La mancha en la pared de Virginia Woolf

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Autora: Eva Losada Casanova

Hay textos que se abren despacio, después de dos o mas lecturas. Emergen como experimentos de laboratorio y van formándose, con paciencia, como un mecano en la mente del lector. Textos que nacen de la confrontación, de la imperiosa necesidad de decir. Con pocos relatos he tenido una experiencia tan extraña y cautivadora al mismo tiempo que con La mancha en la pared de Virginia Woolf. Bañado en una melancolía poco común, una melancolía sólida, no blanda, como “huesos enterrados en la tierra”, una melancolía que ella tilda de inglesa, de paseos entre jardines sombríos. Es la melancolía de Orlando, aquel personaje, a caballo entre lo femenino y lo masculino, entre la fantasía y la denuncia, esa melancolía que tiñe muchas de sus obras. Virginia parte de la realidad desfigurada para iniciar su fluir de conciencia. Aparentemente, durante la primera lectura, puede parecer que el desorden ocupa el texto, que todo es un divagar por esto o por aquello. Nada más alejado de la realidad. Este relato, el primero que publicó, está organizado de tal manera que nos transporta por la vida de la autora valiéndose de símbolos, símiles, metáforas y un sin fin de pequeños senderos que van y vienen por sus inquietudes y escasas certezas. Rechazo, inconformismo, creación, guerra, literatura y un laicismo latente de la mano de la naturaleza como orden supremo.

Es un relato inquietante, donde reina un manejo magistral de la transición. Liga de manera fluida, armónica y con un ritmo cuidado, cada idea, cada regresión; y lleva al lector, en sus continuas lecturas, hasta lo más profundo de su propia conciencia. Utiliza el espejo, el reflejo, para alejarnos; y la aparente realidad para acercarnos. “Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento…La ignorancia de la humanidad”.

El rechazo a lo doméstico, al hombre belicista, a la invisibilidad de la mujer, a la sordera del mundo y, sobre todo, el rechazo a la tradición a esa maldita tradición donde siempre parece sentirse presa. ¿Es posible contar todo esto desde el realismo? Probablemente no. No, al menos, en ese momento y por una mujer. Es por eso por lo que se inicia en esa huida del realismo acuciante para adentrarse en una prosa distinta, modernista, estética, donde el lenguaje, además de esconder, está al servicio de las emociones y las sensaciones, antes que a la razón. Quizá no tuvo más remedio que hacerlo. El tiempo, lo humano, el entorno social, todo parece tener un lugar entre “los dedos del gigante”. La autora nos embarca en los procesos creativos, en la contemplación como semilla, en la imperiosa necesidad de huir de la realidad para sobrevivir a ella. En el libro como refugio y en el poder embaucador, determinante y único de la naturaleza.

Este es un relato único, diferente, modernista, como ella, como gran parte de su obra. Un primer relato publicado, trabajado, cuidado hasta la última coma. Nada en él parece obedecer al caos, a la letra improvisada. Nada sobra.

¿Quién es ella realmente? ¿Aquello que se ve? Es o no es aquello una mancha en la pared. ¿Un clavo quizá? Qué importa lo que sea, lo interesante es dónde nos lleva.

 

Una mancha en la pared de Virginia Woolf.  Hoghart Press 1917 Londres.

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