Literatura, mujeres y premios. Una historia revisada.

Decido, en un día lluvioso, dejar de trabajar.  Ocupo mi tiempo en echar un vistazo al recorrido que las mujeres escritoras hemos realizado en los últimos cien años. Me preparo un té y comienzo a investigar. Lo hago de buen humor, a conciencia, sin rencor; con una estupenda predisposición. Me noto conciliadora y optimista. y, además, me obligo, cada dos meses, a revisar las estadísticas para que este artículo siga fresco y actual. Estoy vigilante.

Lo primero que hago es plantearme si el número de mujeres y hombres que leen literatura en nuestro país, es el mismo. En 2017, según el estudio hecho por la Federación de Gremios de Editores de España, el 55% de los lectores frecuentes de libros, son mujeres, en 2018 el porcetage sube a 67,2%. Nos congratulamos. Más de la mitad lo hace en su tiempo libre. Por lo tanto, lectoras y lectores, van de la mano. Eso me tranquiliza, así que me asomo al criticado y desprestigiado mundo de los certámenes literarios. ¿Qué pintamos nosotras en ellos? Le doy vueltas a la idea de que, en realidad, nosotras, no necesitamos premios. Es una idea curiosa, pero no descabellada. ¿Es el premio un invento del hombre, para el hombre y entre hombres? Ellos se lo guisan y se lo comen. Qué cosas, todos los grandes premios literarios tienen nombre de hombre. En cualquier caso, decido saber cómo nos ha ido. Comienzo por el galardón más codiciado, el mejor: el Premio Nobel de Literatura. Nace en 1901, han pasado más de cien años. Solo catorce mujeres han sido galardonadas con este premio. De todas ellas: Jelinek, Müller y Munro, lo son en este siglo. Entonces, llena de optimismo y sin un ápice de indignación, me convenzo de que la tendencia es cambiante y que, quizá, en los próximos años, más mujeres ganen el Nobel. Confieso que no me lo susurro con mucho convencimiento, menos aun cuando leo «Se pospone su entrega para año el 2019 debido al escándalo de acoso y abusos sexuales en el entorno de la Academia». ¡Lo que nos faltaba!

Me voy a Francia, al prestigioso Premio Goncourt. Un premio lleno de reconocimiento y vacío de contenido económico. Comienzo a leer, leo dos veces, repaso de nuevo la lista, compruebo con asombro que en 113 años, con todos sus días y meses, tan solo hay diez mujeres. No doy crédito. Pero, ¡si es Francia! Ya, sí, pero son todo hombres. Lo cierto es que la última mujer no era blanca y encima tenía menos de cuarenta años: Leila Slimani. ¡Cielos! A ver si este galardón entra en crisis, mujer, marroquí y joven ¿Han oído hablar de ella? ¡Cuánto riesgo! ¿Qué pensarían Duras y Beauvoir de todo esto? ¿Creen que cuando ellas recogieron este premio pensaron que el camino estaba despejado? Lo dudo. Hay siempre una lucecita al final del túnel. ¿Será en 2019? Veremos.

Siento curiosidad por saber qué sucede con las mujeres novelistas que escriben en lengua inglesa. Tengo un profundo respeto por ellas, muchas hemos bebido de su genialidad. En los premios Booker, el premio más prestigioso en este idioma, cuento diecisiete mujeres novelistas premiadas en los últimos cincuenta años. No es para tirar confeti, pero me alegra ver que Anna Burns, la irlandesa, se lo lleva en 2018 con un personaje femenino de dieciocho años.

