Bajo el volcán. Literatura candente.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Dejemos que la literatura nos sorprenda, que las buenas novelas entren por la puerta desprovistas de túnicas fantasmagóricas, de biografías tremebundas, de fichas aclaratorias. Dejemos que la atmósfera que construye la buena literatura nos proteja, setenta años después, de lo superfluo, de la realidad y entorno del propio autor. Confiemos en ese poder alucinógeno que nos trae las bondades de un magnífico texto. Quizá el lector desista en la página número cien, es posible que El Día de los Muertos resulte tedioso, como puede llegar a sospechar el propio Malcolm Lowry gracias a la clarividencia de algunos lectores profesionales. Él mismo, Lowry, nos alerta en el prólogo (traducción del prólogo de la edición francesa) que acompaña a la edición española de Tusquets, 1997. Y que previamente, el autor había escrito para la edición francesa, allá por 1949. Prólogo aclaratorio en el que asoma un Lowry que justifica su obra. ¿Necesitamos realmente justificar aquello que creamos? ¿Han variado nuestras intenciones después de que la obra sea publicada?

Jorge Semprún, en la edición de 1971, ya habla de la afición de Lowry a los prólogos interminables y las cartas aclaratorias. Lowry nos alerta de que si el lector se sume en el tedio, no es porque la obra sea tediosa: “No creo que un solo autor —escribe— aunque se trate del más malhumorado de los hombres, haya escrito jamás con el propósito de aburrir a sus lectores, a no ser que se emplee el aburrimiento como técnica”. Y yo añadiría que la falta de técnica también puede sumirnos en una lectura tediosa. No es su caso, desde luego. El autor nos explica la simbología de los rincones y escenarios en los que se desarrolla la acción durante los primeros capítulos. Algo que inicialmente puede parecer útil, resulta nimio cuando avanzamos en la lectura. Las alusiones a Gógol o Dante para hablarnos de sus pretensiones narrativas, las comparaciones de la noria con la rueda de Buda, las metáforas de situación, el Árbol de la vida, etc. Son, sin duda, aclaraciones o pistas que pueden alentar al lector a continuar cuando la narración parece atascarse. Pero lo más impresionante de esta novela es precisamente su complejidad estructural. Hecho que, efectivamente, puede llegar a tumbar al lector desprevenido, más atento a la lava candente que todo lo cubre, que a aquello que realmente sucede bajo un volcán. Pocos prólogos me han parecido tan interesantes a la par que sobrantes para entender la obra. Los planos de significación que componen esta novela van apareciendo y se amontonan a veces, de manera excepcional, para aquellos lectores que van buscando los entresijos, el alma de los textos. “Mi intención —apunta Lowry— ha sido la de clarificar, en la medida de lo posible, aquello que, al principio se me presenta de una manera complicada y esotérica”. Es decir, los planos de significación no son otra cosa para Lowry que ordenar el caos, lograr escribir en tres dimensiones. El editor francés amenaza con cambiarle la historia, acortar los capítulos, mutilar a este o aquel personaje… Lowry justifica lo que tenga que justificar, antes de cambiar una sola coma. Comprensible. Cuántos autores nunca lo lograron. Jamás lo sabremos.

La novela es mucho más que la historia de un alcohólico. Es precisamente ese hecho, lo que resulta extraordinario cuando el lector sale de la asfixiante atmósfera de la ciudad de Quauhnáhuac (Cuernavaca, Yucatán) el Día de los Muertos y, como si se tratara de un mecano, toda la historia, las subtramas, las múltiples escenas, etc, se entrelazan y, la obra, se construye a sí misma de nuevo. Es, en ese preciso momento, cuando apetece volver a leerla. Es quizá en esta segunda lectura cuando prestamos atención al exuberante entramado de cajas chinas, diálogos superpuestos, plasticidad escénica, múltiples voces que se encierran en un mismo párrafo y cómo cada personaje es espejo de otro. Retales que van uniéndose en un enorme bordado mejicano o una manta estilo patchwork. El ensamblaje de los doce capítulos—atentos al número— es minucioso y provocador para cualquiera que dedique su vida a los libros y, por supuesto, al oficio de escribir.

Tres personajes principales. Dos hombres, dos hermanastros —Geoffrey y Hugh— y una mujer—la cándida Yvonne. Cada hombre parece ser un fragmento de las múltiples vidas y terrores del autor. Asunto en el que no me voy a detener porque ya se detuvieron muchos otros. El tercer personaje, Yvonne, inspirado en su segunda mujer, es el menos perfilado de todos, es quizá, el más borroso y el que menos peso tiene en los diálogos en los que participa. ¿Por qué? ¿Es intencionado? No lo sé. En estas cuestiones, a veces me bloqueo por no querer ser una escritora quisquillosa. Es posible que la historia de amor que se recoge sea tan borrosa como el propio personaje o como los estados de inconsciencia del autor. Siempre he creído que los capítulos de embriaguez pueden ser reveladores para algunas cuestiones que tienen que ver con la creación, con las “ventanas de la percepción”, pero, en ningún caso, son campos propicios para la construcción de andamios, pilares o vigas literarias. No casan bien con la constancia. Me resulta difícil creer que un trabajo tan laborioso y complicado pueda llevarse a cabo nadando en efluvios etílicos o de otra índole.

