“La última carta” de Ophèlia Queiroz a Pessoa

Foto: Ophèlia Queiroz
Foto: Ophèlia Queiroz

Autor: Eva Losada Casanova

He llenado mi vida entera de recuerdos, los he hecho mi presente e incluso he permitido que tejieran mi futuro. Un corazón joven, abierto y desprevenido es un músculo propenso a guiarnos a ciegas por caminos que, erróneamente, a esa edad, creemos eternos. Cuando una mujer despierta un día con el cabello gris y las manos manchadas pocas cosas pueden importarle ya, pero existen instantes anclados en los años pasados a los que se aferrará como si de ello dependiesen sus últimos días de aliento.
Aquel día salí de la oficina cansada, el patrón había descargado sobre nosotros ese mal humor que de vez en cuando le acompañaba en las oscuras tardes de invierno en Lisboa, cuando el mar asoma ceniza y las calles se desnudan antes del anochecer. Tenía la costumbre de caminar sola, no temía hacerlo pese a las continuas advertencias de mis hermanos. La oficina estaba emplazada en la Rua da Assunção, era el segundo piso de una finca antigua en la Baixa. Recuerdo aquellas estancias oscuras a media tarde, el sol bajo no lograba nunca asomarse y entonces nos invadía a todos una tristeza extraña, como si un domingo somnoliento se fragmentase en tarde y se instalase en nuestras mesas, entre los papeles. El patrón no nos trataba mal, tampoco bien. Éramos suyos cinco días a la semana, de sol a sol, nuestra vida era el patrón. Con las fiestas del cambio de año nos regaló a cada uno una botella de Porto Quinta de Mendiz y permitió que termináramos la jornada del viernes una hora antes. Nunca había hecho nada semejante. Su alegría debió traspasarle, rebosarle. Aunque al lunes siguiente, el primer lunes de 1920, su voz, su semblante volvían a ser el del patrón. “Ophelia Queiroz”— gritaba —“su juventud no le da a usted derecho a trabajar menos que sus compañeros”.
Durante mi paseo de regreso a casa sentí como esa juventud pasaba de largo, lo hacía sigilosamente, como si de ese modo yo no tuviera más remedio que dejarla ir. Hoy, tantos años después, aquel sentimiento emerge desolador, doloroso; y en cierto modo se revela como un momento crucial en mi vida, un momento que intuí pero al que, desgraciadamente, no presté toda la atención que debía. No sé si por necedad o por juventud, quiero pensar que fue esto último. Aquel día mis pies no pisaban firmes los baldosines, estrenaba mis primeros zapatos de tacón y mi cuerpo no se hacía a ello. Tenía el propósito de crecer rápido, quería ganar mi dinero, demostrar que, pese a ser la pequeña de una familia acomodada, era perfectamente capaz de valerme por mi misma. Tenía un buen sueldo, había logrado aquel trabajo sin problemas después de cinco años estudiando francés, inglés y dactilografía. Pero aquel día, mientras las baldosas de piedra atrapaban mi tacón entre la imperfección de las grietas, sentía como súbitamente los años se tornaban monótonos y el futuro se coloreaba incierto. Ese pensamiento cobró una nitidez repentina que logró inquietarme. Apenas tenía veinte años, esa pertinaz monotonía que de repente parecía superarme carecía de sentido. No podía quejarme, tenía todo lo que necesitaba y profesionalmente no me podía ir mejor. Pese a ello, yo ya sabía que no continuaría muchos años más en aquella empresa textil, sabía que la vida me guardaba asuntos algo más excitantes que un trabajo de dactilógrafa comercial. Soñaba con viajar. Hablaba tres idiomas sin problema, estaba preparada para abrir la puerta al mundo y dejarle entrar, para caminar, construir y, bueno, sobre todo estaba preparada para vivir. Yo quería vivir. La inquietud que me perseguía aquel día no parecía tener realmente un nombre, era más bien borrosa y contradictoria. Quizá por eso me ha acompañado todos estos años. Era cierto que el día anterior había tenido un pequeño incidente en la oficina con Fernando, compañero de trabajo por aquel entonces, pero por algún motivo que en aquellos momentos no supe interpretar, ese incidente se había instalado en mi conciencia como lo hace una mosca en la cola de un