La rata de Zaniewski. Literatura no complaciente.

Autora: Eva Losada Casanova

Una de las grandes destrezas de un escritor es ser capaz de convertirse en lo que no es ni será nunca: algo no humano. Se necesita no solo una imaginación desbordante sino una habilidad más complicada de poseer: capacidad de transfiguración, o quizá, capacidad para olvidarse de la propia especie, distancia, invisibilidad. Y no estamos hablando de fábulas inocentes, de literatura infantil o juvenil, no. Hablamos del poder del escritor para hacernos sentir que somos una víbora viuda o un roedor en busca de comida en los sótanos de un viejo hotel. Kipling describe la lucha entre una serpiente y una mangosta de tal forma que cuando estamos leyendo Rikki-tikki, uno de sus relatos, sentimos las garras clavadas en la fría piel del reptil, sentimos el calor humano como algo ajeno y la estupidez del pájaro como evidente. El escritor cubano Reinaldo Arenas va más allá, en su novela El portero, el escritor, nos eleva por encima de lo animal y de lo humano, por encima del entendimiento mismo y nos coloca allí arriba, liderando la revolución, hablando con las mariposas entre los rascacielos neoyorkinos. Orwell utiliza la fábula para ilustrarnos sobre el totalitarismo, sobre las revoluciones y utiliza la sátira como vehículo. Otros escritores se meten en la piel de bestias, algunas casi humanas. Pero fue el escritor polaco Andrzej Zaniewski, hace ya cuarenta años, quien se sirve de la fábula de la manera más cruda, sin dobleces, cuando se transforma en una joven rata, una rata que come, copula y devora o en la madre rata que protege y también destruye, en un ser vivo con anhelos, una bestia que tiene que sobrevivir, alimentarse, beber, que huye entre fogones, tuberías, agujeros y piensa en cómo vivir un día más. Si hay un libro que permanece aferrado a la memoria de uno a fuego vivo es este. Zaniewski nos transforma en su rata. Logra que sintamos claustrofobia mientras nos escondemos tras un armario de metal, que se nos revuelva el estómago cuando devoramos a nuestras crías enfermas para que no mueran por el camino. La rata es eso, es lo más tierno que puede encerrar la vida de una rata, de una familia de ratas. Ninguna tiene nombre propio pero todas desempeñan su rol. Una es vieja, otra es “él” y otra es simplemente “ella”. La naturaleza en toda su sencillez y complejidad al mismo tiempo. Sexo, violencia…todo parece valer, somos ratas. El miedo está latente desde la primera frase, desde su nacimiento, el nuestro, desde que tomamos conciencia de qué es lo que realmente somos, hasta la muerte. El miedo nos mueve, nos termina por salvar, nos hace fuertes. La arrogancia humana asoma con el arma afilada. El argumento no existe. No existe, al menos, como hilo conductor hacia algún sitio, o algún final. No hay lugar donde ir, ningún rincón es seguro. Da igual si Zaniewski nos llega a aburrir, de hecho es posible que lo haga, es lógico, ser una rata es aburrido, lo fascinante de ese libro es eso, ser, pensar, movernos y vivir como ellas, como las ratas. Olfatear la basura, beber en los charcos de podredumbre con el estruendo de las bombas cayendo.

“Dentro de ti el tiempo y el espacio convergen, se contraen, nada importa qué pasó antes y qué paso después”.

Allí fuera hay una guerra, una guerra humana que no está definida, puede ser cualquier guerra. La sociedad llevada a lo más esencial, a lo básico: comer, dormir, copular y sobrevivir; pero sobre todo huir. No importa si somos hombres o animales, eso no cambia. Las emociones, no descritas, existen, son las del lector, es él quién las pone en el texto, es el lector quién completa lo que Zaniewski narra.

