Una lengua en un aullido. Miguel Ríos.

Autor: Miguel Ríos.

Canta mi compañero Joan Manuel Serrat que “no hay nada más bello que lo que nunca has tenido”. Esta acertada frase me inspira para confesar mi admiración y, por qué no decirlo, mi infortunio, por haberme perdido la vida universitaria. En las familias de clase trabajadora, como la mía, pese a sus carencias económicas —o quizá a causa de esas carencias— se respetaba el saber. Tanto, que cuando venía el médico a casa, lo esperaba mi madre con un modesto obsequio, como prenda de reconocimiento. Para gente como yo, que no pudimos costearnos los estudios, no ir a la Universidad era el primer síntoma de que habías perdido el tren, y que todo iba a ser más gris y subalterno. De ahí viene mi admiración a esta institución.

Recuerdo, con particular cariño, una anterior invitación cursada por el director de la UNED de Motril, para que impartiera la lección inaugural en el solemne Acto de Apertura del Curso Académico 2016-2017. En aquella ocasión titulé mi charla: “El aprendizaje como fuente de la eterna juventud”. Evidentemente, mis palabras iban dirigidas a los alumnos y a los familiares que los acompañaban en un día tan especial. Mi intención era trasladarles mi fe en el aprendizaje non stop durante todas las edades del hombre y declararles mi admiración por el paso que daban. Además de invitarles a no arredrarse ante la montaña que hay que subir y la dificultad añadida de hacerlo en soledad.

Hoy, me gustaría hablar de las “dificultades de encorsetar una lengua en un aullido”, si se me permite calificar el rock como aullido. Bueno, yo he gritado y rugido lo mío.

El propio vocablo aullido me sirve de botón de muestra. En la lengua de Shakespeare, aullido es “Howl”, como el título del célebre poema de Alan Ginsburg, faro de la Beat Generation y de la contracultura norteamericana. Howl solo tiene una sílaba. Solo contando las que tiene su traducción en el idioma de Cervantes, comprenderemos lo que quiero decir con encorsetar.

El torbellino del rock and roll, en su furibunda e imparable expansión planetaria de los primeros años sesenta, arrasó medio planeta. El primer escollo con el que nos encontramos los aprendices rockeros, no sajones, fue, descubrir que su estructura rítmica y melódica, solo era propicia para un idioma lleno de monosílabos, contracciones y palabras agudas: el inglés. Los chavales que nacimos en el espacio cultural de las lenguas derivadas del latín, lo íbamos a tener muy crudo para encajar estas historias generacionales en el corsé rítmico del rock and roll. Aquellas excitantes canciones, sugerían mundos de modernidad, libertad y permisión, muy lejos del que vivíamos en nuestra represiva grisura.

En mi último año de colegio, en 1958, una canción sonaba sin parar en las radios de Granada. Era “Diana” de Paul Anka. La canción comenzaba con una frase de saxo cuyo sonido, desde entonces, siempre asocié al sexo, por muy desconocido que me resultara en aquella época. La pubertad, con su su revolución hormonal, me tenía trastocado. Yo la cantaba a todas horas. Subía las escaleras de mi casa cantando a todo pulmón: “Oh, please me, Diana!”, sin saber qué decía. Tan desaforado era mi canto, que mi padre, un andaluz parco en palabras, le dijo a mi madre: “Nena, dile al niño que si lo oigo pegar voces en la escalera, me va a oír!”. Mi madre, más preocupada por mi salud mental, me preguntó: ¿Pero niño, tú qué tienes en la boca? ¿Qué tonterías estás cantando? La verdad es que no lo sabía. Repetía la letra como un papagayo. Algunas frases de la canción, como “I’m so young and you’re so old” y “Hold me tight”, me salían bien, pero el resto lo cantaba en lo que entonces conocíamos como inglés de los montes, una mimesis sonora bastante chusca. Pero lo que yo imaginaba que la canción decía, tenía mucho que ver con mis tribulaciones y calenturas del momento. Más tarde me enteré, que la historia de Diana, no era lo que en mis elucubraciones imaginaba. Se parecía mucho a la de mis furtivos y tímidos escarceos con una vecina llamada Pepita. Tuve un punto de desconcierto y desilusión, cuando pude leer en los cancioneros de la época, el significado de algunas de aquellas letras originales. Recuerdo que pensé, tampoco es para tanto.