caballo, con insistencia desordenada. Desde el primer día que empecé a trabajar pude sentir su mirada cansada revivir en mí, resbalar por mi vestido, detenerse con descaro en mi boca. No me desagradaba, es cierto, pero tampoco me prestaba a ello, quizá lo que realmente hacía era simular que la evitaba. Las mujeres somos siempre de esa manera, ¿no? Nos gusta dejar la calle poco señalizada para observar el caminar del hombre cuando este se aproxima. El incidente lejos de haber resultado desagradable fue más bien cómico, algo desmedido quizá, un poco teatral. Supongo que mi inexperiencia con los hombres me alejaba mucho de malinterpretar sus gestos. Cada una de aquellas muecas, cada adjetivo, el brillo de sus ojos tras sus absurdas lentes, el bigote conciso, la blancura casi enferma de su piel, las he dibujado miles de veces en mi memoria, tantas que ya no sabría qué sucedió en realidad. Era ya casi el final de la tarde, la luz de la oficina se había ido, la estancia se sumió en una oscuridad densa y precipitada, él se acercó apenas unos minutos después con un quinqué a la mesa de mi escritorio y lo colocó junto a mi. Su rostro se tornó anaranjado y su palidez desapareció. “Quédate”—me dijo.
En la oficina ya no había nadie, tan solo nosotros. Me levanté bruscamente. No tanto por temor sino por lo precipitado de la situación. Pensé en alcanzar cuanto antes el abrigo y salir de ahí. Consideraba que era lo correcto y lo intenté, pero él no me lo permitió. Abrió los ojos, colocó sus lentes derechas y sin apenas darme tiempo a prepararme para lo que tenía que decirme de su boca salieron un montón de frases con afectación, con artificio. Era una declaración de amor apresurada, demasiado teatral. Llegué finalmente junto a mi abrigo pero sus manos y su boca fueron a buscarme con una torpeza apasionada que pocas veces volvería a repetirse. ¡Qué fácil hubiese sido zafarse!¡ No volver a aquella oficina! Una decisión así hubieran convertido mi vida en otra, el futuro se hubiera reescrito en ese instante pero el suyo seguiría siendo el mismo, inalterable. Pero volví al día siguiente y tuve el descaro, ¡el absurdo descaro! de buscarle. Sí, quería sentir aquella mirada de nuevo, vestirme con ella, desnudarme con ella. Fue entonces cuando decidí estrenar los zapatos, quería que notase algo diferente en mí, algo que le llamase la atención. Quería que la luz de la oficina se fuera de nuevo cada tarde, ver el quinqué en mi escritorio arrancar la palidez de su cara, sentir sus brazos en mi cintura y el pelo de su bigote arañándome la boca. Por más que mis ojos se afanaban en encontrarle, él aquel viernes no apareció por la oficina.
Me apoyé en unos de los portales de la Rua da Prata de camino a Santa Justa para ajustarme las medias que los zapatos nuevos me descolocaban. Entonces sentí mi cuerpo otro, lo contemplé como nunca antes lo había hecho: con deseo. Ese deseo que el día anterior había tenido tan próximo, tan torpe, tan afectado y real a la vez. Podía no haber prestado atención a nada de aquello, no alimentarlo. Podía, sí, pero no lo hice. Hoy sé tantas cosas que en aquellos años ignoraba, ¡qué estúpida fui! Llegué a casa más cansada todavía, me pesaban los pensamientos, desordenaban el final de la tarde, me llevaban muy lejos. Fue en ese momento cuando Fernando apareció entre la tenue luz de las farolas. Su traje oscuro parecía haber estado siempre ahí. Era un objeto más de la ciudad, una esquina, una mancha de aceite, un árbol desnudo. Le llamé por su nombre, no respondió. Sus ojos asomaban distintos desde sus lentes, sus manos ocultas en el abrigo querían salir de él. Le llamé por segunda vez. No respondió. Permanecimos así varios minutos. Finalmente hizo un gesto con el brazo y giró levemente la cabeza. Esperé inmóvil yo también. ¿Era algún juego? Creí con ingenuidad que dos amantes cualquiera en una situación así se hubieran abrazado para contener la noche, para prolongar la tarde y hundir sus cuerpos en el calor común. La distancia que había entre ambos era de apenas unos metros, dos para ser exacta. Pensé en aproximarme, hacerlo hubiese sido una invitación que no me correspondía a mí. Seguí quieta. Él sacó del bolsillo de su abrigo una carta y con ademán inseguro la extendió hacia mí. Fue entonces cuando decidí avanzar y cogerla y también fue entonces cuando me habló. Su voz era bella, siempre ha sido bella. La voz del poeta aunque callada es bella. “Me envía Fernando Pessoa” —me dijo— “¿Fernando?” —respondí yo llena de sorpresa. “Entonces” —continué— “¿a quién tengo el gusto de tener frente a mí sino al mismísimo Fernando?”