje interminable del relato de Los siete mensajeros, o esa carta del amor interrumpido, esa carta que, como la vida, nunca se termina de escribir. Siempre es el tiempo en forma de abismo, abriendo sus fauces. El hombre como siervo de ese tiempo, atrapado siempre en él.

Dice Borges, gran admirador de Buzzati, en el prólogo de El desierto de los Tártaros “Un desierto que es real y es simbólico. Está vacío y el hombre espera muchedumbres”.

Coetáneo del también periodista y escritor romano, Alberto Moravia y del escritor Lombardo Cesare Pavese, Dino Buzzati comparte con ellos, sin duda, esa dulce melancolía que surge como decían antaño los curanderos, “cuando la tristeza y el miedo duran demasiado tiempo”. Esa melancolía con la que algunas nos envolvemos siempre que nos dejan. Libros y autores que un día sientes cómo te rodean y comprendes entonces por qué sus desiertos y laberintos, los de Onetti, Moravia, Pavese, Kafka, Pessoa, Borges, Buzzati y los del mismísimo Sócrates, los haces también tuyos.

La obra de Dino Buzzati la han recuperado en los últimos años y traducido las editoriales Acantilado y Gadir. La primera vez que llegó a España fue de la mano de José Janés en 1943. A lo que la editorial Plaza&Janes da continuidad, en 1959, con la colección Maestros de Hoy, edición recuperada de la biblioteca materna, de páginas finísimas y letra diminuta.

El relato de la inmediatez

Autora  Eva Losada Casanova

En esta nuestra nueva era cultural regida por la nefasta inmediatez, por la superficialidad convertida en análisis, por la observación fugaz, la narrativa se cubre de una basta capa de polvo donde tan solo unos pocos se toman la molestia de pasar un paño y abrir el libro, no para asomarse sino para vivir en él. Las lecturas en diagonal proliferan tan rápido como el microrelato, tan rápido como las citas manidas que viajan por las redes junto al café de la mañana. Frases sacadas de contexto que han perdido todo contenido porque no obedecen a la parada de un lector cualquiera en el texto que, en ese momento, sostiene entre sus manos, un texto que le ha impactado o dejado sin aliento. Obedece más bien al exitoso resultado de un copia y pega veloz, raudo, mientras engullimos una madalena. Nos fascina el copia y pega furtivo que la era digital nos permite, es casi un acto reflejo. Además, a esa especie de escritura rápida, contribuye una lluvia, tormenta más bien, de títulos que corretean por falsos atajos, que no han atravesado los fastuosos y complicados túneles de la edición profesional y se agolpan en portales, redes y, desafortunadamente, también lo hacen a las puertas de las ya saturadas librerías. Eso provoca una sombra oscura, a veces infranqueable, para el resto de textos que han pasado los criterios de aquellos que, más o menos, siempre tienen un espacio en sus corazones para la literatura con letras grandes. Editores pequeños, apasionados, con escasos medios, ricos en apoyos y simpatías, amorosos artesanos, especímenes admirados, que cuando pueden, miman a sus autores y que pasan sus vacaciones de verano con media docena de manuscritos. Seres de otro mundo que si hubieran querido un camino fácil, jamás se hubieran adentrado en semejante aventura; o bien hombres y mujeres de carne y hueso, con nombres y apellidos, tras grandes grupos editoriales que ayudan a conservar la dignidad, a veces tan escurridiza, en los grandes emporios que tratan con algo tan delicado como la narrativa. Frente a todos ellos, las grandes imprentas, disfrazadas de lo que no son, con nombres marketinianos, que inscriben los títulos en columnas y filas de hojas de cálculo, con el sumatorio anclado, donde las falsas promesas bailan con las prisas y los inmaduros y poco domados egos del escritor novel.