El primer éxito planetario del nuevo fenómeno fue, el famoso “Rock around the clock”. En español se tituló “Rock alrededor del reloj”, y traduce, fielmente, lo que significa en inglés. Solo que, para decirlo, se necesitan ocho sílabas en vez de cinco. Se hicieron pocas versiones en español de este hit mundial. La más famosa que recuerdo fue la de Los Llopis, una banda pionera en el arte de versionar los éxitos del nuevo baile al castellano. Su célebre “Estremécete”, versión del fabuloso “I’am all shook up” de Elvis Presley, competió en la lista de éxitos local. Los cubanos no pudieron evitar el escollo más evidente: trasladar a nuestra lengua el texto inicial de la canción. Aquel famoso, “one, two, three o’clock, four o’clock rock”, que dio la vuelta al mundo, y tuvieron que cantarla en inglés. La traducción literal es, como todo el mundo sabe, “una, dos, tres, en punto, cuatro en punto rock”. Solo quiero volver a recordar que es imposible que esas doce sílabas de la frase en español, quepan en una melodía echa para albergar siete palabras oxítonas.

En los orígenes de esta música, hay muchos ejemplos de canciones intraducibles, sobre todo, si se quería contar la misma historia que el letrista original escribió. Pero el tema que lanzó al estrellato del rock and roll a Bill Haley y sus Cometas, es de los más difíciles. Traducir un texto original que todo el mundo entiende, no tiene mucho sentido. Es tan inútil como querer cantar en español “We are the champions” de Queen. Ya lo he dicho, no hay idioma en el que suene mejor el rock que el inglés. Pero, como por aquel entonces, y por este ahora, los idiomas han sido la asignatura pendiente del sistema de educación español. Los jóvenes propagandistas de la fe rockanrolera, nos tuvimos que buscar la vida.

Al principio, como queda dicho, imitábamos la fonética del sugerente sonido de una lengua que desconocíamos. Copiábamos, al mismo tiempo que las canciones, las poses y el tupé del Rey Elvis, de los discos y fotos que cayeron en nuestras manos por los alborozados y excitantes caminos que llevaban al guateque. La historia de mi aprendizaje del oficio de rockero, viene por otro sitio. Al no poder cursar el bachillerato, di con mis tiernos huesos en el ramo del comercio, y mi vida cambió totalmente. Empecé como aprendiz de hortera en los únicos almacenes con sección de discos de Granada. Allí descubrí discos hechos por gente cercana a mi edad. Voces que procedían de aquí y de otras partes del mundo, algunas cantando en castellano, aquel ritmo que estaba cambiando el planeta tierra, y que distinguía a la juventud del resto de la gente, dándonos un valor que nunca antes tuvimos. En los Almacenes Olmedo encontré mi vocación.

Descubrí, que aquello que mi madre llamaba “el don”, o sea cantar, y que desde niño se me daba tan bien y me emocionaba tanto, era una profesión. “El don” era gustar en el coro y en el teatro de la escuela. “El don”, tenía el poder de hacer que mi madre, cuando le cantaba Granada de Agustín Lara, deshiciera el puño de hierro de la escasez, en el que guardaba el duro que me salvaría del tedio del domingo por la tarde.

En la tienda comprendí que, si Los Teen Tops, el Dúo Dinámico, Rocky Kan, Los Estudiantes, y muchos que me precedieron podían vivir de eso, yo también podría. Desde ese mismo momento me dediqué a vencer la timidez, la vergüenza de mi catetez, el miedo al rechazo y, mientras oía y vendía discos de otros, también a aprender. Desde entonces hasta hoy que estoy hablando para ustedes, solo sé, que todo se lo debo al rock and roll.

La primera vez que puse en el tocadiscos “La plaga”, el primer EP del grupo mexicano Teen Tops, quedé noqueado. Aquel tipo cantaba rock and roll y se le entendía. Enrique Guzmán, el vocalista, se convirtió en mi referente. Su fraseo, la forma de moldear las palabras para hacerlas coincidir con la sincopada melodía, el amoldable sonido del deje mexicano tan lejos de la rigidez cruda del castellano, lo hacían rockear con más soltura y naturalidad que cualquiera de sus coetáneos y cuando cantaba baladas, rompía. Los Teen Tops grabaron “La plaga” en 1959. Era una versión del tema Good Golly Miss Molly, que triunfó en las listas norteamericanas, un año antes, cantado por el explosivo Little Richard.