Viajo hasta los Estados Unidos. Elijo el Premio Pulizer de novela. Lo hago para no jugármela. Calculo que desde 1916, o sea, más de cien años, solo diecisiete mujeres lo han ganado, aunque durante los últimos dos años, parece que la tendencia es razonable en esta y otras categorías. y sin ser demasiado quisquillosa, observo que finalistas sí, pero fue Donna Tartt la última mujer que se llevó este premio en 2015.  La tendencia es buena, ¿saben por qué? Quizá, la respuesta esté en el numero de mujeres que, desde 2013, compoenen el jurado de este premio. No son más, pero han ido equiparándose con ellos, sus compañeros. Y aquí me detengo a mojar una galleta en el té. Aquí reflexiono. Cuando los jurados estén formados por hombres y mujeres por igual, este asunto se termina. Casi seguro. Y si no, echen un vistazo a lo que ha sucedido con el Premio Vargas Llosa. Nosotras no protestamos por gusto, tenemos muchas cosas que hacer. Tampoco nos victimizamos. Solo alertamos de que algo no funciona bien.

En el Premio Internacional Franz Kafka, en diecisiete años, solo hay tres mujeres: Atwood, Jelinek y Hodrová. Aquí la cosa se tuerce. ¿Qué pasará después del poeta Ivan Wernisch?

No me altero. Ha dejado de llover. Se enfría el té. Me pregunto, por qué he decidido meter las narices en esto, de verdad, con la cantidad de trabajo que tengo. Cosas de mujeres, supongo. Sigo. Un tímido rayo de sol se posa sobre el Premio Cervantes. Cuento los años que lleva el premio reconociendo el talento femenino. Son cuarenta años. Cuatro décadas y cuatro mujeres. ¡Y yo me quejaba! María Zambrano, María Loynaz, Ana María Matute, la activista mexicana Elena Poniatowska y hace unos meses la poeta, crítica, ensayista y profesora uruguaya Ida Vitale. Bueno, sí hay cambio de tendencia en la tierra de Sancho, estamos de enhorabuena. ¿Se imaginan que el año que viene ya no tenga que dedicarme a manosear este tema? ¿Se imaginan que, por fin, nosotras tengamos las mismas oportunidades que ellos? ¡Qué felicidad! Sigo, sigo, a ver qué ha pasado en 2018 y 2019.

Me entra una ligera alegría que sustituye a la ligera tristeza del año pasado, esa que acompañaba a la impotencia, a la nostalgia. No me achico y continúo. Llovizna, el sol desaparece y llego a los Premios Princesa de Asturias. Premio que ha adoptado nombre de mujer. Esta vez, seguro que salimos mejor paradas. Veamos, no se vengan arriba. En treinta y seis años, en cinco ocasiones se reconoce el trabajo de siete mujeres. No me salen las cuentas. ¡Claro! Qué tonta soy. En 1988, como Carmen Martín Gaite no era suficiente, lo comparte con Jose Ángel Valente. En 2003, Susang Sontang sube a recoger el premio con Fatima Mernissi, es muy lógico, así se hacen compañía entre ellas. A ver, si me he enterado bien. No solo no hay apenas mujeres, sino que, encima, comparten el reconocimiento. Llegamos a 2008 y tenemos la suerte de que la maravillosa Margaret Atwood ve su talento y trabajo recompensado. El premio es para ella sola. ¡Un momento! Pero, ¿qué pasa? La semana pasada la estupenda Siri Hustvedt gana este premio. fue entonces cuando me dije, Eva, tienes que revisar este post, debemos ser justas. Leo los titulares: «…incide en algunos de los aspectos que dibujan un presente convulso y desconcertante, desde una perspectiva de ráiz feminista».

Doy un salto al Premio Nacional de Narrativa. Comenzó su andadura en 1924 y, al poco tiempo, en 1927, Concha Espina se hace con él. Pasan veintitrés años y, parece que la única mujer que escribe es ella, porque se lo vuelven a dar. Le sigue Laforet y Ana María Matute. Dejan pasar dieciocho años y antes de que comience la década de los ochenta, reconocen el trabajo de Carmen Martín Gaite. Habría que esperar casi veinte años para que Carmen Riera ganara este premio, y otros veinte más para que fuera la escritora Cristina Fernández Cubas. Pero, ¡por qué les costará tanto otorgar un premio de narrativa a una mujer! Echo un vistazo a lo que ha sucedido este año, igual les hemos gustado y han vuelto a reconocer nuestro trabajo. ¡Estupendo! Han recapacitado. ¡Otra mujer! La madrileña Almudena Grandes. Trabajadora incansable de nuestras letras. No quiero emocionarme demasiado, a ver si esto es solo una palmadita y vuelven a las andadas.

