Anna Starobinets. Ícaro, Siti y la metamorfosis.

Autora: Eva Losada Casanova

Quizá, en ese futuro incierto y precipitado, en ese tiempo venidero al que la joven autora rusa Anna Starobinets nos empuja para que nos asomemos sin miedo a lo apocalíptico —siempre con la certeza de que algo horrible va a suceder—, leamos de boca de algún crítico la expresión: relato starobinetiano. No es lo que cuenta la autora, no es la intensidad, ni el aparente caos ordenado que envuelve todo, es esa mirada propia que ha ido surgiendo desde su primera obra en 2005. Es ese susurro de lo esperpéntico que nace en las profundidades de su fantasía, lo que la convierte en un referente actual del genero fantástico, o mejor dicho, ficción fantástica o ficción científica o lo que ustedes consideren apropiado. Catalogar es, en ocasiones, incómodo.

Aquello que nos encontramos en La Glándula de Ícaro —un compendio de siete historias breves, siete universos, siete conflictos diversos y semejantes, paradógicos, transformadores y también extremos—, es la explosión de una mente creativa genuina, joven, sin absolutamente ningún complejo. Una mente deliciosamente libre que escapa a cualquier autocensura. Es posible que su trabajo como reportera y su formación —ese viaje académico por el pensamiento clásico—, hayan alimentado a la autora, engordándola, para poder crear ese compendio perfecto entre filosofía, sociedad y fantasía. Ese coctel es el que nos provoca. Es esa mezcla, la que logra que, el acto de leer sea como degustar una bebida inteligente, exótica, ácida y divertida. Una bebida que se elabora entre algunos de sus coetaneos como Glukhousky o Rubanov. Mundos paralelos, cuerpos de quita y pon, sátira mordaz disfrazada en las fauces de la gran urbe moscovita. La llamada nueva literatura rusa fantástica, es una mina a descubrir para lectores intrépidos. Siempre que editoriales como Nevsky Prospect nos ayuden a ello.

Nos sumergimos en los universos de Starobinets con precaución y una distancia que, a partir del segundo párrafo desdaparece. Sus personajes están siempre perdidos. Ellos no lo saben, tan solo intuyen que algo va mal. Además son seres incompletos, tiernos e incompletos. Y eso, nos sobrecoje. Su ternura, lejos de provocarnos flojera, nos hechiza, es una ternura poco terrenal.

Su lenguaje, fluido y sencillo, pero no carente de cierta valentía, está sembrado de símiles y comparaciones. Es una autora que no pretende, que no imposta, que no se eleva por encima del bien y del mal, que no impone. Lo que hace es retorcer la realidad hasta sacarle el jugo del horror. Luego te deja nadando en ese horror. En su estilo no hay absolutamente nada blandito, mullido o cómodo. Eso agita al lector.

“Era un cuento ñoño y aburrido, hinchado de un optimismo forzado, y los dibujos eran del mismo tenor. La exaltada protagonista era una psicóloga cuya manera de hablar y cuyo nivel intelectual hacía mas bien pensar en la víctima de una lobotomía que en una especialista en funciones”.

Los temas favoritos, a lo largo de estos siete relatos, coinciden en gran medida con aquellos que sobrevuela en el resto de su escasa e intensa obra: sociedades impuestas, consumo desmedido, totalitarismos, adoctrinamientos, manías humanas, contradicciones domésticas, transformaciones y lo posthumano. Más que a un Stephan King, como nos ilustran algunas reseñas, a mí me han venido algunos efluvios con aroma a Kafka, Saramago o Houellebecq. Cosas absurdas que tiene una.

 Desde el primer relato que da título al libro —La glándula de Ícaro—, nos coloca delante de procesos transformadores. Terriblemente transformadores. Curvas, espirales y finales que quitan el aliento y, en ocasiones, te sumen en una tristeza malsana pero necesaria para continuar leyendo. ¿Qué tipo de sociedad deseamos de verdad? ¿Dónde nos puede llevar el orden de lo impuesto? En este primer relato, la autora ya nos predispone, ya nos alerta de que aquello que queda por venir es todo menos mediocre. Lo irónico va ocupando su sitio. ¿Celos? Algo más.

            “La extirpación planificada de la glándula de Ícaro contribuye a la estabilidad matrimonal, a la regulación pacífica de los conflictos geopolíticos y al desarme nuclear”.

Con el segundo relato llegamos al orden de Siti, una ciudad a medida que aparentemente nos puede recordar otros escenarios, lugares comunes de un cine próximo y comercial pero que en manos de la autora, se transforma en un recorrido por los deseos y las esperanzas frustradas de todo ciudadano que espera algo más de su ciudad y, de repente, se tropieza consigo mismo; con su debilidad y sueños frustrados. Convive con la enfermedad, la soledad y el abandono. Probablemente, su Moscú, engrandecida, deshumanizada y aparentemente ordenada asomen tras las calles de Siti.

