La escritura o la vida. Transfiguración de Jorge Semprún.

Campo de concentración de Buchenwald. Jorge Senprún.

Autor: Eva Losada Casanova

En estos tiempos donde las ideas parecen cuerpos celestes a la deriva, donde las voces se entremezclan y nada parece querer decir, sino decir sin más, vuelvo la mirada hacia otro tiempo, aquel en el que unos pocos hombres devolvían a este país el brillo que merece.

            Decía Paul Auster en Brooklyn Follies que las penas desaparecían cuando teníamos la fortuna de vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario. La realidad deja de existir mientras la historia sigue su curso. Paul Auster en esta reflexión no contemplaba la otra cara de la moneda, las más cruel, aquella en la que la escritura podía arrebatarte la propia vida, ser ese espejo que te fulmina, que te muestra la realidad de la que llevas años huyendo. Y es que de la realidad de huye, ¡por supuesto! Y, en ocasiones, es la literatura la que nos sirve el infierno en bandeja.

            Jorge Semprún, escritor, pensador, político, activista, fugitivo y, sobre todo, exiliado, en su libro “La escritura o la vida” editado por Tusquets en 1995 y traducido del francés por Thomas Kauf, nos deleita con esta idea tan bella y cruel que es el poder de la escritura para abrir, desgarrar y hacer sangrar las heridas. Nos trasladamos al campo de concentración Alemán de Buchenwald, y a cámara lenta, en una escena que se estira hasta nuestros días y donde Semprún vive uno de los instantes más lúcidos de su vida, en el que ve, por primera vez, la muerte alejarse, irse de espaldas, escribe: “Resulta estimulante imaginar que el hecho de envejecer, de ahora en adelante no iba a acercarme a la muerte, sino por el contrario a alejarme de ella”. Es a partir de este momento cuando sufre, como él dice, la “transfiguración”; estado que le acompañó el resto de su días y que, a mi parecer, llenó años más tarde todas las hojas en blanco de sus libros.

            A medida que vamos leyendo nos adentramos con una dulzura contradictoria en los días y las noches dentro de Buchenwald, lo hace de la mano de la poesía que recita con sus compañeros de prisión, otros españoles como él a quienes se les ha despojado de todo excepto de los versos que cada uno memoriza. Este es quizá uno de los pasajes donde uno más tiembla, más se retuerce. De ese grupo de compatriotas de los que nos  habla y de los cuales tan solo le diferenciaba los meses, días o semanas que les separaba de la muerte. Distancia que todavía debían recorrer.

            Semprún nos lleva y nos trae a través de sus recuerdos, regresiones impuestas, historias superpuestas, cajas chinas que contienen pequeños fragmentos de una vida que él mismo intenta explicarse y recorrer a través de su prosa. No existe la narración lineal, no hay caminos rectos, hay piezas que van poco a poco encajando, como debió suceder con su propia vida. Siempre está presente el miedo a detenerse demasiado en el pasado, quizá por eso el texto da esos saltos, se detiene, esquiva, en ocasiones, lo que el lector quiere oír. Quizá este es uno de los encantos que tiene este libro, el recorrido impreciso, lleno de recovecos de la mano de su autor por una maraña de estampas donde nunca nos quedamos demasiado tiempo.

Hay muchos libros que tratan el duelo y pocos lo hacen como este. Es el duelo por la muerte del propio escritor, por la muerte de la infancia, de lo que un día fue y no volverá a ser. Se apoya en citas de Sartre, Camus, Faulkner, Alberti o Brecht. Y, como escenario, el París de la liberación, lugar donde poco a poco nos muestra su transfiguración.

“El mundo se borró a mi alrededor en una especie de vértigo”.

            En este libro no hay tragedia, ni pesadumbre, hay  —quizá solo en las primeras cien páginas—  arrogancia y orgullo. Aquella que solo los que han salido por si solos de la miseria humana están legitimados a blandir. Pero ni siquiera ese orgullo permanece, también termina cediendo y es engullido por el silencio. “Dos años de eternidad glacial me separaban de mi mismo”. Una especie de muerte en vida donde la escritura no podía, no debía aparecer. Escribir le producía dolor y él necesitaba sobrevivir. Descubrir la sexualidad, la música, las mujeres…sentir con el cuerpo que un día le arrebataron, como le arrebataron la patria.

Nos tropezamos en la lectura una y otra vez con esa nieve, esa ceniza que caía del cielo de Buchenwald y que busca su sitio entre los párrafos del libro de manera casi obsesiva. Quiere, como Faulkner, poder regresar al pasado de manera vertiginosa a través de la narración, no puede hacerlo, no se atreve a detenerse. Y nos explica por qué fue un escritor tardío, se justifica a si mismo este hecho y el lector le comprende, le acompaña, se compadece y empieza a quererlo. Hace el libro suyo.

En 1945 abandona cualquier proyecto de escritura: hacerlo, como el dice, le vuelve vulnerable. Tiene presente a Primo Levi. Es una sombra que vaga por las hojas del libro, un alma en pena, otra obsesión casi tan poderosa como la nieve y la ceniza. El suicidio entra en escena y es entonces cuando el corazón del lector se encoje y la lectura va a la deriva entre el presente y el pasado que quiere y no quiere olvidar. Diez años escribiendo estas trescientas treinta páginas que no logra terminar hasta que finalmente consigue separarse de si mismo. Eso sucede en 1992, cuando regresa en el campo de concentración de Buchenwald. “Vivía en la inmortalidad desenvuelta del aparecido”.

Termino con un poema de Cesar Vallejo, quizá y solo quizá, el poeta que salvó a Jorge Semprún, aquel que le mantuvo la mirada en la vida y la creación literaria.

Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ¡No mueras, te amo tanto”. Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo.

 

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