En esta novela cada frase, cada coma, están cuidadosamente pensadas para que la narración reproduzca fielmente el pensamiento de la rata. Un estilo nada convencional que en numerosas ocasiones se salta alguna de las reglas más elementales a la hora de escribir novela, de narrar. No importa. Es el lenguaje en su estado puro, al servicio del entorno, al servicio de la atmósfera que nos atrapa y oprime de forma desgarradora, con el poder que otorgamos a la composición narrativa, al ritmo y la armonía. Esto es dominar el arte de escribir. Han pasado veinte años desde que yo misma me transformé durante una semana en la rata y desde ese día no he podido olvidarlo. ¿No es ese el fin último de los buenos textos? Esto no es cine, es literatura. Esa literatura no complaciente que parece no tener límites, aquella que no luce con el sol, ni bajo los focos, aquella que resplandece por sí misma.

“Procuro vivir en la frontera de ambos mundos —el de las ratas y el de los hombres —más en la superficie que debajo de ella. Vivo con miedo, vigilante, nervioso. Pero aquí el mundo de los hombres y el mundo de las ratas se entremezclan, se confunden, se cruzan, se unen, se identifican…”

La rata. Novela de Anderzeg Zaniewski. Publicada por Alianza Editorial en 1994.

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La escritura o la vida. Transfiguración de Jorge Semprún.

Campo de concentración de Buchenwald. Jorge Senprún.

Autor: Eva Losada Casanova

En estos tiempos donde las ideas parecen cuerpos celestes a la deriva, donde las voces se entremezclan y nada parece querer decir, sino decir sin más, vuelvo la mirada hacia otro tiempo, aquel en el que unos pocos hombres devolvían a este país el brillo que merece.

            Decía Paul Auster en Brooklyn Follies que las penas desaparecían cuando teníamos la fortuna de vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario. La realidad deja de existir mientras la historia sigue su curso. Paul Auster en esta reflexión no contemplaba la otra cara de la moneda, las más cruel, aquella en la que la escritura podía arrebatarte la propia vida, ser ese espejo que te fulmina, que te muestra la realidad de la que llevas años huyendo. Y es que de la realidad de huye, ¡por supuesto! Y, en ocasiones, es la literatura la que nos sirve el infierno en bandeja.

            Jorge Semprún, escritor, pensador, político, activista, fugitivo y, sobre todo, exiliado, en su libro “La escritura o la vida” editado por Tusquets en 1995 y traducido del francés por Thomas Kauf, nos deleita con esta idea tan bella y cruel que es el poder de la escritura para abrir, desgarrar y hacer sangrar las heridas. Nos trasladamos al campo de concentración Alemán de Buchenwald, y a cámara lenta, en una escena que se estira hasta nuestros días y donde Semprún vive uno de los instantes más lúcidos de su vida, en el que ve, por primera vez, la muerte alejarse, irse de espaldas, escribe: “Resulta estimulante imaginar que el hecho de envejecer, de ahora en adelante no iba a acercarme a la muerte, sino por el contrario a alejarme de ella”. Es a partir de este momento cuando sufre, como él dice, la “transfiguración”; estado que le acompañó el resto de su días y que, a mi parecer, llenó años más tarde todas las hojas en blanco de sus libros.

            A medida que vamos leyendo nos adentramos con una dulzura contradictoria en los días y las noches dentro de Buchenwald, lo hace de la mano de la poesía que recita con sus compañeros de prisión, otros españoles como él a quienes se les ha despojado de todo excepto de los versos que cada uno memoriza. Este es quizá uno de los pasajes donde uno más tiembla, más se retuerce. De ese grupo de compatriotas de los que nos  habla y de los cuales tan solo le diferenciaba los meses, días o semanas que les separaba de la muerte. Distancia que todavía debían recorrer.

            Semprún nos lleva y nos trae a través de sus recuerdos, regresiones impuestas, historias superpuestas, cajas chinas que contienen pequeños fragmentos de una vida que él mismo intenta explicarse y recorrer a través de su prosa. No existe la narración lineal, no hay caminos rectos, hay piezas que van poco a poco encajando, como debió suceder con su propia vida. Siempre está presente el miedo a detenerse demasiado en el pasado, quizá por eso el texto da esos saltos, se detiene, esquiva, en ocasiones, lo que el lector quiere oír. Quizá este es uno de los encantos que tiene este libro, el recorrido impreciso, lleno de recovecos de la mano de su autor por una maraña de estampas donde nunca nos quedamos demasiado tiempo.

