Sintiendo el oficio de traductor literario: Isabel González-Gallarza

 

Autora: Eva Losada Casanova

Isabel González Gallarza entrevista

Isabel González-Gallarza

Alexandre Dumas, Victor Hugo, Jean-Jacques Rousseau, George Sand, François-René de Chateaubriand, Muriel Barbery, Anna Gavalda, Laurence Cossé, Marc Levy… son algunos de los autores con los que esta traductora madrileña ha convivido dentro de los textos. Apasionada por su trabajo, rigurosa, cumplidora y entusiasta con todo aquello que tenga que ver con la literatura, Isabel Gonzalez-Gallarza nos habla de la profesión del traductor, de los retos y la humildad que deben acompañar al traductor. Un oficio, quizá, poco valorado por los lectores, sin el reconocimiento que debería tener pero decisivo para tener acceso a la gran parte del legado literario, para entender otras culturas, otra forma de entender la
vida. El traductor nos abre puertas, las puertas a la literatura, al conocimiento y también al mundo.

¿En qué momento decides dedicarte a la traducción literaria? ¿Te llevó la vida o fuiste tú a buscar la profesión?

Lo decidí yo, en un momento de crisis personal, y fue como una revelación, la solución perfecta. Recién licenciada en Filología inglesa, había empezado un doctorado en literatura (estaba investigando sobre teatro, en concreto las obras de Harold Pinter), pero al poco tiempo vi que en realidad la docencia y la investigación no estaban hechas para mí. Entonces, de repente, caí en la cuenta de que había una manera perfecta de darle una salida profesional a mis dos pasiones, la lengua y la literatura, y era la traducción literaria.

¿Hay que ser de alguna manera para dedicarse a traducir lo que otros escriben?

Hay que ser muchas cosas… Hay que ser muy trabajador, esforzado, constante, riguroso y muy perfeccionista. Eso por un lado. También hay que ser humilde, no puedes querer “figurar”, la figura es el autor, no el traductor. Y te tiene que apasionar el lenguaje, porque, al fin y al cabo, ésa es la herramienta principal del traductor. Te tiene que gustar mucho tu trabajo, Eva,  porque las condiciones en las que se ejerce son duras, así que te tiene que compensar por otros motivos que no sean los económicos, por ejemplo.

¿Puede un buen traductor convertir a un mal escritor en uno bueno?

No. Los traductores no hacemos milagros. Hacemos nuestro trabajo, y lo hacemos bien, que ya es bastante. Pero si el autor ha escrito un bodrio, bodrio se queda. Es cierto que si el original no está muy bien escrito, si hay faltas o incorrecciones gramaticales, ésas las pule el traductor (aquí el traductor hace un trabajo que tendría que haber hecho el editor del texto original), siempre y cuando no formen parte de un objetivo literario concreto perseguido por el autor.

De los autores/as que has traducido, ¿con cuál te sientes más a gusto?

La verdad es que no hago distinciones de este tipo. Cada autor plantea un reto de traducción distinto, y a todos me enfrento con el mismo afán de estar a la altura. Hay retos a priori más fáciles que otros, pero esos autores no son necesariamente los que prefiero. A los traductores nos gustan las dificultades, creo yo. Dentro de eso, hay autores más o menos amables o distantes, si es que en tu pregunta aludes también a este aspecto de la cuestión. Y hay autores muertos, a los que no les puedes preguntar qué querían decir con tal o cual palabra o expresión ambigua, y te tienes que apañar. Yo por lo general procuro no dar mucho la vara al autor, sólo me pongo en contacto cuando de verdad hay algo que no está claro y no se puede deducir del contexto.

Javier Marías, Borges, Cortázar, etc. fueron traductores de grandes maestros, ¿se aprende a escribir traduciendo?

A traducir se aprende traduciendo, eso lo tengo clarísimo. Y leyendo buenas traducciones, así como buena prosa en la lengua a la que cada uno traduce. Traducir es en parte escribir, así es que sí, algo se puede aprender a escribir traduciendo. Pero lo que se aprende es a manejar bien la lengua, a expresarse bien, a pulir el propio estilo. Ahora, para ser un buen escritor también hay que tener buenas ideas que contar, y eso no se aprende traduciendo.

Cuando terminé La Montaña mágica de T. Mann descubrí la fascinante historia que hay detrás de la traducción de las más de 1000 páginas que componen esta obra, una de las cuestiones era que en la traducción anterior a la de Isabel García Adánez, el texto desde el cual se tradujo era el texto francés y no el alemán. ¿Es esto corriente?