Me gustaría analizar unas líneas de la letra de este tema, y su versión en español, como ejemplo de una adaptación más que aceptable. Estilísticamente, la versión mantiene la estructura del jump blues, en el que se repiten las dos primeras estrofas de la canción. El texto se ajusta, razonablemente, a la métrica y a la acentuación de la melodía. El relato se acerca a la historia original, tanto, como el cándido castellano que permitía la censura franquista, se podía acercar al libidinoso doble sentido que tenían las letras de los primeros rockanroles. Aunque por entonces, ese doble sentido yo no lo pillara. Por último, y lo más importante, la versión del Los Teen Tops salió en España antes que el disco original, lo que hizo pensar a la peña que el imitador era el imitado.

La señorita Molly, en la versión de Los Teen Tops, se llama “La plaga”. Parece ser que “la plaga”, era uno de los modismos juveniles con que los mexicanos de los años cincuenta definían al grupo de amigos. Como nosotros decíamos “la peña” o “la panda”.

Good golly Miss Molly, (6)

sure like to ball. (4)

Ahí viene la plaga,  (6)

le gusta bailar (5)

Good golly, Miss Molly,

sure like to ball.

ahí viene la plaga,

le gusta bailar

When you’re rockin’ and a rollin’

can’t hear your mama call.

y cuando está rocaroleando

es la reina del lugar.

 El truco que emplea el adaptador es añadir una discreta sílaba, swingueando la melodía para que no se note. Otra forma de disimular el truco de la sílaba agregada, es camuflarla al cantar, dándole menos volumen a la nota de clavo.

Hay muchos ejemplos de adaptaciones y versiones. El más glorioso es del Carnaval de Cádiz, donde se inventan historias nuevas sobre melodías conocidas. Pero, con mucho arte.

Como ya hemos visto con el “Rock alrededor del reloj”, a veces se corre un riesgo al versionar un tema popular, que todo el mundo tararea, y tener que modificar la melodía, debido a los inevitables cambios producidos para encajar el exceso de muevas sílabas. Otras, es preferible, tomar algunas imágenes del texto original, y traducir el sentido de las mismas, aunque haya que perder un poco de literalidad para ganar fidelidad en la parte musical.

Otis Redding escribió un tema maravilloso llamado “Sittin’ on the dock of the bay”. Manolo Tena hizo una buena versión, tratando de contar el mismo relato de Otis. Pero al ser una canción tan poderosa y conocida en origen, siempre se pueden escuchar los giros del original.

Sittin’ in the mornin’ sun 7

I’ll be sittin’ when the evenin’ comes 9

Watchin’ the ships roll in 6

Then I watch ‘em roll away again 9

Sentado una mañana más 9

En el muelle, hasta que el sol se va 11

Viendo los barcos partir 7

Sé que pronto volverán a venir 9

I’m sittin’ on the dock of the bay 9

Watchin’ the tide, roll away 7

I’m sittin’ on the dock of the bay

Wastin’ time 3

Estoy sentado en el muelle otra vez 13

Solo y dejando el tiempo correr 11

Sentado en el muelle otra vez 10

Volviendo a empezar 7

El uso de sinalefas, y otros tipos de contracciones, más algún acento forzado, acercan el número de sílabas cantadas en las dos versiones. No así la línea melodía, que se desajusta algunas veces con el aumento de sílabas.

Yo he intervenido en infinidad de adaptaciones en mi larga carrera, con mayor o mejor fortuna. Me atreví con Stormy Weather, escrita en 1933 por Harold Arlen y Ted Koehler, y versionada por las mejores voces del jazz. Mi idea fue no contar la canción en su literalidad. Sino usar algunas de sus imágenes, y hacer coincidir el título castellano, “La tormenta”, en el mismo lugar del original.

Don’t know why

there’s no sun up in the sky,

stormy weather
Since my man and I ain’t together,

keeps raining all the time

Se marchó
y estalló en mi corazón
la tormenta.
Cuando mi chica me deja
no para de llover.

Este breve muestrario anecdótico, es solo un pequeño ejemplo de cómo nos adaptamos a un momento sociocultural histórico, y cómo sobre esa estructura musical y armónica, años más tarde, contamos las vivencias de un tiempo y de un país. Nuestra meta era ser modernos, ahora se trata de ser originales.

Mis palabras finales, son para agradecer, nuevamente, la invitación de la Facultad de Filología, felicitar a los egresados, y para solidarizarme con la Universidad pública. Corren tiempos turbulentos. No solo para la lírica, como cantaran Golpes Bajos, también para la ética, la razón, la dignidad y la vergüenza. El mal uso que se hace desde fuera, y por desgracia desde dentro, de este ámbito académico, fundamental para el desarrollo del ser humano, solo se combate con análisis, verdad y honestidad.

 

Discurso de Miguel Ríos   en el Acto Académico de la Facultad de Filología de la UNED

26 de abril de 2018

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s