. Contuve la risa. No era una risa, risa. No. Era una mueca de simpatía, un atisbo de complicidad que no llegó a recorrer el espacio que nos separaba. “Soy el Ingeniero Álvaro de Campos” —añadió haciendo un gesto de cortesía con el sombrero. Yo no respondí, tan solo estaba ahí de pié sin saber muy bien qué responder, qué añadir. Y por primera vez me sentí como luego me sentiría durante muchos años: en un sueño, en su sueño. Una mujer madura, consciente, lista, hubiera rápidamente reaccionado a todo aquello, quizá le hubiera tildado de chalado y la historia no se habría escrito más. Pero yo, en 1920, no era ninguna de aquellas cosas. Fernando o Ricardo, ya qué importa, se alejó como si yo no existiera, como si dentro de aquel traje oscuro no hubiera un hombre sino una proyección, un fantasma, una ilusión óptica quizá. Subí a casa con la carta en la mano. La abrí sin temblor, apenas sin curiosidad. Sabía que rebosaba de versos, de palabras, de música. Sabía que en ella se clamaba a la perfección del amor. Sabía que aquel barullo de términos no debían sonarme alto, no debían gritarme, ni conmoverme. ¡Qué estúpida fui! Ocurrió exactamente lo contrario.
Hoy estoy convencida de que fue en ese momento cuando el desamor plantó su primera semilla, cuando mi juventud comenzó a envejecer. Cuando un poeta te abre su corazón mientras con su pluma te inventa no puedes cerrar el tuyo, este se abre solo, la música reblandece cada músculo, las palabras amables, vestidas de belleza hacen el resto. Fernando se convirtió en mi sombra, en la figura de un padre tierno, de un amante fugaz, un compañero de juegos infantiles. Su presencia cotidiana, intensa, callada, envolvían mis días, me quitaban el poco aire que aquella calle y aquella oficina me dejaban. Pasaron los meses, pasó casi un año. En ocasiones yo miraba el río que nos acompañaba en nuestros paseos como quién mira un tren, una salida al horizonte donde la luz se respira, donde la libertad se respira, donde el presente es ya futuro. Me aferraba al devenir de sus aguas y solo un pensamiento me rondaba cada tarde por la cabeza, irme allí donde el río podía llevarme, abrazarme a un trozo de madera y dejar atrás absolutamente toda mi vida, esa vida que yo estaba inventando. Imaginaba un hogar, un matrimonio feliz, imaginaba que podría cuidarle, quererle sin más. ¡Qué estúpida fui! ¿Una vida normal? No me daba cuenta de que él no era como los demás hombres, me empeñaba en convencerme de que sí, de que junto a mí tendría una vida convencional, felizmente convencional. Hoy no puedo evitar sonreír ante tanta necedad. Hoy sé que toda su vida había estado hecha de fragmentos esparcidos por los años donde su pluma construía todos tus universos, universos que luego visitaba como un nómada, un vagabundo. Era demasiados hombres al mismo tiempo, demasiados espejos, demasiadas conciencias. Yo pretendí cambiar todo eso, yo Ophelia quise ser su límite, su realidad, la única realidad que él tuviera. Era un sentimiento extraño, y hoy se vuelve triste, triste por lo que tenía de imposible. Al fin y al cabo yo para él no era real. Al principio me costó entenderlo pero con el tiempo eso cambió. Sus cartas fueron convirtiéndose en una prisión para ambos. Una prisión, sí, donde la pluma del poeta se iba volviendo cruel, infeliz. Y donde mis planes de futuro se convertían en una soga que lo iba poco a poco asfixiando. Llegué a detestar a Fernando, su figura paseando bajo mi ventana, su oscuridad, su desazón. ¿Era realmente su vida un sueño? ¿Era yo parte del sueño del poeta? Yo le necesitaba cada