Trece cuentos de Luisa Carnés. La justa amargura.

Autora: Eva Losada Casanova

Encontrar con cierta facilidad buena narrativa escrita por mujeres me resulta a menudo un trabajo árduo, pero cuando por fin araño artículos, reseñas y alusiones diversas en medios subterraneos, doy con sus preciados libros. Su vida, sus historias y su manera de ver y diseccionar la realidad, la suya, la mía. Y es entonces, solo entonces, cuando siento que escarbar y encontrar una perla en el confuso barrizal ha merecido la pena. Es casi un trabajo de arqueología. Hay que estar concentrada y atenta para que estas perlas no se te escurran de las manos. Desaparecen tan rápido como asoman. Siento algo silimar a lo que sentía cuando, con apenas dieciséis años, en los ochenta, descubría los primeros grupos Indies en tiendas de discos de importación.

Llevo unos días con la mirada de Luisa Carnés recorriendo diferentes rincones de Madrid. Me la llevo al trabajo, a la consulta del médico, la paseo por todos los sillones en los que recalo. Me contempla en la noche mientras escribo y, antes de dormir, me cuelgo de alguno de esos finales precipitados —casi espasmódicos— de sus relatos. No he podido evitar adentrarme en Trece cuentos, con la tristeza de la que sabe que ser escritora en tiempos revueltos es todavía más desesperanzador que serlo en los pujantes. Esa mirada de Luisa Carnés, recorriendo año trás año a golpe de tecla, historia tras historia, me ha predispuesto desde el primer relato hasta el último.

No me cabe duda de que es un ejemplo de carrera literaria rota, atravesada por una guerra civil, un éxilio, el largo recorrido de los desposedidos y una muerte algo temprana para este oficio. Murió sin haber cumplido sesenta años. Edad que, para nosotras, es casi el inicio de todo. En contra de lo que muchos creen, para escribir no basta con vivir. Se necesita que te abrigue el sosiego de lo cotidiano, que el orden te marque las horas de creación, que el estómago esté lleno y la sed saciada.

Uno de los aspectos que más me ha gustado es la decisión de la editorial Hoja de Lata de ordenar la mayoría de los relatos cronológicamente. Esto permite, al lector entrenado y curioso, percibir cómo la autora va ensombreciendo la mirada sobre la realidad que toca o imagina, cómo, hoja tras hoja, esa mirada —aparentemente cándida— se agudiza y agita. Esa cronología consciente nos permite imaginar a Carnés a las puertas de una guerra, de camino a una playa francesa, en un barco rumbo a México o bien recreándose en las calles que dejó en Madrid y que, en muchos de estos relatos, aflora como el sonido de un manantial que solo nuestra literatura puede desprender. La música de estos relatos es austera, su lenguaje lo es. Carece de figuras narrativas, es sólido, firme y no regala ni un solo adjetivo. Es una gran compositora de escenas y diálogos.

Creo sentir a Flaubert en la ambientación de Una mujer fea. Me traslado a la Oklahoma de Steinbeck en uno de los mejores relatos del libro: Olivos. Maravilloso desde el inicio. Un relato que la autora escribió en 1933 y en el que se refleja, con un realismo absorvente y estremecedor, la precaria e inestable lucha de los braceros por un salario digno; y en el que también se palpa la miseria y el entramado social de la época, donde Gregorio— al igual que Joad, el protagonista de Las uvas de la ira— se enfrenta a los contratistas y a sus propios compañeros.

Llegamos a En casa y confirmamos algo que ya intuíamos en Olivos, ese lenguaje elegante y limpio de artificios se va volviendo algo más acojedor. Un lenguaje que recorre las calles de Madrid en boca de una presidiaria y que —algo precipitado— se cierra con un grito a caballo entre lo celestial y lo ilusorio.

“Es inutil mirar hacia atrás. Nada quedaba en pie del pasado. Me había convertido en una mujer extraña, condenada a dar vueltas en una ciudad más extraña aun. Peor: estaba desterrada en la propia tierra.”.

La rabia es el ingrediente que se concentra entre los párrafos del relato La Chivata. En el que un grupo de mujeres reclusas sacan lo mejor de sí mismas. Algo que también sucede en otro magnífico relato: Sin brújula. En el que se narra la huída en barco hacia Francia de un grupo de mujeres y niños. El texto nos agita—a caballo entre la ternura y la maldad— hasta lograr arrancarnos las lágrimas. Es, en mi opinión, el relato más emocionante, duro, terrible y estremecedor de esta antología. Al leerlo he vuelto a encontrarme con el lado más sombrío de la maternidad.

“En los momentos de peligro los hombres se ayudaban, se repartían el agua escasa, arriesgaban la vida por el compañero de trabajo. Pero ninguna de esas mujeres rebosasntes de ternura por sus hijos extendía uno solo de sus dedos…”.

Esta mirada tan particular sobre algunos pliegues y recovecos de la naturaleza femenina, inquietan. Descubro el origen de estos relatos en una de su frases, igual de inquietante que el relato, recogidas en una entrevista:

“A los once años aprendí un oficio. Entonces, quizás, surgieron en mí las inquietudes, que aún no me han abandonado, las preguntas a las que todavía no he hallado contestación. ¿Por qué las mujeres se odian entre sí tan terriblemente?”

En La mulata, escrito en 1960, de la misma manera que en El album familiar, escrito casi treinta años antes, nos adentramos en el amor adolescente, en las inseguridades y los misterios del deseo. Es quizá en La mulata donde la autora nos muestra con nitidez cómo el dolor en la infancia es un sello imborrable en el equipaje que nos acompaña a lo largo de nuestra vida.

Un año después —en 1961— efluvios kafkianos envuelven El Ujier y nos encontramos atrapados entre cuatro muros asfixiantes. Salimos de ellos en Aquelarre cuando cientos de chicas histericas se estremecen frente a Elvis Presley, mientras el mundo llora Iroshima y Nagasaki, grita en las prisiones o frente a las embajadas.

La ternura de El señor y la señora Smith, el último relato de esta antología, escrito en 1963 —un año antes de la muerte de la autora— nos muestra el racismo más estremecedor a través de una sucesión de escenas en blanco y negro.

Luisa Carnés nació en Madrid, en el barrio de Las letras, en 1905. Trabajó como camarera, pastelera y costurera desde muy joven. Su obra la componen varias novelas, narrativa breve y tres obras dramáticas de las cuales solo una fue estrenada en España. Durante la década de los años treinta, colaboró con varios medios culturales y destacó en los ambientes literarios de la época. Tras la Guerra Civil se exilió a Mexico donde trabajó de periodista y nunca dejó de escribir ficción. La editorial Hoja de Lata responsable de la recuperación de parte de la obra de Luisa Carnés, también ha publicado «Tea Rooms. Mujeres obreras», quizá la obra más contundente y reconocida de la autora. En septiembre de 2017 se publicará De Barcelona a la Bretaña francesa, sus memorias de la mano de Editorial Renacimiento

No me cabe duda de que es este empeño por descubrir, el no conformarnos, lo que nos regala, como lectores, textos como estos. Gracias a algunas editoriales que se empeñan en rescatar lo que un día, ilusoriamente, pareció perderse.

Trece cuentos de Luisa Carnés.

Editorial Hoja de Lata, 2017

Eva Losada Casanova es escritora y guionista, directora y profesora en La plaza de Poe, es coordinadora del Club de Lectura. Su última novela, El sol de las contradicciones, es XVIII Premio Unicaja de Novela. Alianza Editorial.

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