Los desiertos de DINO BUZZATI

Autora: Eva Losada Casanova

La muerte, la finitud, el devenir de la vida…quizá sean esos los temas en los que uno echa el ancla cuando pasea por las novelas o los cuentos de Dino Buzzati. No importa que los críticos hablen de dos épocas, de dos momentos o corrientes dentro de su obra, para mí, Dino Buzzati, parece querer escribir siempre la misma historia: aquella que determina su propia existencia. Desde una posición equidistante con el lector, nunca más allá de su entendimiento o sus capacidades, Buzzati rara vez se aleja. Es posible que sea esa proximidad, ese entender la vida, la vida común, la de nacer y morir, sin más, lo que le convierten en un gran escritor, uno de los grandes escritores italianos. Sus párrafos, conjeturas, sus idas y venidas, a veces en grandes espirales agonizantes, siempre están mezcladas con descripciones que sosiegan. El Milán de los prostíbulos y callejuelas inmundas o la nada hecha de arena que se respira en el gran desierto, aquel donde el lector se queda sin agua, sin saber por dónde o para qué vivir, esperando siempre al mismo amanecer. Para Buzzati el desierto era como para Thomas Mann la montaña: la vida y la muerte y, entre medias, la enfermedad.

Y como sucede a menudo con los grandes escritores, su fulgor popular llega tarde y casi siempre de la mano de sus colegas. En este caso son otros, grandes como él, que un día, descubren que su propia obra está impregnada de los mismos laberintos del escritor italiano. Y es que, una vez que has leído a Dino Buzzati, ciertos ilustres textos te vienen ya repetidos y comprendes entonces lo injusto que resulta a veces esto oficio que solo parece que se disfruta en la otra vida, donde de poco sirve el reconocimiento o los halagos. Como decía otro gran escritor, en este caso portugués, “solo me entenderán después de muerto”.

            Algunos de los relatos que escribió cuando trabajaba en el periódico italiano, Il Corriere della Será, que este año cumple ciento cuarenta años, relatos como Sette piani (Siete pisos o Siete plantas); son pequeñas obras maestras que condensan todo el pensamiento del escritor en apenas media docena de páginas. Sette piani es un relato que te acompañará el resto de la vida como acompaña a Giuseppe Corte, hasta ese momento, ese que nos llegará a todos, donde un día nos podrá la sumisión frente a aquella persiana que terminará de cerrarse para siempre. De la misma manera se impregna en el lector la inmensidad de ese desierto, la indecisión o el tiempo perdido, ese tiempo que irremediablemente termina siempre en el mismo lugar. Ese tiempo insalvable con el que Buzzati juega una y otra vez en su obra.

Gran conocedor de las bajas pasiones, de aquello que nos debilita, Buzzati, retrata en la novela “Un amor” a un hombre solo, sumido en el delirio del amor imposible. Y, de paso, coloca al lector en una posición incómoda donde lo correcto, lo ético queda en entredicho y, en ocasiones, hasta puede ofuscar. Buzzati no busca complacernos nunca, no es su estilo, a él le gusta agitarnos, que nos miremos a nosotros mismos y nos preguntemos qué estamos haciendo, a qué hemos venido y si, en realidad, nuestra existencia es eso: un laberinto. El laberinto en el que Borges, muchos años después, recalaría y se perdería. Ese mundo en remolino, fantástico y real al mismo tiempo. Ese universo que se alimenta de algunos de los relatos de Edgar Allan Poe donde es la multitud la que nos oculta a nosotros mismos o bien, como sucede en el relato titulado Una cosa que empieza por ele, donde la influencia gótica de Poe es vistosa. Me atrevería a afirmar que quizá sea ese uno de los relatos de Buzzati más “Poeiano”.

            Y si me empeño, también encuentro a Buzzati en Onetti, y a Onetti en Buzzati; en esa manera tan particular de describir, cargada de lirismo, de fuerza narrativa. “Mientras, volvía a vestirse, con aquel estado de ánimo particular, sereno y melancólico, que sigue al desahogo de los sentidos”, escribe Buzzati sobre el personaje de Tonino después de haber hecho el amor con la señorita Laide.

            Las murallas, las fortalezas, las paredes que nos separan de lo que seremos, son constantes en su obra; el leproso que se asoma a la ciudad desde lo alto de la torre de vigilancia y se encuentra con la desesperanza en El hombre que quiso curarse; y el muro infinito de Giovanni Drogo, desde donde los meses se hacen años entre un día y otro. O el viaje interminable del relato de Los siete mensajeros, o esa carta del amor interrumpido, esa carta que, como la vida, nunca se termina de escribir. Siempre es el tiempo en forma de abismo, abriendo sus fauces. El hombre como siervo de ese tiempo, atrapado siempre en él.

Dice Borges, gran admirador de Buzzati, en el prólogo de El desierto de los Tártaros “Un desierto que es real y es simbólico. Está vacío y el hombre espera muchedumbres”.

Coetáneo del también periodista y escritor romano, Alberto Moravia y del escritor Lombardo Cesare Pavese, Dino Buzzati comparte con ellos, sin duda, esa dulce melancolía que surge como decían antaño los curanderos, “cuando la tristeza y el miedo duran demasiado tiempo”. Esa melancolía con la que algunas nos envolvemos siempre que nos dejan. Libros y autores que un día sientes cómo te rodean y comprendes entonces por qué sus desiertos y laberintos, los de Onetti, Moravia, Pavese, Kafka, Pessoa, Borges, Buzzati y los del mismísimo Sócrates, los haces también tuyos.

La obra de Dino Buzzati la han recuperado en los últimos años y traducido las editoriales Acantilado y Gadir. La primera vez que llegó a España fue de la mano de José Janés en 1943. A lo que la editorial Plaza&Janes da continuidad, en 1959, con la colección Maestros de Hoy, edición recuperada de la biblioteca materna, de páginas finísimas y letra diminuta.