No ha dejado de llover, el cielo cae como cemento, mis gatos se arrebujan en la manta cuando llego al Premio de la Crítica de Narrativa Castellana. Terrible. ¡Sesenta y un años de reconocimientos y tan solo cuatro mujeres! La última Cristina Fernandez Cubas. Creo que, por el momento, son los que menos nos quieren. A ver si, por fin, hay un giro a favor de las novelistas con la recién galardonada Raquel Lanseros en poesía y me obligan a quitar eso de ¡Terrible!

Cojo mis bártulos y salto a los premios literarios que otorgan las editoriales. Selecciono editoriales de narrativa. Serias. Tengo una curiosidad malsana, muy de escritora puñetera. Primera parada: Premio Herralde de Novela. Son más de tres décadas de premio. Nace en 1983. Me congratulo. Tengo la certeza de que voy a llevarme una alegría. En principio, no. Ninguna alegría. Pasaron diez años antes de que la escritora, investigadora y profesora, Paloma Díaz-Más, lo lograra después de ser finalista. Me sirvo una cerveza. Me animo yo sola. Sigo repasando y, por fin, llego al nombre de Guadalupe Nettel. Lo ganó en 2014 y, dos años más tarde, lo logra Marta Sanz. ¡Qué seguidos! Deja de llover, se abre el cielo. ¿Otro cambio de tendencia? Parece que sí. En 2018 la escritora Cristina Morales, se alza con él. ¡Bien! Me abrazo emocionada.

Uno de mis gatos, el negro, se despereza. Me mira con lástima. Llego a la segunda parada: Premio Alfaguara de Novela. Cuento con los dedos de una mano. Desde 1965, con un parón de más de dos décadas, durante el cual no hubo premio, cinco mujeres han ganado este galardón. Y, ¿saben lo que he descubierto? Pues que, en 2005, por primera vez, se comparte. Sí. No lo comparten dos hombres. ¡Qué va! Son dos mujeres, claro. Graciela Montes y Eva Wolf. ¿Se lo merecían a medias? Quizá sí, quizá no. Lo curioso es que, desde 2016 hasta 2019, en este premio no hay cambio de tendencia. Ni se las oye, ni se las espera.

Me levanto de la silla. Estiro el cuello. Los gatos han dejado de mirarme con lástima. Duermen. Ahora es el pastor inglés, Elvis, el que lame mi mano. Lo hace con un cariño enorme. Me desarma. Vuelvo a mi sitio. A veces, hay que volver al sitio para seguir avanzando. Más premios, venga que voy por la segunda cerveza y la tercera parada. Me voy al grupo Planeta: Premio Nadal. Quince mujeres. ¡Qué barbaridad! Y, eso no es todo, en los últimos once años, se alternan ellas y ellos. Premio Málaga. En trece años lo ganan cuatro mujeres. Sin cambio de tendencia aparente. Y sigo, con todos ellos, hasta que me encuentro con el Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones. Le hago un guiño, seré el cambio de tendencia. Veremos qué sucede el año que vine.

Termino este artículo sin aliento. Algo menos triste que cuando lo empecé a escribir en 2017. Sigo creyendo que vamos por el buen camino, el de la igualdad de oportunidades. Tengo la certeza de que, tarde o temprano, ellos nos leerán y además, les gustará hacerlo. De que habrá muchos más premios con nombre de mujer, y donde las mesas del jurado serán coloridas. Hasta que un día, por fin, a nadie le importe si eres o no mujer. Quiero vivir lo suficiente para verlo y aplaudirlo.

Actualizado: mayo 2019.

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora de narrativa en  La plaza de Poe. XVIII Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones. Alianza editorial.

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