vez más, necesitaba poseer sus horas en el Café de Arcada, ser parte de su vida excéntrica pero tierna. Tener un sitio en ese viaje que transcurría a través de las horas del día, porque él no entendía de otras ciudades, su ciudad eran todas, su montaña era siempre la misma montaña que se repetía a lo largo de continentes ¡y su mar!, uno solo. Yo estaba dispuesta a compartir con él su desasosiego, su soledad. Me equivocaba al intentar retenerle, al intentar cambiarle por otro, me equivocaba y lo sabía, pero me resultaba imposible dejarle ir. Mi pasión por él era mayor cuanto más se alejaba él. Incluso tuve que fingir. Fingí muchas veces enfados, fingí intrigas familiares, fingí enfermedades. Sus cartas se tornaron falsas, adornadas con excusas, con reproches cordiales. Desapareció de repente el niño y nació el viejo taciturno, el viejo abandonado a sí mismo. Apareció el poeta que inventaba el amor a su medida, el poeta al que le asustaba la vida porque no sabía como vivirla. Un hombre errante dentro de sí, sin una esquina donde yo pudiera habitar, esperarte. Los días previos al incidente en la oficina, a ese giro o resbalón que dio mi vida, yo ya había reunido la cantidad suficiente de dinero como para comprar la libertad que ansiaba y no tenía pena, ni aflicción por lo que dejaba atrás. Había planeado irme cuando la ciudad adormilada no reparase en mi sombra, cuando el río descendiese fuerte y vivo. Poca gente lo sabía. ¿Qué hubiera sucedido si pese a todo me hubiese ido? ¿Habría estado Fernando esperándome? Quizá hubiera volcado sus lentes entre las hojas, buscado mi olor en la oficina, mi silueta subiendo por la Rua da Assunção. Quizá el poeta hubiera desplegado sus versos, su ensoñación, su melodía hecha de lluvia, la misma lluvia.¿Habría mandado a todos ellos a buscarme, a los que viven en él, a los que murieron en él? Álvaro, Bernardo, Fernando…Es cierto que años más tarde, después de nuestra primera ruptura, yo fantaseaba con irme e imaginarlo enfermo por mi ausencia, desesperado, celoso de otros. Que si me alejaba para siempre sus versos se marchitarían estrangulado al resto del poeta. ¡Qué estúpida fui! Pobre escritor de vidas ajenas que no conoce el amor, que no entiende de mujeres, que solo las contempla dentro de su ensoñación. Mujeres irreales, sí, y por eso perfectas. Hoy sé que siempre estuve ahí junto a Bernardo Soares, atrapada en su ficción, convertida en la mejor de las criaturas. Esa criatura que en la vida real tenía un nombre: Ophelia. ¿Fingía el poeta su amor y su dolor para poder así escribir los versos que le salían del corazón? ¡No! El poeta a quién amaba era al reflejo de la mujer real, al sueño que Bernardo había construido en la calle Doradores. Y mientras todo aquello sucedía, mientras su pluma iba y venía de habitaciones cada vez más pequeñas, más lejanas, yo dejaba atrás mis años, mi juventud, mis anhelos, mis planes. No es posible amar a quien no se conoce. No es posible amar a quién vive la vida como un misterio donde el camino hacia todo lo construye el tedio de estar vivo. Su pluma me escribía cartas desde sus propios fragmentos, desde todos y ningún sitio. Me escribía cada día para conciliar el sueño mientras yo lo perdía.
Antes de aquella tarde en la que el quinqué arrancó la palidez de su cara yo amaba las otras montañas, las que están más allá, la lluvia sobre el mar, los otros atardeceres, lejos de esta ciudad, lejos de la librería inglesa, lejos del café Arcada. Amaba la claridad, no la vaga oscuridad con la que se tiñó mi vida ya asfixiada por su indiferencia. El sueño se agrietó, el poeta iba muriendo de conciencia en conciencia, los hombres que había en él se desvanecían para resurgir luego inmortales en la gran obra que había empezado a escribir sabiendo que lo sería. ¡Qué estúpida fui!
Hoy, setenta años más tarde, setenta años mal vividos, tengo en mi regazo algunos libros que él soñó y gritó, pero que no llegó a ver, varias carpetas de fragmentos desordenados de sí mismo, un puñado de cartas descoloridas y la certeza de que solo pudo ser como él quiso que fuera.