Hay muchos libros que tratan el duelo y pocos lo hacen como este. Es el duelo por la muerte del propio escritor, por la muerte de la infancia, de lo que un día fue y no volverá a ser. Se apoya en citas de Sartre, Camus, Faulkner, Alberti o Brecht. Y, como escenario, el París de la liberación, lugar donde poco a poco nos muestra su transfiguración.

“El mundo se borró a mi alrededor en una especie de vértigo”.

            En este libro no hay tragedia, ni pesadumbre, hay  —quizá solo en las primeras cien páginas—  arrogancia y orgullo. Aquella que solo los que han salido por si solos de la miseria humana están legitimados a blandir. Pero ni siquiera ese orgullo permanece, también termina cediendo y es engullido por el silencio. “Dos años de eternidad glacial me separaban de mi mismo”. Una especie de muerte en vida donde la escritura no podía, no debía aparecer. Escribir le producía dolor y él necesitaba sobrevivir. Descubrir la sexualidad, la música, las mujeres…sentir con el cuerpo que un día le arrebataron, como le arrebataron la patria.

Nos tropezamos en la lectura una y otra vez con esa nieve, esa ceniza que caía del cielo de Buchenwald y que busca su sitio entre los párrafos del libro de manera casi obsesiva. Quiere, como Faulkner, poder regresar al pasado de manera vertiginosa a través de la narración, no puede hacerlo, no se atreve a detenerse. Y nos explica por qué fue un escritor tardío, se justifica a si mismo este hecho y el lector le comprende, le acompaña, se compadece y empieza a quererlo. Hace el libro suyo.

En 1945 abandona cualquier proyecto de escritura: hacerlo, como el dice, le vuelve vulnerable. Tiene presente a Primo Levi. Es una sombra que vaga por las hojas del libro, un alma en pena, otra obsesión casi tan poderosa como la nieve y la ceniza. El suicidio entra en escena y es entonces cuando el corazón del lector se encoje y la lectura va a la deriva entre el presente y el pasado que quiere y no quiere olvidar. Diez años escribiendo estas trescientas treinta páginas que no logra terminar hasta que finalmente consigue separarse de si mismo. Eso sucede en 1992, cuando regresa en el campo de concentración de Buchenwald. “Vivía en la inmortalidad desenvuelta del aparecido”.

Termino con un poema de Cesar Vallejo, quizá y solo quizá, el poeta que salvó a Jorge Semprún, aquel que le mantuvo la mirada en la vida y la creación literaria.

Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ¡No mueras, te amo tanto”. Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo.

 

Hierba que crece (Introducción a la escritura poética)

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Autor: Pedro Tena

Tal vez te ha sucedido alguna vez: vas caminando por el campo o por la ciudad y, de pronto, todo lo que se presenta ante tus ojos, la piedra, el árbol, un perro tumbado al sol; el edificio, el semáforo, la gorra del viandante, dejan de ser los objetos definidos de una vez y para siempre por palabras que conoces a la perfección, por vocablos con los que te une una cierta familiaridad desde hace años y que puedes ubicar sin dificultades en el diccionario de la lengua, y los empiezas a mirar con una cierta extrañeza. Cada uno de esos objetos, cada ser particular es ahora un estallido de vida en sí mismo, se diría que exhalan una riqueza singular y que se escapan a las definiciones. Pero ese estallido de vida también te deja perplejo porque no aciertas a ponerle palabras, es como si hubieras perdido la capacidad de pensar o de hablar coherentemente sobre las cosas y, tras la euforia inicial, te invade un malestar, un malestar como el que podría sentir alguien que se siente abandonado de pronto en un país desconocido.