No es que sea corriente, pero sí ocurre, o al menos ocurría bastante hasta hace unos años. Ahora hay más conciencia de la necesidad de traducir de la lengua original, sin pasar por lenguas puente, que son fuente de distorsiones, como es obvio. En mis casi veinte años de profesión, sólo una vez me han encargado una traducción de estas características, traducir del francés un libro escrito originariamente en ruso. Pero el proyecto se truncó, al final por este libro pujó más otra editorial y se lo llevó.

Dos preguntas para que hagas amigos en la profesión: ¿Hay alguna edición de alguna gran obra que brille por sus gazapos? ¿Qué clásico se lleva el premio a la peor traducción que tú conozcas?

No es por no mojarme, pero sinceramente no lo sé. He tenido la suerte de leer grandes traducciones de clásicos. Últimamente se están retraduciendo admirablemente muchos clásicos, y ahora es cuando estoy aprovechando para leerlos traducidos. Hace años, cuando era estudiante, leía los clásicos en las lenguas que conozco (francés, inglés e italiano). Es cierto que en esa época intenté hincarle el diente a varios novelones rusos y desistí. Sé que en parte fue por las traducciones. Ana Karénina se me cayó de las manos en varias ocasiones, lo reconozco. Ahora tenemos la suerte de poder leer esta novela con la magnífica traducción que Víctor Gallego ha hecho para Alba, y te aseguro que ya no se me cae de las manos… Igual me está ocurriendo con Los Buddenbrook, de Thomas Mann, estoy disfrutando muchísimo la traducción de Isabel García Adánez. Y ahora también me gusta leer clásicos traducidos del francés, si el trabajo lo firma María Teresa Gallego Urrutia, la mejor traductora de francés que conozco. Todos los clásicos con nuevas traducciones que publica la editorial Alba, por nombrar sólo una, son garantía de calidad.

Dime la verdad, ¿has contribuido a mejorar considerablemente algún texto mal escrito?

Alguno. Todos los traductores lo hacemos. Como he dicho antes, si hay errores o incorrecciones gramaticales en el texto original, que no son debidos a un rasgo de estilo buscado por el autor para servir un fin literario concreto, esos errores no los reproducimos en la traducción, los corregimos.

Y, por último, una pregunta incómoda, de la escritura sé que no podemos vivir, pero ¿se puede vivir de la traducción literaria?

Se puede, la prueba es que yo vivo, y viven muchos traductores que conozco. Pero está mal pagada, por lo que no se puede vivir por todo lo alto, ni pegarse la gran vida trabajando poco. Para que dé para vivir, hay que traducir mucho, a destajo. Muchas horas al día, con pocas vacaciones. Los primeros años, cuando el traductor aún no se ha hecho un nombre y tiene pocos encargos, no puede dedicarse sólo a la traducción literaria, tiene que compaginarla con otras actividades remuneradas. Yo cuando empezaba también era lectora editorial y correctora de estilo. La traducción literaria es un trabajo esforzado, con muchos sinsabores y dificultades, pero es un trabajo apasionante. Yo no lo cambio por ninguno.

¡Gracias Isabel!

Eva Losada Casanova

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Morir con los cascos puestos

Velvet Underground
Velvet Underground

Autor: Eva Losada Casanova

En aquellos años nunca nos planteamos si The Velvet Underground eran buenos o malos músicos, pero los sonidos que producían nos emocionaban. Sabemos que cada una de las notas que quedaron grabadas evocan recuerdos difíciles de borrar; y hoy tenemos la certeza de que jamás permaneceremos impasibles a ellas, que seguirán siendo ventanas, túneles y pasadizos por los que volver a ser quienes éramos; caminos que seguimos recorriendo para crear, inspirarnos o simplemente para vivir. Crecí con ellos, con sus composiciones, sus experimentos, dentro de ese laboratorio que es la creación artística y que, como decía Stefan Zweig, es “el mayor misterio del universo”. Creación a partir de la ruptura, la ruptura que crea tendencia, la ruptura que acoge de nuevo la innovación, el arte que arriesga, que no entiende de ambiciones, de inclinaciones comerciales, de intereses mercantiles. Es creación porque sí, sin fronteras, ni condicionantes. Quiero pensar que algún día, cuando la memoria se deslice sigilosa entre los años vividos, cuando todo comience a borrarse, a desdibujarse y teñirse de pantallas imperfectas, quebradizas y borrosas, cuando ni siquiera recuerde ya cómo se llaman mis hijos, cómo se abre un libro, se unen dos adjetivos, se coge una cuchara o se unta el pan con aceite, ese mismo día, la música me devuelva aquella que fui, qué vi, qué sentí y con quién hoy torpemente recorro los últimos años de la vida. Que no sean las diez pastillas diarias, ni las vitamina intravenosa, ni la cara afable de una enfermera, ni personas cercanamente desconocidas sentadas a mi lado, no. Quiero que sean ellos, sus voces, sus guitarras, sus letras enrevesadas, sus latigazos, sus acordes únicos, su música imperfecta la que me traiga de vuelta, “el viento, la lluvia y el ocaso”, el espejo en el que me refleje, ¡Quiero morirme con los cascos puestos! Dejando que los recuerdos, los míos, suenen por última vez.