O.Q
Lisboa 1991

“Escribe algo, aunque solo sea una nota de suicidio”. Gore Vidal.

Foto de Gore Vidal
Foto de Gore Vidal

Autor: Eva Losada Casanova

Escuchar a Gore Vidal o leerle nunca puede dejarte indiferente. Es uno de esos pensadores disfrazado de lobo. La libertad con la que ejercía sus oficios era envidiable. Solo mentes tan lúcidas y valientes como la suya son capaces de lograr esa independencia del mundo, ese lenguaje exquisito, altivo y natural al mismo tiempo. Supongo que navegar en las aguas de la política le terminó aburriendo, él valía para mucho más. Su intelecto, su dialéctica, eran un espectáculo en sí mismos, pero sus agallas por preservar su independencia ideológica fue todo un ejemplo a seguir. Hasta tal punto que nunca admitió, y ni siquiera contempló, la posibilidad de reconocer, a Christopher Hitchens como su delfín. Esa libertad de pensamiento no encajaba con herederos, ni siquiera con el único candidato posible al puesto. Miro hoy a mi alrededor y me pregunto si existe un solo político español contemporáneo que pueda si quiera habitar esa sombra que Vidal ha dejado. No los encuentro. Busco entonces entre los escritores y se me ocurren algunos muy odiados y muy queridos, pero todos encantadoramente gruñones. En ese momento es cuando justifico a mi país y me arrepiento de hacerlo. ¡Qué difícil ha sido en España desarrollar el libre pensamiento en los últimos años!
La escritura porque sí es quizá uno de los ejercicios más placenteros que existen, es el verdadero espíritu del escritor. Ya lo decía Pessoa, “Escribo sin pensar…dejando que las palabras me acaricien…”. ¿Es posible ser un mal escritor disfrutando de la escritura? Con el tiempo, me resulta difícil creer que un hacedor de frases no termine convirtiéndose en un buen escritor y que por el contrario el que escribe por ambición nunca llegue a ser brillante. Decía Gore Vidal que los malos escritores tenían serias dificultades para escribir, que para ellos escribir era complicado, que su única motivación era la ambición. Decía que debía resultarles estresante anotar cosas en una hoja cuando nada tenían que decir y no disfrutaban haciéndolo. Él siempre afirmó no estar seguro de lo que debía decir, se vanagloriaba de que lo que realmente le gustaba, con aquello que disfrutaba, era construir frases. En vida confesó a un periodista que quería ser recordado por sus frases.
No cabe duda de que el escritor de oficio es, nada más y nada menos, un artesano, aquel que siente placer al jugar con el lenguaje, al componer una frase, simples escultores, amantes del poder de la palabra, de la música que encierran, del ritmo, de la melodía que emana de los párrafos bien escritos. A menudo somos sometidos al desafinar de una frase, los oídos, como la vista, también se entrenan con los buenos textos. El poeta Luis García Montero dice que el lector debe aprender a oír por los ojos. Supongo que para lograr eso los textos no deben estar desafinados, es decir, el escritor no es otra cosa que un artesano de frases, alguien que juega, como Pessoa, con las palabras, sin pensar si quiera, como el músico que compone desde las sensaciones, desde si mismo, atrapando las palabras a medida que llegan para luego seducir con ellas.
Gore Vidal escribió sobre el arte de la escritura en muchas ocasiones, sus afirmaciones, al igual que en la política, también resultaban algo controvertidas. Esta es mi preferida, menos gruñona que otras, donde expresa de forma acertadísima qué es ser escritor: Constant work, constant writing and constant revision. The real writer learns nothing from life. He is more like an oyster or a sponge. What he takes in, he takes in normally the way any person takes in experience. But it is what is done with it in his mind, if he is a real writer, that makes his art.” En definitiva, el arte en la escritura no radica en lo que la vida enseña al escritor sino en cómo es asimilada dicha experiencia, en lo que el escritor hace con ella. Ese es para Gore Vidal el arte del escritor, del verdadero.
Conclusión, da igual la edad, da igual qué viviste o qué vives, lo importante es qué haces con ello, lo importante es escribir, aunque solo sea una nota de suicidio.

Allan Poe, Alan Parsons y La colmena

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Autor: Eva Losada Casanova

