Knut Hamsun. Hambre o el personaje circular.

Entre la casa de empeños de Pilestradet, el café Oplandske, la oscuridad de los portales de Torvgaten y al abrigo del bosque de Bogstad, deambula en círculos casi perfectos un escritor sin nombre. Puede ser cualquier escritor hambriento. Sus delirios, su búsqueda interminable, la lucha interior, el análisis de cada uno de sus actos, sus conflictos y motivaciones, forman las catálisis que construyen esta formidable novela, única, brillante y, por qué no, material valiosísimo para cualquiera que pretenda escribir sobre la existencia humana, tema que, al fin y al cabo, alimenta a las grandes novelas.

Interrogantes, dudas, arrebatos y profundos ataques de desprecio, ternura, arrepentimiento e ira, dibujan al protagonista de Hambre. Un hombre joven, inteligente, apasionado, sensible y con dificultades para relacionarse con su entorno de la manera que se espera. No importa su pasado, no importa de dónde viene, ni siquiera a dónde va. Solo hay una razón que le impulsa: comer para poder escribir y escribir para poder comer. Quizá ese sea el resumen de la novela. Lo demás es un cuadro de miserias, de voces y miradas, de llanto, de falsas esperanzas. La dignidad por encima de la propia vida, por encima del dolor, del hambre, de la caridad.

«Poco a poco se empezaron a ordenar mis pensamientos. Procuré esmerarme y escribí lentamente y con ponderación algunas páginas de introducción a algo: podía ser la introducción a cualquier cosa, un relato de un viaje, un artículo político, quedaba a mi elección. Era un principio excelente para cualquier cosa.».

¿Escribir por escribir? ¿Escribir para ser alguien? ¿Escribir para trascender y alcanzar la gloria? ¿Escribir para comer? No sabe la respuesta. La escritura aparece como una droga que le corre por las venas, como la última esperanza o como aquello que lo convierte en un ser superior, distinto. El lector asiste también a sus arrebatos creativos como si se tratase de la pataleta de un niño.

La belleza irrumpe de repente, pertenece a la mujer y a la naturaleza, aquí asoman retazos del Romanticismo, mezclados con sonidos existenciales y naturalistas reposando sobre un lienzo modernista. Esta novela tiene espacio para casi todo, excepto para la mediocridad.

«Cada planta ha adquirido un aspecto distinto con el leve soplo agonizante de la primera helada; las briznas de paja se levantan pálidas hacia el sol y las hojas caídas silban por la tierra con un sonido que recuerda a gusanos de seda en movimiento…»

La música que suena durante la lectura de Hambre es repetitiva, es el golpear de unas bases que van marcando los pasos imprecisos —firmes a veces— del dolor. Hay un estribillo de desesperación que se entremezcla con el delirio, los cambios bruscos de animo y el miedo a un o mismo. Nuestro escritor se teme y es ese temor el que lo conduce a situaciones extravagantes e irracionales, tiernas y violentas. Anhelos imposibles, un ego que se hincha y encoge como su propio estómago, grandes promesas en el aire rancio de una ciudad que lo desprecia y el amor que asoma, bajo una farola, con muchas caras distintas, lleno de esperanzas y dudas, de escenas entrañables que demuestran la maestría del autor. El personaje te sobrecoge, te provoca todo un crisol de sensaciones y siempre quieres más, sabes que no va a ningún lugar, pero quieres más. Le oyes blasfemar, gritar, insultar, llorar, reír y observas maravillado cómo regresa al punto de partida. Hamsun crea un arco de personaje distinto, no hay arco, hay un círculo.

Los diálogos son inclusivos, nerviosos, tensos, intensos y brutales. Su voz traspasa el texto como una lanza, lo rasga.

La ambientación tiene fuerza, luces, olores, ráfagas, destellos propios de una ciudad y un magnífico desfile de los oficios que en ella habitan. Tenemos a un paseante de la vida que se estudia a sí mismo hasta la extenuación, que se mira y se horroriza, que se abraza y golpea. Terminamos la novela conociendo el origen de su conflicto y cada una de las motivaciones que lo empujan hacia adelante. Está en manos de cada lector la interpretación de las intenciones, pausas, palabras y silencios que forman el camino que nuestro hambriento protagonista recorre por la ciudad de Christiania.  «…una cobaya de los caprichos de la gracia de Dios».

No duden en caminar junto al hombre sin nombre, sufran con él, salten de alegría bajo la luz de una farola, degusten las astillas del suelo o empeñen los botones de su chaleco. Disfruten de esta obra maestra, de esta obra circular, como el deambular de un ser despreciable y tierno, frágil y vigoroso, libre y prisionero.

Edición en noruego 1990 Sult

Ediciones de la torre 1997

Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora en los talleres de narrativa, novela y relato de La plaza de Poe. Coordinadora de las CATAS LITERARIAS. El sol de las contradicciones (Alianza) En el lado sombrío del jardín (Funambulista)…

 

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