Malcolm Lowry tarda diez años en escribir Bajo el volcán, desde 1935 a 1944. Diez años en recorrer dos puntos geográficos en 24h. Que nadie se escandalice, no es tanto, dada la complejidad de la obra y la vida del autor. Lo que siempre me produce cierta zozobra es que una novela larga y literaria, que no literal, se escriba en un puñado de meses. Es toda una hazaña. Admirable.

Si sacamos la lupa y nos subimos a la prosa con mente de pasajero, veremos que los cambios de ritmo y velocidad son muchos. Que cada personaje parece tener el suyo, que Lowry no deja nada al azar y que cada gesto dura una eternidad. “El cónsul cerró la puerta tras de sí y sobre su cabeza llovió un fino polvo de yeso. De la pared cayó un don Quijote. Recogió del suelo al triste caballero de paja…”.

Escenas sacadas de detrás de una cámara imaginaria, de las cuales, el director de cine John Huston, y el guionista Guy Gallo, supieron sacar provecho. Digo, supongo, porque no he visto la película. Después de leer la novela, no me atrevo a hacerlo. Doy por hecho que—y no sé si esta vez me equivoco— esa dificultad con la que el cine siempre se tropieza para recoger la esencia de un texto —y más uno como el que nos atañe—, sin decepcionar al lector que lo ha gozado y sentido. No sé cómo puede una imagen recoger la zozobra que se experimenta con la escena que acontece en la plaza de toros; o aquella, más bien reflexiva, del afeitado frente al espejo; o esa otra, en la que el galope de un caballo supone el inicio de un desenlace, o la descripción dialogada de la muerte de un pobre hombre en la cuneta. O quizá todas aquellas escenas donde el infierno tiene nombres y apellidos y, además, ese infierno es descrito a cámara lenta, una técnica narrativa que Lowry dominaba.

El tiempo de la novela es 1948. Es, al menos, uno de los planos temporales que se nos presentan. Asistimos a las políticas sociales del presidente Cárdenas, la corrupción mejicana, las continuas alusiones a España, la Batalla del Ebro y las Brigadas Internacionales, la migración de los Okis en el verano de 1936, la Guerra Civil china y constantes alusiones y citas de escritores, filósofos o científicos como: Conrad, Einstein, Freud, Melville, Darwin, Shelley, Oscar Wild, Shakespeare, Baudelaire, Goethe, Cervantes, el corsario y poeta Walter Raleigh y su admirado Tolstoi, entre otros. Además, se detiene en la creación, el arte y, por supuesto, en todas y cada una de las miserias humanas. Igual, con tanto mezcal, se salta alguna.

Atmósferas espectaculares, simbolismo, juegos narrativos, quiebros constantes del lenguaje, símiles originales, metáforas, sarcasmo, citas, fluir permanente de conciencia y unas descripciones sublimes: “Reptaban sus sombras por el polvo, se deslizaban sobre los muros blancos y sedientos de las casas, y por un momento se vieron prisioneras de una penumbra elíptica : la rueda que giraba torcida de la bicicleta de un chico”.

Se detiene, observa, siente, palpa, respira, dibuja y luego escribe entre el polvo. Se olvida del olfato, es cierto. Me aventuro, con valentía, a pensar que ese sentido lo tenía algo atrofiado. ¿Es solo la historia de un alcohólico? En absoluto. Para leer esta novela, hay que equiparse con café, linternas, palas y una apisonadora para ir despejando el camino que, aparentemente, se alza frente a nosotros.

“¿Cómo podía encontrarse a sí mismo, comenzar de nuevo, cuando en algún lugar, tal vez en una de aquellas botellas rotas o perdidas, en uno de aquellos vasos, se hallaba para siempre, el indicio solitario de su identidad? ¿Cómo volver atrás y buscar ahora, escarbar entre los vidrios rotos bajo los eternos bares, en el fondo de los océanos?”.

La literatura que cava pozos y quiebra la tierra que pisamos es, siempre de una lucidez fascinante. ¿No creen? El poeta gaditano Fernando Quiñones, gran admirador del escritor inglés, recogió en uno de sus libros de poemas una frase suya. “La fama, como un borracho, consume la casa del alma”.

Frase que me permito llevar cosida a los nudillos y con la que cierro otra fantástica experiencia de lectura.

 

Bajo el volcán de Malcolm Lowry (1909-1957)

Tusquets, 1997

Ediciones Era, 1964

Traductor: Raúl Ortiz y Ortiz

Margerie Bunner Lowry, 1947

 

 

Eva Losada Casanova es escritora y guionista, profesora y coordinadora del Club de Lectura de La plaza de Poe. Su última novela es El sol de las contradicciones, XVIII Premio Unicaja de Novela. Alianza Editorial

 

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