STRINDBERG. Mirando al abismo

Autora: Eva Losada Casanova

Leer te regala muchas cosas pero una de ellas es más lectura, más libros, más autores, más noches en vela. Abrir un libro es abrir muchos otros, es dejarse llevar por una leve corriente templada, por afluentes que te descubren un paisaje tropical al que jamás habrías llegado sola. Fue a través de Hitchens como llegué a Strindberg. Hubiera llegado por cualquier otro camino, seguro. La literatura es generosa, los autores lo son, escribir no es otra cosa que dar. Dar la infancia, dar hasta la vida que todavía no has vivido. No conozco un arte más generoso que el arte de la escritura. Nos ofrecemos como animales a punto de ser despellejados y engullidos por un lector hambriento que, en ocasiones, es inmisericorde. Escribir no siempre nos salva, también nos hunde, nos arrastra hasta lo más oscuro de nosotros mismos. Lástima que en la juventud —en nuestro sistema educativo— lectura y escritura sean cada vez más relegadas, apartadas. Lástima que el tiempo verbal lee —como decía Pennac— no pueda ser nunca imperativo.

            Fue durante la edad escolar cuando August Strindberg descubrió que algo no le gustaba, que algo no encajaba. Esos años en los que el entorno te juzga sin filtros, en los que la crueldad va desnuda por el patio del colegio, cuando la culpa se convirtió en una obsesión para él. Supongo que más tarde, al leer a Rousseau, comprendió que podía cambiar las cosas: lo intentó. No cejó en toda su vida de esforzarse por alterar el orden establecido, transformarlo, criticarlo. Primero desde la docencia y más tarde como dramatugo, ensayista y escritor—desde las entrañas. Hasta como actor. Se propuso ser todo eso, se empeñó hasta la locura, hasta la obsesión. Fue esa obsesión —junto a media docena más— la que alimentó su obra hasta que, en 1912, muere solo. Solo, como él quería ser recordado pero no tan solo como la realidad reclamó. La soledad—entre otras emociones y digresiones— es el estado que describe en su último libro y que además, le da título (Solo. Editorial Mármara). “Tener que ver continuamente lo feo es, para quien posee el sentido de la belleza, una tortura que te induce a considerarte un martir. Verse obligado a cerrar los ojos ante las injusticias, por pura consideración, es una escuela de hipocresía”. Escribía enantes de morir desde su casa de veraneo, volviendo quizá la vista atrás a su trayectoria y carrera. Una carrera sembrada de fracasos y alabanzas, reproches y mordaces críticas. No había nacido para ser criticado ni cuestionado. Cada vez que una de sus obras de teatro no funcionaba y el telón caía en silencio, Strindberg se retorcía de dolor, lloraba y se escondía. Por un lado, su vida estaba sumida en un permanente enfrentamiento y ese enfrentamiento lo corroía y destrozaba por dentro.

            No le fue demasiado bien en la universidad de Upsala, no había nacido para ser un científico, la química no llenaba su vida, su insatisfacción era siempre permanente. Creyó que quizá convertirse en actor era la solución a todas sus angustias. No funcionó. La muerte de su madre —cuando apenas tenía trece años— marcó su relación con las mujeres. Ellas alimentaron su obra, la vistieron y dotaron de una rabia y fuerza que pocos escritores de su época alcanzaron. Obra en la que Chéjov reparó, y Zola, Kafka o Thomas Mann bebieron abundantemente. Pocas veces heroinas tan fuertes habían habitado los escenarios de la época. Mujeres rebeldes, libres y emancipadas que le aterraban y al mismo tiempo le excitaban. Ahí radicaba quizá el origen de su profunda inseguridad e inestabilidad, en ellas, en ese oscuro poder que ejercían sobre él: Ida, Siri —su mujer y magnífica obsesión—, Kungliga —la noble “casta polígama”—Birger Marner, Mari David —su segunda gran pesadilla—y la liberada Fridda, su última mujer y “la tesorera” como él la llamaba. Todas ejercieron un poder desmesurado en Strindberg y todas le envolvieron en una feliz y drástica amargura. Esa amaragura con la que muchos cosen miles de páginas y otros convierten en poesía.

            Escribía cartas como quien respira. Las misivas eran para el una adicción que, junto a sus obras y autobiografías, han permitido reconstruir su vida, su pasado y sus infernales relaciones amorosas. Strindberg era una pura contradicción, una brillante y prolija contradicción. Huía de las candilejas pero acababa rodeado de ellas, necesitaba a las mujeres pero sufría en sus brazos, amaba el teatro pero pensaba que la prosa era lo único estable, necesitaba a su familia pero la sacrificó por la literatura. Esta y su vida parecen fundirse sin lineas rojas entre la realidad y la ficción, siempre con él mismo como fuente de inspiración, y un entorno convertido en un laboratorio lleno de ratoncillos asustados.

«Strindberg me ha acompañado toda la vida: lo he amado, lo he odiado y he lanzado sus libros contra la pared, pero no he podido deshacerme de él». Escribía Ingmar Bergman.