Del mito al texto hay un gran trecho, el mismo que separa al lector del fetichista. Con Edgar Allan Poe pasa casi lo mismo que con Kafka o Pessoa, que todos los conocen y adoran pero pocos los han leído. Son autores fascinantes, es cierto, la lectura de sus textos a una edad temprana pueden dejarte marcado para siempre, para bien o para mal. Leer La metamorfosis, Cartas al padre o El castillo puede llegar a ser el revulsivo perfecto para cualquier joven con inclinaciones literarias, la piedra de toque, el punto de giro. Leer El libro del Desasosiego, arduo en su exposición y tremendamente complicado, puede ser un ritual vital para lectores que sean felices nadando en la melancolía pessoana, empapándose de mentes absolutamente estremecedoras. Lo mismo sucede con Edgar Allan Poe; leer sus cuentos es encogerse, es convivir con el más delicioso terror literario, con un climax que pocos cuentistas han sido capaces de lograr. Pero, ¿Se lee a Poe en el instituto? No creo que se haga en muchos y tengo la certeza de que sus textos pueden ser un punto de inflexión en los hábitos lectores de cualquier adolescente. Me pregunto si sabemos escoger textos para fomentar la lectura, si los prescriptores literarios, los padres o los responsables de elaborar las listas de lectura, somos conscientes de que podemos acabar de un plumazo con miles de lectores o, por el contrario, dar alas a las nuevas generaciones.
Hace algunos meses intentaba en vano animar a mi hijo de doce años a leer una adaptación de Tristán e Isolda. La leyenda de la princesa irlandesa y el noble bretón es fascinante pero complicada para ser leída por un niño de esa edad. Tuve que dar varios rodeos hasta engancharle con la historia. Recordé entonces que con dieciséis años leí El extranjero, fue una lectura no impuesta, libre, quería demostrar a mi padre que yo también era capaz de entender el existencialismo de Camus. Pues bien, tuve que leerlo diez años después para percibir lo que había detrás de ese texto. Con dieciséis no me enteré prácticamente de nada.
Volvamos a Poe. Falleció hace 166 años, en 1849, un 7 de octubre, solo, alcoholizado y enfermo, es cierto, pero historias como La Caída de la casa Usher han inspirado novelas como El resplandor o Carrie, convertidas luego en auténticas películas de culto junto a otras como Poltergeist. Se nos olvida con demasiada frecuencia qué trae a qué, quién influye a quién, de dónde viene esta canción, esta película o serie de televisión. Me parece tan importante que un chico o chica de quince años lea la novela Otra vuelta de tuerca de Henrry James para entender la película Los otros de Amenabar a que lea El quijote para entender el inicio en Europa de la novela moderna. Esta afirmación tan brusca, casi descocada, un poco escandalosa, la hago desde la experiencia, desde mi condición de madre, lectora y escritora. Si queremos fomentar la lectura o la escritura, si queremos salvar el libro, o sea, a la humanidad, empecemos por “encantar” con los textos a los que se inician en ellos, porque serán ellos, los chavales de hoy, los que mantengan el libro vivo mañana. La responsabilidad es muy grande. ¿Por qué no introducir, por ejemplo, los cuentos de Poe con cómics, con la música de The Raven de Alan Parsons o con el grupo de rock Finch en una clase de 1º de bachillerato? ¿Por qué todavía hay padres que no conocen a Laura Gallego, probablemente una de nuestras mejores escritoras y quizá la que más esté contribuyendo a formar nuevos lectores entre los jóvenes, más que Blasco Ibáñez, Cela o Emilia Pardo Bazán, ustedes me perdonen de nuevo.
Lo importante no es que un chaval lea este u otro libro sino que disfrute haciéndolo porque le gusta lo que le cuentan, porque le intriga. Juguemos con la intriga. Siendo una insegura adolescente pasé un mes de esa alienígena edad leyendo, por decisión unilateral de doña Remedios, la profesora de lengua, La Colmena. Cuando cerré el libro juré no volver a leer una novela y cogí una manía terrible a doña Remedios, casi la misma que hoy tengo a los emoticonos. Menos mal que Nada de Unamuno fue la siguiente lectura y logré reconciliarme con las letras españolas y con doña Remedios, con las novelas corales tardé un poco más.
Me aficioné a los cuentos gracias a Poe, el primer relato que leí de él fue el de William Wilson, todavía recuerdo cómo me latía el corazón y los sudores adolescentes que me provocaba aquella fabulosa historia. Disfruté tanto de su lectura que nació en mi una afición casi obsesiva por ciertos temas y comencé a sumergirme en los cuentos de Dahl, Monzó, Rulfo, Matute, Ponce, Chéjov, Gibran, Yourcenar, etc. Quizá William Wilson marcó un camino hacia todos ellos, quizá no, pero me abrió los ojos a lo fascinante que podía llegar a ser un texto, a la capacidad del lenguaje escrito para estremecer a una determinada edad, esa en la que nos estamos jugando al lector que seremos.

