Jane Austen.Textos inéditos. La niña escritora.

Autora: Eva Losada Casanova

En 1922 se publicaron los primeros escritos de la adolescente Jane Austen, después de que pasaran cien años de su muerte. Un 18 de julio de 1817. Textos inéditos hasta la fecha, algunos de los cuales tuvieron que esperar incluso hasta el año 2008, para ser, por fin, traducidos a nuestro idioma y publicados por la editorial Funambulista con el título de uno de sus relatos: El castillo de Lesley. No sé si llamar a esto “justicia prosaica”. Jane Austen debía tener entre quince y dieciocho años cuando escribió algunos de estos textos sueltos, versos, relatos perfectamente estructurados, en los que ya asoma la gran autora y novelista. Frederic y Efrida, Jack y Alice, Amelia Webster, La visita —una sencilla comedia en dos actos— o la extraña, a la par que corta, historia de Mister Harley, son algunos de ellos. Es importante detenerse en la época en la que fueron escritos: entre 1787 y 1793. Dos años más tarde escribiría las novelas que todos conocemos: Juicio o sentimiento, Orgullo y Prejuicio, Mansfiel Park, Emma, y, finalmente, ya publicada a título póstumo, Persuasión. Siempre es interesante y curioso asomarse a la escritura temprana, de cualquier gran autora o autor, de regodearse en esa aparente inocencia de ver el mundo de aquel o aquella que un día será referente en la literatura. Es interesante leer mientras imaginas a la niña, a la Jane Austen adolescente, dedicar horas y horas a construir sus personajes a través de la relación epistolar o los diálogos; sacando adelante una obra de teatro o perfilando unas relaciones entre hombres y mujeres que ya, en aquella época, estaban cargadas de interrogantes. Sutiles interrogantes, es cierto, pero que asoman con claridad. Es posible, solo posible —dejemos que la imaginación decore un poco este artículo— que Ian McEwan, en los primeros capítulos de su fantástica novela titulada Expiación, se hubiera inspirado en una historia similar, recreado en cualquier escena de la niña Austen para dar vida a su protagonista: Briony Tallis. Y es que, leyendo la recopilación de estos textos de la temprana obra de la escritora, una se da cuenta de que quizá muchos de estos fragmentos o ideas fueron luego piezas de sus novelas, retales, ladrillos o las primeras capas. Escribir, no es otra cosa, que colocar una capa sobre otra, barnizar, lijar y barnizar de nuevo. Si la escritora belga Marguerite de Yourcenar tardó cincuenta años en madurar y terminar muchos de su relatos, quizá, Jane Austen podría haber completado o transformado gran parte de estos textos que recogen las variadas ediciones de sus escritos de adolescencia.

Recordemos que en 1787 estaba a punto de terminar el siglo de las luces, el de la ciencia y la razón, el de Rousseau y Voltaire, sí, pero en el que nosotras éramos encantadores floreros a oscuras, animalillos atrapados en una sociedad que giraba sin nosotras, que todavía nos adormecía, seres invisibles. Nos guste o no, eso era lo que éramos. Tuvo que pasar algún tiempo más para que las cosas comenzaran a cambiar, para que se hiciera la luz —no toda pero sí bastante—de la verdad, y para que la humanidad entrara en razón.

Entre las historias que escribía Austen, algunas, como he dicho, claramente inacabadas, una especie de borradores, hay un curioso y divertido relato llamado Sir William Montague que apenas son tres o cuatro páginas. Digo que es curioso porque desde el inicio, Austen, juega con el lenguaje y su ritmo, con aliteraciones, como una niña caprichosa, consciente del poder del lenguaje, de su estética. Lo también curioso es que esta pequeña historia, de ritmo perfecto, en la que Sir William es un hombre frívolo y las mujeres que se cruzan en su vida una pobres infelices, está cargada de una deliciosa y sutil ironía y humor negro. Implícita en la historia, emerge la mujer en la que se convertiría poco tiempo después. La imagino, ordenada y cuidadosa, guardando en carpetas o en algún cajón bajo llave, todas aquellas hojas que, tantísimos años más tarde, un editor se atrevería a publicar, otro a reorganizar y más adelante muchos a traducir en otros idiomas. En fin, que el reconocimiento, cuando llega, no es lento es, lentísimo. Por ese motivo, en ciertas ocasiones y gracias a mi trabajo, atisbo en medio de la maraña e inmediatez de la creación literaria, una lucecita, un susurro apenas perceptible, un color disonante o algo que me llama la atención de alguna de mis jovencísimas alumnas, me emociono. Me emociono y fantaseo con ese tímido talento que ya suena, que necesitará mucho riego, buena tierra y un entorno mucho más amable y razonable del que nunca tuvo la pequeña Austen. Necesitará, sobre todo, editoras o editores valientes y un público ya entrenado, generoso y curioso. No solo es un ser terriblemente curioso aquel que escribe, debería serlo todavía más aquel que lee, ¿no creen?