            La literatuta insolente y valiente nos agita una vez más, nos arranca sentimientos encontrados, nos arranca del sillón de orejas con una virulencia placentera, morbosa y, sobre todo, adictiva. Convierte nuestra vida en ese Salón rojo (Acantilado) donde todos esperan su salvación, en el que, una vez más, los personajes son mecidos por la hipocresía. O tropezarse con su santa madre en El hijo de la sierva. Toda su obra gira en torno a sí mismo, a su peor enemigo. Quizá por ello nunca dejó de ser actor, un actor que engullía y poseía a sus personajes: ellos y ellas. Podía ser la señorita Julia o el ambicioso lacayo, pero también Cristina, la moralizante cocinera. Leer a August Strindberg, conocerlo, tiene siempre un principio pero como escribe Jordi Guinart, autor de la obra Strindberg Desde el infierno (Funambulista 2016) —muy recomendable para cualquiera que, como una, se haya visto prisionero del autor sueco—. “Strindberg era un eterno explorador de la adversidad en busca de la esperanza”. Supongo que alguien que dedica su vida a explorar la adversidad, a escribir sobre ella, es un autor que no tiene fin. Esa misma sensación tengo cuando leo a Strindberg, la de no ser capaz de terminar nunca de hacerlo y, encima, sufrir por ello; un sufrimiento que, viniendo de la literatura, la sublime, es un placer esquisito. Una vez más, me reafirmo en la idea de que el escritor nace en la infancia y siempre regresa a ella. Con diferentes máscaras o nombres, con disfraces de carnaval, con uniforme de asalto, cierto; pero siempre regresa a ella, a la madre o al padre, a los paisajes que le vieron crecer, al dolor que no supo reconocer y que quizá determina los vaivenes del adulto. ¿Era Strindberg un loco? ¿Misógino? ¿Machista redomado? Lean su obra y juzguen ustedes mismos. Porque otra de las cosas fascinantes de este autor —depresivo, inestable, autodidacta, inseguro, alcoholico y crítico— es precisamente eso, las múltiples máscaras con las que se presentaba ante su público, o sea, nosotros, sus lectores. No creo que tanta lucidez, y ese profundo conocimiento que demostraba tener de la naturaleza humana —tanto en su época naturalista como en la impresionista o surrealista— fueran producto de un loco, yo diría más bien que de un genio, uno de esos que se asoman al abismo. Todos sabemos que “Cuando miras al abismo el abismo también te mira a ti”. Esto no lo dijo él, sino su amigo Nietzsche.

       No puedo dejar de recomendar a jóvenes y adultos que lean la obra de teatro La señorita Julia (Alianza) para acercarse por primera vez a este autor. Que lo hagan para comprender qué se entiende por literatura universal, qué significa trascender el tiempo, por qué se ha representado tantas veces y se ha llevado al cine tantas otras. Leer nos abre la mente al mundo, a la vida, a la gente y escribir es una entrega generosa a ese mundo a esa vida y a esa gente.

     Strindberg, derrotado, atacado, criticado, y abandonado por Fanny, su última compañera, se ha alejado de la literatura y Greta su hija da a luz a su primer nieto que moriría al poco tiempo de nacer. La vida del autor, no cesa de verse envuelta en un continuo melodrama. El 8 de noviembre de 1912 cae enfermo.

“¡Estoy enfermo! (…) Sincertamente, creo que se trata del odio mortal de la gente. (…)Debo haber hecho grandes descubrimientos que cierta gente conoce, pero permanecen en silencio. Y odian.”.

Confiesa el autor poco antes de dignosticarle un cancer de estómago y de la muerte de Siri, su primera mujer y musa. El 14 de mayo, de madrugada, murió. Guinart recoje en su libro, con todo lujo de detalles, los últimos días de su vida y parte de la carta de últimas voluntades. Voluntades que no tienen desperdicio.

“No quiero que me entierren en una cripta, y mucho menos en una iglesia. Quiero permanecer en el nuevo cementerio, pero no en la parte de los ricos, el mercado de la vanidad. Ante la tumba no habrá música ni discursos, solo la lectura de los rezos por parte del cura”.

    A su entierro acudieron más de sesentamil personas, él ya no pudo evitarlo, ni quejarse por ello. El hombre cuya mayor dicha, según sus palabras, era “no tener enemigos y no ser enemigo de nadie”, admirador de Dickens, Turner, Beethoven, Rousseau, Balzac y Victor Hugo, terminaba sus días en el rincón del mundo que más le gustaba: Estocolmo.

“El alma de mis personajes es un conglomerado de civilizaciones pasadas y actuales, de retazos de libros y periódicos, trozos de gentes, jirones de vestidos de fiesta convertidos ya en arapos, de la misma manera que está formada el alma”. (La señorita Julia (prólogo de Strindberg)

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora de los talleres de escritura en La plaza de Poe, coordinadora del Club de Lectura. XVIII Premio Unicaja Fernando Quiñones de novela. Autora en Alianza editorial y Funambulista.

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