El descenso en piragua del escritor novel

Foto: Daniel Losada
Foto: Daniel Losada

Autora: Eva Losada Casanova

Aquel que se siente escritor o escritora es porque necesita serlo. Escribir se convierte en una forma de vida elegida, a veces compartida con otras profesiones, en una actitud quizá o simplemente es un sueño que vamos construyendo dentro de nosotros mismos. Independientemente de la edad, cuando terminamos de escribir nuestra primera novela, en seguida, buscamos cómo dar salida al texto. Inicialmente, nuestro total desconocimiento de cómo funciona el sector editorial nos da alas —desde nuestra inconsciente valentía y repletos de ilusión— para iniciarnos en la eterna tarea de hacer llegar nuestro manuscrito a las editoriales. Hablo de inconsciente valentía porque, en ocasiones, ese desconocimiento del sector —insisto en ello— nos anima, con más fervor que cabeza, a buscar entre las grandes editoriales. ¿Por qué no? —nos decimos a nosotros mismos— ¿Por qué no probar a ver qué pasa? Por lo general no pasa absolutamente nada. Cuando digo nada es nada. Nadie nos responde salvo contadas ocasiones en las que, afortunados de nosotros, contamos con el apoyo de algún familiar, periodista, o de la bondad de otro autor que vela por nosotros. El porcentaje de escritores o escritoras noveles que forman parte de este último grupo es más bien escaso. No nos desanimemos, queda camino por recorrer, es cierto, pero no siempre los caminos largos son tediosos, a veces, resultan muy gratificantes incluso cuando no hay ni siquiera una fuente donde detenerse a echar un trago.
Así que, después de varios meses sin que entre en nuestro correo electrónico una sola línea que nos proporcione un mínimo de aliento, ni una carta esperanzadora en nuestro buzón, caemos en la primera crisis. Este primer desencanto podría formar parte de los que vendrán después, aquellos que irán formándonos como escritores. Este primer desencanto es el que nos saca de nuestra tierna miopía, de nuestro tierno ego. Es algo así como revivir aquella primera vez que un novio o una novia nos dejó plantados unos días antes de las vacaciones estivales. Quizá el sentimiento sea bastante parecido. Un sentimiento de derrota pero mezclado con cierta ira, no, no, rabia, mejor rabia. Es precisamente esa rabia la que hace más fuerte al escritor. Sí, así es. El desprecio de las editoriales —que no negativas, ya que estamos todavía en esa fase de la terrible indiferencia— se vuelve un revulsivo para cualquier autor que se quiera un poco a sí mismo. Sobre todo si detrás de ese malogrado manuscrito hay mucho trabajo, años quizá. Por las noches nos quedamos mirando al vacío e imaginamos una enorme caja de cartón, una inmensa caja de cartón, repleta de manuscritos como el nuestro, que días después serán incinerados en los sótanos editoriales o quizá, si la editorial tiene consideración y tiempo, nos encontraremos nuestro texto de nuevo en el buzón, algo arrugado, con una carta modelo en la que vemos nuestro nombre acompañando de un “lamentándolo mucho”. No podemos dormir, sudamos esa rabia de nuevo, nos arrugamos con nuestro texto y apretamos los dientes.
Llega el verano y como nos hemos quedado sin pareja, los planes que habíamos imaginado se van al garete. Ante esta situación podemos hacer varias cosas, quizá alguna más. Optamos por el llanto. Es decir, nos quedarnos deprimidos abrazados al flotador, sollozando entre revistas de viajes, seis latas de cerveza y con el bañador nuevo en el cajón. Obviamente esta opción no se contempla, no al menos en este texto. Otro camino es apuntarnos a un campamento de piragua en el río más cercano. Esta segunda opción suele ser mucho mejor, es cierto y obvio, pero ojo ¿Cómo queremos descender el rio, solos o en la piragua de otro? Aprender a navegar por las aguas del mundo de la edición nos ayudará a trabajar más y mejor nuestros textos, a ser más disciplinados a la hora de escribir, a meter nuestros egos en un bote de cristal y, lo más importante, a no precipitarnos. Dentro del mundo editorial existen dos grupos de editoriales: las que editan tu texto, lo distribuyen y lo comercializan sin (apenas) coste para ti y aquellas otras que hacen exactamente lo mismo pero por una cantidad de euros nada desdeñable. Esta última se llama autoedición. Nos da la posibilidad de ver nuestro libro editado, una portada y la puerta abierta para recorrer el mundo. Con la autoedición nuestro sueño de publicar se ha hecho inmediato, palpable, posible, sí, pero quizá y solo quizá, hayamos abierto las puertas a un mal texto. Hace unos días, hablando con una escritora, una estupenda y premiada escritora, me confesaba que nunca debió optar por la autoedición, que su primera novela era muy mala. ¿Nadie se lo dijo? Quizá sí lo hicieron pero ella no quiso escucharlo. ¿Hubo precipitación? Sí, desde luego que sí. Hoy publica con las mejores editoriales del país, aprendió a descender el río después de volcar con la piragua, pero también me confesó que daría lo que fuera por borrar del mapa aquella primera novela.
Volvamos a nuestro campamento de piragua. Recordemos que lo que queremos es aprender a bajar el río nosotros solos, disfrutar del descenso, de los rápidos, aprender a detenernos en la orilla sin mojarnos, saber cómo salir de una piragua volcada. En definitiva, aprender un oficio, aquel que hemos elegido, el que nos gusta. Es entonces cuando nos encontramos con los certámenes literarios. Hay de todo tipo, de todos los tamaños, de todos los colores, la diversidad es inmensa. Unos son de temática cerrada, otros tienen restricciones de edad, pero nos damos cuenta de que podemos acceder a la gran mayoría. De improviso recuperamos la esperanza, esa esperanza cruel que volverá a escabullirse y, como somos así de valientes y no nos rendimos, seguimos adelante. Como nos gusta ir a lo grande, enviamos nuestro texto a aquellos certámenes millonarios, de grandes nombres, de grandes vuelos y de grandes pre acuerdos. Aquí llega la segunda crisis. Hemos invertido dinero en fotocopias, tiempo en ir a correos, en adaptar nuestros textos a las bases de nuestros certámenes y, después de un año, no ha pasado nada de nada. Nuestro ego agoniza dentro del bote de cristal, golpea el vidrio, quiere salir a respirar. Llega el verano y nuestra pareja, esta vez, se va con nuestro mejor amigo. La segunda crisis es muy dura. El río baja violento y no hay manera de manejar la piragua. Aquí es cuando llega otro momento importante y común a todos nosotros. Este momento se materializa con una afirmación: necesito un agente. ¡Claro! Es la solución, un agente que lo haga todo por mí, todo excepto escribir. Meses más tarde, después de haber solicitado “asilo” en un montón de agencias, entramos en un estado febril al comprobar que la indiferencia del agente duele todavía más que la indiferencia editorial. Tampoco te contestan, ni siquiera te permiten que mandes manuscritos, te prohíben mandar tu maravillosa novela. Estás en un estado lamentable, dudas incluso de tus capacidades, el mundo es injusto contigo, eres bueno escribiendo y nadie lo sabe.

