El ruido y la furia. Faulkner. Instrucciones de uso.

Leer a Faulkner, en ocasiones, es un acto de entrega incondicional a lo desconocido. Adentrarse sin linterna en una caverna oscura, listo para ser puesto a prueba. Cuando uno decide sobrevolar el universo del rompecabezas El ruido y la furia, debe armarse de confianza, la confianza en la Literatura, la otra Literatura. Esa que es un descenso a las entrañas de lo humano, sin un mapa, sin brújula. Leer así, es una aventura ardua que, sin lugar a duda, tiene su recompensa. Leer, siempre la tiene, es cierto, pero hay libros que poseen una puerta trasera que nos da acceso a otra dimensión. «La vida no es más que una sombra… Una historia narrada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa.» Macbeth, Shakespeare.

El título resume con una precisión sobrecogedora el contenido de la novela.

La primera vez que abordé la novela, tengo que confesar que no logré superar la primera parte, desistí, abandoné el cuarto de los sonidos. No tuve la confianza suficiente como para creer que, en algún momento, el ruido del lenguaje terminase en una magistral melodía en la que, cada instrumento toca la parte de un inmenso todo, donde lo dramático prima por encima de cualquier formalismo gramatical.

Con este artículo, no pretendo otra cosa que transmitir, de manera poco lineal, como haría cualquiera de sus protagonistas, mi experiencia de lectura, mi entusiasmo, mi emoción como escritora, lectora y profesora de talleres de escritura. Sin atriles. Solo quiero empujar a otros a su lectura, ofrecer un puente para caminar junto a Benji, Caddy, Quentin ella y Quentin él, Jason, Caroline, Luster o Dilsey, caminar por esta novela construida retando a las leyes naturales, al tiempo, a las estructuras narrativas establecidas. Retando, en definitiva, al lector. Y de paso, a cualquier escritor que quiera averiguar lo que significa la palabra “riesgo”.  ¡Bienvenidos a este hipérbaton!

En primer lugar, quiero alertar de que, desde el minuto uno, entramos en un espacio lleno de movimiento y de ruido, de voces que van y vienen, de olores, de sonidos, agua, llanto y confusión. Nos encontramos con que Faulkner sabe lo que quiere contarnos, pero nosotros todavía no tenemos ni idea.

La primera parte del libro es reveladora cuando regresamos a ella, completada la lectura de la novela. Resulta extraño, pero así es. Ahí radica su belleza. Resulta entrañable, tierna, magistral, pero un galimatías sin sentido para el lector que comienza la aventura. ¿Por qué la primera parte logra volvernos locos? Sencillamente porque no hay un narrador normal, hay un hombre, sus pensamientos, sus recuerdos, sus sensaciones, voces, olores y rincones. Todo ello está tratado en el mismo instante. Benji es un hombre con una deficiencia intelectual, un niño sin habla de 33 años. Inocente, ruidoso, una masa de carne que va y viene, que pasa de mano en mano. Un ser al que su madre ignora y su hermana adora. Benji, según declaró su autor, es la semilla de la novela, desde donde todo parte. Un hombre-niño cuidado por Luster, un muchacho negro y su abuela, Dilsey. Por lo tanto, el aspecto de la realidad que observa, sus afectos, temores, inseguridades y, ¿por qué no decirlo?, una especie de sexto sentido, nos llevan por casi setenta páginas. En la página cuarenta estamos exhaustos, dejamos la novela para otra ocasión. ¡Gran error! Es importante seguir remando, dejarse envolver por estas voces, sin necesidad de querer entender, ni descifrar nada. Sentir como siente Benji, el hijo de la familia Compson, hermano de Caddy, Jason y Quentin. La maestría de Faulkner radica justo en esto, en haber construido un universo a partir de pequeños retazos de una gran historia que solo al final se reconstruye. Es como si desde la cima, lográsemos ver un paisaje fastuoso, único. Pero para lograrlo, hay que subir a la cima, pisar piedras, hacerlo a oscuras.

Benji ama y teme. Su mundo es un prado, un inmenso trozo de tierra que le separa de la ciudad de Jefferson, junto al rio Misisipi, en la fascinante  Yoknapatawpha County, región en la que el autor escribe y crece junto a sus personajes.

El mundo de Bejamin Compson, es un puñado de hectáreas, un lugar de juego que un día le arrebatan para que Quentin, otro de los hermanos Compson, estudiase en Harvard. Será esta universidad, el telón de fondo de la segunda parte de la novela. Quentin Compson es el protagonista de esta segunda mirada. Digo mirada porque, la novela se construye a través de miradas. Tan solo al final, en el último paseo que da el lector, aparece un narrador omnisciente que asoma para tomar, por fin, distancia y mirar al futuro con un ligero rayo de esperanza. Pero, ¿el futuro de quién?

