Marguerite de Yourcenar o la reconciliación.

Cuando cayó en mis manos la publicación por la editorial Alfaguara de los Cuentos completos de Marguerite de Yourcenar me llamó mucho la atención una frase de la autora en la que se refería a uno de sus relatos escritos casi cincuenta años antes: «Estoy tan de acuerdo con esta narración como si se me hubiera ocurrido escribirla esta misma mañana». Al leer esto, inmediatamente, olvidé a la autora e intenté asomarme a la mujer, a la persona que se agazapaba detrás de sus escritos. A través de la infancia, la juventud…Imaginé ese camino tan común, tan aprendido y sabido como es la vida.  Y luego coloqué a la mujer y a la escritora en el mismo punto de partida. Trayectos paralelos, senderos que no se cruzan pero que no dejan de observarse. Y entre esos dos mundos, entre ambas, emerge ese talento que le ha ido acompañando desde su tierna juventud, hasta tal punto que sus grandes obras ya comenzaron a gestarse a edad temprana. ¿Es posible que cincuenta años más tarde, un día, el escritor relea un texto propio y se identifique completamente con él hasta el punto de poder haberlo escrito esa misma mañana? Podría pensarse que la autora no ha evolucionado o bien que la esencia está intacta. Quiero pensar siempre en lo segundo, en ese núcleo, ese corazón, ese motor al que el escritor es fiel desde el día en el que comienza a escribir sus textos. Me gustaría creer que las tendencias, las efímeras modas, los vaivenes de la industria no son más que una leve brisa para autores así; autores ajenos a los caprichos de la demanda, ajenos a los gritos, a las hojas de cálculo, a la cuenta de Pérdidas y Ganancias, a la prensa cultural. Ajenos a lo que debe ser, a quién decide y por qué. Qué libertad tan grata, tan ilusoria, tan inalcanzable. Por otro lado, es cierto que, vivir en el aislamiento, es casi como vivir fuera de la realidad y esa expatriación del oficio puede volverse contra uno en cuanto que el espíritu deja de alimentarse. Y quizá, si eso sucede, el genio se vuelve enclenque.

Decía Ibsen —a quien ella admiraba— que el escritor que no vive deja de ser un buen escritor. Yourcenar nos empuja a vivir a ir de un detalle a otro de una sensación a otra. A rebuscar en nuestra propia experiencia, en las emociones y beber de la literatura. Nos insta a ser artesanos del lenguaje, respetuosos con él, pero siempre desde la libertad y experimentación. Alejados de la complacencia.  Quizá, por eso, ella se encuentra consigo misma cincuenta años después y lo hace reconciliadora, como si el tiempo no hubiera pasado. Eso, creo, solo se logra cuando se escribe desde la esencia de uno mismo, solo así somos capaces de reconocernos cincuenta años después, ¿no creen?

 

Marguerite Cleenewerck de Crayencour nació en Bruselas el 8 de junio de 1903. Fue novelista, poeta, dramatuga, ensayista y traductora. Se nacionalizó estadounidense en 1947. Considerada como una de las mejores y más eruditas plumas de su tiempo. Gran Premio de literatura de la Academia Francesa y miembro Academia Estadounidense de las Artes y las Letras

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora en los talleres de narrativa, novela y relato de La plaza de Poe.

El sol de las contradicciones (Alianza) En el lado sombrío del jardín (Funambulista)…

 

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