Allan Poe, Alan Parsons y La colmena

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Autor: Eva Losada Casanova

Del mito al texto hay un gran trecho, el mismo que separa al lector del fetichista. Con Edgar Allan Poe pasa casi lo mismo que con Kafka o Pessoa, que todos los conocen y adoran pero pocos los han leído. Son autores fascinantes, es cierto, la lectura de sus textos a una edad temprana pueden dejarte marcado para siempre, para bien o para mal. Leer La metamorfosis, Cartas al padre o El castillo puede llegar a ser el revulsivo perfecto para cualquier joven con inclinaciones literarias, la piedra de toque, el punto de giro. Leer El libro del Desasosiego, arduo en su exposición y tremendamente complicado, puede ser un ritual vital para lectores que sean felices nadando en la melancolía pessoana, empapándose de mentes absolutamente estremecedoras. Lo mismo sucede con Edgar Allan Poe; leer sus cuentos es encogerse, es convivir con el más delicioso terror literario, con un climax que pocos cuentistas han sido capaces de lograr. Pero, ¿Se lee a Poe en el instituto? No creo que se haga en muchos y tengo la certeza de que sus textos pueden ser un punto de inflexión en los hábitos lectores de cualquier adolescente. Me pregunto si sabemos escoger textos para fomentar la lectura, si los prescriptores literarios, los padres o los responsables de elaborar las listas de lectura, somos conscientes de que podemos acabar de un plumazo con miles de lectores o, por el contrario, dar alas a las nuevas generaciones.
Hace algunos meses intentaba en vano animar a mi hijo de doce años a leer una adaptación de Tristán e Isolda. La leyenda de la princesa irlandesa y el noble bretón es fascinante pero complicada para ser leída por un niño de esa edad. Tuve que dar varios rodeos hasta engancharle con la historia. Recordé entonces que con dieciséis años leí El extranjero, fue una lectura no impuesta, libre, quería demostrar a mi padre que yo también era capaz de entender el existencialismo de Camus. Pues bien, tuve que leerlo diez años después para percibir lo que había detrás de ese texto. Con dieciséis no me enteré prácticamente de nada.
Volvamos a Poe. Falleció hace 166 años, en 1849, un 7 de octubre, solo, alcoholizado y enfermo, es cierto, pero historias como La Caída de la casa Usher han inspirado novelas como El resplandor o Carrie, convertidas luego en auténticas películas de culto junto a otras como Poltergeist. Se nos olvida con demasiada frecuencia qué trae a qué, quién influye a quién, de dónde viene esta canción, esta película o serie de televisión. Me parece tan importante que un chico o chica de quince años lea la novela Otra vuelta de tuerca de Henrry James para entender la película Los otros de Amenabar a que lea El quijote para entender el inicio en Europa de la novela moderna. Esta afirmación tan brusca, casi descocada, un poco escandalosa, la hago desde la experiencia, desde mi condición de madre, lectora y escritora. Si queremos fomentar la lectura o la escritura, si queremos salvar el libro, o sea, a la humanidad, empecemos por “encantar” con los textos a los que se inician en ellos, porque serán ellos, los chavales de hoy, los que mantengan el libro vivo mañana. La responsabilidad es muy grande. ¿Por qué no introducir, por ejemplo, los cuentos de Poe con cómics, con la música de The Raven de Alan Parsons o con el grupo de rock Finch en una clase de 1º de bachillerato? ¿Por qué todavía hay padres que no conocen a Laura Gallego, probablemente una de nuestras mejores escritoras y quizá la que más esté contribuyendo a formar nuevos lectores entre los jóvenes, más que Blasco Ibáñez, Cela o Emilia Pardo Bazán, ustedes me perdonen de nuevo.
Lo importante no es que un chaval lea este u otro libro sino que disfrute haciéndolo porque le gusta lo que le cuentan, porque le intriga. Juguemos con la intriga. Siendo una insegura adolescente pasé un mes de esa alienígena edad leyendo, por decisión unilateral de doña Remedios, la profesora de lengua, La Colmena. Cuando cerré el libro juré no volver a leer una novela y cogí una manía terrible a doña Remedios, casi la misma que hoy tengo a los emoticonos. Menos mal que Nada de Unamuno fue la siguiente lectura y logré reconciliarme con las letras españolas y con doña Remedios, con las novelas corales tardé un poco más.
Me aficioné a los cuentos gracias a Poe, el primer relato que leí de él fue el de William Wilson, todavía recuerdo cómo me latía el corazón y los sudores adolescentes que me provocaba aquella fabulosa historia. Disfruté tanto de su lectura que nació en mi una afición casi obsesiva por ciertos temas y comencé a sumergirme en los cuentos de Dahl, Monzó, Rulfo, Matute, Ponce, Chéjov, Gibran, Yourcenar, etc. Quizá William Wilson marcó un camino hacia todos ellos, quizá no, pero me abrió los ojos a lo fascinante que podía llegar a ser un texto, a la capacidad del lenguaje escrito para estremecer a una determinada edad, esa en la que nos estamos jugando al lector que seremos.

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