La sucesión de voces trata de ir formando la historia siguiendo la técnica de fluir de conciencia, con diálogos en modo indirecto e indirecto libre y, con elipsis sin transiciones. Al menos, no con las transiciones más comunes, de uso habitual, sino con unas transiciones diferentes, sutiles, que tienen más que ver con los sentidos que con los objetos.  Faulkner utiliza la cursiva para la construcción de elipsis.  Esta es una información útil para que los inicios no resulten demasiado quejumbrosos. De repente, comenzamos a notar como la niebla se disipa, como aparece un conflicto en el corazón de los Compson, como poco a poco, se va coloreando, junto al Charles River, el origen de ese terrible conflicto que, irremediablemente, intuimos que puede terminar en tragedia.

Acompañamos a este personaje a través de la ciudad. Nos encontramos con una estupenda reconstrucción en imágenes de los movimientos migratorios americanos, con el futuro de unos y la decadencia de otros. Nos tropezamos con escenas bellísimas, con diálogos reveladores, con un encuentro que, a mí, personalmente, me ha recordado a El sueño de un hombre ridículo de Dostoievski. Imaginar a un autor leyendo a otro, inspirándose en historias que también nos inspiran a nosotros, es un ejercicio que me apasiona.

“Su cara era como un tazón de leche con una gota de café en el dulcemente cálido interior vacío… ¿Hay alguien ahí? Ella se limitó a observarme, hasta que se abrió la puerta y entró la mujer. Sobre el mostrador las filas de figuras crujientes tras el cristal su pulcro rostro gris, unas gafas de pulcras monturas grises cabalgaban aproximándose como sobre un alambre, como la caja registradora de una tienda”.

Faulkner va montando una sucesión de escenas, absolutamente caóticas que van y vienen, que recorren una larga avenida junto a la niña italiana, mientras el pasado, como un soplo de viento atrapado por la gravilla, nos agita, nos desvela muy poco a poco, frente a quién y qué estamos. Ojo, aquí, el autor, no nos echa un cable, aquí, uno debe buscarse la vida, dejar que el lenguaje, sin puntos, comas, guiones o demás signos gramaticales y asideras, haga su función, ni más ni menos.

“…ella volvió a reclinarse sobre los brazos abrazando las rodillas

Tu nunca has hecho una cosa así verdad

Que he hecho qué

Es lo que yo he hecho lo que yo hice

Sí sí muchas veces con muchísimas chicas

Entonces me puse a llorar su mano volvió a tocarme y yo lloraba sobre su blusa húmeda…”

La tensión, en esta parte del libro, a veces incomprensible, está lograda, es aquello que nos va a hacer avanzar con el corazón en un puño. ¿Hacia dónde? Todavía no lo sabemos, pero lo sospechamos.

“…soy mala de todas formas no puedes evitarlo”, dice Caddy.

Quentin Campson nos cuenta muchas cosas de su vida en Jefferson junto a los sirvientes negros, lo hace a través de escenas sugeridas. La lectura de la segunda parte, quizá mi favorita, se centra en la relación con su hermana, lo hace desde el futuro. Hay un elemento que conecta ambos momentos y lugares: el agua del rio. Muy presente en la novela, y, en la vida de Faulkner, claro.

El agua, los relojes, las sombras, los espejos o las bolas de golf, son indicios, símbolos e imágenes. Un juego, un reto de lectura. El autor utiliza muchos elementos que sugieren, que nos alertan, pero no sabemos bien de qué. Hay una pregunta, una gran interrogación que va poco a poco formándose a lo largo de este paseo por Harvard. Una duda con dos respuestas, o, al menos con dos posibles respuestas.

Caddy Compson es el personaje referido de la novela, es quizá el centro de la historia. Todo gira en torno a ella. El rencor, el deseo, la virginidad, los celos, la envidia, el amor, ¡todo! Caddy es fascinante desde el primer momento, lejana y cercana, amable, despiadada, inteligente, dura, misteriosa y abandonada a su suerte. Suerte que, de alguna manera, nunca llega a abandonarla del todo. De hecho, es la que tiene un futuro más prometedor.

Faulkner tenía dos hermanos y una hermana, igual que los Campson, el alcohol, presente es la realidad y la ficción, es también un rio, un río igual de trágico que en la novela. ¿Son las terribles borracheras del autor lo que determinaban su manera tan peculiar de escribir? ¿Las frases inacabadas? Lo dudo. Siempre dudo de ese tipo de afirmaciones, la esencia de la escritura no tiene por qué afianzarse en drogas o alcohol. La forma elegida por Faulkner para contar esta historia es producto de un largo proceso creativo, de idas y venidas, de dudas, de intentos, de reescrituras. Él mismo, en una entrevista, cuenta que se trata de una historia y cuatro formas de contarla. ¿Cuatro? Sí. Todas, según él, equivocadas.

“…escribí la misma historia cuatro veces, ninguna de ellas estaba bien, sentí angustia, no podía tirar ninguna de ellas, así que decidí publicar las cuatro”.

Lo mismo le sucedería a John Lennon veinte años más tarde al componer uno de sus más brillantes temas: Strawberry Fields. Lennon, al igual que Faulkner, decidió unir ambas versiones, ambas válidas, pero ninguna definitiva. Lo definitivo puede llegar cuando dos o varias cosas imperfectas se unen.