La escritura no tiene nada de inmediato, la lectura tampoco, ni la edición, ni la traducción, ni el proceso creativo. No hay cabida, no hay lugar, son como el agua y el aceite. La narrativa es reposo, es reflexión, sosiego, es refugio, es un estar en nosotros y no estarlo, es todo menos llegar el primero. Hace unos meses, un alumno se me acercó y me dijo: “Este otoño quiero publicar mi libro de relatos”. Yo le pregunté si estaba trabajado en él, cuánto tiempo llevaba escribiéndolo, cual era el origen de su trabajo, cuántos relatos tenía a medias, cuántos terminados y si ya tenía algún plan para su edición. “No lo he escrito todavía, ni siquiera sé bien de qué va a tratar pero tengo ya el título y yo creo que en dos mesecillos lo sacamos”, me respondió. Un libro de relatos, en ocasiones, es una vida entera, es un conjunto de fragmentos de uno mismo, obsesiones, llanto, alegría o desesperación. Cada relato es una escena que casi siempre hemos rescatado de una experiencia propia, de un conjunto de lecturas, de la observación meditada, de preguntarnos, de la crítica del entorno o simplemente de nuestros miedos, de los temores que nos asaltan en la vida o de aquello que nos sobrecoge o excita. Un libro de relatos también es una infancia revisitada, un ajuste de cuentas con nuestro pasado o con la realidad que nos rodea. ¿Cómo se puede” fabricar” eso? ¡No se puede! Una novela o un libro de relatos se produce, crece, evoluciona, se alimenta, capa sobre capa; está hecho a base de minerales y sustratos que enriquecen la tierra donde se plantan las historias, donde cada frase, cada diálogo y cada gesto somos nosotros. Dejemos las prisas y regodeémonos en el placer de la creación, ese que siente el lector cuando hace suyo el texto, cuando la lectura es una experiencia; y aquel otro placer del escritor, inigualable y casi sobrehumano,  que comienza cuando el tiempo es más un aliado que un obstáculo que salvar. Recuerdo que, hace unos años, en un artículo de un periódico inglés leí el siguiente enunciado “¿Te imaginas ser capaz de leer un libro en un par de horas? ¿O toda la obra de tu autor favorito en pocos días?” Seguí leyendo mientras me susurraba a mi misma que no, que desde luego, no me lo imaginaba, ¡que no quería ni imaginármelo, hombre! ¿Para qué? Es como si te dijeran algo así como ¿Quiere usted visitar el Museo del Prado en 45 minutos y no perderse ni una sola obra?”. ¡No quiero, gracias! De verdad que no. Lo que realmente me apetece es acampar entre El jardín de las delicias y El sueño de Jacob. Desearía arroparme con cada libro, ensayo, poesía o novela que leo, aunque en pocos años olvide los títulos, la trama pero, eso sí, jamás el sabor; el sabor de un libro no lo pierdes nunca. Desearía poder escribir varias docenas más de relatos, hacerlo serena, tranquila. Escribir la tercera, la cuarta, la decimosexta novela, sin esperar que la inmediatez escriba su propio relato, habite y se instale a sus anchas en lo que me queda de vida. Ya solo nos faltaba esperar a la muerte también con prisas.

Aquella mirada temprana hacia los libros

Autor: Eva Losada Casanova

La literatura poco tiene que ver con la inmediatez. Está reñida con la velocidad, con lo apresurado, con lo banal. La literatura es amiga del reposo, destila tiempo, momentos. Está reñida con el aquí y el ahora. Con 140 caracteres, con una consola. Quizá, por esa razón, el libro entra en su época más oscura, inquietante, peligrosa. Leer es ir a contracorriente. Leer es raro. Leer no encaja con esa inmediatez impuesta. Lecturas en diagonal, catas o, simplemente, contemplar la sinopsis de la contraportada es ya un logro. No nos detenemos. Para leer, hay que detenerse, sentarse, desconectar. En situaciones de exceso de trabajo, de estrés, de nervios, la lectura puede ser el mejor calmante, el ansiolítico más eficaz. Dejarse llevar por la ficción, envolverse en mundos ajenos, a veces lejanos, es la mejor medicina, el mejor revulsivo contra esa maldita inmediatez que hace que la vida sea en blanco y negro, plana, sin horizonte.
Tuve la inmensa suerte de nacer en una casa llena de libros. La imagen de mi madre bajo el flexo del salón, con el cuello ligeramente inclinado sobre las hojas, es una imagen de infancia constante, pertenece a ese pasado compartido por ambas que se torna borroso cuando nuestra convivencia ha pasado ya por muchas etapas. Mi padre, con su pijama rayado y descolorido, se arropaba con libros. Eran fines de semana silenciosos, reposados, en los que cada uno viajaba donde quería y nadie interrumpía ese viaje. Los títulos colgaban de los estantes, iban y venían por la casa, se les oía respirar; y ese devenir siempre sucedía ante la atenta mirada infantil. Una mirada así, termina casi siempre por convertirse en lectora, porque las imágenes de la infancia siempre nos acompañan, borrosas o nítidas. De nosotros depende alimentar las miradas infantiles, jóvenes, desviarlas hacia los libros, los textos, hacer que la costumbre de leer se asiente en lo domestico, en el ocio, en los espacios comunes. Quizá, ya de paso, retomemos nosotros mismos ese hábito, el de leer en la cama, en la bañera, durante el desayuno, mientras guardamos el equilibrio en una bicicleta estática, los domingos invernales de lluvia constante o en un café cualquiera. Quizá, así, sobre nosotros repose nuevamente esa mirada temprana, la de nuestros hijos, una mirada tierna que pronto dejará de serlo. Quizá, sin darnos cuenta, habremos dado a esa niña o a ese niño nítidas imágenes que, aunque un día se tornen borrosas, valen más que cualquier palabra, cualquier discurso, cualquier campaña escolar. Es la mejor inversión, una aportación valiosa, con un retorno casi ilimitado a una joven mirada que, en algún momento, verá como los libros se vuelven luces, respuestas, amarras o bastones en el nublado, complicado y pedregoso camino de la vida.