“Solo de madrugada Siti me escupe al sueño, después de haberme chupado la sangre”.

Una ciudad de gente imperfecta donde un escritor se ahoga, lucha y va, poco a poco, derivando hacia la decrepitud. Esa es la parte más realista del relato, supongo.

“Las farmacias de Siti están pensadas para la gente sana”.

En el tercer relato, El Lazarillo, la autora resvala y nosotros con ella. Es quizá, de todas las historias, aquella en la que nos perdemos sin tener la certerza de saber cómo volver. Es posible que la sublime imperfección chéjoviana hayan contribuido a una búsqueda narrativa libre, propia y sin complejos; o a lo mejor es Kafka —una vez más— el que tira de todas estas acciones absurdamente encadenadas que reflejan la relación entre arte y consumo. Tema delicado y apasionante tratado de manera casi laberíntica y muy cómica.

Con el relato El parástito —un relato de estructura elíptica—, la plasticidad y lo esperpéntico conviven con una ternura tremenda, de una fuerza tal, que de manera fortuita nos arranca unas cuantas lágrimas desprevenidas. Al menos en mi caso. Lectora con muy poca tendencia al lagrimeo y menos por un ser tan extraño como Pávlusha. Este es un relato que comienza como un racconto, un instante que se prolonga hasta el infinito con varios planos temporales y que, para colmo, está narrado por un mudo. Triple salto mortal con sorpresa candente. Una crítica mordaz al fanatismo religioso.

En La frontera nos quedamos sin aliento y no vemos el momento de bajarnos nosotros también en esa parada de nuestra vida, quizá en la misma que uno de sus protagonistas, los felices años ochenta. ¿Tenemos todos una parada de tren propia? La autora regresa al amor incierto, malentendido, la pareja alejada.

“Olga había desarrollado esa táctica: hacer a menudo afirmaciones de ese tenor, categóricas y destempladas, que sonaban como rúbicas trazadas con un tenedor de niquel en un plato sucio”.

Starobinets no nos da tregua y en el relato Delicados pastos, se empeña en dejarnos, una vez más, con tiritona y una lágrima ácida colgando. Lo hace frente a las oficinas de Human-Plus, preguntandonos cómo es realmente ese trayecto que va desde el universo inanimado hasta lo posthumano. Bienvenida distopía.

“Aquí te condenan a muerte por cualquier gilipollez”. “Aquí todo es blando, en este corredor de la muerte, blando y elástico como un parque infantil”.

Y cuando creemos que ya nada puede con nosotros, cuando nos hemos hecho fuertes y ha crecido una costra que nos protege del terror narrativo, nos sumergimos en uno de los mejores relatos de este libro: Spoki. Un relato protagonizado por una madre sublime, imperfecta. Un relato de lectura obligada para padres, madres, tíos, tías, abuelas y abuelos. En fin, para cualquiera que lidie con el crecimiento infantil o adolescente y no se haya parado a pensar en qué es aquello que están haciendo con nuestros hijos. ¿Solo con nuestros hijos? Esta es la pregunta que emerge a media lectura y la que nos acompañará mucho tiempo después de terminar esta colección de relatos.

Un agitado placer, perturbador e inquieto. Una lectura de batidora que hace girar las inchorencias que llenan nuestra vida. Cualquier atisbo naif o infantil es decapitado inmediatamente. No da tregua, no colorea nada, no lo pone fácil. Para ella “Todo empezó por una minucia”. ¿No empieza así esa escritura brillante, esa que siempre termina irremediablemente en brazos de lo más universal?

Editorial: Nevsky Prospects.

Traducción: Fernando Otero.

Prólogo: Ismael Martinez.

Libro perteneciente al programa del Club de Lectura de La plaza de Poe

Eva Losada Casanova. Escritora. Directora, coordinadora de Club de Lectura, profesora de los talleres de narrativa en el espacio de creación literaria y musical La plaza de Poe. 

 

Anuncios

Salud mental, literatura y arte. 10 de octubre.

 

Autor: Enrique Cremades

La celebración del Día Mundial de la Salud Mental, hoy 10 de octubre, es una iniciativa de la Federación Mundial de la Salud Mental (WFMH). Es un día que se celebra en más de 100 países. La organización Salud mental España, muestra a la sociedad la labor que reivindica los derechos de este colectivo. El lema elegido para 2017 ha sido “Trabajar sin máscaras, emplear sin barreras”. El pasado 3 de octubre organizaron una jornada técnica con ponencias en el Salón de Actos del Ateneo de Madrid. La OMS, nos alerta de que las enfermedades mentales afectan a millones de personas en todo el mundo, así como a sus familiares. Una de cada cuatro personas sufrirá algún trastorno mental en algún momento de su vida. La depresión es una de las principales causas de incapacidad a nivel mundial. La esquizofrenia y el trastorno bipolar están entre las enfermedades más incapacitantes que existen. Aunque afectan a un gran número de personas, este tipo de dolencias siguen recibiendo muy poca atención y generando, a menudo, rechazo.