            Es posible que estés pensando que ese estado de perplejidad, ese trance, es el camino sagrado por el que tiene que pasar todo aspirante a poeta. Siento decepcionarte, no se trata de saber si uno reúne las condiciones adecuadas para figurar en ese cuadro de honor de la conciencia alterada al que a veces se ha denominado poesía. Aunque esto tampoco quiere decir que haya que volverle la espalda a esa idea de resacralización del mundo, a nuestro modo de ver, tal como sugerimos más adelante, la poesía tendría más que ver con la capacidad de asombrarse y con la observación atenta del mundo y de las cosas que te rodean. La poesía enseña que los objetos y las emociones pueden tener uniones secretas más allá de lo aparente. Decimos «pan solar» y nos referimos a un pan hecho de un grano germinado bajo el sol y que trae consigo algo de su luz, pero también al sol como alimento.

En un poema cabe todo, desde la contemplación de una verja oxidada a la escucha del maullido de un gato. Desde la luz de las galaxias que se alejan a las sombras que va dejando una vela al apagarse, desde la piedra de Sísifo hasta la montaña de la procede esa piedra. Tal vez lo único que no cabe en un poema es llenar un vaso vacío con un vino que no sabe a nada. Es preferible dejarlo vacío y esperar a que llegue un buen vino, las palabras justas en el orden apropiado. En un poema cabe todo, porque todo es susceptible de ser convertido en poesía. Sin embargo, cómo bien decía Octavio Paz en El Arco y la Lira, «lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente». Hay paisajes, personas y hechos que suelen ser poéticos sin ser, evidentemente, poemas. En este taller trataremos de dar forma a esa potencia para que se convierta en obra.

            Pero vayamos un poco más allá. Hablamos de poesía y de poemas y la pregunta cae por su propio peso: ¿sabemos exactamente de qué hablamos cuando decimos «poesía» o «poético»? Tenemos toda una tradición que nos coloca sobre la pista de lo que es o puede ser poesía, pero aquí no nos va a interesar demasiado la respuesta si cada uno de nosotros no es capaz de actualizarla e interpretarla a su modo. Si me apuras, más vale no saberlo. Y tal vez conviene recordar aquí que no hay hechos universalmente poéticos. Para la tribu de los emberá-chamí, por ejemplo, el color rojo carmesí de un atardecer no manifiesta una particular belleza, sino que es un presagio de peligro.

            Aunque este tipo de preguntas tienen que ver con la representación, es cierto que pocos entre los que escriben se las formulan, porque en realidad, bien pensado, no importan demasiado. Si quieres una definición de poesía, probablemente te contentarás con decir: poesía es lo que me hace reír o llorar o bostezar, lo que hace vibrar las uñas de mis pies, lo que me hace desear hacer esto o aquello o nada. En el fondo, lo que importa es el placer que te proporciona, por trágico que sea. O en palabras de Dylan Thomas, “la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia por modesta que sea la intención del poema”.

            Así pues, ¿puede enseñarse algo que no se sabe lo que es? A esta pregunta, cuya respuesta ya adivinas que es negativa, podemos oponer otras: ¿puede enseñarse música aunque no se sepa bien en qué consiste o qué requisitos debe cumplir? ¿Y a bailar aunque no se sepa definir qué es la danza? ¿Es el baile de salón con los pasos medidos el único baile que es posible aprender o puede aprenderse a soltar el cuerpo y hacer que este sepa escuchar el ritmo interno para poder jugar con el compás de la música? Ligeti dice que lo esperable no es música. Nosotros bien podemos decir que… «en un principio fue el verbo» es un buen chiste bíblico.

            Como ya nos hemos hecho demasiadas preguntas, tal vez ha llegado el momento de pasar de las dudas a exponer algunas convicciones. Aquí va una: creo que la práctica de la escritura tiene múltiples beneficios. Yo diría que el primero y principal es que uno recuerda que está vivo; y que eso es un privilegio, no un derecho; algunos replicaréis que algo parecido habéis experimentado al zamparos un buen plato de fabada o al encontraros en el cuerpo a cuerpo amoroso con vuestra persona favorita. Y no andaréis muy desencaminados. Algo más entonces querremos decir cuando hablamos de qué es “sentirse vivo”. Y me apresuro a responder que sí, sentirse vivo es considerar a la vulnerabilidad como el rasgo primario de la materia viva y, por tanto, significa sentirse vulnerable. La vulnerabilidad no tiene necesariamente que ver con un espacio sentimental sino con ese otro espacio más vital en el que se acepta la ambigüedad, la paradoja y la incertidumbre como cualidades sustanciales del conocimiento.

