Literatura, mujeres y premios. Una historia triste.

Autora: Eva Losada Casanova

Decido, en un día lluvioso, dejar de trabajar.  Ocupo mi tiempo en echar un vistazo al recorrido que las mujeres escritoras hemos realizado en los últimos cien años. Me preparo un té y comienzo a investigar. Lo hago de buen humor, a conciencia, sin rencor; con una estupenda predisposición. Me noto conciliadora y optimista.

Lo primero que hago, es plantearme si el número de mujeres y hombres que leen literatura en nuestro país, es el mismo. En 2017, según el estudio hecho por la Federación de Gremios de Editores de España, el 55% de los lectores frecuentes de libros, son mujeres; más de la mitad lo hace en su tiempo libre. Por lo tanto, lectoras y lectores, van de la mano. Eso me tranquiliza, así que me asomo al criticado y desprestigiado mundo de los certámenes literarios. ¿Qué pintamos nosotras en ellos? Le doy vueltas a la idea de que, en realidad, nosotras, no necesitamos premios. Es una idea curiosa, pero no descabellada. ¿Es el premio un invento del hombre, para el hombre y entre hombres? Ellos se lo guisan y se lo comen. Qué cosas, todos los grandes premios literarios tienen nombre de hombre. En cualquier caso, decido saber cómo nos ha ido. Comienzo por el galardón más codiciado, el mejor: el Premio Nobel de Literatura. Nace en 1901, han pasado más de cien años. Solo catorce mujeres han sido galardonadas con este premio. De todas ellas: Jelinek, Müller y Munro, lo son en este siglo. Entonces, llena de optimismo y sin un ápice de indignación, me convenzo de que la tendencia es cambiante y que, quizá, en los próximos años, más mujeres ganen el Nobel. Confieso que no me lo susurro con mucho convencimiento.

Me voy a Francia, al prestigioso Premio Goncourt. Lleno de reconocimiento y vacío de contenido económico. Comienzo a leer, leo dos veces, repaso de nuevo la lista, compruebo con asombro que, en 112 años, con todos sus días y meses, tan solo hay diez mujeres. No doy crédito. Pero, ¡si es Francia! Ya, sí, pero son todo hombres. Lo cierto es que, la última mujer no era blanca y encima tenía menos de cuarenta años: Leila Slimani. ¡Cielos! A ver si este galardón entra en crisis, mujer, marroquí y joven ¿Han oído hablar de ella? ¡Cuánto riesgo! ¿Qué pensarían Duras y Beauvoir de todo esto? ¿Creen que cuando ellas recogieron este premio pensaron que el camino estaba despejado? Lo dudo. Hay una lucecita al final del túnel.

Siento curiosidad por saber qué sucede con las mujeres novelistas que escriben en lengua inglesa. Tengo un profundo respeto por ellas, muchas hemos bebido de su genialidad. En los premios Booker, el premio más prestigioso en este idioma, cuento dieciséis mujeres novelistas premiadas en cincuenta años. No es para tirar confeti, pero no es trágico.

Viajo hasta los Estados Unidos. Elijo el Premio Pulizer de novela. Lo hago para no jugármela. Calculo que desde 1916, o sea, unos cien años, solo diecisiete mujeres lo han ganado.  En el Premio Internacional Franz Kafka, en diecisiete años, solo hay tres mujeres: Atwood, Jelinek y Hodrová. Aquí la cosa se tuerce.

No me altero. Ha dejado de llover. Se enfría el té. Me pregunto, por qué he decidido meter las narices en esto, con la cantidad de trabajo que tengo. Cosas de mujeres, supongo. Sigo. Un tímido rayo de sol se posa sobre el Premio Cervantes. Cuento los años que lleva el premio reconociendo el talento femenino. Son cuarenta años. Cuatro décadas y cuatro mujeres. ¡Y yo me quejaba! María Zambrano, María Loynaz, Ana María Matute y, por último, la activista mexicana Elena Poniatowska. Desolador.

