Hierba que crece (Introducción a la escritura poética)

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Autor: Pedro Tena

Tal vez te ha sucedido alguna vez: vas caminando por el campo o por la ciudad y, de pronto, todo lo que se presenta ante tus ojos, la piedra, el árbol, un perro tumbado al sol; el edificio, el semáforo, la gorra del viandante, dejan de ser los objetos definidos de una vez y para siempre por palabras que conoces a la perfección, por vocablos con los que te une una cierta familiaridad desde hace años y que puedes ubicar sin dificultades en el diccionario de la lengua, y los empiezas a mirar con una cierta extrañeza. Cada uno de esos objetos, cada ser particular es ahora un estallido de vida en sí mismo, se diría que exhalan una riqueza singular y que se escapan a las definiciones. Pero ese estallido de vida también te deja perplejo porque no aciertas a ponerle palabras, es como si hubieras perdido la capacidad de pensar o de hablar coherentemente sobre las cosas y, tras la euforia inicial, te invade un malestar, un malestar como el que podría sentir alguien que se siente abandonado de pronto en un país desconocido.

            Es posible que estés pensando que ese estado de perplejidad, ese trance, es el camino sagrado por el que tiene que pasar todo aspirante a poeta. Siento decepcionarte, no se trata de saber si uno reúne las condiciones adecuadas para figurar en ese cuadro de honor de la conciencia alterada al que a veces se ha denominado poesía. Aunque esto tampoco quiere decir que haya que volverle la espalda a esa idea de resacralización del mundo, a nuestro modo de ver, tal como sugerimos más adelante, la poesía tendría más que ver con la capacidad de asombrarse y con la observación atenta del mundo y de las cosas que te rodean. La poesía enseña que los objetos y las emociones pueden tener uniones secretas más allá de lo aparente. Decimos «pan solar» y nos referimos a un pan hecho de un grano germinado bajo el sol y que trae consigo algo de su luz, pero también al sol como alimento.

En un poema cabe todo, desde la contemplación de una verja oxidada a la escucha del maullido de un gato. Desde la luz de las galaxias que se alejan a las sombras que va dejando una vela al apagarse, desde la piedra de Sísifo hasta la montaña de la procede esa piedra. Tal vez lo único que no cabe en un poema es llenar un vaso vacío con un vino que no sabe a nada. Es preferible dejarlo vacío y esperar a que llegue un buen vino, las palabras justas en el orden apropiado. En un poema cabe todo, porque todo es susceptible de ser convertido en poesía. Sin embargo, cómo bien decía Octavio Paz en El Arco y la Lira, «lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente». Hay paisajes, personas y hechos que suelen ser poéticos sin ser, evidentemente, poemas. En este taller trataremos de dar forma a esa potencia para que se convierta en obra.

            Pero vayamos un poco más allá. Hablamos de poesía y de poemas y la pregunta cae por su propio peso: ¿sabemos exactamente de qué hablamos cuando decimos «poesía» o «poético»? Tenemos toda una tradición que nos coloca sobre la pista de lo que es o puede ser poesía, pero aquí no nos va a interesar demasiado la respuesta si cada uno de nosotros no es capaz de actualizarla e interpretarla a su modo. Si me apuras, más vale no saberlo. Y tal vez conviene recordar aquí que no hay hechos universalmente poéticos. Para la tribu de los emberá-chamí, por ejemplo, el color rojo carmesí de un atardecer no manifiesta una particular belleza, sino que es un presagio de peligro.

            Aunque este tipo de preguntas tienen que ver con la representación, es cierto que pocos entre los que escriben se las formulan, porque en realidad, bien pensado, no importan demasiado. Si quieres una definición de poesía, probablemente te contentarás con decir: poesía es lo que me hace reír o llorar o bostezar, lo que hace vibrar las uñas de mis pies, lo que me hace desear hacer esto o aquello o nada. En el fondo, lo que importa es el placer que te proporciona, por trágico que sea. O en palabras de Dylan Thomas, “la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la intención del poema”.

            Así pues, ¿puede enseñarse algo que no se sabe lo que es? A esta pregunta, cuya respuesta ya adivinas que es negativa, podemos oponer otras: ¿puede enseñarse música aunque no se sepa bien en qué consiste o qué requisitos debe cumplir? ¿Y a bailar aunque no se sepa definir qué es la danza? ¿Es el baile de salón con los pasos medidos el único baile que es posible aprender o puede aprenderse a soltar el cuerpo y hacer que este sepa escuchar el ritmo interno para poder jugar con el compás de la música? Ligeti dice que lo esperable no es música. Nosotros bien podemos decir que… «en un principio fue el verbo» es un buen chiste bíblico.