Sin embargo, para situarte en tal estado no será necesario que acometas proeza alguna. Basta con no vivir atrincherado en la comodidad, con no cerrar tus cuentas con la realidad y decirte: bien, ya sé de qué va esto. Tampoco es necesario, pongo por caso, que abandones la comodidad de tu asiento para detener a un cochero que azota a su animal ni que te atrevas a saltar descalzo una hoguera; bastará con que aguces tus sentidos y extremes la atención. Seguro que a estas alturas ya sabes que ese ejercicio de atención no es tan fácil porque vivimos en una sociedad consumista y sobresaturada de información donde los reclamos para tu imaginación y para el detenimiento son constantes y cada vez más feroces. Por ello mirar detenidamente es casi tan esencial como leer y hasta me pregunto sino es una y la misma cosa. Implica mirar lo que una cosa no es o ha dejado de ser o incluso aquello en que se podría llegar a convertir por medio de la imaginación. La observación y la lectura son seguramente dos de las herramientas más importantes que debe llevar en su mochila cualquier persona, o escritor si se quiere por aquello de la especialización. Y si has llegado hasta aquí sin que desfallezca tu atención, conviene subrayar que, si acaban de aparecer «leer» y «lectura» aquí por primera vez, no es porque no sean actividades decisivas, sino porque de algún modo las he dado por supuestas. Lectura, por supuesto, siempre y cuando sepamos que nos enseñan a leer y a escribir dentro de una plantilla y que eso es precisamente lo que hay que tratar de romper. Si además de formar buenos lectores, logramos desarrollar una conciencia lingüística no dirigida, algo estaremos haciendo bien.

            Y vamos llegando al final. A los tres vectores sugeridos en los que vamos a trabajar o sobre los que vamos a construir nuestra colaboración (observación atenta, capacidad de asombro -y/o de admiración- y conciencia lingüística no dirigida a través de la lectura) podemos sumar una cuarta: la contemporaneidad.

Ser contemporáneo no consiste únicamente en bañarse en la corriente del presente ni de procurar mantener el reloj en hora con el ritmo cotidiano del “ahora” para que no atrase demasiado. Ser contemporáneo es sobre todo percibir las sombras del presente, su trasluz, y saber que la vía de acceso al presente tiene necesariamente la forma de una arqueología. Arché, origen. El origen no está situado sólo en un pasado cronológico, sino que es contemporáneo al devenir histórico y no cesa de funcionar en éste, como el embrión continúa actuando en los tejidos del organismo maduro y el bebé en la vida psíquica del adulto. La escritura poética puede ser también un espacio de pugna, de tensión con el presente, un lugar en que el ser humano no se reconcilia con la realidad sino que la cuestiona, la insulta o se burla de ella para tratar de indagar mejor en sus sombras y en sus luces.

            Singer en un libro de cuyo nombre no puedo acordarme aunque quisiera dice que, según la Guemará, cada brizna de hierba tiene un ángel que le dice: “crece”. Nuestra tarea aquí consiste precisamente en eso, en escuchar la voz de ese ángel, en no acallarla.

            Sirva este poema de José Emilio Pacheco de contrapunto a todo lo dicho:

DISERTACIÓN SOBRE LA CONSONANCIA

Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano
que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica; aunque
parta de ella y la atesore y la saquee,
lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último
poco tiene en común con La Poesía,
llamada así por académicos y preceptistas de otro tiempo.
Entonces debe plantearse a la asamblea una redefinición
que amplíe los límites (si aún existen límites);
algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío de los clásicos.
Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)
que evite las sorpresas y cóleras de quienes
-tan razonablemente- leen un poema y dicen: “Esto ya no es poesía”.