Al faro o la distorsión de Virginia Woolf

Escribir como lo hace Virginia Woolf, va más allá de la escritura misma, es un arte, una manera de integrar música, palabras, colores y texturas. Frases que se enroscan en partículas de polvo, pensamientos que trepan por los hilos de una vieja cortina, miradas que van de una orilla a otra, de una ventana a un lienzo en blanco. Brochazos, gestos y la vida misma que revolotea entre las vigas de una casa de verano en la costa escocesa.

La vida pendiendo de un suspiro. El tiempo que sigue el ritmo que marcan los sueños, la cadencia de las ráfagas de un faro. Un faro que siempre está donde debe estar. El tiempo es el personaje principal, la casa es el universo, y un cuadro junto a la ventana, lo atrapa todo mientras la autora parece liberarse.

Convivimos con un narrador omnisciente, salta de conciencia en conciencia sin hacer ruido, sin que se vean los cables. La construcción es casi perfecta.

«Al moverse el postigo de una ventana, semejante al párpado de cuero de un lagarto perturbó la concentración de su mirada interior…».

La inacción te sume en un estado hipnótico en el que la brisa del mar te atrapa hasta que llega el último brochazo. ¿Se necesita una trama cuando la composición es de una belleza sublime? No. En ocasiones, logramos trascender las historias, esas que puede contar el cine, una novela policiaca, un relato de misterio o una canción cualquiera. En ocasiones, la Literatura se alza como un titán entre las demás artes, la novela se hace única, inimitable, inadaptable. Eso es Al faro, un juego de perspectivas, voces, vidas, miradas, gestos y sensaciones que solo un libro es capaz de unificar en un todo acabado sin un principio ni un final, donde el lector completa todos y cada uno de los vacíos.

«Ya estaban encendidas todas las velas y la luz acercaba los rostros situados a ambos lados de la mesa, creando, como no había sido posible durante el crepúsculo, un grupo unido; y es que ahora los cristales dejaban fuera la noche, porque lejos de dar una visión exacta del mundo exterior, lo ondulaban de una manera tan extraña que el interior del comedor parecía el reino del orden y de la tierra firme, mientras que del otro lado solo existía un reflejo en el que las cosas temblaban y desaparecían como en un mundo acuático.».

Al faro es un homenaje a la vida y a la muerte, a la mujer, al arte, a la belleza y a la contemplación del paso del tiempo. No importan los nombres ni los lugares, no importan las fechas. En Al faro, lo único que nos arrastra hasta el final es observar cómo el lienzo de Lilly se llena de líneas, sombras y matices.

«Lilly sentía arder el color sobre un marco de acero; la luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una catedral…».

Cada personaje es construido de manera indirecta, bajo la mirada de los demás.

«Tenía la capacidad, el don, de prescindir bruscamente de todo lo superfluo, de encogerse y disminuir hasta parecer más despojado y más ligero incluso corporalmente, sin perder por ello capacidad mental, y de ese modo mantenerse en su pequeño reborde, frente a la oscuridad de la ignorancia humana.».

Los conocemos por cómo los observan otros personajes. La señora Ramsay abarca el universo mientras lee a su hijo «El anticuario», murmura algo intrascendente y duda de si el lugar que cada uno ocupa es el lugar que merece ocupar.

«…por qué un hombre tan valeroso en las ideas tenía que ser tan pusilánime en la vida.»

Lilly pinta el verano que nunca llegará a terminar y, mientras todo eso sucede, la casa respira y se cubre de piel.

«…con la casa vacía, las puertas cerradas con llave y los colchones recogidos, aquellos aires vagabundos, avanzadilla de grandes ejércitos, entraros tumultuosamente, se restregaron contra las tablas desnudas mordisquearon y soplaron, sin encontrar ni en el dormitorio ni en el salón nada que les ofreciera verdadera resistencia…».

Hay cuatro hombres bajo el foco: el señor Ramsay, Andrew Tansley, Carmichael y William Bankes, cuatro maneras de vivir, cuatro maneras de convivir y respetar.

«…se consideraba obligado a decirle que las mujeres no sabían ni escribir ni pintar, y no tanto porque realmente lo creyera como debido a que, por alguna extraña razón, deseaba que fuese así (…) ahí estaba, predicando el amor desde una tarima.».

La novela está dividida en tres partes. La ventana, Pasa el tiempo y El faro. La primera parte es una escena en la que vamos conociendo de manera sesgada, abstracta e incompleta a los personajes. Nos prepartamos para la gran cena de la señora Ramsay, un día veraniego. La segunda, como indica su propio nombre, el protagonista es el tiempo, diez años, diez vidas. El narrador se transforma, el tiempo narrativo se distorsiona de manera distinta y la casa sufre una profunda metamorfosis que acompaña los sucesos humanos. La tercera parte es un viaje largo a un lugar cercano, dos orillas y el movimiento de un pincel.

Los temas son muchos, sutilmente expuestos, sin que nada sea demasiado evidente. Supongo que en aquellos años no convenía que lo fuera, quizá por eso tanta maestría narrativa, tanto velo fónico y tónico. Estamos ante una novela modernista, impresionista, evocadora y contemplativa. La ambientación, la atmósfera que logra la autora son elegantes, los objetos hablan y se mueven, sienten, y lo hacen sin un ápice de cursilería. La naturaleza en todas sus dimensiones, la vanidad, la modestia, las relaciones amorosas, el duelo, la crítica social, la mujer, la maternidad y el proceso creativo. Todo forma una melodía muy bien armada. Y, por si fuera poco, la inexistencia de trama no se traduce en ningún momento en desidia o sopor para la mente lector. Es más, la tensión es permanente. El texto está sembrado de símiles y metáforas que se entrelazan con escaso diálogo de versos que quedan suspendidos, de frases como serpentinas que a veces se desvanecen.

«El faro era entonces una torre plateada, de aspecto brumoso, con un ojo amarillo que se abría de repente, pero con suavidad, al anochecer. Ahora…».

Pero ¿qué es en realidad el faro? La pregunta nos acompaña durante toda la lectura. El faro, no es otra cosa que aquello que el lector quiera que sea. Algo que descubrimos cuando ponemos en común esta maravillosa experiencia de lectura.

«No quise decir absolutamente nada con el faro. Una necesita una línea que recorra el libro de un extremo a otro para que el proyecto se sostenga. Me di cuenta de que brotaría de él toda suerte de sentimientos, pero me negué a pensar en ellos, y confié en que los lectores lo convertirían en el receptor de sus propias emociones; y eso es lo que han hecho, para unos significa una cosa; para otros, otra. No sé relacionarme con el simbolismo sino de esta forma tan general, tan vaga».

Supongo que, si uno escribe, si ama los libros, si siente un profundo respeto por el arte y la creación, por el lenguaje, por la literatura, por este género, Al faro —sin duda— te alimenta y embriaga. Hace que te replantees si todo cabe, si todo vale, si aquello que nos están dando de comer es saludable para nuestro intelecto o nos estamos convirtiendo en lectores miserablemente fáciles.

La novela Al faro de Virginia Woolf, se publicó por primera vez en 1927. Ha sido traducida, entre otros, por Jose Luis Lopez Muñoz y publicada en España por las editoriales Alianza, Edhasa, Debolsillo, etc.

Artículos relacionados: La mancha en la pared.

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora en los talleres de narrativa de La plaza de Poe.

 

Un comentario en “Al faro o la distorsión de Virginia Woolf

  1. Pingback: La mancha en la pared de Virginia Woolf – Espacio de creación literaria y musical.

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