El subjuntivo. Sea lo que sea.

El subjuntivo. Sea lo que sea.

Autora: Eva Losada Casanova

El mal uso del modo subjuntivo es como caminar con una piedra en el zapato: duele. Duelen los oídos del bienintencionado interlocutor que, casi siempre, por no parecer quisquilloso, no corrige. Además, esa piedra, provoca un caminar  ladeado, torpe y algo vulgar. El mal uso del subjuntivo resta elegancia al lenguaje, es un quiebro en las frases, un balbuceo que todo hispanohablante debería mimar y proteger. Es un modo gramatical sin hogar, un deseo, un posible futuro, algo inacabado que puede o no suceder. Es una ficción muy nuestra, muy española. El subjuntivo es casi ilimitado, es a veces vago. Los matices que aporta al significado de una frase, de un párrafo, de una mera expresión son sutiles y contundentes al mismo tiempo. Si “Me agrada un hombre que sabe escuchar” o “Me agrada un hombre que sepa escuchar” estoy hablando de hombres diferentes, situaciones diferentes y espacios diferentes. Es más, en la segunda frase, no sabemos si el hombre en cuestión existe o no. El lector o interlocutor reaccionará de manera muy diversa ante ambas situaciones y no tendrá más remedio que aferrarse al contexto para comprender. De igual manera, si decimos “Lo que me asusta de ese perro es que muerda” o “Lo que me asusta de ese perro es que muerde”, hablamos de situaciones diferentes y quizá también de perros algo distintos. En el primer caso el perro puede o no morder; el hecho de que lo haga puede o no pertenecer al imaginario del que pronuncia o escribe la frase, es un temor, una fantasía o una duda. En el segundo escenario los hechos son contundentes: el perro muerde.Sabemos que lo hace, nos lo han dicho, lo hemos visto o nos ha mordido.

El modo subjuntivo trae de cabeza a los extranjeros que quieren hablar bien nuestro idioma, pocas veces logran acertar con su uso. El modo subjuntivo acompaña nuestros sueños y anhelos, queremos una casa que tenga jardín o un hijo que sea inteligente. Y también forma parte de nuestros sentimientos, de nuestras emociones cuando decimos: “Espero que encuentres lo que buscas” o “Que no sea como tú quieres no es un motivo para echarme de casa”. Entre todos los usos hay uno especialmente conmovedor, aquel en el que lo imperativo se suaviza, en el que la orden depende del otro, del que escucha. “Haz con tu vida aquello que prefieras” “Tírate por la ventana cuando tú creas”. Es una orden, sí, pero con margen de acción, educada, con cierto consenso subyacente. ¡Qué impreciso resulta el subjuntivo! Qué vago y delicioso modo de expresar lo que sea, lo que tenga, lo que quiera y hasta lo que fuera o parece. Qué maravilloso idioma el nuestro.

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