Su encasillamiento es complicado, pero sí nos atrevemos a hacer un breve resumen. Podemos hablar de la esquizofrenia en sus múltiples variantes como el trastorno paranoide, catatónico, indiferenciado, hebefrénico y residual. En este caso, los síntomas positivos son las alucinaciones, delirios, pensamientos desorganizados y los negativos son la falta de iniciativa e interés, apatía, retraimiento social, depresión y falta de respuesta emocional. Existe el trastorno delirante, el inducido por sustancias y el debido a otra enfermedad.

En un segundo grupo, tenemos los trastornos del neurodesarrollo, que se identifican por una discapacidad intelectual, déficit de atención e hiperactividad, así como otros de diferente índole como el bipolar, depresivo, de ansiedad donde se producen episodios de fobias y crisis de pánico, el obsesivo-compulsivo, de estrés, algunos disociativos como la personalidad múltiple y también de alimentación como la anorexia y bulimia.

Sin olvidar, otros transtornos como los del sueño-vigilia, disfunciones sexuales. O aquellos que son destructivos de la conducta, como la cleptomanía y piromanía. Los producidos por el uso o abuso de sustancias y adictivos, el delirium neurocognitivo y otros relativos a la personalidad paranoide y esquizoide.

Quedarían algunas especialidades por nombrar, el tema es complejo y nos falta todavía mucho por conocer e investigar. Así como acabar con falsos prejuicios.

Estas enfermedades han mantenido su propia relación con la literatura y las artes. Aquellos creadores que han padecido enfermedades mentales o que han construido tramas cuyos protagonistas tienen desórdenes severos de personalidad son muchos y variados. Me atrevo con algunos de ellos.

El más ilustre es Platón, trata este tema en el “Fedro”, donde reflejó los delirios de las profetisas de Delfos y Dodona. Contemporáneos son Antonin Artaud en “Van Gogh, el suicidado de la sociedad”. O Sylvia Plath, Remedios Varo, Frank Kafka, James Joyce, Edgar Alan Poe, Lewis Carroll, Robert Walser y Fernando Pessoa. También citar a Charles Bukowski, Allen Ginsberg, William Burroughs, Ezra Pound, T.S. Elliot, Max Aub, Antón Chejov, Dino Buzzati, Mario Benedetti y Samuel Beckett. Sin olvidar a Stefan Zweig, con su Amok, Robert Walser, Lucía Berlin, Bohumil Hrabal, Hamsun Knut, Alejandra Pizarnik, Albert Camus, Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Cesare Pavese, Vladimir Maiakovski, J.D. Salinger, autores que siguieron la estela delirante de W.B. Yeats, S.T. Coleridge, Friedrich Nietzsche, Paul Verlaine, Arthur Rimbaud, Paul Celan y Friedrich Holderlin por citar a algunos de ellos. Sin excluir a los no citados, también algunos pintores como Goya, El Bosco, Van Gogh, Bacon, Daumier, Chagall, Cezanne, Doré, Dalí, Picasso y tantos otros.

En el campo musical, hay un número similar, quizá el más conocido es Syd Barret, diagnosticado como esquizofrénico y fundador del grupo Pink Floyd, desarrolló su propio delirio en la célebre canción “Wish You Were Here”.

Podríamos también hablar del doble o Doppelgänger (doble fantasmagórico) que ya comenzó a perfilar Erasmo de Rotterdam en “Elogio de la locura” aunque inauguró su término el novelista Jean Paul en 1796.

Shakespeare, antes de que llegaran los románticos, también lo trató en “La comedia de las equivocaciones”, así como se hizo referencia en la Edad Media en varios episodios del ciclo artúrico. Lo vemos en los “Los elixires del diablo” y en “El hombre de la arena” del escritor E.T.A. Hoffman, y en el relato de Edgar Allan Poe, titulado “William Wilson” queda plasmada algunas de las múltiples y variadas obsesiones del autor.