Escritores felinos.

Autor: Eva Losada Casanova

Charles Dickens siempre dijo que el mejor regalo era el amor de un gato. A Hemingway le gustaban porque mostraban aquello que sentían mientras que los humanos lo escondían. Para Marc Twain quererlos era mantener una amistad duradera sin introducciones. William Borroughs fue todavía más lejos, para él el amor de gato era único e intransferible. Fletch y Ruski o Calico fueron algunos de los nombres de los gatos que pasaron por su vida; le acompañaron en sus noches de insomnio y en sus etapas más oscuras. Escribió un libro entero dedicado a su alma felina “The cat inside”. Alma negra como casi todos los gatos que tuvo. Butler Yeats también creía estar habitado por los gatos, a los cuales dedicaba poemas enteros donde él mismo se relamía las heridas. Hay escritoras como Patricia Highsmith que personifican al gato y lo lanzan al estrellato como sucede con Mr. Ripley. En este caso no sabemos quién llegó antes: el personaje o el animal. La novela policiaca y el suspense siempre van acompañados de gatos, son escurridizos, misteriosos, imprevisibles, extraños…ingredientes perfectos para los textos de otro gran escritor felino Raymond Chandler. Chandler apostaba también por el gato de ojos amarillos, el gato urbano de callejones oscuros que roza la pierna del detective antes de ser acorralado por un confidente reconvertido. Para Edgar Allan Poe la convivencia con los gatos iba mucho más allá que la ficción, Poe estaba absolutamente obsesionado con ellos. Iba a buscarlos a lo más profundo de su mente y también de su soledad. Quizá inmortalizó al gato negro y fue el responsable de nuestras más retorcidas pesadillas, esas donde un maullido persistente se oye tras un muro o la reencarnación del mal hace sus estragos. ¿Será que toda obsesión se gesta en la infancia? Sin lugar a dudas. Baudelaire dijo de ellos Je vois ma femme en esprit. Son regard, comme le tien, aimable bête profond et froid, coupe et fend comme un dard. Y es que muchos hombres se rinden a la mirada felina, la femenina, aquella mirada que dice sin decir, que esquiva y duele, amable a veces, suave otras pero siempre indescifrable, como la de Madame Chaauchat. Sylvia Plath vivió rodeada de gatos y recibió su propia muerte bajo la atenta mirada felina. En algún momento de su trágica vida escribió que moriría nueve veces como los gatos. Y así fue.

Eres H.P. Lovecraft, vives con ellos desde niño y escribes, miras al vacío, buscas una frase, ambientas una escena y de repente mientras él te mira envuelto en el único rayo de sol que entra por la ventana, escribes Los gatos de Ulthar donde el mal reside en una granja de exterminio de gatos.

Gatos y escritores, una combinación que funciona. El silencio del gato, su presencia atenta pero discreta, la suavidad de su pelaje, la elegancia de todos sus movimientos, la inexistencia de torpeza, su mundo ajeno, inquietante… Acompañan siempre las horas de escritura sin estorbarla, inspiran tramas, poemas y hasta cómo morir. Tan solo duele su presencia cuando son llamados a la caza y un día, mientras escribes, descubres a tus pies un jilguero muerto, acaba de dejar de existir, de cantar, es, como diría John Cleese, un ex jilguero. A pocos metros sientes unos ojos bondadosos que te contemplan, que acompañan la ofrenda, el más refinado regalo del cazador amigo, tu gato.