William Wilson. La torva conciencia

Autora: Eva Losada Casanova

En mi más hambrienta adolescencia, aquellos textos que me cautivaban de verdad eran los que encerraban, no una ingeniosa trama, ni una interesante visión de la realidad, sino el juego oculto, la complicidad entre el autor, narrador, personaje y lector.

Ser testigo de la destreza del escritor para envolver al lector, para regalarle una vuelta de tuerca más, me fascinaba. Y sigue haciéndolo. Es más, estuve casi una década investigando esos parajes, hiendo, como alma en pena, de un lado a otro de mi propia conciencia. Viaje que tuvo como consecuencia mi primera novela En el lado sombrío del jardín (Funambulista 1914), novela que, desde entonces, solo me ha dado alegrías. Esa fascinación primera llegó con Edgar Allan Poe y William Wilson. Si el lector no se ha sumergido todavía en este exquisito relato del maestro de escritores, sería una buena idea dejar de leer este artículo. Leer ambos textos en el orden equivocado, no dejarse sorprender por Edgar Allan Poe y sí por mí, sería una lástima.

Poe nos presenta, de una manera que nadie lo había hecho hasta ese momento, el doble, la sombra, el Doppelgänger, nuestro yo, el lado oscuro. Siempre afectado por sus infinitas e insistentes obsesiones, —acrecentadas por el consumo abusivo de sustancias poco benévolas para mantener el equilibrio que, en ocasiones, perseguía— Poe nos arrastra, desde un presente nada sereno, hasta un final magnífico. Un final en el que, una vez más, el espejo, irrumpe como uno de sus objetos favoritos. Siempre he creído que este relato no era un asunto de dobles, sino de triples. Que, en la historia del estudiante universitario, fanfarrón, vicioso y derrochador, estaban en juego tres figuras: autor, narrador y personaje. Tres sombras, tres reflejos.

Maupassant, Dostoyevski, Stevenson o Italo Calvino, lograron una magnífica duplicidad con algunos de sus personajes, pero Poe, ya en 1839, fue más allá. William Wilson tiene los mismos vicios que su sombra y su creador, nacen el mismo día, un 19 de enero, visten igual y son equilibristas entre la moral y la libertad de espíritu. Poe juega en este texto —como es habitual en él—con la buena voluntad del lector, con su insaciable curiosidad, pero lo que realmente logra es la permanente inquietud a través del uso de la razón, del juego de las certezas y la locura, del espejismo de la fantasía. Esa que el lector conocedor de Poe está esperando, pero —en este relato— no llega nunca. Es un tira y afloja permanente entre el trío que ha creado. Una vez que ha conseguido, sin apenas esfuerzo, sumergirnos en un espacio físico, de sonidos, luces, ambientes, lugares y hasta sonidos, nos va arrancando poco a poco de ahí, llevándonos por su propia conciencia, la del personaje y, en esta ocasión, la del antagonista. Caminos, pasillos, diferentes universidades, ciudades y países, toda una vida para conocerse y encontrarse. Un diario apresurado, en parte autobiográfico, construido sin el orden meditado de El Horla, de Guy de Maupassant.

Poe abre y cierra las puertas de la percepción a base de portazos, sabiendo que cada portazo es un sobresalto en el estado de su víctima favorita: nosotros, los lectores.

Es un relato de escenas y ambientaciones sublimes, de parlamentos escuetos y determinantes. Tiene una estructura ordenada y meditada, matemática, como todo lo que escribía. Siempre que lo leo y releo para su análisis en las clases, descubro algo más, algo distinto, un nuevo destello narrativo. Admiro su capacidad para provocar ese estado de ánimo necesario, en el que todo escritor debe saber colocar al lector. Su genialidad no radica tanto en las historias que narra, sino en el efecto que consigue provocarnos haciendo un uso inimitable de la escena, el giro argumental y la ambientación.

¿No es la autolesión aquello que practicó con cierta asiduidad en su vida? ¿No es este relato una manera de autolesionarse, de terminar consigo mismo, de extirpar lo último que nos queda?

“La torva conciencia, ese espectro en mi camino” como apunta Camberlayne al inicio de este relato. William Camberlayne fue un médico y poeta inglés de finales de la segunda mitad del siglo XVII que trabajó y vivió al sur de Inglaterra. En 1820 sus poemas fueron reeditados. ¿Por qué él? Nunca lo sabremos. Cosas de Edgar.

William Wilson fue publicado apenas diez años antes de que su autor muriera en condiciones tristes, en una plaza de Baltimore, el 7 de octubre de 1949. Sufría un desequilibrio emocional severo y quién sabe si, al igual que otros escritores y escritoras, un progresivo desdoblamiento.

“La página inmaculada que tengo ante mí no debe mancharse con mi verdadero nombre. Éste ya ha sido el exagerado objeto del desprecio, horror y odio de mi estirpe”.

Los Cuentos completos de Edgar Allan Poe han sido reeditados en España por Alianza editorial, Edelvives y Páginas de Espuma

Eva Losada Casanova es escritora, directora de La plaza de Poe, espacio de creación literaria y musical en Madrid. Autora de El sol de las contradicciones (XVIII Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones. Alianza editorial, 2017)

 

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