Las mujeres de Henry James

Autora: Eva Losada Casanova

En ocasiones el escritor desconoce las fuentes en las que un día bebió. Esa sed es saciada y muchos años después la obra personal rebosa de aquello que un día hidrató nuestra lectura. Con frecuencia son los demás los que perciben las influencias literarias y no uno mismo. Son los demás los que encuentran en los pliegues del texto reminiscencias del pasado y quiénes somos en realidad. Creo que en narrativa nada se escribe por casualidad, todo tiene un origen, casi siempre desconocido o poco explorado por el propio autor.

            He olvidado en parte lo que sucedió en la gran mansión de Bly, pero puedo ver y sentir la casa cubierta por una niebla permanente; imaginar a la perfección a aquella institutriz que arrastraba su vestido de la ventana hacia el río, que veía a través del cristal una figura oscura aproximarse por el sendero de arena a la entrada, o que se estremecía por las noches cuando alguno de los niños a su cargo no estaba en su cama. “Otra vuelta de tuerca” como el resto de las veinte novelas y relatos de Henry James son maravillosos y a veces escalofriantes paseos por la mente humana, la mente más femenina, aquella que James tan bien parecía conocer. Recuerdo a la señorita Caroline Spencer en la novela corta “Cuatro encuentros”, la siento justo en ese instante cuando pude, al fin, comprobar que lo perdía todo y ella no se estaba dando cuenta de ello.

      Henry James es un maestro de la lentitud, de la sutileza, de la elegancia, de la ironía. La sencillez aparente de sus textos está bañada en una atmósfera que no se olvida nunca. Permanece en la memoria del lector como un velo propio, único. Casi como un recuerdo de infancia. Siempre me he preguntado si la elegante melancolía que empapa su obra es producto de su soledad, de ser mitad hombre, mitad mujer. Ni una cosa, ni la otra.

            Admiro a aquellos escritores que tienen la inteligencia, la humildad y la destreza de construir personajes femeninos desde el cariño y el respeto como Sándor Márai, Flaubert o Ian McEwan. Escritores capaces de dejar que sus personajes —Felicité, Marika o Brioni Tallis— nos estremezcan. Pese a ello, nada como una escritora para describir, sentir y llevarnos de la mano por la psicología femenina. De esto no me cabe duda.

            Henry James no practicaba la prosa de acción, no se sentía a gusto navegando en ella, prefería arrastrar al lector por los, a veces enrevesados, procesos mentales de sus heroínas. Asomarse a sus sueños, cuestionarlos, ironizar sobre la naturaleza humana y su moral en una época cambiante o bien enfrentar a los Estados Unidos con la Europa victoriana. Henry James dotaba a sus textos de luces y sombras, de una niebla que llegaba y se iba, de un misterio natural que es, a mi parecer, lo que marca y diferencia su prosa. Es indiscutible que su maestría para dilatar la verdad, los instantes suspendidos, para llevarnos con lentitud hacia el desenlace sin dejar que decaiga la atención del lector es lo que le convierten en uno de los grandes maestros de la prosa.

            Imagino allá por 1870 a los dos hermanos James hablando en la sobremesa, en la casa familiar. Al escritor y al psicoanalista, al solitario asexuado y al brillante teólogo estudiante de Harvard y profesor. Al sutil observador y al pragmático científico. Aquellas conversaciones sobre moral, sobre la Teoría de las emociones, teoría que William James formuló y divulgó. Siempre he querido creer que la obra de Henry no hubiera sido la misma sin su hermano Williams y viceversa. Desconozco si convivieron durante muchos años, apenas había diferencia de edad entre ambos, pero quiero creer que se enriquecieron el uno al otro. Esa soledad donde habitó Henry James me cuesta verla en muchos de sus escritos y más aun en un libro editado y traducido por primera vez al español por la editorial Funambulista, “Diario de un hombre de cincuenta años” donde narra, con una cercanía y naturalidad maravillosas, el encuentro en Casa Salvi, a los cincuenta años, con la hija de un amor de juventud donde el pasado le alcanza entre paisajes florentinos. Esta pequeña novela —pequeña por el número de páginas y grande en sus deliciosos e inteligentes diálogos—  nos atrapa y al mismo tiempo desnuda la gran pasión de Henry James, aquella que mueve su obra: el alma de las mujeres.

            Una de las mujeres en la vida de James fue Alice James, su única hermana, paralítica a causa de un accidente, depresiva y con tendencias suicidas y, según ella misma, parricidas. Alice, a parte de detestar a su padre, es autora de un diario que escribió durante años donde recogía reflexiones sobre amigos, familia y costumbres de la época con cierta indiscreción. Quiero creer también que todo ese sufrimiento e infierno que pasó, sus días bajo los efectos del opio y cuyo disfrute, hasta su muerte por cáncer, era defendido y apoyado por el propio James, fue recogido de alguna manera en su obra e influyó a la hora de construir alguno de su personajes. Como también la situación social de la mujer en la segunda mitad del siglo diecinueve donde los movimientos sufragistas no terminaban de cambiar definitivamente las cosas y donde las mujeres que pertenecían a las clases más empobrecidas desempeñaban trabajos obreros, en fábricas y talleres, con sueldos muy por debajo del de los hombres. En cuanto a la mujer de clase media y media alta solo accedía a trabajos de enfermera o de maestra. En ocasiones se ha cuestionado el realismo de la obra de James, criticando su tendencia a construir personajes alejados de la vida real. Pero no creo que se alejase de la realidad, simplemente no vivía en ella, no le interesaba lo cotidiano, no era en ese sentido un Chéjov o un Flaubert. El entorno de su personajes, insisto, no le importaba, las tramas eran excusas, meras excusas para dejar al lector bailando con las emociones de sus personajes. Ellos sí eran realistas, lo eran sus acciones, su reacciones y su manera de vivir. James casi siempre inicia sus novelas exponiéndonos a una situación y luego dejando que el personaje se maneje en ella. No me cabe duda de que él no sabe cómo terminan sus novelas cuando las empieza por eso logra ese tono suspendido. Es complicado sorprender a tus lectores cuando tú mismo no te sorprendes. Estoy casi segura de que Henry James cuando escribía sus novelas, cuando “soltaba” a una Isabel Archer en el terreno, la observaba y la seguía. En ocasiones experimentaba primero en relatos o novelas cortas y si el personaje realmente funcionaba pasaba a formar parte de un empresa mayor. En “Retrato de una dama” el personaje da la señorita Archer es en mi opinión la señorita Spencer de la novela corta traducida y publicada por Funambulista en 2007, “Cuatro encuentros”. En ambas la idea central es la misma: la lucha por la libertad, por vivir el mundo y sentirlo. El viaje como símbolo de libertad y el hombre como lastre hacia esa libertad. En definitiva, Henry James es probablemente uno de los hombres feministas más ilustres, sensibles, inteligentes y elegantes de los últimos dos siglos. Y me atrevo a pensar que quizá nuestro joven director de cine Alejandro Amenabar lo tenga como un fiel modelo a seguir. Pero bueno, esta idea es extravagante y no contrastada, pero sin duda hermosa y hasta posible. Tendré que preguntárselo algún día, ¿no?