 

Eva Losada Casanova coordina los talleres de escritura  y el Club de Lectura en La plaza de Poe  

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AMOK de Stefan Zweig. Escribimos lo que somos.

 

Autora: Eva Losada Casanova

Amok es un síndrome identificable, una catarsis, un estado emocional extremo, una disociación entre mente y cuerpo. ¿El origen? Cualquiera. Aislamiento prolongado, altas temperaturas, una obsesión anquilosada en forma de tumor que te oprime la razón. Amok no entiende de responsabilidades, ni de consecuencias, se lleva todo por delante, no contempla márgenes, ni líneas rojas, ni bondades. Amok persigue una sombra poderosa que te arrastra hasta lo más oscuro de tu propia conciencia, hasta un lugar sin retorno en el que la identidad de uno se diluye hasta desaparecer, volviéndonos invisibles para nosotros mismos. Amok no pertenece a ninguna región en particular porque el mundo, en su propia locura, lo ha adoptado. Ahora yace en cualquier rincón del planeta. Una playa, un instituto, un avión, un supermercado… cualquier lugar puede ser el cruel escenario de Amok.

El autor del relato con este nombre, el austriaco Stefan Zweig, sabe qué efecto quiere causar en el lector. ¿Lo aprendió de Edgar Allan Poe? Quizá. El planteamiento de muchos de las historias cortas o nouvelle de Zweig son un descenso desesperado por aguas bravas en el que no hay un solo instante de reposo. Uno no se detiene a contemplar el paisaje sino que el paisaje va implícito en la escena que conforman todas y cada una de sus historias. Las aguas arremolinadas elevan la embarcación y la lanzan a una velocidad narrativa extraordinaria donde la puntuación, los silencios, la historia y el lenguaje se confabulan para dominar los sentidos del lector, mantenerle en cautividad el tiempo exacto. Sobran los informantes, basta sentir. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Carta a una desconocida, El avaro, Mendel el de los libros, Leporella, Historia de un ocaso, La calle del claro de luna o La cruz, acompañan al lector de manera diferente, pero con la misma intensidad, hacia las entrañas de la psique humana. Ese laberinto donde la literatura acampó a finales del siglo XIX e inicios del XX y por el que Zweig, Kipling, James, Joyce, Hesse, Woolf, Musil y tantos otros caminaron y exploraron en sus escritos. Una época en la que la locura se desprendía de todo sesgo filosófico y  al loco se le dejaba de torturar para tratarle como a un enfermo cualquiera, alguien que aunaba en su interior la razón y la sin razón. Fue también en esa época, cuando se descubrió la bipolaridad, las crisis maniacodepresivas y se puso nombre a los diferentes tipos de esquizofrenia. Fue entonces cuando el delirio era el enemigo y las agresivas terapias biológicas un arma de doble filo para erradicarlo. La melancolía quedaba atrás y la psique se convertía en uno de los campos de investigación que marcarían el cambio de siglo en el que, por fin,  la histeria femenina dejaba de considerarse un problema uterino y los aparatos de tortura una solución eficaz.

Los escritores se alimentan de su entorno como vampiros, se bañan en las inquietudes de los años en los que desarrollan su obra. ¿Qué tocaba?:  ¡El individuo! Sí, sin duda; pero también la barbarie. Stefan Zweig no solo bebía de Kafka y Dostoyevski, también se nutría de Moniz, Freud, Jung, Schnitzler, William James o Emil Kraepelin. Quiero imaginarlo, y lo imagino con gusto, absorto en cualquier avance en el campo de la psiquiatría, convirtiendo un artículo, experimento o informe clínico en una trama, en parte de alguno de sus personajes: Madame de Prie, Crescentia o en un doctor de Calcuta. Y, como tantos otros, anunciándonos entre párrafos, comas y parlamentos lo que sería el final de su propia vida. Y es que ese susurro que nos trae la literatura atormentada, aunque se tiña a veces de un color amable, es la antesala del desenlace de nuestra propia vida. Escribimos lo que somos, aunque sea siempre desde la incerteza, y lo hacemos desde el lugar al que pertenecemos, y cualquier cosa alejada de eso me resulta ajena e impuesta

 

AMOK título y recopilación de siete relatos.

Ed. Acantilado. 2003. Traducción J. Fontcuberta.

Artículo publicado el 16 de julio de 2017 en INFOLIBRE. Revista cultural Los diablos azules.