Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Veinticuatro horas ZWEIG

AUTORA: Eva Losada Casanova

“La mayoría de los hombres posee escasa imaginación. Todo lo que no les afecta de una manera inmediata y no hiere directamente sus sentidos, cual dura y afilada cuña, apenas logra excitarles.”

 Stefan Zweig, un maestro en todo aquello relacionado con el lenguaje, con la narración, la prosa y la escritura, es además uno de esos escritores que sabe, como nadie, arrastrarnos sin resistencia, sin voluntad a través de las puertas de sus textos. Su tono, su punto de partida, su franqueza quizá, su prosa magnifica y verdadera, su falta de artificio y la contención de datos innecesarios en sus escritos, pueden ser algunos de esos ingredientes que lo convierten en un escritor excepcional. Zweig dedicó también su vida a coleccionar manuscritos originales, partituras y cualquier documento donde se pudiera observar el proceso de creación de mano de su autor. Era, en definitiva, un ser al que le gustaba partir de la esencia y pocas veces se alejaba de ella. Los lectores de Zweig, más aun las lectoras, no me pregunten el por qué —quizá es el profundo respeto que nos tenía— terminamos irremediablemente queriéndole, sintiendo un verdadero afecto por un hombre de una integridad literaria que emociona desde que comenzó a gestarse todo su trabajo: ensayo, novela, biografía, etc.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una de sus grandes obras y quizá una de las mejores novelas cortas que se hayan escrito, parte de una discusión entre un grupo de huéspedes de una pequeña pensión de la Riviera. Y como toda gran obra, no importa el lugar, ni el tiempo, sino la idea en sí misma. Esa idea que, como una sombra, cubre el texto y lo alimenta, no es otra que la obsesión. ¡Qué mejor campo de cultivo literario que la mente femenina! Sus esquinas y recovecos, sus falsos precipicios o agujeros profundos… Las posibilidades son infinitas y Zweig, un gran conocedor de nuestra psique, lo sabía. Sobre esta novela se podrían hacer todo tipo de psicoanálisis, podríamos descomponerla, analizarla, desmenuzarla e ilustrar con ella una clase de psicología, es cierto, pero desde el punto de vista literario, sus bondades son también otras. Y es que, en apenas cien páginas que uno devora durante un suspiro trágico, apretando los labios, sin apenas cambiar de postura, esta obra encierra una de las escenas más impresionantes de la literatura. Hablo de escena, no pasaje, porque el texto es de una plasticidad abrumadora. Es difícil, muy difícil, que un género como el cine logre reproducir una escena tan sublime sin quedarse a mitad de camino, sin decepcionar al lector-espectador, sin desesperar a un actor, guionista o director. La construcción del personaje que hace el autor a través del movimiento de sus manos, del ir y venir de sus dedos, del diálogo entre dos partes de un mismo cuerpo, es sencillamente magistral. “Y las manos ponen al descubierto impúdicamente su secreto”, nos dice Zweig antes de comenzar la narración. Y no solo provoca que el lector vuelva atrás a leer una vez más lo escrito, no para entenderlo, no, sino para disfrutarlo. Y es a partir de ese momento, de ese placer, casi físico, carnal, con lo descrito, cuando comprendemos que ya nunca volveremos a observar las manos de otro ser humano como lo hacíamos hasta ahora.

Zweig domina el terreno que pisa y navega con soltura por la obsesión de una anciana, Mistress C, como si él mismo la padeciera. Esa obsesión va acompañada de otro tema que termina de dar forma a la historia y que es recurrente en su obra: la culpa. La culpa es recurrente desde la primera línea, es esa culpa la que determina el resto de la narración.

Zweig, recurre, una vez más, a la misma estructura que utiliza en Mendel el de los libros: el testimonio. Supongo que se siente cómodo, que lo disfruta. Es posible, como dicen algunos críticos literarios, que fuera una novela de la poco conocida escritora y poeta francesa, Constance de Salm, la inspiradora de la obra de Zweig. Los títulos de ambas coinciden, es cierto. El título de la novela de la princesa de Salm —Constance Marie de Théis— es Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible. Ambas novelas, obviamente, como reza el título, transcurren durante un día, aunque el lector, en realidad, no tiene una percepción tan nítida del tiempo que se consume. Es más, en la obra de Constance de Salm, las horas parecen ser infinitas y el tiempo otro. En ambas novelas es una mujer la que se obsesiona, es una mujer solitaria la que sufre y es una mujer la que lucha consigo misma, con sus deseos. Hasta aquí el parecido es indudable; pero hay una gran diferencia entre un texto y el otro, esa diferencia es la que distancia a ambas novelas. Mientras Zweig habla de la obsesión y, por qué no, de la vejez, “la vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado”, Constantine Salm trata los celos en estado puro, a corazón abierto. Son los celos el eje de la novela de la escritora. Los celos a través de una estructura epistolar, propia de aquella época, ya que se publicó en 1824 y es recientemente, en 2011, cuando la editorial Funambulista la rescata con una estupenda traducción de Isabel Lacruz.

¿Qué es aquello que ambas obras comparten? Quizá, un estudio profundo, nítido, verídico y exquisitamente tratado de la psicología femenina. Es “…el amor como forma de autismo” mostrado por Salm y la pasión como forma de obsesión tratada por Zweig. En fin, lo importante, más que buscar similitudes e influencias entre ambas novelas, es el contenido, aquello que el autor y la autora quisieron, cada uno a su manera, volcar en el texto de sí mismos, lo que quisieron transmitir y el por qué.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, sin duda, una joya más de su extensa y carismática obra literaria. Obra que se vio prematuramente interrumpida por un trágico final, de libre elección y que, a mi parecer, obedece sin duda a una búsqueda permanente de la perfección humana, algo inexistente, ni siquiera en su ficción. Esperar a la vejez no fue una opción, quizá no llegó nunca a experimentar las palabras que un día puso en boca de Mistress C., “La vejez no es nada más que dejar de sufrir por el pasado”. Sino que más bien se aferró a las de Séneca: “Es débil e indolente quien a causa del sufrimiento decide su muerte, necio quien vive para sufrir”.

 Veinticuatro horas en la vida de una mujer de la editorial Acantilado (2000) ha sido traducida por María Daniela Landa.

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