            Como ya nos hemos hecho demasiadas preguntas, tal vez ha llegado el momento de pasar de las dudas a exponer algunas convicciones. Aquí va una: creo que la práctica de la escritura tiene múltiples beneficios. Yo diría que el primero y principal es que uno recuerda que está vivo; y que eso es un privilegio, no un derecho; algunos replicaréis que algo parecido habéis experimentado al zamparos un buen plato de fabada o al encontraros en el cuerpo a cuerpo amoroso con vuestra persona favorita. Y no andaréis muy desencaminados. Algo más entonces querremos decir cuando hablamos de qué es “sentirse vivo”. Y me apresuro a responder que sí, sentirse vivo es considerar a la vulnerabilidad como el rasgo primario de la materia viva y, por tanto, significa sentirse vulnerable. La vulnerabilidad no tiene necesariamente que ver con un espacio sentimental sino con ese otro espacio más vital en el que se acepta la ambigüedad, la paradoja y la incertidumbre como cualidades sustanciales del conocimiento.

Sin embargo, para situarte en tal estado no será necesario que acometas proeza alguna. Basta con no vivir atrincherado en la comodidad, con no cerrar tus cuentas con la realidad y decirte: bien, ya sé de qué va esto. Tampoco es necesario, pongo por caso, que abandones la comodidad de tu asiento para detener a un cochero que azota a su animal ni que te atrevas a saltar descalzo una hoguera; bastará con que aguces tus sentidos y extremes la atención. Seguro que a estas alturas ya sabes que ese ejercicio de atención no es tan fácil porque vivimos en una sociedad consumista y sobresaturada de información donde los reclamos para tu imaginación y para el detenimiento son constantes y cada vez más feroces. Por ello mirar detenidamente es casi tan esencial como leer y hasta me pregunto sino es una y la misma cosa. Implica mirar lo que una cosa no es o ha dejado de ser o incluso aquello en que se podría llegar a convertir por medio de la imaginación. La observación y la lectura son seguramente dos de las herramientas más importantes que debe llevar en su mochila cualquier persona, o escritor si se quiere por aquello de la especialización. Y si has llegado hasta aquí sin que desfallezca tu atención, conviene subrayar que, si acaban de aparecer «leer» y «lectura» aquí por primera vez, no es porque no sean actividades decisivas, sino porque de algún modo las he dado por supuestas. Lectura, por supuesto, siempre y cuando sepamos que nos enseñan a leer y a escribir dentro de una plantilla y que eso es precisamente lo que hay que tratar de romper. Si además de formar buenos lectores, logramos desarrollar una conciencia lingüística no dirigida, algo estaremos haciendo bien.

            Y vamos llegando al final. A los tres vectores sugeridos en los que vamos a trabajar o sobre los que vamos a construir nuestra colaboración (observación atenta, capacidad de asombro -y/o de admiración- y conciencia lingüística no dirigida a través de la lectura) podemos sumar una cuarta: la contemporaneidad.

Ser contemporáneo no consiste únicamente en bañarse en la corriente del presente ni de procurar mantener el reloj en hora con el ritmo cotidiano del “ahora” para que no atrase demasiado. Ser contemporáneo es sobre todo percibir las sombras del presente, su trasluz, y saber que la vía de acceso al presente tiene necesariamente la forma de una arqueología. Arché, origen. El origen no está situado sólo en un pasado cronológico, sino que es contemporáneo al devenir histórico y no cesa de funcionar en éste, como el embrión continúa actuando en los tejidos del organismo maduro y el bebé en la vida psíquica del adulto. La escritura poética puede ser también un espacio de pugna, de tensión con el presente, un lugar en que el ser humano no se reconcilia con la realidad sino que la cuestiona, la insulta o se burla de ella para tratar de indagar mejor en sus sombras y en sus luces.

            Singer en un libro de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quisiera dice que, según la Guemará, cada brizna de hierba tiene un ángel que le dice: “crece”. Nuestra tarea aquí consiste precisamente en eso, en escuchar la voz de ese ángel, en no acallarla.

            Sirva este poema de José Emilio Pacheco de contrapunto a todo lo dicho:

DISERTACIÓN SOBRE LA CONSONANCIA

Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano
que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica; aunque
parta de ella y la atesore y la saquee,
lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último
poco tiene en común con La Poesía,
llamada así por académicos y preceptistas de otro tiempo.
Entonces debe plantearse a la asamblea una redefinición
que amplíe los límites (si aún existen límites);
algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío de los clásicos.
Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)
que evite las sorpresas y cóleras de quienes
-tan razonablemente- leen un poema y dicen: “Esto ya no es poesía”.

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