La tercera parte o mirada, la que sigue a Quentin, es de Jason Compson. La forma de narrar es propia de la personalidad del personaje, sin dobleces, con ironía, sin dudas, sin pausas. Es a través de Jason cuando comprendemos el futuro de los Compson, cuando se nos desvela, finalmente, la trama de lo narrado. ¿Sentimos alivio? No. Ya nos habíamos acostumbrado a la niebla, ya habíamos ejercitado nuestra mente a buscar en las sombras del lenguaje lo que el autor quería contarnos.

Jason Compson asoma de manera contundente en la mirada inicial de Benji, ya se atisba cuál será la personalidad del Jason adulto. La historia se centra en otro personaje del que me voy a permitir no hablar, ya que hacerlo, supondría, desvelar algo fundamental que podría molestar a aquellos lectores que todavía no se hayan sentado a recomponer el rompecabezas.  Jason representa todo lo negativo, el fracaso la envidia, la mediocridad. Todo ello, queda patente con una escena cargada de dramatismo en la que el pequeño Luster le pide dinero para ir a la función de Jefferson, ante la atónita mirada de Dilsey, la sirvienta negra. El tendero de los Compson, al cual, se le niega la posibilidad de estudiar en la universidad a causa del hermano mayor, el hombre venido a menos que esnifa bolas de alcanfor y se acuesta con una prostituta, odia al mundo. El mundo lo detesta a él. La mirada de Jeferson nos ancla al futuro de la familia y construye de manera gloriosa, la relación entre blancos y negros. También, a través de su mirada, nos encontramos con otro personaje: Caroline, la madre de la familia, hija de Nancy, la abuela, cuyo entierro es protagonista del arranque de la novela.  La señora Compson es una mujer caprichosa, nerviosa, aprensiva, cobarde. Protege a Jason, lo mima mientras intenta olvidar e ignorar a sus otros hijos. Caroline es un personaje producto de la decadencia de una familia pudiente del Misisipi. Representa todo lo que una madre jamás debe hacer.

Ambos, madre e hijo, parecen vivir una vida imaginada, un pertenecer a un pasado colmado de privilegios, esclavos, dinero y tierras. Todo eso se ha terminado y la señora Compson descansa su resaca vital en la cama gritando a la sirvienta negra, la reina de la cocina, la única con los pies en la tierra y el personaje protagonista de la cuarta parte de la novela. Para presentarlo, el autor, huye de las descripciones emocionales, nos muestra a una mujer agotada, sudorosa, físicamente poco atractiva, vestida con ropa de la señora Compson y presa del tic tac del reloj, del trabajo, de la servidumbre, del final de toda una época. Entre todos ellos, abrazado a una botella, borracho aparece el tío de los Cromson, hermano de la madre. Un alcohólico, descrito como un cobarde, que asiste a todo sin participar en nada. Un hombre blanco inútil.

El lector, puede preguntarse, por qué no es la mirada y la voz de Caddy la que emerge en la última parte del libro. ¿Por qué, no hay una voz femenina, otro punto de vista? No creo que haga falta, su voz se entrelaza con las del resto de personajes, su forma de ser, de ver la vida, de amar y entender el sexo, impregna casi toda la novela.

Finalmente, en las ediciones posteriores a 1945, nos encontramos con la bondad del editor de El ruido y la furia: Malcom Cowley. Hablo de bondad, porque este hombre debió enamorarse de esta novela y quiso que otros también lo hicieran, por ese motivo, se atrevió a introducir un apéndice donde se describe y aclara la cronología de la familia Compson desde 1699 a 1945.

Faulkner, lejos de ofenderse, (podría haberse negado) declaró estar encantado con esta iniciativa de su editor y se lamentó por no haberlo pensado él.

El ruido y la furia se publicó en 1929 el mismo año de la Gran Depresión. Una época de crisis profunda en los Estados Unidos. Existía, en aquellos años, un programa para concienciar a la población sobre la cuestión de la nueva condición de la población negra, que invitaba a los escritores, que habían abordado el tema a recorrer el país hablando de sus obras. Era un programa remunerado, al que, como es obvio, se apuntaron un buen puñado de autores. Esto supuso, sin lugar a duda, un  empujón a esta obra de Faulkner.

Uno de los ejercicios más entretenidos después de leer El ruido y la furia, es construir una constelación de personajes. Intenten hacerlo. La historia se desvanecerá y se volverá a dibujar varias veces. Y en cada una de esas ocasiones, notaremos que miles de destellos se nos escapan, como cuando intentamos atrapar las olas levantando muros con arena de playa.

El ruido y la furia, 1929, Random House.

Varias editoriales y traducciones.

Debolsillo, Alianza Editorial, etc.

Eva Losada Casanova es escritora, directora y fundadora del espacio de creación literaria La plaza de Poe. Imparte talleres de escritura y coordina varios Clubs de Lectura.

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