Me entra  la tristeza, esa que acompaña a la impotencia, a la nostalgia. No me achico y continúo. Llovizna, el sol desaparece y llego a los Premios Princesa de Asturias. Premio que ha adoptado nombre de mujer. Esta vez, seguro que salimos mejor paradas. Me equivoco. En treinta y seis años, en cinco ocasiones se reconoce el trabajo de siete mujeres. No me salen las cuentas. ¡Claro! Qué tonta soy. En 1988, como Carmen Martín Gaite no era suficiente, lo comparte con Jose Ángel Valente. En 2003, Susang Sontang sube a recoger el premio con Fatima Mernissi. A ver, si me he enterado bien. No solo no hay apenas mujeres, sino que, encima, comparten el reconocimiento. Llegamos a 2008 y tenemos la suerte de que la maravillosa Margaret Atwood ve su talento y trabajo recompensado. El premio es para ella sola.

Doy un salto al Premio Nacional de Narrativa. Comenzó su andadura en 1924 y, al poco tiempo, en 1927, Concha Espina se hace con él. Pasan veintitrés años y, parece que la única mujer que escribe es ella, porque se lo vuelven a dar. Le sigue Laforet y Ana María Matute. Dejan pasar dieciocho años y antes de que comience la década de los ochenta, reconocen el trabajo de Carmen Martín Gaite. Habría que esperar casi veinte años para que Carmen Riera ganara este premio, y otros veinte más para que fuera la escritora Cristina Fernández Cubas. Pero, ¡por qué les costará tanto otorgar un premio de narrativa a una mujer! No desespero. Sigo. No ha dejado de llover, el cielo cae como cemento, mis gatos se arrebujan en la manta cuando llego al Premio de la Crítica Castellana. Terrible. ¡Sesenta y un años de reconocimientos y tan solo cuatro mujeres!

Cojo mis bártulos y salto a los premios literarios que otorgan las editoriales. Selecciono editoriales de narrativa. Serias. Tengo una curiosidad malsana, muy de escritora. Primera parada: Premio Herralde de Novela. Son más de tres décadas de premio. Nace en 1983. Me congratulo. Tengo la certeza de que voy a llevarme una alegría. No. Ninguna alegría. Pasaron diez años antes de que la escritora, investigadora y profesora, Paloma Díaz-Más, lo lograra después de ser finalista. Me sirvo una cerveza. Me animo yo sola. Sigo repasando y, por fin, llego al nombre de Guadalupe Nettel. Lo ganó en 2014 y, dos años más tarde, lo logra Marta Sanz. ¡Qué seguidos! Deja de llover, se abre el cielo. ¿Otro cambio de tendencia? Uno de mis gatos, el negro, se despereza. Me mira con lástima. Llego al Premio Alfaguara de Novela. Cuento con los dedos de una mano. Desde 1965, con un parón de más de dos décadas, durante el cual no hubo premio, cinco mujeres han ganado este galardón. Y, ¿saben lo que he descubierto? Pues que, en 2005, por primera vez, se comparte. Sí. No lo comparten dos hombres. ¡Qué va! Son dos mujeres, claro. Graciela Montes y Eva Wolf. ¿Se lo merecían a medias? Quizá sí, quizá no. Lo curioso es que, desde 2016 hasta 2018, en este premio no hay cambio de tendencia. Ni se las oye, ni se las espera.

            Me levanto de la silla. Estiro el cuello. Los gatos han dejado de mirarme con lástima. Duermen. Ahora es el pastor inglés, Elvis, el que lame mi mano. Lo hace con un cariño enorme. Me desarma. Vuelvo a mi sitio. A veces, hay que volver al sitio para seguir avanzando. Más premios. Me voy al grupo Planeta: Premio Nadal. Quince mujeres. ¡Qué barbaridad! Y, eso no es todo, en los últimos 10 años, se alternan ellas y ellos. Premio Málaga. En doce años lo ganan cuatro mujeres. Y sigo, con todos ellos, hasta que me encuentro con el Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones. Le hago un guiño y me siento una gladiadora.

            Termino este artículo sin aliento. Triste, pero con el convencimiento de que vamos por el buen camino, el de la igualdad de oportunidades. Tengo la certeza de que tarde o temprano ellos nos leerán. De que habrá muchos más premios con nombre de mujer, entregados por mujeres. Hasta que un día, por fin, a nadie le importe si lo eres o no. Quiero vivir lo suficiente, verlo y aplaudirlo.

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora de narrativa en  La plaza de Poe. XVIII Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones. Alianza editorial.

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