Después de varios meses con el cerebro supurando esa rabia, encajando el desprecio, es cuando descubres que también existen los talleres literarios; esos rincones donde convives con piragüistas como tú, ves la luz, estás en casa. Al mismo tiempo también descubres certámenes más pequeños, pequeños como nosotros, certámenes que convocan ayuntamientos, festivales con inclinaciones culturales, con ganas de que las historias animen sus fiestas y también descubrimos certámenes —algunos bastante transparentes— de pequeñas editoriales que quieren crecer o ganar visibilidad. Volvemos a la carga, salimos de la cama para intentar que nuestros textos asomen la cabeza; entre envío y envío nos percatamos de que este o aquel párrafo son susceptibles de ser mejorados, que el relato que enviamos tiene varias faltas de ortografía o un final muy pobre, que uno de nuestros personajes no se lo cree ni nuestra madre. Vamos poco a poco siendo conscientes de que todo lo que escribimos se puede escribir mucho mejor. Ya no se oye a nuestro ego gritar desesperado dentro del bote de cristal, hay silencio. Han pasado los años, hemos seguido escribiendo, a veces desde esa rabia, otras desde la necesidad y casi siempre desde el corazón, desde el convencimiento de que, algún día, veremos nuestro libro en un estante. Es inevitable sentir ese deseo, forma parte de este oficio, el escritor que diga lo contrario se engaña a sí mismo.
Un día nos subimos en la piragua y vemos el agua fluir, el remo nos lleva donde queremos ir, las aguas bravas nos zarandean pero nos mantenemos firmes, no nos asusta mojarnos porque hemos aprendido a salir de una piragua volcada, porque nos preocupa más aprender el oficio y dar la bienvenida a la humildad que sacar de paseo al ego. Y es entonces cuando llega una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico en el que nuestro nombre ya no va unido a un “lamentándolo mucho” sino al comienzo de nuestra carrera de escritores. Vendrán muchas más crisis y desalientos, más portazos, más pesadillas; pero ahora tenemos la certeza de que podemos hacerlo, de que queremos hacerlo. Sucede que una de las cosas más maravillosas de ser escritor es precisamente lo mucho que te ha costado llegar a serlo.

Charlas, Catas de libros y talleres de escritura, edición editorial, guión, traducción y música.

Aquella mirada temprana hacia los libros

Autor: Eva Losada Casanova

La literatura poco tiene que ver con la inmediatez. Está reñida con la velocidad, con lo apresurado, con lo banal. La literatura es amiga del reposo, destila tiempo, momentos. Está reñida con el aquí y el ahora. Con 140 caracteres, con una consola. Quizá, por esa razón, el libro entra en su época más oscura, inquietante, peligrosa. Leer es ir a contracorriente. Leer es raro. Leer no encaja con esa inmediatez impuesta. Lecturas en diagonal, catas o, simplemente, contemplar la sinopsis de la contraportada es ya un logro. No nos detenemos. Para leer, hay que detenerse, sentarse, desconectar. En situaciones de exceso de trabajo, de estrés, de nervios, la lectura puede ser el mejor calmante, el ansiolítico más eficaz. Dejarse llevar por la ficción, envolverse en mundos ajenos, a veces lejanos, es la mejor medicina, el mejor revulsivo contra esa maldita inmediatez que hace que la vida sea en blanco y negro, plana, sin horizonte.
Tuve la inmensa suerte de nacer en una casa llena de libros. La imagen de mi madre bajo el flexo del salón, con el cuello ligeramente inclinado sobre las hojas, es una imagen de infancia constante, pertenece a ese pasado compartido por ambas que se torna borroso cuando nuestra convivencia ha pasado ya por muchas etapas. Mi padre, con su pijama rayado y descolorido, se arropaba con libros. Eran fines de semana silenciosos, reposados, donde cada uno viajaba donde quería y nadie interrumpía ese viaje. Los títulos colgaban de los estantes, iban y venían por la casa, se les oía respirar; y ese devenir siempre sucedía ante la atenta mirada infantil. Una mirada así termina casi siempre por convertirse en lectora, porque las imágenes de la infancia siempre nos acompañan, borrosas o nítidas. De nosotros depende alimentar las miradas infantiles, jóvenes, desviarlas hacia los libros, los textos, hacer que la costumbre de leer se asiente en lo domestico, en el ocio, en los espacios comunes. Quizá, ya de paso, retomemos nosotros mismos ese hábito, el de leer en la cama, en la bañera, durante el desayuno, los domingos invernales de lluvia constante o en un café cualquiera. Quizá, así, sobre nosotros repose nuevamente esa mirada temprana, la de nuestros hijos, una mirada tierna que pronto dejará de serlo. Quizá, sin darnos cuenta, habremos dado a esa niña o a ese niño nítidas imágenes que, aunque un día se tornen borrosas, valen más que cualquier palabra, cualquier discurso, cualquier campaña escolar. Es la mejor inversión, una aportación valiosa, con un retorno casi ilimitado, a una joven mirada que, en algún momento, verá como los libros se vuelven luces, amarras o bastones en el nublado, complicado y pedregoso camino de la vida.