La lista es larga: Mark Twain en “El príncipe y el mendigo”, Matthew Barrie en “Peter Pan”, Robert Louis Stevenson en “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, Oscar Wilde en “El retrato de Dorian Gray”, Virginia Woolf en la novela “Orlando”, Hans Christian Andersen en “La sombra”, Dostoievsky en “El doble”, Guy de Maupaussant en su nouvelle “El Horla” y otros autores como Irene Nemirovsky en varios relatos, Iwasaki en el relato “La ratonera”, Luis Mateo Díez en el relato “El Pozo”, José María Merino en la novela  “El derrocado” (Alfaguara) y Eva Losada Casanova en su  novela “En el lado sombrío del jardín” (Funambulista 2014).

Son muchos más los autores que podrían citarse, haciendo referencia tanto al doble como a los protagonistas de los argumentos que presentan desórdenes mentales. Construir personajes de estas características es complicado, requiere de pericia técnica a la hora de escribir. Así como dotes de observación y una fuerte intuición. Todos ellos ofrecieron una visión del mundo sin duda original, a veces involucrados de manera tan intensa en el desarrollo de su talento que traspasaron la frontera de la cordura. En otras  ocasiones  utilizando como excusa la figura del demente para dinamitar el concepto de realidad impuesto por la normativa de la época. Quizá obtuvieron de ella lo que los poetas no se atrevían a nombrar.

 

Autor de este artículo: Enrique Cremades,  “La habitación número 17” (editorial Círculo Rojo, 2017)

                  

 

Destacado

¿Qué es un taller de escritura?

Los talleres de escritura no son simples escuelas para formar escritores, sino laboratorios de creación literaria. Espacios de intercambio donde se resuelven dudas, se liman inseguridades y uno aprende a domar el ego. No son un puñado de mails y vídeos en alta resolución. Los talleres son rincones donde el eco de nuestra escritura retumba en los demás, donde, por fin, te encuentras con otros, igual de chalados que tú, con los que compartir tu pasión o afición, pero también sus angustias y vuestras obsesiones, las de todos y cada uno.

En un Taller de Escritura te sentarás con personas mayores o menores que tú, más o menos sabias, más o menos capaces, mejores o peores, igual que sucede en el resto de tu vida. Y esos compañeros y compañeras de taller, a los que terminarás conociendo muy bien,  no te harán la ola, no serán complacientes y aduladores, sino que serán colegas críticos y, en ocasiones, despiadados a la hora de emitir juicios sobre textos ajenos.

La persona que coordina un taller no es un profesor de lengua y literatura, es otro escritor, con algunos años más de ventaja, con experiencias buenas, malas y también terribles; alguien que te reta, que te anima y que desea compartir contigo lo que ya ha vivido y aprendido. Alguien que no cambiará tu voz o tu estilo pero que te pondrá un bonito espejo para que te mires en él y luego decidas. Alguien, por lo general, generoso, que quizá te acompañe durante muchos años más… pero eso, tú, todavía, no lo sabes.

Hablamos de un lugar donde comenzarás, desde el primer día, a entender cómo es tu forma de escribir, a sacarle brillo, a potenciar tus capacidades y disimular todo lo posible tus debilidades. Un lugar donde aprenderás a caminar con confianza, sin sentirte solo y perdido. Donde poder  experimentar sin frustrarte y progresar, poco a poco, por el buen camino, ese camino que no siempre es el fácil o el más rápido. Lo que nunca hará un taller  de escritura por ti es convertirte en un escritor, eso, solo podrás hacerlo tú con la ayuda de tus lectores, claro, no lo olvides.

En un taller escribes y lees, analizas y criticas, profundizas, cuestionas y comparas. Te detienes en textos de autores buenos, de los mejores y eso será lo que te abra por fin los ojos: las buenas lecturas.

Un taller no es un discurso del método, un puñado de consejos vacíos, un cuaderno de apuntes, ni repasar la vida de medio centenar de autores; sino un campo sembrado de experiencias donde ves crecer los textos, los riegas, los podas, los abonas, los pules y al final los haces tuyos.

Cuando termines un Taller de Escritura, o varios, habrás leído y escrito más que antes, reconocerás un buen texto ajeno y propio, distinguirás entre un texto literario y uno literal, entre un texto con profundidad y otro plano. Pondrás nombre a las técnicas y empezarás a entender lo que es construir tu propia obra con disciplina y constancia. Además, tolerarás algo mejor las críticas y, lo más importante de todo, torturarás menos a aquellos que te leen habitualmente: hijos, padres, parejas, hermanos o abuelos. Todos ellos, estupendos y bien intencionados, te agradecerán que un día tomaras la sabia decisión de comenzar un Taller de Escritura, no lo dudes.

Eva Losada Casanova. Escritora y guionista. Profesora, directora y coordinadora de los talleres de La plaza de Poe. Talleres de narrativa, guión, traducción, cómic, edición editorial, edición de textos,, poesía y composición de canciones. Charlas, libros y Club de Lectura.